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miércoles, 31 de diciembre de 2008

¡Póngame la cara!

¡Póngame la cara! Me exigió tras una sarta de excusas, incongruencias y estupideces que le dije. Habíamos discutido un posible final de aquello que nunca tuvo comienzo.

Para esos momentos yo intentaba poner suficiente hielo a un calor que se formó coincidente, mediante la explicación de la existencia marginal, las reglas alternativas, los planes de contingencia, era pertinente asumir que esta no era nuestra ocasión. Entonces la crueldad de la no exigencia, la injusticia de la incondicionalidad y la imposibilidad de que yo asumiera lo nuestro, fue la punta del iceberg, que con lágrimas le intenté mostrar.

Ella, bueno, ella podía sobrevolar la falsedad de mis sentimientos, estaba posesa por un indómito espíritu de tranquilidad, que se manifestaba en ritos de comprensión y maternidad, hacía permanentes muestras de madurez y sensatez, que la volvían de esas personas tan insoportablemente coherentes como reconfortantemente autónomas, es decir libres y seguras.Hablábamos mucho, en todos los momentos, en los silencios… en el acto. Se comunicaba de mil maneras, de repente yo encontraba una nota de amor o una carta, cualquier signo que ella me otorgaba estaba repleto de pasión escondida, se anunciaba como salida de emergencia, como ruta de evacuación, la muy audaz se metió en mi mirada.

Dice que yo le gusté y que se propuso llamar mi atención, empezó con piropos extraños, propios de la jerga de mi abuela, como: “ese color le sienta, mijito” o el popular “!Cómo estamos de hermosos!”, y sin pensarlo me acompañaba unas cuadras, escuchando mis andanzas por el mundo; tenía el más codiciado don: sabía escuchar y sólo opinaba cuando era imprescindible; cuando lo hacía, sus palabras llenas de agudeza, aliviaban cualquier mal, su visión de la vida reconfortaba cualquier agonía, se despedía con esos abrazos cálidos que te dan los mejores amigos y se alejaba dando salticos alegres, moviéndose con swing de valluna, dejando un vacío en la existencia diaria.

En una despedida amigable, me pareció entender que sus labios hurtaron un poco de los míos, quedé con la sensación de usufructo, al comentar el tema; con cinismo del verdadero, asumió la responsabilidad y esta vez me besó de frente, sin tapujos, como terminando a la perfección un crimen menor, que había dejado de ser mediocre y se convertiría en el magnicidio del siglo.
Siempre pedía el mismo café, de yo no sé qué cosas, sólo sé que era algo así como “de las cabras”, vestía con rigor según su estado de ánimo, colores fuertes, bien combinados, bufandas, guantes, accesorios sexys y bolsos misteriosos. Un día husmeé uno de sus bolsos extraños, me encontré un libro, nada de maquillaje, una agenda con sus dibujos, escritos, cartas de admiradores, esferos y el estuche de sus gafas. En verdad esperaba encontrar pócimas, conjuros, cosméticos, pero me encontré de frente con la mujer más natural que he visto.

Olía como a florecitas, sus manos sudaban por los nervios, por el calor, por el frío, por la ansiedad, por todo, era fumadora pasiva, pues siempre en aquellas tertulias terminaba como extractora de humo de nosotros y nuestras humeantes discusiones seudointelectuales; mostraba la indignación envidiablemente, hablaba concreto, claro, fuerte, exigía cambio de café, que le bajaran el volumen a la música de algún lugar, peleaba por las llegadas tarde, era tan odiosamente puntual…

