Blanca Nieves es la única princesa de pelo negro. Esta profunda reflexión la hice al recordar esta historia. Su belleza de princesa era evidente, tez de bebé como para darle besitos, frente pequeña redonda, ojos y cejas negros como mi conciencia, lo realmente contable era su boca que invitaba al hastío, sus labios al natural informaban sobre la frugalidad de su esencia, sin embargo la textura era rosada, templada, suave, ¡Protuberancias de Dios!, el kit de presentación con sus dientes pequeñitos era perfecto en el encanto de su rostro. De estatura media y cuerpo proporcionado, su falta de curvas prominentes era solucionada con miradas incitantes.
Era un tanto depresiva, aquí soy austero en mi comentario, pues la angustia era su estado natural, parecía en contradicción con su inocente belleza, según ella, había intentado suicidarse un par de veces, -seguramente- pensé mientras la imaginaba comiendo aspirinas para niños. Comía chocolates todo el tiempo, lo que redundaba en problemas de glicemia, mareos, desganos… Enfermiza hasta el tope, problemas en el colon, gastritis… en resumen, su palidez daba cuenta de ello, pero era una palidez extrañamente excitante, que la hacía notoria entre la multitud; sus sonrisas esporádicas iluminaban su rostro de ángel, pero usualmente su estado depresivo provocaba un fatal deseo de protección.
Así empezó todo, protegiéndola. Recuerdo que alabé una especie de collar de terciopelo (de princesa) que hacía que su cuello fuera una tentación para morder, esa altivez que da la belleza con casta, esa expresión de tranquilidad de clase superior, esa convicción de sentirse bien admirada, fue lo que me impactó. “Impacta pero no cautiva” pensaría después, en esos duelos baratos para sacarla de mi mundo. Miraba con melancolía el mundo, ese recuerdo permanente de lo mal que le había ido, se juntaba con la posibilidad de que le fuera peor, su desgracia era existir para vivir sufriendo, como en un permanente respiro de nostalgia sobrevivía a sí misma y su negligencia a ser feliz. Veía a otros y suspiraba por ellos, enamorada del amor y con un novio, que según ella, era perfecto, pero su incoherencia latente flotaba cuando, siempre y todas las veces peleaba con él.
Lo que más me gustó fue su moral de papel, indecente por dentro, de manos fáciles, le gustaba tocar y sentir. Alguna vez me invitó a su sitio de trabajo, su jefe no estaba, me senté a ver como trabajaba, y ella disfrazó de ganas los minutos, se sentó en mis piernas a ver como trabajaba yo. Capturé su cuello con un par de susurros, su pelo negro y brillante estaba hacia un lado, recorrí su espalda y su olor, parecido al olor de un salón de clase de primaria, una mezcla de lápices de colores y loncheras, me hizo perder el control. La besé con la furia que busca saciar el deseo, ella, sin perder la calma, como si supiera que despierta eso, me tranquilizó con una palmadita en el hombro.
Tiempo después decidí llevarla a conocer a mis padres. Mi madre (Edipo presente), la miró con beneplácito, mi padre y su prudencia prefirieron callar, le canté, le conté cuentos, le mostré escritos de mi niñez, ella sonreía, siempre igual, siempre lo mismo para todo.
Un día le hablé de temas sexuales, y como era una princesa, le propuse salir de la ciudad, a un rincón apartado, en una noche romántica, campestre, a uno de esos hoteles de pueblo donde el tiempo no pasa y si pasa no importa. Sonrió. Alguien dijo que una sonrisa era lo más subversivo, pues no sabemos su significado, es verdad, nunca supe que pensó al respecto, le propuse planes diversos, clásicos, alternativos, elegantes, intelectuales, sencillos, complejos, aburridos, divertidos, parques, plazas, caminar, cine, dormir, leer poesía, cantar. Pero nada era más fuerte que su hipersomnia, de naturaleza perezosa que se refugiaba tras sus múltiples dolencias.
Bien, intenté ser su amante, mientras tanto su novio que parecía estaba más comprometido con la familia de ella, que con ella, la seguía haciendo sufrir, y yo como un pararrayos de desgracias capturando los maleficios de sus cotidianidades. Discutimos. Pues “nuestro” novio viajó y quedaba por fin espacio para la noche de campo, para las promesas incumplidas, para tantos deseos reprimidos, pero ella en un acto de soberbia moral, decidió que le iba a ser fiel.
Princesa, irreal, fantasiosa, dueña de tres dones, frialdad, lentitud y Somnolencia, mujer de encantos solemnes con mil ataduras a tu pasado que no ha pasado, eres un arte de tristeza en la maraña de problemas que inventas, niña de futuro extraño, deambulas entre bosques encantados y príncipes que quieres tener. No se nublen tus paisajes de colores, que tu falda larga no toque el fango, los pájaros te cantan, todos te queremos, no tienes necesidad de producir lástima, eres pequeña, tierna e indefensa, no te escondas en lágrimas forzadas por la costumbre de quejarte, no pienses más allá de tu mundo, si te saco de allí, soy yo el incoherente, si ya no eres la bella princesa, serás desdichada. Entré a tu mundo, disfruté lo que pude y como buen ladrón de recuerdos me fui a lamer mi memoria para verte feliz, entre alegres animalitos.
Entonces, ahora si, vivió feliz para siempre.
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martes, 20 de mayo de 2008
Una docena de alejanías
Hicimos un pacto de Virgos. De esas cosas simbólicas que uno se inventa para disimular la ansiedad que te dan las ganas. Ahí estuvo el primer problema en esta flaca historia: Me fijé en su mirada y no en sus ojos, nunca vi sus dientes por que su sonrisa me cobraba peaje de sentido, sólo pude entender sus labios como parte de los míos cuando decidieron besarme en un soberano acto solemne de formas hindúes.
No importa como la conocí. Llegó tarde y vestida de negro, su energía cortó el ambiente que hasta ese momento era tranquilo; recuerdo que todo enmudeció como en un presagio de hostilidad, como en un presentimiento de bello riesgo. Después caí en la trampa de su vocecita, que con seseos intencionales y palabras alargadas al final, se convirtieron en el primer tema de conversación en aquel café. Pidió un tequila y me contó su historia: vino de otra ciudad por una oferta laboral, dejó todo, allá estaba bien, tenía novio, trabajo bien remunerado, su familia, pero su impulso la trajo. Ese fue el segundo problema: Me supe absolutamente subordinado a su lado, me mostró el riesgo de dejarlo todo, y yo, que fui inspiración para Edipo, me sentí fascinado por semejante muestra de independencia.
