AQUI PUEDES SEGUIR ESTE BLOG
martes, 21 de octubre de 2008
De por qué no soy un tritón[1] o la historia de un (lo)pez de oro.
La cosa transcurría entre el acné de la frente, según mi madre por el mechón -más bien ñero-, que llegaba hasta la ceja izquierda, el buso cuello tortuga y encima un saco de lana en cuello V, los jeans desleídos pero no rotos y como un sello de alcurnia los tenis de marca. Era importante, tener botas de básquetbol desamarradas, lo que redundaba en un caminado sonoro de arrastradas.
Era 1989, el Rock en español era lo que generaba identidad entre los jóvenes, yo por creerme diferente escuchaba los conciertos de la Biblioteca Luis Ángel, en verdad dormía, sin embargo me sentía orgulloso cuando comentaban de mi corta edad y mi bagaje… ¡Oh! Engaño ¿Cuan soporífero fuiste? ¿o talvez…eres?
Yo iba a exposiciones en la Luis Ángel, allí la conocí. Por esas cosas del protocolo, había que ir elegante, entonces me ponía la hebra, desocupaba la puntilla, dejaba aguantando hambre a las polillas y sacaba senda vestimenta que consistía en un pantalón de paño escocés (hecho en Medellín y comprado en Sanandresito de la 38) un buzo rojo cuello tortuga de mi padre y mocasines Corona, con su respectivo centavo de dólar atascado en un marsupio raro e inútil… media blanca… ¡Cómo duele el recuerdo!
En una ocasión había una exposición de pintura, el rigor de mostrarse culto obligaba a husmear allí y poner cara de interesado, es más, de conocedor. Me encontraba mirando una de esas expresiones caprichosas, cuando me engatusó una voz con la pregunta siniestra, “¿Qué opinas?” Respondí engrosando la voz “Eh, - inclinando un poco hacia un lado la cabeza y tocándome la barbilla- creo que” y dije lo que había escuchado decir de otra pintura, “Tiene una referencia estética clara y me parece que la técnica es impecable”
Sus cabellos de oro como rizos de comercial, que hasta ahora no he vuelto a ver, resortaron como felices por mi respuesta, “Hola, me llamo… y mi esposo es quien trajo la exposición” “Gracias…” y me dio la mano esperando que le dijera mi nombre. Sonreí, y vi cómo aquel cuerpo que copió Pepo para hacer a Yayita, si existía. Huí de ahí, pues ella le iba a preguntar al autor original de la frase, que me lanzaría al estrellato -me prometí, sin cumplirlo hasta ahora, no chicanear con conocimientos ajenos- y la vida siguió entre el gel[2], las cremas antiacné, las autofustigadas, las malteadas y el furor de la pizza por porciones.
Quince días después, luego de una ardua jornada de clase en el Colegio Agustiniano del Centro tenía mucho sueño, entonces fui a un concierto. No pude dormir muy bien, por que había unas damas distinguidas que se sentaron a mi lado, pero eso sí, me pegué mis pestañeadas; al final, cuando todos salieron me sorprendió una rubia, empacada al vacío, en un traje negro, con unos ojos verdes artificiosamente maquillados, su boca de dulce y su voz ya conocida.
Hola, dije con cara de cordialidad pero con la mirada fija para recordar, como cuando te saluda alguien amablemente y no tienes ni idea quien es. Soy… la de la exposición; empalidecí, me hallé descubierto por aquel fraude, pensé en admitir que todo era mentira, ella interrumpió mis policíacas deducciones, y me presentó con otras amigas. Fuimos a tomar café, debo admitir que fui chistoso, lo suficientemente agradable como para volvernos a ver.
Me pidió que la acompañara a otra exposición, fui, después en la copa de vino, me presentó a su esposo, y le dijo que yo había hecho el comentario ese, esta vez mis lecturas policíacas me acorralaron, pensé en desmayarme, en la posibilidad de que mi patrono de frases estuviera allí y reclamara su autoría, en mis padres visitándome en la cárcel, todo ello se apaciguó, cuando aquel señor, de origen árabe con la cara de Tucán mas fiel nunca vista, me dijo que yo era muy joven para tener semejante apreciación, e inmediato, después de escuchar su nombre, me preguntó la edad, agité un tanto el vino, tomé un trago y sin respirar dije “19, ya casi veinte” - gracias James Bond.
Rieron enternecidos y siguieron saludando a los gorreadotes profesionales de vino, creo que fue mi primera vez en cuanto a mayoría de edad, que asumí la procacidad o vale decir el cinismo. Ella era fantástica, su presencia alegraba todo, me arriesgué con una metáfora y le dije que ella era como el rey Midas, pero con la magia de la belleza, en aquel cafecito sus ojos se hicieron invierno ante mis palabras.
Falsifiqué unas frases de poetas, las revolví con mi información femenina provenida de las revistas Cromos, Vanidades y Ella, y le decía cosas que ni yo mismo creía, sobre su belleza, su forma de caminar, su olor. “Poeta”, me dijo, “Poesía… eres tú”, respondí. En verdad -lo juro- no conocía a Gustavo Adolfo Bécquer.
Más exposiciones, más cafés, más lisonjas. Un día, en un bar cerca de Galerías, pedí un Martíni, - otra vez gracias 007 - ella hizo lo mismo, después me confesaría que nunca lo había probado; se tomó 3 seguidos, el resultado fue una alegre treintañera voraz, a la pesca de un jovenzuelo anzuelo.
Fuimos a su lujoso apartamento: pisos de mármol, esculturas blancas y negras, flores, fuentes, 2 salas, como 4 baños con tina, espejos, pinturas, una biblioteca gigante y ese olor a cobre que nunca me expliqué ni olvidaré. Me senté en la sala más grande que mis nalgas hayan presenciado, me llamó la atención una mesa de vidrio –digo, toda en vidrio- una lámpara que sólo he visto en iglesias y una especie de pared de agua azul con burbujitas divertidas que serpenteaban sin cesar.