Nunca entendí (como buen dependiente sentimental que soy) porqué disfrutaba la soledad. Uno se la podía encontrar en una cafetería mirando sin mirar y disfrutando cada sorbo de un café con nombre rebuscado. Sufría del colon, creo que todas las zozobras, que entraban por sus ojos, tomaban su esófago y aterrizaban como granizo justo allí. Tuvimos varios altercados menores, nombraré dos, el primero fue de esos que yo llamo una actitud “políticamente incorrecta”, sucedió así: íbamos con dos amigos más para la casa de uno de ellos, ella, manifestaba con abrazos su afecto y abrazó más de la cuenta a uno de mis amigos, él se sentía incómodo, yo lo noté. Esa vez, (como ahora) pienso que no fue un asunto malintencionado, se trata de esos acuerdos tácitos masculinos, de esas cosas de la castración varonil que no son fáciles de asumir, lo hablamos con mi amigo como se hablan las cosas de hombres (dos días después) con la frialdad con la que se aborda cualquier tema: “oiga, es que la otra vez, cuando, usted sabe, ella me abrazó, no me sentí bien, quiero que sepa que no hay nada entre los dos y ya”, “entiendo”, dije, pasando saliva con la dignidad recompuesta, “ya hablé con ella”, y así según la psicología masculina, (que tiene serios problemas de temporalidad, cuatro días después) le dije a ella que no me parecía lo de los abrazos amigables, ella sonrió, me besó y dijo: “te adoro”. El otro altercado fue porque encontró las fotos de un paseo y en la multitud de la imagen identificó a una amiga confianzuda que no soportaba. Me hizo el reclamo tan bien, que terminé agradeciendo su preclaridad, juré no mentirle. Supo de mi pena, me consoló con sus besos y todo pasó como un fascinante reclamo místico.

Me escuchaba atenta, era mi crítica de forma y fondo, intuitiva, centrada y feliz por convicción, según ella misma, había tenido pocas pero intensas relaciones, de las que recuerdo, una con un profesor de bachillerato, otra con un profesor de su primera carrera y otra… bueno, otra conmigo. Tenía admiradores poetas, trabajaba con actores, diseñadores, ayudaba a su padre y a su hermano en la empresa familiar; incursionó en el mundo del modelaje, de la fotografía, del diseño, de los ángeles y sobra decir que en el mío. Mis amigos la adoraban por su ternura, sensatez y carisma.

Mis promesas de comprar ropa, ir a viajar, recomponer su memoria, minaron, jodieron y volvieron humo su constante alegría, en una ironía cíclica, volví a los miedos del principio de esta relación, temí por hacerle daño; todo se empeoraba cuando ella, con voz firme me preguntaba si me estaba exigiendo mucho, cuando su mirada me desnudaba y me sabía incapaz de asumirla.

La saqué de una reunión de esas que hacen para probar productos, llegó una vez más hasta donde yo estaba, como en un acto de adoración extraña me miró con amor doloroso. Fuimos a comer algo, para disimular la charla, ahí, tampoco fui capaz de decir nada, ¿decirle qué? que la adoraba pero, que mis peros eran más grandes que mis intenciones, que mis manos hablaban lenguajes incomprensibles, que mis letras eran lágrimas, gritarle que las inolvidables tardes de domingo me dolían, que sus dibujitos, que sus caballeros sin molinos y los caballos con heces colgantes me acusaban de cobarde… quise contarle que los rotos de su jean me saludaban desde lo lejos, que los restos de su pelo sin tintura me acariciaban, siempre quise tocarla sin tocarla, no hacerle reproches a su esencia comprensiva, celestina y limpia.

Decir que le pondré la cara, es mentira. Prefiero que me odie por cobarde y no asumir el reto de mirarla… justo cuando esas cosas fantásticas se convierten en eso asqueroso, es momento de huir, como ladrón, como timador. Me llevo un cuento, le dejo mi nostalgia, intentaré secar su humedad abundante mientras le envío mensajes irritantes con mi incoherencia. Es así, como huyo una vez más, ante el amor. He de decirle que me perdone, que mis nervios se alteran cuando la oigo, que lo único que no me enseñó fue a escabullirme… eso, lo aprendí solo.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Irrespeto literal

Hablábamos más de los problemas y nos besábamos menos. Me dijo por teléfono que no estaba dispuesta a seguir con esto, que las migajas de mi amor eran incompatibles con toda la magia que se convertía en una apariencia incipiente de la realidad abrumadora, que yo era especial, pero que en últimas no estaba dispuesta a pagar un precio tan alto por estar conmigo.