Siguiendo mis esquemas de conquista la invité a almorzar, la noche anterior no pude dormir, pensando en qué decirle, cómo capturarla con mis enredos de supuesto sensiblero, me cambié de ropa tres veces, me vi gordo, bajito… Tercer problema: Me mostró ante mí... En fin, estaba fastidiosamente ansioso, había preparado tres posibles saludos, cada uno con dos variantes y tenía un par de chistes a la mano, y una anécdota triste en caso de emergencia. Me llamó y me dijo que no podía, que después me explicaba, que la perdonara, pero que después se iba a reivindicar… Cuarto problema: le compré la promesa. Su saludo dos días después, fue: “Venga, ¿No me va a hacer ningún reclamo? Es que como usted es tan…” y empezaba a describirme de una forma que podía ser el peor de los insultos, pero sonaba bonito, me hablaba de cómo éramos los Virgo, antisépticos, psicorígidos, que no soportamos el dolor ajeno y menos el propio. Interesados, con buen gusto, depresivos, habladores, sarcásticos, y yo le creía. Me gustaba más la versión que ella tenía de mí, que mi ego, me llenaban más sus bisuterías intelectuales y energéticas que las, ahora, tontas charlas con mis amigos. Yo un conversador compulsivo me quedaba callado.Con la fuerza de la timidez provocada, pregunté por la reivindicación por la cita fallida y le conté los ahorros de chistes y los supuestos planes, intenté hacerla sentir mal por mis frustraciones, intenté ganar una batalla en esa tensión de la conquista. Ella, sólida, me miraba, con la angustia pasiva de quien entiende la angustia fingida, entonces me tocó la cara con una caricia rápida, simple, desparpajada, una caricia sin fuerza ni fe, un roce como limosna opulenta, acompañado de unas palabras: “Ya pasó bonito, ya pasó” Cuando me di cuenta que mi estrategia se derrumbaba y que sólo podía sacar de la manga mi As infalible de hacerme el sumiso, en ese momento, ella me abraza y dice maternal: “pobre niño, ya bonito, ya pasó” y habla de nuevo con tono normal cambiando de tema. Me dice que me va a invitar a un sitio, por aquello de la paga por dejarme plantado.
Iba nombrando el universo a su antojo, decía palabras que yo no conocía, propias de su jerga, nunca dijo una palabra vulgar, me parecía de otro planeta, pero le entendía todo, entre risas y caricias me explicaba que significaban esas nuevas acepciones de las cosas o las personas… Quinto problema… Me construyó un lenguaje para aislarme del mundo y me hizo creer único. Para esas alturas ya había caído en cuenta del problema de eso de pensar en ella todo el tiempo, y esos suspiritos entrecortados que llegaban como afirmación de su presencia ausente. Estaba jodido, sabía que no podía enamorarme…
Esa noche, la de la cita, me llevó en su carro y escuchamos música rara, decía los nombres de los cantantes y yo disimulaba, por fin salió uno conocido, este… el cantante de flamenco… este… el de los Gipsy Kings… bueno, el caso es que fingí ser conocedor de música culta y ella creyó o al menos eso me hizo creer. Llegamos al sitio un bar de Usaquén llamado ….. tan extraño como ella, exótico, sensual, fuerte, hay que mirarlo, de energía amablemente densa. Pidió un coctel cuyo nombre prefiero omitir, yo pedí un trago de esos que uno pide para no quedar mal, “12 años y el hielo aparte por favor”. Siguió el silencio y de pronto me dijo que se sentía sola, que su trabajo era absorbente como su importante jefe, que ese sitio le encantaba, que yo le gustaba y que si me podía besar. Después de eso no me acuerdo de nada. Sexto problema me hacía recordar la amnesia o peor aún me hacía recordar los olvidos.
No sé cuantas veces hablábamos al día, teníamos horarios cruzados, ella en sus reuniones y yo en las mías, hablábamos desde el baño, haciendo la parodia de que quien hablaba al otro lado era alguien importante; en las noches hablábamos de cómo nos había ido, pensamos encontrarnos alguna vez para almorzar, pero su agenda era un infierno de compromisos. Un día fui a su apartamento. Yo tenía que hacer unas cosas para entregar al otro día, y ella también. Era una guarida perfecta para el romance, claroscuro, con muebles de mimbre y objetos extraños traídos de los distintos lugares donde la llevaba su trabajo. No quise decir que viajaba mucho, por no recordar el dolor de sus despedidas y la ansiedad de su pronta vuelta. Nos sentamos juiciositos, después de 10 minutos estábamos en el sofá, después nos besamos, luego nos besamos, en seguida nos besamos, posteriormente nos besamos y amaneció. Desperté en su cama con el hombro derecho adolorido por sostener un abrazo que hizo las veces de almohada.
Nos tocamos como ciegos, nos respiramos, nos hablamos con el tacto. Temblé de la emoción y del frío. Sentía su vacío cuando se paraba a poner música, en la mañana la vi desnuda. No me aterró, pues la había visto siempre, la había estado esperando hace muchas vidas, ese era el cuerpo que encajaba en el mío. Séptimo problema: La reconocí. Le dije que por ella sería fiel. Que sería capaz de quedarme en casa esperando a que volviera como una esposa devota de marinero desalmado, le dije que la quería. “Y yo a usted (con doble e) Bonito (con doble o)”dijo.
Me dijo que yo parecía una nena, que esa sensiblería le encantaba y que, cuando durmiéramos, me hiciera siempre al rincón, al lado de la pared y que ella me protegería. Octavo problema: Le compré su seguridad.
Un anuncio de mensaje me hizo parar la reunión, me disculpé diciendo que era importante, decía “Al rincón Nena!!!” Era diciembre, nunca más me volvió a llamar o a escribir. No supe que pasó. Noveno Problema: No quise creer que se había ido. Correo: Hola, no sé que hice mal, por favor llámame… Mensaje de texto: ¿Podría llamarme?... Mensaje de voz: En serio llámame… Correo: Entiendo. Quedé con el sabor de la extrañeza y la sensación de estafa, quedé con las ilusiones de las ilusiones y un poco de todo. No lloré. Un día respondió el correo diciendo que se le había perdido el celular y todos los contactos, que había salido del país, que quería verme. Yo le escribí… Lo mejor de que te hayas ido… es que irrefutablemente puedes regresar. Décimo problema: Me enamoré. Quise hacerle mil reclamos, pero ya no valía la pena, mi corazón había postulado para su destrucción en su propio cuarto para enfermos cardíacos. La saludé un par de veces y después con la franqueza insolente de un sicario, me dice que su ex novio, que estaba confundida… Entiendo dije y la miré sonriente aceptando que jugué a perder. Huí de ahí, corrí a otros brazos, encontré otras excusas para no quedarme solo. Décimo primer problema: Me hizo probar las mieles del masoquismo sincero.
