Sí, este asuntico que algunos llaman bigamia, poligamia, promiscuidad, inestabilidad emocional, incapacidad de amar entre otros adjetivos "descalificativos", empezó a edad temprana. Las cosas de ese entonces eran grandes como las distancias y de manera básica me divertía entre mi madre, mi padre y la empleada de servicio que hacía las veces de nana. Mi hermana, cuya excepcionalidad la convertía en el centro de mis juegos, a pesar de ser mayor unos años era la niña de la casa. ¡Ah! y mi hermano que para ese entonces ya tenía problemas con mi madre por los horarios de llegada, la música de “gatas ahorcadas” que escuchaba (Led Zepellin) y la batalla por conseguir la mujer más adecuada, una “que sí lo mereciera” -según nuestra madre-… ¡OH SINO NEFASTO!... NUNCA LO LOGRAREMOS…
Del colegio Santa Helena recuerdo a la Señorita Beatriz, y a la Señorita Rita, la primera era la rectora con piel de acordeón, ojos claros, pelo corto tinturado de rubio, de elegancia considerable por ende modales refinados de esos que sí se deben copiar… alcurnia; pero con un notable amor por mi hermano que también tuvo la desgracia agraciada de estudiar allí. La señorita Rita en cambio, era pequeña, de pelo negro, con su irrefutable bata blanca, unas gafas que disminuían sus ojos a la mínima expresión... era miope hasta el cansancio; recuerdo que tenía una parte de su sonrisa incompleta, sí, era fea, pero el amor y el odio de los niños no conoce los límites estéticos que se asumen cuando se crece… si es que se crece.
Comienzo de año escolar. La excitación por estrenar zapatos Verlon, maleta de ABC y el grueso saco azul, era indescriptible, ese olor típico del lápiz, de los colores y de la pintura de pared... la madera, los puestos dobles, los avisos hechos letra a letra. Recuerdo que había un Pinocho muy cerca de una de esas princesas de cuentos, pero estaba pegado en la pared de tal forma que parecía tocar indecentemente a la dulce, y ya para ese entonces en mi concepto la provocadora, Campanita.
"Los niños y las niñas de primero se me hacen a este lado", gritó con voz desgastada la rectora, era una casa grande adaptada para ser colegio, dos patios, los baños al fondo, a la entrada un zaguán sinfín, como un túnel de la muerte, algunos resistían con sus más profundas fuerzas, otros se resignaban, otros obedecían. Entramos. Mi madre, había recomendado al hermano de Luisito, que según dijeron era un niño ejemplar, por lo tanto me pusieron adelante y solo, para que “nadie me lo moleste”. Nótese que era un puesto doble.
Unas semanas después de la guerra con la matemática, los recreos, las loncheras, los amigos imaginarios y los reales, llegaron al salón un par de personajes que cambiarían el rumbo de mi historia. Eran las hermanas Parra, unas mellizas de pelo, espíritu y ojos negros, perversas por naturaleza, agresivas, desafiantes, malcriadas… hay una palabra que las define: gaminas. Sus ojos inquietos parecían querer descubrirlo todo… El problema fue que me encantaron, mi pobre corazón que latía por supermán y la mujer maravilla, ahora tenía unas nuevas heroínas de verdad… pero jugaban al lado de los malos.
Hay que admitir que yo era aplicado en las tareas, excepto con la maldita letra e, que me costó gracias a la pedagogía del coscorrón que aplicaba mi padre, un par de chichones; decía que era juicioso, pero eso no era suficiente para hacerse notar ante ellas, entonces decidí ser el payaso, ¡Y vaya que ha funcionado!, tuve aprobación hasta de mi maestra, aunque seguía siendo, el hermano payasito de Luisito.
Jenny y Catherine eran castigadas a cada rato por cualquier pilatuna, recuerdo verlas arrodilladas y con las manos levantadas en la mitad del patio, yo cuidaba el salón mientras la maestra se iba, y después le decía quien se había portado mal, si, lo sé, era el sapo y el lambón, pero también el mejor estudiante, claro no ve que era igualito al hermano… en lo aplicado…
Una vez no denuncié a Jenny por rayar una pared, pero la amenacé con un discurso ético diciéndole que si lo volvía a hacer le iba a contar todo a la rectora, recuerdo lo que dijo: "Usted es bonito pero es muy sapo", entonces me puse a llorar y le dije a la profesora, la castigaron; Catherine, me preguntó qué había pasado, le conté todo, ella que era dos minutos mayor que la inmadura de su hermana, entendió lo que pasó y nos hicimos amigos.