Yo, desde el primer momento en que la vi, sabía que algún día se iría. Discutíamos el asunto acompañados de una hamburguesa y una ensalada, de repente llovió, el ruido del agua sobre las tejas no dejaba oír mis súplicas, ella, con ese sastrecito negro, su pelo acomodado y su mirada nostálgica, comía en silencio las verduras y yo de mi tercera engullida acababa mi hamburguesa, en sus ojos vi la desesperanza, el martirio de no tenerme y la seguridad de dejarme.

Fuimos a caminar, no había habido besos, quizá por asco al intercambio de alientos, por la falta de pasión o por la incomodidad de la rabia acumulada. Ella había admitido, aunque no ante mí, sus errores de imprudencia, yo, sin argumentos más que mi amor, intentaba sumergirme en su olor de niña con dotes de mujer, mañas de anciana y espíritu de fantasma.

Hablamos un par de veces más, su ego lastimado, antes curado por mis palabras, estaba herido de muerte, ni mis más altos requerimientos de afecto habían llamado su atención, su boca ajena pronunciaba historias pasadas y sus manos con extraños visos amarillos, ahora no me rozaban la piel.Caminaba a mi lado como presintiendo una desventura, su altivez era un presagio de elegancia, sus abrazos me hacían sentir débil… ella, estaba matando mi amor, como asesina a sueldo, sin fe, disparaba indiferencia y me atribuía las plagas del olvido.

“Ahora, en las vacas flacas sentimentales, necesito más que nunca tu fuerza”, le dije en un estúpido intento metafórico, por salvar la relación; ella asumió que una vez más yo iba a utilizar mi pirotecnia verbal, para socavar nuestras distancias, me miró con menosprecio, me abrazó por protocolo y se fue sin decir nada.

Dicen que su corazón explotó, porque puse ahí dinamita de ausencia, se esparció por todo el mundo, creando una atmósfera de dolor, también dicen que mi alma está en duelo, por la incomprensión, y que se volvió compradora compulsiva de alhajas, para disimular la pérdida; vaga por centros comerciales en busca de diamantes.

Sigue lloviendo, quizá con más ímpetu, mis sentimientos acostumbrados a extrañarla, se dedican a actividades de ocio, juegan: Sabelotodo, Reto 5, ¿Lo sabes todo? Y todo lo que tenga que ver con respuestas conocidas y cultura general, porque saben que ella es indeterminada y particular. Es un nombre que se ha tenido que borrar, no se pronuncia, pero se tiene en la garganta y en un acto de soberbia, mientras unos amantes se toman un café, el destino despedaza el sitio, se cae el techo, se retiran las mesas, los asientos, sólo quedan ellos, con sus amores, él la intenta persuadir, ella piensa, él la ama, ella piensa, él sabe que se irá alguna vez.

Sueños de círculos en los dedos, de visitas a la Francia, de caricias inapropiadas, besos que se tornan largos, confusos, extensos, intensos, comidas rápidas, verduras, cosas, delirios, películas infantiles, abuelas chismosas, primas refinadas, bonos de venta, peleas con el padre, delirio de verla, ganas de tenerla… pienso que pienso, siente que siente, intentan amarse, se vuelcan ante ellos…

Es claro que nada es claro, por ahora, los charcos como vestigio de la lluvia muerta reflejan los bombillos amarillos, el frío corre infantil, la gente se hunde en sus ropas, los reflejos se distorsionan, todos callan…Cansada de todo, omite su amor, se niega a ser quien cree que es, escucha su razón… vence… convence… es un amor con fecha de vencimiento que se prolonga según las horas que dure en el congelador, es una amor nutritivo, con bajas calorías…

Delirio, paz, métrica, ritmo, palabras que se masturban, dedos que señalan el futuro y hacen guiños al pasado, huellas peligrosas, abrazos de salva, besos de selva, corazón que silba…Locura de tener sin tener, de estar con la soledad, de complacer al desalmado…Fin de fines, canción oculta de mañana temerosa, ruidos pasajeros de inertes sombras, dolor de espalda hecho por espadas de hielo…

Frases, palabras, juegos, reflejos nuevos de paisajes inocentes…

Me vuelvo corto…

Vuelo corto…

Corto.