El amor puede ser la especie de dolor puro que se manifiesta para saber que la piel tiene memoria… Decimo segundo Problema: La recuerdo.
No importa como la conocí. Llegó tarde y vestida de negro, su energía cortó el ambiente que hasta ese momento era tranquilo; recuerdo que todo enmudeció como en un presagio de hostilidad, como en un presentimiento de bello riesgo. Después caí en la trampa de su vocecita, que con seseos intencionales y palabras alargadas al final, se convirtieron en el primer tema de conversación en aquel café. Pidió un tequila y me contó su historia: vino de otra ciudad por una oferta laboral, dejó todo, allá estaba bien, tenía novio, trabajo bien remunerado, su familia, pero su impulso la trajo. Ese fue el segundo problema: Me supe absolutamente subordinado a su lado, me mostró el riesgo de dejarlo todo, y yo, que fui inspiración para Edipo, me sentí fascinado por semejante muestra de independencia.
Siguiendo mis esquemas de conquista la invité a almorzar, la noche anterior no pude dormir, pensando en qué decirle, cómo capturarla con mis enredos de supuesto sensiblero, me cambié de ropa tres veces, me vi gordo, bajito… Tercer problema: Me mostró ante mí... En fin, estaba fastidiosamente ansioso, había preparado tres posibles saludos, cada uno con dos variantes y tenía un par de chistes a la mano, y una anécdota triste en caso de emergencia. Me llamó y me dijo que no podía, que después me explicaba, que la perdonara, pero que después se iba a reivindicar… Cuarto problema: le compré la promesa. Su saludo dos días después, fue: “Venga, ¿No me va a hacer ningún reclamo? Es que como usted es tan…” y empezaba a describirme de una forma que podía ser el peor de los insultos, pero sonaba bonito, me hablaba de cómo éramos los Virgo, antisépticos, psicorígidos, que no soportamos el dolor ajeno y menos el propio. Interesados, con buen gusto, depresivos, habladores, sarcásticos, y yo le creía. Me gustaba más la versión que ella tenía de mí, que mi ego, me llenaban más sus bisuterías intelectuales y energéticas que las, ahora, tontas charlas con mis amigos. Yo un conversador compulsivo me quedaba callado.Con la fuerza de la timidez provocada, pregunté por la reivindicación por la cita fallida y le conté los ahorros de chistes y los supuestos planes, intenté hacerla sentir mal por mis frustraciones, intenté ganar una batalla en esa tensión de la conquista. Ella, sólida, me miraba, con la angustia pasiva de quien entiende la angustia fingida, entonces me tocó la cara con una caricia rápida, simple, desparpajada, una caricia sin fuerza ni fe, un roce como limosna opulenta, acompañado de unas palabras: “Ya pasó bonito, ya pasó” Cuando me di cuenta que mi estrategia se derrumbaba y que sólo podía sacar de la manga mi As infalible de hacerme el sumiso, en ese momento, ella me abraza y dice maternal: “pobre niño, ya bonito, ya pasó” y habla de nuevo con tono normal cambiando de tema. Me dice que me va a invitar a un sitio, por aquello de la paga por dejarme plantado.
Iba nombrando el universo a su antojo, decía palabras que yo no conocía, propias de su jerga, nunca dijo una palabra vulgar, me parecía de otro planeta, pero le entendía todo, entre risas y caricias me explicaba que significaban esas nuevas acepciones de las cosas o las personas… Quinto problema… Me construyó un lenguaje para aislarme del mundo y me hizo creer único. Para esas alturas ya había caído en cuenta del problema de eso de pensar en ella todo el tiempo, y esos suspiritos entrecortados que llegaban como afirmación de su presencia ausente. Estaba jodido, sabía que no podía enamorarme…
Esa noche, la de la cita, me llevó en su carro y escuchamos música rara, decía los nombres de los cantantes y yo disimulaba, por fin salió uno conocido, este… el cantante de flamenco… este… el de los Gipsy Kings… bueno, el caso es que fingí ser conocedor de música culta y ella creyó o al menos eso me hizo creer. Llegamos al sitio un bar de Usaquén llamado ….. tan extraño como ella, exótico, sensual, fuerte, hay que mirarlo, de energía amablemente densa. Pidió un coctel cuyo nombre prefiero omitir, yo pedí un trago de esos que uno pide para no quedar mal, “12 años y el hielo aparte por favor”. Siguió el silencio y de pronto me dijo que se sentía sola, que su trabajo era absorbente como su importante jefe, que ese sitio le encantaba, que yo le gustaba y que si me podía besar. Después de eso no me acuerdo de nada. Sexto problema me hacía recordar la amnesia o peor aún me hacía recordar los olvidos.
No sé cuantas veces hablábamos al día, teníamos horarios cruzados, ella en sus reuniones y yo en las mías, hablábamos desde el baño, haciendo la parodia de que quien hablaba al otro lado era alguien importante; en las noches hablábamos de cómo nos había ido, pensamos encontrarnos alguna vez para almorzar, pero su agenda era un infierno de compromisos. Un día fui a su apartamento. Yo tenía que hacer unas cosas para entregar al otro día, y ella también. Era una guarida perfecta para el romance, claroscuro, con muebles de mimbre y objetos extraños traídos de los distintos lugares donde la llevaba su trabajo. No quise decir que viajaba mucho, por no recordar el dolor de sus despedidas y la ansiedad de su pronta vuelta. Nos sentamos juiciositos, después de 10 minutos estábamos en el sofá, después nos besamos, luego nos besamos, en seguida nos besamos, posteriormente nos besamos y amaneció. Desperté en su cama con el hombro derecho adolorido por sostener un abrazo que hizo las veces de almohada.
Nos tocamos como ciegos, nos respiramos, nos hablamos con el tacto. Temblé de la emoción y del frío. Sentía su vacío cuando se paraba a poner música, en la mañana la vi desnuda. No me aterró, pues la había visto siempre, la había estado esperando hace muchas vidas, ese era el cuerpo que encajaba en el mío. Séptimo problema: La reconocí. Le dije que por ella sería fiel. Que sería capaz de quedarme en casa esperando a que volviera como una esposa devota de marinero desalmado, le dije que la quería. “Y yo a usted (con doble e) Bonito (con doble o)”dijo.
Me dijo que yo parecía una nena, que esa sensiblería le encantaba y que, cuando durmiéramos, me hiciera siempre al rincón, al lado de la pared y que ella me protegería. Octavo problema: Le compré su seguridad.