Compartíamos los muñequitos del Chavo que venían en los Yupis, hablábamos en el recreo sobre las tareas, los programas de tv, de repente nos mirábamos en clase y un día ella me dio un pedazo de sándwich y yo le di un trozo de mantecada que había empacado mi nana. Creo que ese intercambio alimenticio fue el inicio de mi primera relación.
Sufría cuando la castigaban; hay que decir que me destituyeron del cargo por protegerla a ultranza, un día no fue y le pregunté con descrédito a mi infantil cuñada qué había pasado y me respondió que mi temeraria novia tenía paperas, esa tarde le escribí, era mi primera carta, decía algo así como que se mejorara y que volviera pronto, y le envolví un chavo saliendo del barril, una pieza difícil de conseguir, al otro día le envié la misiva con su hermana, y con ella hablamos al descanso y me pareció linda como su ahora ausente y enferma hermana, se podía decir que eran igualiticas, le intenté compartir un poco de mis papas fritas y cogió todo el paquete, abrió mi lonchera y dispuso la de ella, no hablamos pero ese gesto de domino, me haría hasta hoy un perfecto admirador de las mujeres decididas y que toman la iniciativa, vale decir, abusivas.
Entré en conflicto, pues la había pasado bien con la otra que se parecía a la misma, al día siguiente las paperas seguían su curso, nos sentamos con la cuñada, abrió mi lonchera, abrió la de ella y comimos en silencio, nuestras manos hicieron contacto, recuerdo el corrientazo en la espalda y la mirada de sorpresa mutua. "¿Cómo siguió Cathy?" pregunté con voz temblorosa, "Bien, mandó a decir que tan lindo, y le mandó esto", y sacó de su bolsillo un papel con una cintica roja, lo abrí y era un corazón pintado con mucho, muchísimo color rojo. Ese día supe que las mujeres son más inteligentes y simbólicas que los hombres. Era un jueves, día de educación física, nuestra profesora que nos dictaba todas las materias, nos sacaba al patio a hacer rondas, todos cantábamos “Arroz con leche… con esta si, con esta no, con esta señorita me caso yo”, y señalé a Jenny mientras ella me señalaba a mi. Era indiscutible, ya éramos amantes.
Profundamente angustiado, decidí escribirle a mi amante: "la pasé muy bien" y siguiendo el ejemplo gráfico de mi novia le pinté una estrella, esta vez doblé el papel con precaución y después de un rato de meditación ética, decidí escribirle a su hermana: "Gracias por su dibujo" y le pinté un sol; en verdad no pude dormir de la angustia y pensando en la entrega de las misivas.
Ese día hice lo posible por no ir al colegio, pero no fue así, logré llegar después de la formación, crucé el zaguán de la muerte, caminé como quien va al patíbulo, giré a la derecha y entré al salón, me senté y me encontré con algo espantoso, una carta SIN FIRMA que decía: "Me gustas resto".
Sudé, busqué entre los niños del salón a las hermanas y no estaban, las vi arrodilladas en la mitad del patio, seguramente habían hablado en la fila de la mañana, entonces urdí un plan perfecto, a una se la dejaría en la lonchera y a otra en el puesto. La infidelidad te hace torpemente audaz.
Pedí permiso para ir al baño, cuando pasé por frente de ellas, una de las dos, -nunca supe cual-, me mandó un beso, yo saludé con la mano, sonreí y seguí al lugar en el que estaban todas las loncheras en fila, busqué la rosadita con correa de flores que era la de Jenny y metí una carta, después me devolví al salón y pedí permiso para sacarle punta al lápiz, al pasar por el puesto de ellas dejé caer el lápiz y con disimulo metí la otra carta en el puesto de Cathy. Me devolví al puesto y al sentarme sentí un congelamiento, ¿Qué carta le di a quién? En el descanso, saludé a Cathy y a Jenny y me senté solo.