“¿Acaso te beso en minúsculas?” pregunta él en el mundo blanco de una hoja, “no sé” dice ella, mientras construye unas comillas, él la ve de frente y quiere mandarle una doble u; ella, le responde con una miserable coma. Se callan otra vez, esperando que la luna escupa la luz de plata en los caminos, para venir al mundo donde se pierde el misterio y convertirse en palabras, que sólo se entienden en el contacto de un beso.

!Insolentes!, grita alguien.

Del malentendido de un man tendido esotérico

Ese día nos habíamos imaginado en una fantástica charla, cómo serían los orgasmos de su madre. Por respeto debo aclarar que, mi en ese entonces suegra, era una señora energéticamente esotérica, decía tener contactos con ángeles, vírgenes, sabía de los ciclos lunares, conocía de las cartas del tarot, veía las auras de las personas… en fin, una Hilda Strauss doméstica. De ojos claros y un rubio encanecido que la hacía temperamental, se cuidaba la piel como el alma, de frente amplia, alta, elegante y con un novio extranjero, que según escuché, era el único que se la aguantaba. Otro personaje que entra a esta historia, era la hermana de la dueña de mi corazón, ella, la hermana, era una mujer bonita, exitosa, ruda, pero profundamente sola, se había enamorado de un personaje comprometido, y de tal forma ejerció como amante largo tiempo, después terminarían y según un avance noticioso reciente, volvieron, él ya se separó, ella, siempre lo esperó. De la propietaria de mis latidos, puedo decir, que me inspiraba versos profanos, me hacía ver como un lobo falaz y me hacía llorar con sus escritos.

Vivían las tres en uno de esos conjuntos residenciales gigantes, en los que todos fingen ser amables; para llegar hasta esa torre y hasta ese apartamento, era necesario anunciarse, recorrer un caminito empedrado e iluminado, pasar por un extraño montículo que rugía, atravesar un parque infantil, mirarse en un espejo y allí, a la salida de un asensor, en la puerta izquierda, estaba ese templo de buena energía.

Debo decir que no había sofá, sillón, sofacama o algún mueble para ver televisión, en cambio, unas incómodas sillas de madera, que parecían escupir a quien se intentara sentar en ellas, por lo tanto, casi siempre, se encontraban cojines, mantas es decir, una especie de estera sofisticada; a la izquierda la cocina, por el pasillo a la derecha, el templo blanco de la suegra, con una ventana desde la que se podía ver y recibir los baños de luna, enseguida, la habitación de la terrateniente de mi motor vital, al fondo la habitación de la “Doctora” (recordemos: exitosa pero sola… en ese entonces), ella tenía baño propio y los lujos de ser la que más aportaba en la casa; a la izquierda el diminuto baño y de vuelta, la cocina que se conectaba con la sala. Ahí, al ladito de la cocina, cuando la ama de mi cardiaco amigo, se agachaba a conectar el computador, ahí, sentía las más perversas obscenidades tiernas, que se puedan imaginar.

Ese día, llegamos al tema de la sexualidad de nuestros padres, y en un chiste mutuo imaginamos los angélicos orgasmos de mi suegrita, cuyo nombre no me atrevo a invocar. Para ser honesto, debo decir que entre mi amada y yo, no habían pasado más que provocaciones, pero ya nos habíamos comido con palabras, acariciado con rimas inconclusas y enredado con frases insolentemente alborotadoras.