Un anuncio de mensaje me hizo parar la reunión, me disculpé diciendo que era importante, decía “Al rincón Nena!!!” Era diciembre, nunca más me volvió a llamar o a escribir. No supe que pasó. Noveno Problema: No quise creer que se había ido. Correo: Hola, no sé que hice mal, por favor llámame… Mensaje de texto: ¿Podría llamarme?... Mensaje de voz: En serio llámame… Correo: Entiendo. Quedé con el sabor de la extrañeza y la sensación de estafa, quedé con las ilusiones de las ilusiones y un poco de todo. No lloré. Un día respondió el correo diciendo que se le había perdido el celular y todos los contactos, que había salido del país, que quería verme. Yo le escribí… Lo mejor de que te hayas ido… es que irrefutablemente puedes regresar. Décimo problema: Me enamoré. Quise hacerle mil reclamos, pero ya no valía la pena, mi corazón había postulado para su destrucción en su propio cuarto para enfermos cardíacos. La saludé un par de veces y después con la franqueza insolente de un sicario, me dice que su ex novio, que estaba confundida… Entiendo dije y la miré sonriente aceptando que jugué a perder. Huí de ahí, corrí a otros brazos, encontré otras excusas para no quedarme solo. Décimo primer problema: Me hizo probar las mieles del masoquismo sincero.
El amor puede ser la especie de dolor puro que se manifiesta para saber que la piel tiene memoria… Decimo segundo Problema: La recuerdo.
domingo, 11 de mayo de 2008
De lo Bello a lo Nefasto
Su piel como una utopía para el tacto, forra un cuerpo esbelto que se presenta con atuendos poco convencionales. Parece la copia humana de un dibujo animado japonés, de ojos grandes, extremidades largas, pelo negro siempre perfecto, una boquita de mentiras y con un pincelazo que algunos se atreven a llamar nariz. Blanca hielo, con palidez pasmosa que contrasta con la propuesta brillante de sus cejas, cada pestaña suya parece tener una historia hipnótica. Sus manos se mueven con soltura argumentando con decisión férrea cualquier punto de vista de cualquier tema, salta con facilidad de la vida al tema más trivial, hace cambios bruscos sin importar el hilo, pero siempre deja una duda, relativiza, rompe, empuja.
Su voz, manejada con poco volumen, tiene dejes de misterio, se toma su tiempo mientras escucha a los demás y fabrica retazos elaborados con sutilísimos complementos estéticos; tiene derecho a hablar de la belleza pues bien sabe que la encarna.
Nunca la vimos con un escote fuera de tono, un pantalón barato o un accesorio disonante, en caso tal de que alguna oferta diaria glamour no fuese comprendida, siempre era culpa nuestra, su público ignorante y atónito. Muchos estuvimos de acuerdo en separarla de otras mujeres, cuando en corrillos masculinos su nombre salía nos quedábamos sin palabras, buscábamos la manera de describirla, alguien decía elegante, otro replicaba preciosa, pero es que es, es…, es como su porte. Nuestro contertulio explicó que a los caballos de paso se les mira el porte, y que hay que tener gran experiencia para descubrirlo. Todos nos reímos por la comparación equina, adornamos la situación con un par de chistes machistas y cambiamos de tema, es decir empezamos a hablar de otra mujer. ¿Porte? Presencia, el Aspecto general, su performance… así es, ahí estaba el truco. Era su belleza natural la suma de pequeños detalles.
Una vez la vi en un elitista centro comercial, se veía como en casa, su rostro neutral observaba con atención las vitrinas, los atuendos de otras, parecía un enigma ambulante, caminaba despacio, como en pasarela, nunca por fuera del protocolo, siempre en su punto.
Hablábamos de muchas cosas. No era muy brillante, pero sus puntos de vista adquirían validez tras una sonrisita que confirmaba la existencia de los dioses, siempre pensé que su olor era una mezcla de elegantes perfumes y cierto olor de establo en la noche, una mezcla que causaba conmoción en los sentidos, desacierto en la razón y malévolas fantasías tiernas. He de decir que tenía dificultades con su madre y su padre era un acomodado señor, que no tenía tiempo. Creció con sus abuelos, lo que explicaba esa calma en su andar, esa armonía envidiable que te dan los años o la fuerza de costumbre de andar despacio que te pone en otro ritmo.
Hablábamos de muchas cosas. Tenía un novio que todos odiábamos, no sé si por envidia, frustración o por que en realidad era un mequetrefe musculoso con suerte. Según ella era su apoyo, y es que bastaba un chasquido de dedos para que apareciera con actitud de mayordomo siempre presto a servir. Ella parecía su premio por ser buen hijo, juicioso pero, tenía amigos malos. El tipo le prestaba algún servicio a agentes encubiertos o algo así.
De repente no volvió más. Dejó un vacío existencial como cuando muere una leyenda. La última vez que la llamé no fue amable, me dio a entender que no la llamara más por que ella amaba a su novio y no quería problemas… entre ella y yo había pasado sólo un pequeño roce –accidental creo- de labios al borde de la mejilla. Quizás lo sospechoso era nuestras interminables conversaciones por teléfono, en las que básicamente dejábamos quemar el tiempo mientras nos escuchábamos; el tema era un adjunto en las charlas nocturnas y cuando nos veíamos nos saludábamos distantes, ajenos, como desconocidos que disimulan la mirada.
Estaba seguro que detrás de esa máscara de seguridad había una hermosa chiquilla con falta de afecto y con un novio como ese, con amigos malos, pues la ecuación era sencilla la intimidaba y la abrumaba, es decir, se mostraba malo y peligroso capaz de cualquier cosa por cuidarla y estaba como un esclavo al servicio de sus más pequeños requerimientos.
En nuestras terapias telefónicas, alguna vez me preguntó si uno podía aprender a querer, yo le respondí diciendo que el amor incondicional era poco probable y que siempre hay intereses, no sólo materiales sino sentimentales que son más costosos, por lo tanto uno se ubicaba en el sitio más conveniente, pero que había un problema , era que a veces, uno aprendía a querer con dolor y que esas eran formas de ser feliz creíbles, pero a costa de uno mismo, una especie de traición en querer creer que uno quiere y sentirse bien con eso. Recuerdo que enmudeció, pensé que se había dormido por mi patética diatriba masoquista de amor solitario, pero supe que lloraba con su alma, pues tiempo después lo admitió indirectamente – como siempre -.