Nunca más se habló del tema, los jueves compartía mi lonchera con Jenny y los viernes con Cathy. De ahí en adelante, prefiero decir verdades punzantes, aceptar mis pasiones e invitar a compartirlas y aunque me digan que no soy capaz de hacer feliz a una mujer pero que hago infelices a varias, creo que las Hermanas Parra, me iniciaron en el mundo de la honesta conciliación fraternal amorosa…
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domingo, 6 de julio de 2008
Del romanticismo lindo al pragmatismo feo o viceversa.
Era romántico. A punto de graduarse de la universidad y con talento acumulado, se encontró ante un futuro laboral incierto pues todos exigían experiencia pero nadie daba la oportunidad de demostrar lo que sabía. Por recomendación de uno de sus profesores entró a hacer unas pasantías pagas, a uno de los templos de la tecnocracia, su tarea era algo así como mejorar las relaciones y el ambiente laboral en una de las tantas oficinas. Su nuevo puesto de trabajo aunque empolvado y de luz austera, le pareció una oficina de ejecutivo. Según sus maestros había que hacer un diagnóstico, identificar problemas y… No, sonriendo con ironía, le dijo el elitista jefe, no tenemos tiempo que perder, piense algo que sirva, se acomodó la corbata azul de seda y hizo señas para que se saliera.
Tenía que asumirlo, era un estudiante perspicaz y popular en la universidad pero aquí era un pobre don nadie. Estaba con la sensación de estafa de la academia, cuando se tropezó con unos ojos pícaros, detrás de unas gafitas que adornaban su nariz redonda, era de esas secretarias que lo saben todo y que no se angustian por nada, tenía 43 años, una figura bien cuidada, su mayor ganancia era esa feminidad agresiva, sabia, en punto perfecto para despertar todo tipo de pasiones. Su perfume como poción mágica aumentaba la letalidad de su encanto, ella era la experiencia que él estaba esperando. Él carne fresca y ella bocado de cardenal, en realidad no hablaron mucho, pues el deseo salvaje no sabe de palabras elegantes, sólo obliga a buscar hostigarse.
Ella le dijo al estudiante exactamente qué esperaba el jefe y le contó algunas dudas y comentarios que se habían hecho sobre contratar estudiantes y no expertos, le dijo que era divorciada y que tenía dos hijos, que siempre lograba lo que quería y que no se quedaba con las ganas e nada. Almorzaron, no se habló mucho; ella le preguntó en tono frío, qué va a hacer el viernes, él le respondió, lo que usted quiera y se besaron como sellando un acuerdo multilateral.
Viernes, media mañana, ella lo llama y le dice que el jefe lo necesita, que lo espere en la oficina, pasa, se sienta y teme por algún regaño, si bien hace tres meses había empezado, el par de productos que había entregado le habían gustado, pensaba si acaso lo reprendería por imprimir unos trabajos para la Universidad, estaba cavilando en ello, cuando sintió una mano en su hombro que lo devolvió a la cerrada oficina del jefe; era ella con cara de fiera, con la transformación que dan los deseos disimulados, con la excitación de los lugares prohibidos. El iba a hablar pero fue callado por la lengua que entró a su boca como serpiente hambrienta, las manos de ambos cumplían veloces la tarea de desapuntar, quitar, desvestir. Ella, se subió la falda y dejó ver sus ligueros y su amuleto íntimo, él con los pantalones abajo y jadeante, consumó el safari por su sexo, fue justo una terminación mutua como danza sincronizada. El jefe no viene hoy, salga en 10 minutos, dijo mientras se miraba en un espejito de feng shui que había en la oficina, se acomodó el resto de ropa y dijo, qué mira, vístase.
Las cosas cambiaron, de esa experiencia rápida pasaron a encuentros planeados, con velas y esas cosas de masajes, música y erotismo en las que algunos creen, ella nunca fue tierna, pero su feminidad bravucona, seguía ocultando cualquier desperfecto. Ya habían pasado seis meses, el contrato de él se acabaría y por ende los encuentros casi semanales. Ella movió influencias y logró una prolongación. Ella le daba dinero para que comprara cosas, él se encargaba de pagar los recibos de los servicios y las vueltas domésticas en general. Le empezó a escribir cartas, poemas pero no fueron bien recibidos, si bien se había quedado en casa de ella unas veces, la cosa no es para tanto, decía, mientras miraba con ausencia.