Ella me llamó. Estaba dentro de una de las tantas tinas, sus ensortijados cabellos se rehusaban a alisarse, la ebriedad menguada la hacía consiente del pecado y yo para ese momento me quitaba la media restante. Me zambullí.
Estoy seguro de que mi capacidad pulmonar de catorce años se puso a prueba, entendí el sino de mi apellido, encontré una almeja, con perla y todo; en fin, hice mía a aquella sirena -Miento, ella me hizo suyo- pero la pesca milagrosa continuaría en una cama hecha como para diez personas, con cortinajes al estilo victoriano que colgaban a los lados, recordándome los boleros de colores, tan típicos de los viejos buses de la Caracas; en medio de una media luz rojiza y celestina que hacía de los pliegues un cuadro libidinoso de claroscuros perfectamente compatibles.
Acabó. Le dije que todo había estado muy bien, que gracias, ella se quedó observándome y extrañamente me preguntó la edad. “catorce, pero ya casi cumplo quince”, dije con tono socarrón, seguro e impasible, -qué orgulloso habría estado Sean Connery- ella se tomó la cara con ambas manos, meneando la cabeza, y me miró con desconcierto “¿Pero cómo? Si dijiste que veinte”. Y dije el chiste más imbécil de mi vida: “Algún día tendré veinte ¿no?”… El tonito relajado que dan los Martinis se fue, así como yo, de aquella mansión.
Me la encontré en otra exposición y dijimos al tiempo: “tenemos que hablar”, me había preparado con un Arsenal de frases aduladoras, unas justificaciones sensibleras y toda la retórica de Acuario Estéreo –que era la emisora romanticona de esa época– Me calló con un beso, me dijo que mi cabeza no pertenecía a lo que yo era, en serio pensé que era una referencia sexual, prosiguió con las explicaciones y nos fuimos en uno de sus carros al lugar de consumación. Ya entrados en confianza y con la moral y esas cosas molestas para los desfogues de la carne, dejadas en el camino que marcaba la ropa tirada por el piso, tomamos la cosa con humor ¡fuimos a lo que íbamos!
De repente me recogía en el colegio y, bueno ya no hablábamos de arte, ejecutábamos. Tres meses en ese agite, con las buenas reservas de aquella hormonalidad adolescente -¡Oh! La abundancia…
Su esposo iba y venía, pero no se quedaba mucho tiempo. El árabe volvió para quedarse un tiempo largo, -menos mal. Algún día me invitaron a su casa a cenar y todo continuó en su debido orden. Yo era su amante y ella… no lo sé. Hasta que aquel día de julio cuando, después de la zambullida y la búsqueda del tesoro, me soltó la noticia: tenía dos meses de embarazo, y no sabía de quien. Sentí lo que ahora siento cuando me hacen una entrevista de trabajo, un aprentoncito justo allí, que se refleja en un nudo en la lengua.
No nos vimos más. Ella siempre se comunicaba y no lo volvió a hacer hasta mi cumpleaños, a finales de Agosto: me dijo que nos encontráramos. Llegué unos minutos tarde y ella estaba allí, su figura ya dejaba ver el vientre abultado, la intenté saludar de beso en la boca, se volteó con frialdad y dijo: “Me voy para Estados Unidos, mi esposo se va del todo y creo que lo mejor es dejar todo así”. Asentí con la cabeza, me tomó de las manos y me dijo: “Gracias”... Yo ya conocía a otras amigas suyas y mi historia de “damo de compañía” continuaría por algún tiempo más –aunque no mucho en realidad… sólo un par de años.
Si tengo un hijo debe tener diecinueve años: lo imagino un magnate del petróleo o algo así, por razones de seguridad, es mejor no reclamar la “hijidad” responsable, espero -por las mismas razones- que haya salido parecido a la mamá.
De ella, me quedaron algunas cosas entre las que puedo contar, además del enorme botín de remembranzas –con un cierto hálito de piratería- un dije de oro en forma de pez que me regaló, unos invaluables contactos con sus amigas, las comidas en restaurantes finos, mi animadversión por el buceo y mi repulsión por el nuevo James Bond –¡habrase visto! Dizque con metralleta y camisa sudorosa.
NOTAS:
[1] En la mitología griega, Tritón (en griego antiguo Τρίτων Tritôn) es un dios, mensajero de las profundidades marinas. Es el hijo de los dioses marinos Poseidón y Anfitrite. Suele ser representado con el torso de un humano y la cola de un pez.
[2] Es posible que se diga la gel, pero en estilo estricto de gomelo, es el gel.
viernes, 17 de octubre de 2008
Cómo Administrar un Castillo
Se oía el cacareo metálico de una rampa, subía como un labio inferior que saborea a su compañero superior… estaba rodeado de un musgo extraño que expelía su identidad contando olores pútridos, quizá la humedad de esa zona, se contrastaba con la torre, con dos ventanas que permitían ver el panorama y un pequeño ducto para el aire.
Muy cerca de la zona húmeda, estaba su centro, tenía un hoyo tapado que para ser sincero, no servía para nada, sólo para ser nombrado aquí. En la parte de atrás estaba el desfogue, ese canal necesario por el que salen desechos los desechos, ese moridero de porquerías, ese lugar final, que para algunos es el principio.