Un día volvió. Y de aquella belleza única encontré una belleza tradicional, se había mimetizado, su pelo negro y brillante ahora tiene visos extraños de tintes color madera, sus atuendos -supongo- deben estar a la moda, aunque no perdió la elegancia aquella fuerza de antes es un pequeño intento por llamar la atención. Flaca como su sombra, menos pálida y más maquillada. Habla más por lo tanto la gente la escucha menos, camina con el orgullo de haber sido lo más lindo que alguna vez estuvo allí. Captura nuevo público y nosotros, los que algún día la veneramos estamos divididos, unos dicen que está mejor pero muy flaca, otros dicen que se puso buenísima y que lo que le faltaba era un verdadero macho (no volvimos a ver su novio… -el malo-.), otros afirman que aterrizó en ser una simple niña bonita.
Lo mío es más de pérdida personal, la siempre inalcanzable y misteriosa captura de lo bello, se convierte en una repetida belleza. Ya hay varias así, parece una metáfora perfecta para explicar el arte y la artesanía. Cada vez que la veía –antes – me cambiaba la vida, como pieza única era admirable. Era mi religión. Quizá se cansó de ser venerada y quiso probar la mortalidad o se cree más hermosa de lo que es, es posible que siga protegida por su belleza imperial y que sus afanes sean no envejecer y conseguir amores serviles.
Hoy no la conozco pero de vez en cuando la nostalgia se levanta de su lecho y se le pasa la morfina del tiempo, la recuerda como lo más cercano al amor, acuden a su lecho nostálgico por demás, la esperanza y los nuevos recuerdos, la anciana mira a los visitantes con amor y se toca el borde de la boca intentando borrar el beso que la mantiene viva y muerta. Hoy no la conozco y cuando me tocó compartir un pequeño espacio con ella, mis archivos de olfato desconocieron su olor y con tristeza vieron un común perfume de temporada.
En un juego siniestro su belleza se ha refundido, en un perverso revés de consumo asumió posturas de actriz de reparto, en una ansiedad permanente y notoria soledad busca refugio en nuevos adeptos, se ríe más de la cuenta, se sabe bella y lerda con iniciativa, se entiende dinámica y escueta de argumentos, se mira a sí misma con la nefasta claridad de ser un engaño vil de maquillaje.
Creo que en las noches llora, después de aplicarse mil cremas, ponerse su pijamita de satín y meterse en la cama, antes de dormir, un segundo antes de dormir, se odia profundamente, creo que en las noches llora y sólo puede decir… “Esto es una paradoja Astral” y cierra los ojos al mundo.
Duerme como un ser bello, que la fealdad de tu realidad te despertará cuando sepas quien eres y no quien crees ser. .. Duerme tranquila que en mis sueños eres la de antes y ahí vales más…
Su voz, manejada con poco volumen, tiene dejes de misterio, se toma su tiempo mientras escucha a los demás y fabrica retazos elaborados con sutilísimos complementos estéticos; tiene derecho a hablar de la belleza pues bien sabe que la encarna.
Nunca la vimos con un escote fuera de tono, un pantalón barato o un accesorio disonante, en caso tal de que alguna oferta diaria glamour no fuese comprendida, siempre era culpa nuestra, su público ignorante y atónito. Muchos estuvimos de acuerdo en separarla de otras mujeres, cuando en corrillos masculinos su nombre salía nos quedábamos sin palabras, buscábamos la manera de describirla, alguien decía elegante, otro replicaba preciosa, pero es que es, es…, es como su porte. Nuestro contertulio explicó que a los caballos de paso se les mira el porte, y que hay que tener gran experiencia para descubrirlo. Todos nos reímos por la comparación equina, adornamos la situación con un par de chistes machistas y cambiamos de tema, es decir empezamos a hablar de otra mujer. ¿Porte? Presencia, el Aspecto general, su performance… así es, ahí estaba el truco. Era su belleza natural la suma de pequeños detalles.
Una vez la vi en un elitista centro comercial, se veía como en casa, su rostro neutral observaba con atención las vitrinas, los atuendos de otras, parecía un enigma ambulante, caminaba despacio, como en pasarela, nunca por fuera del protocolo, siempre en su punto.
Hablábamos de muchas cosas. No era muy brillante, pero sus puntos de vista adquirían validez tras una sonrisita que confirmaba la existencia de los dioses, siempre pensé que su olor era una mezcla de elegantes perfumes y cierto olor de establo en la noche, una mezcla que causaba conmoción en los sentidos, desacierto en la razón y malévolas fantasías tiernas. He de decir que tenía dificultades con su madre y su padre era un acomodado señor, que no tenía tiempo. Creció con sus abuelos, lo que explicaba esa calma en su andar, esa armonía envidiable que te dan los años o la fuerza de costumbre de andar despacio que te pone en otro ritmo.
Hablábamos de muchas cosas. Tenía un novio que todos odiábamos, no sé si por envidia, frustración o por que en realidad era un mequetrefe musculoso con suerte. Según ella era su apoyo, y es que bastaba un chasquido de dedos para que apareciera con actitud de mayordomo siempre presto a servir. Ella parecía su premio por ser buen hijo, juicioso pero, tenía amigos malos. El tipo le prestaba algún servicio a agentes encubiertos o algo así.
De repente no volvió más. Dejó un vacío existencial como cuando muere una leyenda. La última vez que la llamé no fue amable, me dio a entender que no la llamara más por que ella amaba a su novio y no quería problemas… entre ella y yo había pasado sólo un pequeño roce –accidental creo- de labios al borde de la mejilla. Quizás lo sospechoso era nuestras interminables conversaciones por teléfono, en las que básicamente dejábamos quemar el tiempo mientras nos escuchábamos; el tema era un adjunto en las charlas nocturnas y cuando nos veíamos nos saludábamos distantes, ajenos, como desconocidos que disimulan la mirada.
Estaba seguro que detrás de esa máscara de seguridad había una hermosa chiquilla con falta de afecto y con un novio como ese, con amigos malos, pues la ecuación era sencilla la intimidaba y la abrumaba, es decir, se mostraba malo y peligroso capaz de cualquier cosa por cuidarla y estaba como un esclavo al servicio de sus más pequeños requerimientos.
En nuestras terapias telefónicas, alguna vez me preguntó si uno podía aprender a querer, yo le respondí diciendo que el amor incondicional era poco probable y que siempre hay intereses, no sólo materiales sino sentimentales que son más costosos, por lo tanto uno se ubicaba en el sitio más conveniente, pero que había un problema , era que a veces, uno aprendía a querer con dolor y que esas eran formas de ser feliz creíbles, pero a costa de uno mismo, una especie de traición en querer creer que uno quiere y sentirse bien con eso. Recuerdo que enmudeció, pensé que se había dormido por mi patética diatriba masoquista de amor solitario, pero supe que lloraba con su alma, pues tiempo después lo admitió indirectamente – como siempre -.