Llegó el día de la evaluación del trabajo realizado, ocho meses para lograr mejorar el ambiente, cuatro campañas por diferentes medios internos, folletos, plegables, encuentros, reuniones… el balance general fue bueno, algunos hablaron de la experiencia, de lo que había quedado, agradecimientos, aplausos. Ella no estaba allí, estaba recibiendo al nuevo practicante.
Tenía que asumirlo, era un estudiante perspicaz y popular en la universidad pero aquí era un pobre don nadie. Estaba con la sensación de estafa de la academia, cuando se tropezó con unos ojos pícaros, detrás de unas gafitas que adornaban su nariz redonda, era de esas secretarias que lo saben todo y que no se angustian por nada, tenía 43 años, una figura bien cuidada, su mayor ganancia era esa feminidad agresiva, sabia, en punto perfecto para despertar todo tipo de pasiones. Su perfume como poción mágica aumentaba la letalidad de su encanto, ella era la experiencia que él estaba esperando. Él carne fresca y ella bocado de cardenal, en realidad no hablaron mucho, pues el deseo salvaje no sabe de palabras elegantes, sólo obliga a buscar hostigarse.
Ella le dijo al estudiante exactamente qué esperaba el jefe y le contó algunas dudas y comentarios que se habían hecho sobre contratar estudiantes y no expertos, le dijo que era divorciada y que tenía dos hijos, que siempre lograba lo que quería y que no se quedaba con las ganas e nada. Almorzaron, no se habló mucho; ella le preguntó en tono frío, qué va a hacer el viernes, él le respondió, lo que usted quiera y se besaron como sellando un acuerdo multilateral.
Viernes, media mañana, ella lo llama y le dice que el jefe lo necesita, que lo espere en la oficina, pasa, se sienta y teme por algún regaño, si bien hace tres meses había empezado, el par de productos que había entregado le habían gustado, pensaba si acaso lo reprendería por imprimir unos trabajos para la Universidad, estaba cavilando en ello, cuando sintió una mano en su hombro que lo devolvió a la cerrada oficina del jefe; era ella con cara de fiera, con la transformación que dan los deseos disimulados, con la excitación de los lugares prohibidos. El iba a hablar pero fue callado por la lengua que entró a su boca como serpiente hambrienta, las manos de ambos cumplían veloces la tarea de desapuntar, quitar, desvestir. Ella, se subió la falda y dejó ver sus ligueros y su amuleto íntimo, él con los pantalones abajo y jadeante, consumó el safari por su sexo, fue justo una terminación mutua como danza sincronizada. El jefe no viene hoy, salga en 10 minutos, dijo mientras se miraba en un espejito de feng shui que había en la oficina, se acomodó el resto de ropa y dijo, qué mira, vístase.
Las cosas cambiaron, de esa experiencia rápida pasaron a encuentros planeados, con velas y esas cosas de masajes, música y erotismo en las que algunos creen, ella nunca fue tierna, pero su feminidad bravucona, seguía ocultando cualquier desperfecto. Ya habían pasado seis meses, el contrato de él se acabaría y por ende los encuentros casi semanales. Ella movió influencias y logró una prolongación. Ella le daba dinero para que comprara cosas, él se encargaba de pagar los recibos de los servicios y las vueltas domésticas en general. Le empezó a escribir cartas, poemas pero no fueron bien recibidos, si bien se había quedado en casa de ella unas veces, la cosa no es para tanto, decía, mientras miraba con ausencia.
Llegó el día de la evaluación del trabajo realizado, ocho meses para lograr mejorar el ambiente, cuatro campañas por diferentes medios internos, folletos, plegables, encuentros, reuniones… el balance general fue bueno, algunos hablaron de la experiencia, de lo que había quedado, agradecimientos, aplausos. Ella no estaba allí, estaba recibiendo al nuevo practicante.
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