Sus paredes posteriores tenían dos extensiones móviles, que eran complejos mecanismos articulados y que aparentemente se podían manejar desde la torre… pero todo lo anterior quedaba opacado con los 10 habitantes de este sitio, parecían seres ajenos pero mantenían cierta familiaridad, por ser numerosa familia, venían en parejas pero por asuntos de religión y distribución cada uno vivía en las fronteras de aquellas extensiones móviles laterales. No era uniforme la capa de sus paredes, en diferentes partes del lugar en mención, dicha capa se tornaba rugosa, templada, con pliegues siniestros, parecía, la capa, un forro más que autónomo caprichoso…
Dicen que unos raros animales habían atacado la parte alta de la torre, una vez la parte trasera tuvo un escape fenomenal lo que causó una gran conmoción en lo castillos vecinos por las porquerías esparcidas. A veces el ducto de aire se tapaba y generaba mal ambiente en todo el lugar.
La zona favorita de los habitantes, era la entrada subidiza, pasaban intencionalmente por ella una y otra vez, como provocando a las leyes físicas, jugueteaban, discutían, se tocaban con ansias de amantes ninfomaníacos. Ese era el llamado para el habitante mayor, el demonio del caudal, que hacía estremecer toda la estructura. Y de pronto pasaba, la sala central temblaba, desde la torre las ventanas cerraban sus persianas, los habitantes clamaban por su presencia, y se sentía venir.
En un acto de embrujo la velocidad aumentaba, los ritos eran rápidos, las plegarias se hacían fuertes, los clamores por su presencia retumbaban en los muros, ya viene, decían en voz baja esperando, con los ojos quietos observaban el cauce, uno a uno se sumergían en él, se bañaban, se regocijaban…
En ese momento el lector recordó sus lecciones de moral y buena conducta, supo que masturbarse estaba mal, y el pecado con intención hizo elevar más la rampa… ¡Castidad! ¡Castidad!, gritaba, ¡soy Casto!… ¡Casto!… después de ver su elemental obra seminal, decidió poner un diminutivo. Bueno, dijo, no tanto, mejor seré castillo
Bueno, y la administración… ¡Ah! no, no me jodan… Cada uno se la hace como quiere.
El Gran Secreto
Cuando llueve parece que mucha gente aplaudiera. Te voy a contar por qué…
Esto nadie lo sabe, así que por favor no lo cuentes y si lo haces, di que fue un sueño que tuviste… para que sea un secreto que cuentan las nubes cuando llueve.
Hace muchos años, muchísimos más de los que tiene el abuelo, había un mundo azul en el que no pasaba el tiempo; se me olvidaba decirte que en ese mundo no vivía nadie. Una vez, el cielo estornudó y un pedazo de nube cayó sobre el mar. La nube sintió mucho frío, entonces, el mar le prestó una ola tibia para que se arropara. Desde ese momento la nube y la ola se hicieron buenas amigas, se veían en las tardes para jugar, cantaban canciones y se contaban cuentos sobre sus viajes. La nube viajaba por el cielo y la ola por el mar.
Había una nube envidiosa que no hablaba con nadie, por su malgenio se ponía oscura, soltaba rayos y gritaba con truenos. La llamaban la Nube Negra. Las dos amigas le tenían miedo, porque cuando aparecía esa nube odiosa, las otras nubes se iban y todas las olas salían corriendo.
A la Nube Negra no le gustaban los juegos, ni las canciones y nuestras amigas se preguntaban qué podían hacer para espantarla, ¿tú que harías?... Nuestras amigas pidieron ayuda a las nubes y las olas más grandes, pero tampoco pudieron hacer nada. La nube negra no escuchaba ni hacía caso a nadie.
Se enojó con las amigas por haberla acusado y dijo que se iba a vengar. Un día que estaban las amigas jugando, apareció furiosa, les mandó rayos y gritó cosas feas con truenos. Las amigas cerraron los ojos abrazándose para protegerse la una a la otra. Ese abrazo mágico tenía la libertad del cielo y la grandeza del mar.
De pronto, el miedo ya no estaba y cuando abrieron los ojos la nube negra había huido por el poder mágico de la amistad, pero ellas, eran diferentes, porque cada una tenía parte de la otra, ahora eran nubeolas sin temor.
Las otras nubes y las otras olas miraban desde lejos y quedaron admiradas del valor de aquellas chiquillas que habían logrado lo que todas deseaban pero nadie había intentado, y llenas de emoción y agradecimiento empezaron a aplaudir, esos aplausos eran gotas que caían brillantes sobre el suelo, eran olas que acariciaban la costa. Esa fue la primera vez que llovió y también la primera vez que subió la marea.
Nubes y olas se pusieron de acuerdo para hacerles un regalo a las nubeolas. Las nubes pusieron el viento tras sus ojos para que pudieran ver a lo lejos, las olas pusieron un pozo eterno en su corazón para que pudieran guardar allí lo que vieran, y pudieran beber de él, cuando quisieran.
A ese regalo único le llamaron sueño y poco a poco nuestras amigas nubeolas descubrieron que si bebían del pozo mientras estaban despiertas podían imaginar. Lo primero que hicieron con su descubrimiento fue ponerse nombres: una se llamó Valenube y la otra Olatina.
Cuando nubes y olas oyeron por primera vez los nombres de las heroínas, gritados al viento, mojados por el mar, como un juego entre risas y mezclados por los ecos de la distancia, se confundían entre sí… Valenube… Olatina… hasta volverse uno solo: Valentina.
Desde aquel entonces, el cielo y el mar cuentan esta historia y cada vez que llueve, si escuchas con atención, podrás oir los aplausos por superar el miedo, creer en la amistad y abrazar a quien amas.
De tal manera, se crearon los abrazos, la lluvia, el sueño, la imaginación, y la memoria, como un gran premio del cielo y el mar para las nubeolas como tú y como yo.