Un día volvió. Y de aquella belleza única encontré una belleza tradicional, se había mimetizado, su pelo negro y brillante ahora tiene visos extraños de tintes color madera, sus atuendos -supongo- deben estar a la moda, aunque no perdió la elegancia aquella fuerza de antes es un pequeño intento por llamar la atención. Flaca como su sombra, menos pálida y más maquillada. Habla más por lo tanto la gente la escucha menos, camina con el orgullo de haber sido lo más lindo que alguna vez estuvo allí. Captura nuevo público y nosotros, los que algún día la veneramos estamos divididos, unos dicen que está mejor pero muy flaca, otros dicen que se puso buenísima y que lo que le faltaba era un verdadero macho (no volvimos a ver su novio… -el malo-.), otros afirman que aterrizó en ser una simple niña bonita.
Lo mío es más de pérdida personal, la siempre inalcanzable y misteriosa captura de lo bello, se convierte en una repetida belleza. Ya hay varias así, parece una metáfora perfecta para explicar el arte y la artesanía. Cada vez que la veía –antes – me cambiaba la vida, como pieza única era admirable. Era mi religión. Quizá se cansó de ser venerada y quiso probar la mortalidad o se cree más hermosa de lo que es, es posible que siga protegida por su belleza imperial y que sus afanes sean no envejecer y conseguir amores serviles.
Hoy no la conozco pero de vez en cuando la nostalgia se levanta de su lecho y se le pasa la morfina del tiempo, la recuerda como lo más cercano al amor, acuden a su lecho nostálgico por demás, la esperanza y los nuevos recuerdos, la anciana mira a los visitantes con amor y se toca el borde de la boca intentando borrar el beso que la mantiene viva y muerta. Hoy no la conozco y cuando me tocó compartir un pequeño espacio con ella, mis archivos de olfato desconocieron su olor y con tristeza vieron un común perfume de temporada.
En un juego siniestro su belleza se ha refundido, en un perverso revés de consumo asumió posturas de actriz de reparto, en una ansiedad permanente y notoria soledad busca refugio en nuevos adeptos, se ríe más de la cuenta, se sabe bella y lerda con iniciativa, se entiende dinámica y escueta de argumentos, se mira a sí misma con la nefasta claridad de ser un engaño vil de maquillaje.
Creo que en las noches llora, después de aplicarse mil cremas, ponerse su pijamita de satín y meterse en la cama, antes de dormir, un segundo antes de dormir, se odia profundamente, creo que en las noches llora y sólo puede decir… “Esto es una paradoja Astral” y cierra los ojos al mundo.
Duerme como un ser bello, que la fealdad de tu realidad te despertará cuando sepas quien eres y no quien crees ser. .. Duerme tranquila que en mis sueños eres la de antes y ahí vales más…
jueves, 8 de mayo de 2008
Emboscada en doble sentido o La estocada francesa
Yo era quien creía ser. Escondía tras vestidos finos mi desnudez barata y debo admitir que cualquier ejercicio de poder me llamaba la atención; quizá por aquella ley de polos opuestos, el control sobre los demás se trataba de mi impotencia sobre mi mismo. -Obvio -decían algunos -tuviste más oportunidades que los otros, por haber estudiado en esa prestigiosa universidad, por dominar a la perfección otros idiomas es que –decían - se te nota ese estilo propio de quien se ha preocupado por asuntos menos mundanos que trabajar para comer.
Era profesor universitario. Quizá mi formación no abarcaba esas extrañas didácticas, en realidad no me importaba, sólo quería, y con la mejor intención, repetir lo que yo creía les iba a servir a ellos, “mis colegas” como llamaba a mis alumnos. Era criticado por mis métodos, según ellos, escueleros. Me enseñaron que el rigor empieza por la puntualidad, por defender tal postura fui tildado de indolente, se presentaron quejas, reclamos y molestias. En fin, todo marchaba bien, con los odios y amores tradicionales por la exigencia, con las complicidades de la política y mis conocidos, con las bienaventuranzas y las maldiciones de exponer mi pensamiento ante personas que, aunque disimulen, no tienen el más mínimo interés. Todo iba bien –ya lo dije -hasta aquella vez…
Era la época de segundos parciales. Siempre encuentras estudiantes que pretenden pasar la materia por cualquier motivo menos por estudiar. Ella, era una de esas, de exuberante belleza, pero no una de esas de admirar, si no de trasgredir, una belleza genital, una belleza de pretina, de esas que punzan y pican, que te sorprenden imprudentemente en el lugar menos indicado. Alta, blanca, de pelo liso y lacio, con la desfachatez que da la ignorancia, de boca grande, labios pequeños, manos feas que parecían hacer muecas referenciadas a lo sexual, como tocarse, rozarse, peinarse. Le gustaba exhibirse, sentirse deseada, sus cejas hacían marco de unos ojos burlones que promulgaban verdades mentirosas, su cuello largo y hombros caídos opacaban la estrechez de su discurso, no tenía curvas prominentes, quizá era su actitud de falso interés, sus preguntas rebuscadas y esa posición al sentarse que la hacía excepcional. Se vestía muy bien, como me gusta, tonos sutilmente combinados, sobrios, me recordaba a mis compañeras de universidad, siempre tan bien puestas, siempre tan indecentes, sin embargo tan bien libradas… siempre damas...
Decía que estábamos en segundos parciales .Ella no iba bien; supe que presentía de mi gusto, me entendí vulnerable, pues los sentimientos no son calificables, se cae el discurso del respeto y uno se muestra como uno de ellos. Eso no podía ser; había entrado en conflicto por mi rigidez y trabajaba en ello con mi psicólogo. Pronuncié su apellido con firmeza disfrazada, era una prueba oral… ahora entiendo, oral y además había dicho -entra todo- esa maldita manía de leer con doble sentido.
Ella entró y aseguró la puerta. Con voz maullante en celo y mirándome con certeza insolente, me dice: “ahora sí profe, oral y entra todo”. Se llevó la mano a la blusa y con un dedo juguetón desapuntó el tercer botón; yo no supe que hacer, fue notoria mi torpeza, ella me repite: arreglemos la nota. Yo siento un vacío en el estómago, nauseas, siento frio, sudor, siento que alguien me arranca la columna vertebral. Oigo de nuevo su voz, esta vez como un susurro, ¿entonces profe, qué dice?, su pelo que segundos antes había echado hacia atrás, con un acento de cotejo, cae sobre su hombro izquierdo, huelo su humedad, presiento su ansiedad. Han pasado tres segundos que son tres eternidades, ella está a cuarenta centímetros y yo a cuarenta grados.
En un acto de suprema irresponsabilidad sexual, le dije que no malinterpretara las cosas y que no se equivocara conmigo. Hizo cara de decepción, que desdibujó su hálito vampirezco de modelo fatal y la devolvió a su común majadería… -¿Qué? -pregunta como si no hubiera pasado nada -¿Qué se imagina profesor? -insiste con indignación femenina - ni en sueños podrá tenerme -dice en voz baja, sin quitarme de encima esa mirada alevosa.
-¿Cuál es mi nota? -pregunta afirmando -¿Cuatro? otra vez pregunta esta vez con tono de insatisfacción, y susurra … en cuatro…metiéndose un dedo en la boca, sube un poco la voz y dice “menos mal no fue tres, por que eso del menage a trois me agota”. Me mira, me enseña sus dientes y se va flotando en su nube de perfume, feromonas y ganas frustradas. Sabe francés la muy libidinosa…pensé. Hoy por agüero salto del tres nueve a cuatro uno, cancelé las citas con mi psicólogo y trato de no acercarme a ellos, los alumnos, pues presiento que saben todo lo que pasó y se ríen y me temen y yo que sólo pretendía enseñar que yo era quien creía ser.
Era profesor universitario. Quizá mi formación no abarcaba esas extrañas didácticas, en realidad no me importaba, sólo quería, y con la mejor intención, repetir lo que yo creía les iba a servir a ellos, “mis colegas” como llamaba a mis alumnos. Era criticado por mis métodos, según ellos, escueleros. Me enseñaron que el rigor empieza por la puntualidad, por defender tal postura fui tildado de indolente, se presentaron quejas, reclamos y molestias. En fin, todo marchaba bien, con los odios y amores tradicionales por la exigencia, con las complicidades de la política y mis conocidos, con las bienaventuranzas y las maldiciones de exponer mi pensamiento ante personas que, aunque disimulen, no tienen el más mínimo interés. Todo iba bien –ya lo dije -hasta aquella vez…
Era la época de segundos parciales. Siempre encuentras estudiantes que pretenden pasar la materia por cualquier motivo menos por estudiar. Ella, era una de esas, de exuberante belleza, pero no una de esas de admirar, si no de trasgredir, una belleza genital, una belleza de pretina, de esas que punzan y pican, que te sorprenden imprudentemente en el lugar menos indicado. Alta, blanca, de pelo liso y lacio, con la desfachatez que da la ignorancia, de boca grande, labios pequeños, manos feas que parecían hacer muecas referenciadas a lo sexual, como tocarse, rozarse, peinarse. Le gustaba exhibirse, sentirse deseada, sus cejas hacían marco de unos ojos burlones que promulgaban verdades mentirosas, su cuello largo y hombros caídos opacaban la estrechez de su discurso, no tenía curvas prominentes, quizá era su actitud de falso interés, sus preguntas rebuscadas y esa posición al sentarse que la hacía excepcional. Se vestía muy bien, como me gusta, tonos sutilmente combinados, sobrios, me recordaba a mis compañeras de universidad, siempre tan bien puestas, siempre tan indecentes, sin embargo tan bien libradas… siempre damas...
Decía que estábamos en segundos parciales .Ella no iba bien; supe que presentía de mi gusto, me entendí vulnerable, pues los sentimientos no son calificables, se cae el discurso del respeto y uno se muestra como uno de ellos. Eso no podía ser; había entrado en conflicto por mi rigidez y trabajaba en ello con mi psicólogo. Pronuncié su apellido con firmeza disfrazada, era una prueba oral… ahora entiendo, oral y además había dicho -entra todo- esa maldita manía de leer con doble sentido.
Ella entró y aseguró la puerta. Con voz maullante en celo y mirándome con certeza insolente, me dice: “ahora sí profe, oral y entra todo”. Se llevó la mano a la blusa y con un dedo juguetón desapuntó el tercer botón; yo no supe que hacer, fue notoria mi torpeza, ella me repite: arreglemos la nota. Yo siento un vacío en el estómago, nauseas, siento frio, sudor, siento que alguien me arranca la columna vertebral. Oigo de nuevo su voz, esta vez como un susurro, ¿entonces profe, qué dice?, su pelo que segundos antes había echado hacia atrás, con un acento de cotejo, cae sobre su hombro izquierdo, huelo su humedad, presiento su ansiedad. Han pasado tres segundos que son tres eternidades, ella está a cuarenta centímetros y yo a cuarenta grados.
En un acto de suprema irresponsabilidad sexual, le dije que no malinterpretara las cosas y que no se equivocara conmigo. Hizo cara de decepción, que desdibujó su hálito vampirezco de modelo fatal y la devolvió a su común majadería… -¿Qué? -pregunta como si no hubiera pasado nada -¿Qué se imagina profesor? -insiste con indignación femenina - ni en sueños podrá tenerme -dice en voz baja, sin quitarme de encima esa mirada alevosa.
-¿Cuál es mi nota? -pregunta afirmando -¿Cuatro? otra vez pregunta esta vez con tono de insatisfacción, y susurra … en cuatro…metiéndose un dedo en la boca, sube un poco la voz y dice “menos mal no fue tres, por que eso del menage a trois me agota”. Me mira, me enseña sus dientes y se va flotando en su nube de perfume, feromonas y ganas frustradas. Sabe francés la muy libidinosa…pensé. Hoy por agüero salto del tres nueve a cuatro uno, cancelé las citas con mi psicólogo y trato de no acercarme a ellos, los alumnos, pues presiento que saben todo lo que pasó y se ríen y me temen y yo que sólo pretendía enseñar que yo era quien creía ser.
miércoles, 7 de mayo de 2008
Escrito para su gusto de mi...
ESCRITO PARA QUE LE GUSTE
Carlos López
Debo acariciarla con palabras que la enternezcan sin provocarle la penuria de la ridiculez, debo poner en mar de leva sus bajas pasiones sin convertirlas en tornados que me arrasen, debo mirarla en su piel para disfrutar de sus curviformes rincones que se asoman por sus pantalones rotos, pero, también debo mirarla, desde esa energía traviesa, que se sabe infantil y obscena, procaz y precoz. Debo sentirla, asirla, capturarla mediante obra, palabra y omisión.
Usted, tan simple, tan bella, tan tranquila con esos quilates de desfachatez propios de quien se sabe admirado, usted tan clara de piel y planes vitales, usted con tanta concupiscencia anunciada y tan poca revelada, usted simplemente me provoca versos profanos.