(Carlos López - David Baldión)
jueves, 16 de octubre de 2008
El empalme
De ella diré que estaba casada con un tipo agresivín, de esos adinerados que compra una mujer hermosa y le paga con complacencias: joyas, cirugías, artefactos y entre otros cheques en blanco, firmados a nombre de la dignidad pobre, pero dicho sujeto, en su afán de compra y control olvidaba eso del afecto. Lo anterior hacía que ella tuviera una sombra extraña de vigilancia, que se reflejaba en sofisticados teléfonos celulares y ropa esplendorosa siempre perfectamente puesta (alguna vez pensé que podía tener micrófonos en los botones) sin embargo se le notaba a lo lejos una furiecita, un tufillo permanente de insatisfacción por haber endosado su libertad.
No sé para qué trabajaba si su señor le daba lo que quisiera; es posible que lo hiciera para sentirse útil. Estudiaba en las noches para reivindicar su lucha de liberación de estatus, quizá para parecer normal, quizá para retrasar la llegada a la mansión de su magnate patrocinador y carcelario compañero.
La nombré líder de un grupo que debía ayudarme en algún asunto, esto hizo que habláramos un poco más del protocolo del saludo y del cómo está sin que importe la respuesta. Era evidentemente bella, impactante, imponente, su presencia obligaba a hacer pausa para el disfrute de los ojos y del olfato. Es una fórmula letal matamachos: Póngale unas gotas de buen olor, añádale lonjas de buena pinta y agréguele medio litro de captación de comentarios. Espere que suelte el hervor y sirva como aperitivo, plato fuerte y postre a la vez.
Un día me llamó con cualquier excusa y al agotar el tema el silencio fue cotorra imparable, escuché su silencio, entendí, quería hablar en afonía, puse otro tema y se agotó nuevamente y otra vez se quedó callada, era posible que en ese momento yo cometiera un desliz de hermenéutica sensitiva, es decir, asumir que yo le gustaba, o como quien dice creerme el Putas… aposté. Empecé con frases inocentes de calentamiento, fui subiendo el nivel con preguntas existenciales, entré con fuerza gracias a adulaciones audaces, me metí de lleno con apuntes sobre detalles de ella, que parecía que yo no notaba, y finalicé con un acercamiento a una leve probabilidad de que tal vez, en la medida de lo posible, saldríamos.
Esperé a que esa apuesta “soltara el hervor”. Después, el siguiente viernes, por asuntos del azar que siempre me mira con deseo, se dio una reunión con otros compañeros a la que me invitaron, ella iría. “Un 12 años con el hielo aparte, por favor”; después de 60 años y el hielo aparte, la represión hizo de las suyas; me paré de la mesa con las excusas pertinentes, ella hizo lo propio, dijo: “voy al baño” mirándome. Se me pasó la sensación de felicidad que te da el licor… asumí.
Entré al baño con la excitación de estar haciendo lo prohibido, ella no estaba allí. Hice rápidos balances y me recriminé por creer lo que no era. Vi como se destilaba naturalmente el glamoroso licor y caía en la loza fría del orinal. Al salir, me tumbó con un beso de vodka que adormeció las lenguas, sentí su respiración en mis mejillas; me requisó con sevicia en 15 segundos y, en ese justo momento cuando las ganas se lubrican, uno de esos odiosos encargados de seguridad, dijo: “A ver, a ver…” La cosa quedó en unos impertinentes puntos suspensivos, no se habló del tema.
El proyecto culminó con éxito, había que celebrar, el mismo bar, los mismos 12 años repetidos, el mismo baño, pero esta vez una llamada ensombreció su cara. Tuvo que irse.
Se había hecho “la lipo”, además tuvo que comprar brasieres más grandes, se puso terriblemente apetitosa, un deleite fastidioso. Hablamos y cuando yo quise conversar sobre los puntos suspensivos, ella me contó, que mi personalidad era parecida a la de un ex que había muerto y que, además, llevaba mi mismo nombre. El típico trauma del exnovio nunca superado, con el agravante de la muerte trágica. En el poco tiempo que nos quedaría, yo sería según ella Carly, como ella le decía al difunto.
Creí haber empezado una relación, y ella también, para estas alturas los problemas con el tosco esposo eran graves, estaba en el proceso de separación, y yo, con mi apocado sueldito la subsidié. En los tiempos de las vacas gordas, su esposo me regaló una camisa, un par de perfumes, una billetera, me prestó plata… ahora, que nuestro mecenas no estaba había que poner el pecho y dar la cara.
Todo se complicó, las llamadas disminuyeron poco a poco hasta no existir, no había tiempo para vernos, ni interés para buscarnos; nos enviábamos saludes con amigos mutuos… hasta que el hielo, que siempre pedí aparte, se mezcló entre los dos.
Un día ya no estaba. Creo que volvió a empezar su vida; según supe, se dedicó a comerciar con cosas de esas como pensiones y cesantías… nunca fuimos más allá de unos indecentes besos, unas mutuas tocaditas indiscretas, (era tentador eso de su cuerpo mandado a hacer) y bastantes insinuaciones incumplidas, al final, volvimos a los silencios, no había mucho que decir y demasiado que callar.
Cuando se fue, estaba en el empalme con su vida, en el empalme conmigo y en el empalme consigo misma. Conmigo no fue, con los otros empalmes espero que lo haya logrado.
¡Qui´ubo vecino!
Aunque es una entrada tradicional y un lugar común decir que uno no sabe por donde empezar, lo haré de esa forma. Pensé entonces en el final, que pudiera ser dramático con tintes de ironía o una de esas reflexiones éticas que tienen cierto sabor coprológico, el nudo o quizá lo destacable serían, de pronto los bellos momentos que pasamos juntos y el inicio podría ser una mañana en que me atrapó ese colorcito indefinido de sus ojos con el resplandor de sus dientes luminosos.