Lo sé, esto carece de ritmo, permítame endosar la culpa a su cadencioso caminar, que me genera arritmia (literal), que me influye y me determina, sus pasos entre nubes, se vuelven lluvia en mi tormenta de seres deseados.
Dos Martinis más por favor… uno por el póker de ases de sus ojos, cabello rubio, cuerpo angelical e instinto demoníaco y otro por el Jaque Mate de mis deseos racionalizados.
He traicionado la idea de este texto, ahora ella me mira fijo y se tapa la boca, ideal por demás, eludiendo una mala mención de mi madre (Edipo ataca otra vez), decía que me mira con el rencor de la comprensión de quien sabe que perdió, de quien entiende que la suerte no sonríe… la idea suspira hondo, porque la ridiculizo una vez más, se sonroja un poco y con parsimonia se levanta, sonríe irónicamente y se va despacio caminando entre nubecitas de esas que pintan cuando alguien tiene una idea.
Qué tienen que ver las nubes, las ideas… Veamos: Nubecitas… y tú… que eres mi cielo.
“Nubecitas + tú = Mi cielo”
(Sumatoria final para arreglar un desvarío que intenta ganarle a un cuento de una lágrima aventurera que quiso ser más que ella misma)
Quise dejar una posdata en blanco para que pensaras que te podré querer, pero un gato en celo me devuelve al planeta de los dos… gato en celo… (es otro posible final) (mi editor interno me dice que deje el final de la nubecita, que es más vendible… pero en realidad el muy infeliz se excita con la idea del felino ninfomaníaco apresurado por desfogues)
Fin… sin fin.
Carlos López
Debo acariciarla con palabras que la enternezcan sin provocarle la penuria de la ridiculez, debo poner en mar de leva sus bajas pasiones sin convertirlas en tornados que me arrasen, debo mirarla en su piel para disfrutar de sus curviformes rincones que se asoman por sus pantalones rotos, pero, también debo mirarla, desde esa energía traviesa, que se sabe infantil y obscena, procaz y precoz. Debo sentirla, asirla, capturarla mediante obra, palabra y omisión.
Usted, tan simple, tan bella, tan tranquila con esos quilates de desfachatez propios de quien se sabe admirado, usted tan clara de piel y planes vitales, usted con tanta concupiscencia anunciada y tan poca revelada, usted simplemente me provoca versos profanos.
Lo sé, esto carece de ritmo, permítame endosar la culpa a su cadencioso caminar, que me genera arritmia (literal), que me influye y me determina, sus pasos entre nubes, se vuelven lluvia en mi tormenta de seres deseados.
Dos Martinis más por favor… uno por el póker de ases de sus ojos, cabello rubio, cuerpo angelical e instinto demoníaco y otro por el Jaque Mate de mis deseos racionalizados.
He traicionado la idea de este texto, ahora ella me mira fijo y se tapa la boca, ideal por demás, eludiendo una mala mención de mi madre (Edipo ataca otra vez), decía que me mira con el rencor de la comprensión de quien sabe que perdió, de quien entiende que la suerte no sonríe… la idea suspira hondo, porque la ridiculizo una vez más, se sonroja un poco y con parsimonia se levanta, sonríe irónicamente y se va despacio caminando entre nubecitas de esas que pintan cuando alguien tiene una idea.
Qué tienen que ver las nubes, las ideas… Veamos: Nubecitas… y tú… que eres mi cielo.
“Nubecitas + tú = Mi cielo”
(Sumatoria final para arreglar un desvarío que intenta ganarle a un cuento de una lágrima aventurera que quiso ser más que ella misma)
Quise dejar una posdata en blanco para que pensaras que te podré querer, pero un gato en celo me devuelve al planeta de los dos… gato en celo… (es otro posible final) (mi editor interno me dice que deje el final de la nubecita, que es más vendible… pero en realidad el muy infeliz se excita con la idea del felino ninfomaníaco apresurado por desfogues)
Fin… sin fin.
Vi a Verónica Orozco...
Feria del libro, último día, pabellon de Japón, 4 pm, lunes festivo 5 de mayo.
Yo esperaba que mi sobrina terminara de ver las muñequitas japonesas, estoy a la salida del pabellón, volteo a mirar y ahí estaba, hablando por celular.
Vinieron a mi mente imágenes de telenovelas como "Isabel me la veló" que nadie recuerda, sino por el tema musical de aterciopelados... el álbum.
He de decir que la recordaba más bella, tiene pequitas lindas, un pelo cadensioso y uno ojos como miel.
También he de confesar que quería ponerle el tema de las bragas y todos los obsenos imaginarios al respecto.
La vi tan humana, que me rompió el corazón mediático...
¿Algún día encontaré a Marbel?
Yo esperaba que mi sobrina terminara de ver las muñequitas japonesas, estoy a la salida del pabellón, volteo a mirar y ahí estaba, hablando por celular.
Vinieron a mi mente imágenes de telenovelas como "Isabel me la veló" que nadie recuerda, sino por el tema musical de aterciopelados... el álbum.
He de decir que la recordaba más bella, tiene pequitas lindas, un pelo cadensioso y uno ojos como miel.
También he de confesar que quería ponerle el tema de las bragas y todos los obsenos imaginarios al respecto.
La vi tan humana, que me rompió el corazón mediático...
¿Algún día encontaré a Marbel?
domingo, 4 de mayo de 2008
Penetración Virtual
Aunque parezca un sitio de sexo en internet, este es mi espacio... hiper real... pensé varios nombres como mi web o nada, webonaditas, webpajé entre otros... este fue el elegido... en fin, creo que la genealogía no importa. Inicio mi Blog, como rompiendo el himen tecnológico, pues cuando aprendí a editar myspace, ya no servía...
Este, supongo, va a ser mi lugar de disvaríos y penas.
Gracias por invertir el tiempo aquí... (Con tantas cosas importantes que hay por hacer), si siente que lo perdió... puede hacer el reclamo en www.quierohacerunreclamoporsemejanteestupidez o escribir un correo a sihubierasabidoestonoperderiamitiempo@lamentirapiadosa.com o puede odiarme tranquilamente, que aquí se le querrá de alguna u otra forma.
Este, supongo, va a ser mi lugar de disvaríos y penas.
Gracias por invertir el tiempo aquí... (Con tantas cosas importantes que hay por hacer), si siente que lo perdió... puede hacer el reclamo en www.quierohacerunreclamoporsemejanteestupidez o escribir un correo a sihubierasabidoestonoperderiamitiempo@lamentirapiadosa.com o puede odiarme tranquilamente, que aquí se le querrá de alguna u otra forma.
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