Ella tendría unos 17; con su pelo liso color café claro olía a cosas infantiles, esto era una posible relación algo así como una tentación a la trasgresión social, sexual y jurídica. La abordé sin más que la excusa de abordarla, su reacción fue de repudio, para ese entonces su fama estaba maltrecha, pues la habían pescado en un baño con su novio haciendo esas cosas indecibles para algunos pero deseables para muchos. Mi perfume fue el primer motivo de discusión, un puente de olor, una conexión nasal nos llevaría a iniciar el camino de meternos en una relación que hoy ostento cual cruzada que para ser honesto no sé si perdí o gané.
Empezó ayudándome a trascribir unos informes, después nos besamos, luego hicimos el amor, después viajamos, luego lloramos y ahora nos vemos tal cual vecinos redundantes que se saludan por una simple y forzada historia en común. Le dije que no le iba a tocar un pelo hasta que tuviera 18. Su padre un tipo de gran tamaño, semejante a su propio machismo, había conocido a su madre quien tenía un temperamento seco, en un lugar de trabajo; después de mucho insistir la señora accedió y de tal forma nació la protagonista de esta historia. Aquí haré una pausa para decir que su padre la maltrataba y su madre en un extraño acto de veneración hacia él, se ponía de parte de esa pedagogía del golpe, que para ser pragmáticos siempre está a la mano.
Me contaba su tragedia, y yo no podía entender cómo con tan corta edad se había podido sufrir tanto; de una propuesta de su parte para que hiciéramos un proyecto, nació nuestra primera cita, ese mismo día cometería uno de sus muchos errores de protocolo, contó que saldríamos. Sus amigas en corrillo, en aquelarre, me observaron, comentaron, se rieron pero creyeron disimular bien; es el precio de meterse con adolescentes, pensaría después.
La invité a que me acompañara a una presentación musical, yo cantaría y le enviaría saludes en público. Hasta aquí todo en orden, justo ese día se me presentó una reunión y no alcancé a ir a casa por el atuendo de aquella noche, entonces le pedí que viniera a casa conmigo, saqué la ropa y me cambié en el taxi, todo era tan natural, como si ya nos conociéramos. La llevé tarde a su casa y nuestra siguiente vez, me mostraba las marcas de la muenda que le habían dado.
En general, su salud era frágil, problemas de colon, gastritis, úlcera, rinitis, todo ello en un forro joven y un espíritu adolescente de irresponsabilidad, frescura y lozanía siempre aparente… Decidió irse a vivir donde una vecina suya, allí estuvo un tiempo, después la ayudé a trastear y bueno, creo que voy por la mitad y no he dicho nada. Fue un tiempo en el que la protegí, la subsidié, le acredité su experiencia, la intenté amar… Fuimos a cumplir lo prometido como adjunto de su mayoría de edad, yo estaba asustado, le quité su camisita terracota, sus jeans rotos, sus boticas de esquimal y la halle desnuda y temblando de frío, sus ojos burlones miraban con malicia mi actitud mística. La amoldé a mis ansiedades; comerciamos movimientos, ritmos, palabras, preguntas, silencios, fue una negociación difícil, pues asumir que era mi amante la obligaría a dejar de ser aquella rozagante niña y pervertirse en mujer.
Uno puede pensar que tiene amante por falencias de la principal, por contraposición, por el ego, por mil asuntos, en esta ocasión fueron las ganas de salvaguardarla, suena falaz, pero es lo que puedo decir. Estuve en esa transición bella de su crecimiento, de eso que llaman ser grande, la preocupación por el dinero, ahora tendría que asumir sus estudios, el arriendo, la comida, las cosas de aseo.
Los problemas en su casa arreciaron, decidió irse y consiguió un trabajo que empeoraría su estado de salud, en las pruebas de su labor, el polvo haría de las suyas en su diminuta nariz. Conoció gente que la quería ayudar y gente que la quería como postre, hoy siento que yo siempre estuve en el medio de esas posturas. Así, según entiendo tenía varios ex novios o amigos con derechos… ella siempre encontraría quien la protegiese. Uno de ellos, la protegió demasiado.
Aquí entro en la angustia textual de no caer en una lista de sucesos y para remediarlo pienso en la contradicción de exigirle a una amante fidelidad, hay un gran ruido de incoherencia, pero es justo esa, la naturaleza de esta canción.
La fuerza de costumbre hizo que nos necesitáramos, esa necesidad nos llevó a extrañarnos y un día me descubrí luchando conmigo mismo para darle un lugar digno en mi vida, acaso, pregunto, el sueño de toda amante no es convertirse en su rival. Aquellas cosas distintas que en un principio nos unían empezaron a distanciarnos, sus ganas de bailar y beber, su visión sin utopía, sus criterios de selección, mi insistencia por su futuro, su dejadez subjetiva, todo ello lo quise remediar estúpidamente, en efecto fui su padre y su hijo a la vez. La asumí tanto, que en un viaje de Yahjé que hicimos, casi ahogándome, viví su proceso. Mi insistencia por encontrar en la memoria un lugar de vida, me permitió llevarla a viajar, le quise mostrar el mundo pero en ella todo era igual, sufría un síndrome de rutina permanente que se capitalizaba en una angustia sinfín, que según ella, era por mi culpa, pues bajo ningún criterio era fácil ser la otra, y mucho menos si hay sentimientos de por medio.
Creció. La gente le decía que había cambiado, que yo le había sentado, pero en la relación surgieron fuertes disputas por las jerarquías del amor, me empezó a exigir tiempo, cuidado, rompió la primera regla de un amantazgo: la exclusividad. Argumentaba que cuando empezamos ella no me amaba, pero que para ese entonces las cosas eran a otro precio. Estaba sola y un 31 de diciembre pasamos el nuevo año con promesas y sueños, con la amargura de sabernos ajenos y propios, con la certeza, de que algún día, quizá, todo podía cambiar. En verdad, nos pasábamos el tiempo reconciliándonos y allí surgían demonios del pasado y heridas del posible futuro, y otra vez arrancábamos de cero para intentar sostener la fragilidad incipiente de un amor hecho a pulso, venido de abajo y con ambages clasistas. Alguna vez nos quedamos en un hotel de carretera, disfrutábamos del paisaje hasta que entraba cierta llamada a mi teléfono, aquí se transformaba en un espíritu iracundo, con razón dirían algunos, por huevón dirían otros.
Dos veces terminé esta relación en plena crisis de ansiedad, era notorio que la situación se tornaba inmanejable, en medio del llanto y de la furia decía que yo era lo peor que le había pasado, sin embargo volvía con una actitud reflexiva, proactiva, que me permitía creer que funcionaría esta nueva vez. La primera vez, me hizo un reclamo en público, yo con frialdad asesina pregunté que de qué estaba hablando, la llevé a un lado y supe que estaba ebria, la segunda, fue por una reunión con sus amigos, en la que mi odiado teléfono sonó y tuve que salir a contestar.
En una ocasión estaba deprimida, un amigo de esos con carro y que siempre caen como chulos en las depresiones de sus amigas comestibles, la consoló, según sus palabras, se quitaron la ropa pero no pasó nada más allá de un beso; le creí, me tocó creerle. Ya no más, pensé mientras me alejaba otro día, después de una discusión por sus amañadas interpretaciones sobre mi postura con ella, no la llamé y esperé que asumiera que eso no iba más.
Tuve un viaje a fin de año, y al volver, pensé que podíamos intentarlo una vez más, pero sus demandas de exclusividad eran un soborno, quedamos en malos términos y durante meses no supe de ella hasta cuando me llamó a contarme que tenía un problema y a pedirme que la acompañara a solucionarlo. Un susurro de cordura me imploraba por alejarme, pero pudo más mi filiación y mis antiguos pactos de protección, quien, cómo, por qué, preguntaba desalmado y ella me contaba todo, queriendo hacerme sentir el dueño de sus desgracias. Pensé en su salud, y asumí el 10% de su error en tèrminos de culpabilidad, me dolía verla en semejante situación, en una salida sin salida, lloramos, ella pensó que lloraba de celos, mientras yo lloraba por ella, se me reveló como una enferma terminal con esperanzas, una ilusión que se creyó su propia mentira, un amor recio sin bautizo. Lloré mi intención de perversión, supe que el juego había terminado en tragedia, me enfrenté a la sensación del que hace una masacre y mira con compasión a sus víctimas en una vitrina de exhibición propia que quisiera fuera ajena.
Pasó el tiempo. El destino nos puso otra vez en el mismo sitio. Hoy la miro sin verla, prefiero omitir su mención, sus ojos tienen el color del amor doloroso aprendido, los míos tienen la torpeza de los símbolos crueles, hoy tiene la aventura en su cuerpo, y yo la travesía en mi alma. No hablamos mucho sin que salga una anécdota o un lugar común, sonreímos como viejos enemigos, asumimos que hemos sido algo y la coherencia va presurosa disfrazada de amnesia, el dolor con gafas oscuras y vestido de ejecutivo asume poses de frialdad.
No sé que siento, es un vacío de la ausencia y un clamor de la compasión, es la aceptación de un crimen necesario con un espíritu celestial homicida que cumplió su misión de arrasar. Hoy nos vemos y el silencio se pronuncia, los diálogos incompletos se terminan, se baja el telón y esperamos el ajuste de cuentas, la llamada al orden. Hoy nos vemos antes de tener que dejarnos de ver.
Lo último que hice por ese amor fue adelgazar esta historia… eso fue un jueves de un octubre, a las 10:50 pm.
viernes, 10 de octubre de 2008
La rana Pérez (Fábula en verso)
que como anfibios decían: ¡Quítanos pronto este frío!
El Astro Rey se dispuso y apoyándose en los codos
soltó sus rayos dorados para calentar el rio.
Dichosos dieron las gracias, al Sol por aquel favor;
mientras la rana dormida no se percató de nada,
en su piedra y panza arriba disfrutaba del calor,
roncando muy complacida babeaba desparramada.
El Sol se puso indignado al ver el desplante atroz
entonces mandó sus rayos a aquella rana dormida;
la descarada no hizo caso y no escuchó aquella voz,
que le decía elocuente: ¡Despierta rana entumida!
El Astro le calentó la colita de su verde atuendo;
esa parte dolería cuando tocara el piso,
la rana se despertó e intentó salir corriendo
pero la ampolla ardía y saltar fue lo que hizo.
Desde aquella vez la rana, dando brincos siempre anda
por no saber valorar de los otros su nobleza;
se extiende a tomar el sol sin guantes y sin bufanda,
como pidiendo perdón al mundo por su pereza.
Moraleja:
"Si un día de estos te encuentras que ya estás muy deprimido,
cuando sientas que el cansancio parece que en ti no cesa,
que las cosas no andan bien y te ves más que aburrido,
recuerda a la rana Pérez, que se quemó por pereza".
domingo, 5 de octubre de 2008
EL FUTBOL… OH! EL FUTBOL
Siento el corazón latir, Ramírez me grita que se la pase, mientras que ese muchacho de octavo, me obstaculiza la visión, sin embargo, en la cancha, hay cuatro gordos, que siempre están allí, algunas veces juegan, según el equipo, de defensas o delanteros… escucho de nuevo el grito de Ramírez, que señalándome el lugar donde debo hacerle el pase, dice: “Si me estima” “Si me quiere” “hágame famoso”…
O sea, por fin he terminado la tarea para esa profesora, no parece que estuviera en quinto, más bien parece de quinta, ¿OK? estoy muy contenta, pues mi embarazo va bien, ocho semanas y dos días, o sea, Andrés dice que, va a trabajar en vacaciones, a ver si nos podemos ir a vivir juntos, sus padres y los míos, aunque no muy contentos, o sea, sé que nos van a apoyar… Por fin una silla libre, UY! esta cafetería o es muy estrecha o hay mucho pueblo… o sea.
El partido se hacía interesante, un empate a dos goles, sólo restaba el gol, pues los capitanes, a la voz de “el gol gana” ya sabían que tenían que jugarse la vida con sus equipos… se ve una gran variedad de jugadores, los que juegan con el saco en la mano, inclusive, los que juegan con la maleta al hombro, los que gritan pero no hacen nada, los que miran, los que juegan para que los miren, los troncos, los bravos que creen que ganando un partido son más viriles, las fans incondicionales, que hablan de todo mientras sus hombres juegan, los arqueros, los rabones, que como palomos indignados, sacan el pecho y estiran los labios, con expresiones como “ábrase”, “pilas parce” “qué le pasa piró”… una jungla espectacular de roles, que se mezclan en una cancha imaginaria, en una Bombonera onírica, en un Campín simbólico…
Los gritos vuelven, hago una jugada maestra, saco a tres del camino… estamos solos, el arquero y yo… ese perro de tercero, que una vez se fue de rabón y le cascó al costeño… ahora si papito, solos tu yo…
(…) menos mal, que Andrés, no me salió con las ridiculeces típicas de los hombres, o sea, a pesar de tener 17 años, es muy maduro, por que no es por nada, pero he conocido bobos de 26 ¿OK?, que se portan como chiquitos de 15, HEY! como ese, el de sexto, lo único que tiene es ojos, de resto, no hay nada que hacer, o sea NADA QUE HACER!!!
El joven hace un disparo violento con su pierna derecha, cargado de rencor, ansias de gol y unas pizcas de ego infundado, y aunque el arquero estaba atento, el balón rompió por tercera vez su portería, (GOL). El balón iba con tal velocidad que fue a clavarse justo en el vientre de una estudiante que hablaba sin parar… hubo silencio… la estudiante quedó desmayada, el pánico colectivo acudió, cuando una pequeña mancha de sangre, rodeaba el balón, incrustado en el vientre de la víctima… quien había hecho el gol vino para ver que sucedía… GOOOOL! Se escuchó.
Sus ojos no podían creerlo, después de haber sido vitoreado por sus compañeros, estaba ante la mirada de rabia de la multitud que rodeaba a la estudiante con el balón enquistado… ¡había pasado de héroe a villano en un segundo!
Hincado al pie de ella, lo único que le insinuó su intuición masculina, disminuida por la adrenalina y el temor, fue tomar el balón entre sus manos… la morbosa curiosidad de la gente para observar de dónde provenía la sangre, quedó atónita, cuando, del vientre ensangrentado salió una pequeña y rosácea criatura, que levantando los brazos dijo: “GOOOL PAPI, GOL.”
Ir a cine... ¡Cómo has cambiado!
Como lo hacen algunos sociólogos que no pueden explicar fenómenos sociales y vuelven todo un ritual, he de decir que otrora, ir a cine era una cuestión de incierta magia iniciática.
Insospechadas filas de cuadras enteras, en las únicas y reconocidas salas del centro de esta ciudad, donde aprovechando la espera, se podían apreciar vendedores de espectáculos circenses que iban desde tragasables, escupefuegos y bailarines de rap, niños cercenados cantando “gracias a la vida”, hasta osados malabaristas sin más colchones de protección que el mismo asfalto.
Como había horarios establecidos, se formaban dos filas de similar tamaño, una para comprar las boletas y otra para entrar, como es común aparecían personajes que se ganaban la vida vendiendo puestos más adelante, además ventas de toda clase de maní, chicles, caramelo, con sus respectivos anuncios, de “lleve aquí que adentro es verracamente caro”… ¡Era posible entrar comida!...
Las sillas de madera caracterizadas por ruidos funestos, los escalones, que en sus bordes mostraban filas interminables de bombillos, el olor a ropa guardada, los baños clara muestra de aberraciones antihigiénicas, todo ello sumado a las malditas registradoras oxidadas que se resistían al paso de cualquier buen samaritano, en efecto, había que ser un tonel de potencia, para atravesar semejantes obstáculos finales.
Ya adentro la luz ambarina adornaba el paisaje misterioso, la gente como una terrible masa, entraba en pequeñas manadas a apropiarse de espacios, por ello algunos traumas empezaban con el ya concebido “está ocupa’o”, y la ubicación pese a las horas de fila, no era del todo buena, eso sin contar con los famosos peinados que obstaculizaban la visión e imitaban el copete de un extraterrestre… el nunca bien ponderado copete ALF, cuya burla generacional, hemos de soportar por años. Era evidente que no había sitios preferenciales.
Como la entrada de comida era libre, había quien entraba aterradores trozos de chicharrón, que compartía con toda la familia, con litros de gaseosa envasada en vidrio, servida en vasos de mermelada y por supuesto, como postre fundamental el herpo. Pero era obligatoria la compra de maíz a una señora de gran tamaño y manos imaginadas por Botero, en un carrito con un cubículo, como el papamóvil, pletórico de las anheladas pepitas de maíz. Los cónicos empaques quedaban vacíos y regados al final de la función, como clara muestra de satisfacción del producto.
Los personajes que se proyectaban, eran humanos demasiado humanos, con celulitis, gorditos a los lados, despeinados, hablados recurrentes… cabe anotar que a nuestro país, llegó buena cantidad de cine mexicano… en fin, eran personajes no tan fastidiosamente perfectos como los que hoy en día se nos muestra. Esto es una fehaciente muestra de envidia por los abdómenes marcados y los cuerpos libidinosos que hoy ostentan los Hollywoodenses personajes.
Hoy en día, las cosas son bien distintas, hacemos reserva por teléfono o Internet, podemos llegar unos minutos antes, hablamos a través de sofisticados sistemas de sonido, similares a las cárceles de alta seguridad, con hermosas pero uniformadas muchachas. Ya adentro no hay masas enardecidas de gente buscando su puesto, además no hay una sola sala… muchas opciones, muchas películas, muchos horarios, muchas gaseosas… Además si se cumple con la tarifa se puede escoger aristócratas sillones en clase preferencial… Polimultihipervariedad… con algunos sobrecostos pero algo bueno debe traer esta época.
Amable gente con linternitas, nos indica el puesto, hay servicio de cafetería hasta la silla… lo mejor… los baños, con diseños agradables, amenos, acogedores… casi da pesar dejar sobras biológicas allí…
Los espectáculos han cambiado, hoy encontramos todo tipo de maquinitas, juegos, combos, muñequitos, adornos, brownies, gaseosas litro personalizadas, vasos decorados, canecas descomunales de maiz pira… ¡perdón! Pop Corn, que en muchas ocasiones podemos ver medio llenas. Todo parece una simulación, nos divertimos disimuladamente.
Sin embargo y pese a la comparación, siento nostalgia por algo. Hoy en día al terminar la película, cada quien sale disparado hacia su propia rutina, vuelve a su cara de corporación, vuelve a su angustia, vuelve a su esclavitud sistemática.
Antes, cuando terminaba la función, nos quedábamos unos minutos más y sin embargo salíamos en grupo, eso si, pendientes del bolsillo o la cartera, pero escuchábamos cometarios, chistes, chismes, simplemente parecía que no había tanto afán de vivir la vida como en una película, además muchos íbamos comiendo herpo.
Social Bacanería III El fútbol
Saludos amigas y amigos, aquí empezamos esta transmisión... Aquí estoy escribiéndoles trivialidades, una de las 698743264 cosas que me gusta hacer. Debo admitir que esto de la fiebre futbolera, tiene ciertas incidencias con todo lo que ello implica entre odios y amores.
Primero abordaré el problema de ver el partido acompañado por féminas, después los malestares provocados por la presión del juego y por último, los típicos comentarios que se escuchan cotidianamente.
¿Cómo así que metió gol? ¿Uich, esas camisetas tan feas? ¿En ese equipo no es que juega Iguarán? ¿Cuánto tiempo llevan? ¿Qué hacen los jugadores entre los dos tiempos? ¿Por qué fuera de lugar? ¿Por qué los señores de negro que están a los lados no se meten a ayudarle al otro que se la pasa corriendo de un lado para otro?
Estas y otras preguntas, serían motivo de un enternecido besito y una explicación tranquila, si no son realizadas justo cuando el partido está en su mejor momento.
Cabe anotar que el ego masculino se siente, digamos bravito, cuando un ego femenino habla del Juventus, del Boca o del Parma, también es válido decir que en muchas ocasiones el comentario no es para alabar la táctica de juego, los pases precisos, o la definición de los delanteros, si no el porte de éste, las piernas de aquel, los ojos de...
Es verdad. Hoy en día he escuchado comentarios demasiado buenos, con criterio serio y con una concepción casi científica del juego, hechos por expertas, que sin duda reciben miradas entre reprobatorias y envidiosas de aquellos que las rodean.
Una cosa es el gusto por el fútbol y otra la discusión sobre éste, más allá de enrolarme en una guerra genérica, que sin duda he de perder, quiero acotar que las apreciaciones, son todas válidas, pero a veces son hechas en momentos inadecuados, sólo a veces.
Hay incomprensible fuerza en este jueguito que empuja a gritar cosas como: “Pásela, pero suéltela papá, UICHHH,” etc, algunos otros espíritus más aficionados, optan por desfigurarse, cerrar hasta el dolor sus puños, morderse
Aspectos tales sumados a otros, provocarán irritación profunda, dolores de estómago, problemas de hidráulica corporal y un estado similar a un orate. La idiotez que se aparenta es sin duda un profundo estado donde él, el orate, está absorto.
“El partido estuvo muy difícil, sin embargo el equipo hizo lo mejor y pues logramos obtener el resultado” “El equipo rindió lo suficiente y pudimos dar un buen partido””Bueno pues las espedtativas (pronunciación) se cumplieron y pudimos, gracias a Dios, sacar el mejor resultado” “El rival se mostró ofensivo, pero nosotros salimos a hacer lo nuestro y bueno, pues se ganó” Hace más de 20 años estoy escuchando las mismas declaraciones, por demás hechas 12 segundos después del pitazo final, donde la respiración entrecortada da muestra fehaciente de la afirmación hecha por el jugador.
Pero viene una última parte, que son los comentarios de la gente, que repite sin cesar, los argumentos populacheros de los comentaristas deportivos, “el partido estuvo bueno, pero le falta actitud al equipo”, “ese cambio del minuto 54 fue inapropiado, debío meter un volante de marca”, “yo no sé, pero parece que las camiseta no les duele”
Después de este recorrido, me doy cuenta que el fútbol es la mejor representación de la comedia moderna, está la justicia, el juez, vestido de negro, susceptible a interpretaciones pero irrefutable en la actuación, los jugadores con los cuales existen identificaciones por parte de los aficionados e inclusive se han hecho comparaciones con la vida, su actitud debe ser defensiva, ofensiva, como un volante de marca..., el público, donde cada uno se disfraza de colectivo, grita, se enardece y asume la posición, de técnico, los directores técnicos, como los políticos, manejan sus jugadores, dan declaraciones, hacen cambios... en fin, podríamos seguir haciendo paralelos con la sociedad, pero el tiempo terrrrrrrrrminó y no hay tiempo de reposición.