Domingo después de medio día, veníamos de caminar y nos habíamos reído como nunca con el tema de la sexualidad geriátrica de nuestros padres, al llegar al apartamento, todo estaba en silencio, la madre y la hermana mayor de la patrona del que late estaban durmiendo. Nosotros nos echamos en la estera a ver una de esas series extranjeras. Me dolía el cuello, y ella, maternal como siempre acudió a mi auxilio; para quedar cómodos me recosté en su vientre, y así de los masajes en mi cuello, pasamos a un consentimiento capilar, me rascaba la cabeza, mientras mirábamos la serie esa. Fui al baño, volví, me acomodé en su vientre otra vez y en ese momento escuché el caminar pausado de mi suegra con sus pantuflas de felpa y el símbolo del Yin-Yang en cada una, su mirada amable como la de los santos de las iglesias, estaba oscura, su pelo siempre recogido, estaba suelto y desordenado como golpeado por la almohada, su tez siempre lozana, aparecía furiosa.

“Buenas tardes”, dije cuando la vi, hacía dos segundos nos habíamos reacomodado y estábamos abrazados viendo la serie esa que no acababa, sus cejas siempre en arco como recibiendo una sorpresa, estaban indicando furia y con voz temblorosa me dijo: “¿Por qué no se sienta en las sillas?”. Y se dirigió a la menor de sus hijas diciéndole: “Y usted, hágase respetar o al menos respete la casa o respéteme a mí”. Nos miramos con cara de “qué dice esa señora loca”, ¿De qué hablas?, preguntó ella, como una súplica de explicación. “¿Ustedes me creen boba a mi o qué?” “No entiendo”, dijo ella una vez más. En ese momento, la señora, toma un algodón untado con crema para limpieza facial, que estaba encima de la mesa y dice: “Mire, esto” “Primero, va al baño y luego esto”.

Yo miraba la situación con cara de “alguien ayude a esta señora”, y juro que en ese momento no fue gracioso; se dirigió a su morada por el pasillo, y mi confusa fémina, tras ella, con el algodón en la mano, diciendo, “Huela, huela a ver a que huele”, ella respondía, “Yo que voy a oler esas cochinadas” y decía a renglón seguido “Ya sabía yo de las malas energías, debo conseguir Ruda, Yerbabuena y Agua bendita” y volvía al alegato: “Eso sí, yo no voy a permitir eso en la casa”. La otra voz insistía en la prueba olfativa, fue tanto el escándalo que la hermana se paró a preguntar qué pasaba, una seguía con los conjuros, otra con el algodón en la mano suplicando que fuera olido por alguien y yo en la sala, congelado, no me movía desde hacía 10 minutos.
Salí en puntas, para no ser descubierto, temí un hechizo contra mi erección o algo así. Abrí la puerta, sin tocar las cositas colgantes del Feng Shui que suenan, salí. Me senté en una silla cerca al parquecito, debajo de un domo que acompañaba todo el camino, allí solté mi primera sonrisa, miraba para todos lados esperando ver alguna cámara escondida.

Seguí el camino de piedra, pasé por el montículo rugiente, saludé al portero, tomé un taxi y, sí, hay que aceptarlo: huí despavorido. Llegué a mi casa, y le puse un mensaje de texto: “Mi amor, me fui”. En seguida ella me llama y me dice: ¿No crees que es un poco obvio? Y yo, le pregunto, “¿de qué hablas?” pensé en la actitud iracunda, desesperada e inesperada de la desequilibrada de su madre, y en que ella había heredado el gen de la locura, pensé en decirle que era número equivocado, “que no estás, que te fuiste”. Suspiré, es qué, y no supe que decir.

Vino a mi casa, y desde ahí empezamos un juego erótico con bastante locuacidad hídrica que terminaría en un cambio constante de sábanas, desde los orgasmos maternos hasta las inundaciones, desde las sádicas agachadas en busca de “alguna conexión” hasta el sudor que se evaporaba por las pieles. Creo que la carta astral estaba predestinada a que fuéramos instados por su madre, que como celestina celestial, nos dio un empujoncito a la consumación.

Después ella, la señora malpensada, se iría un tiempo con su novio al extranjero. Yo me quedaría y disfrutaría de las mieles de la soledad materna y de las constantes ocupaciones de la hermana. Aún vuelvo. Siempre con amuletos, rezos, mirando antes las runas y el horóscopo.

El tiempo pasó y mi luna llegó a Urano, mi oráculo me dijo que las cosas no irían bien, nunca más tendría sus ojos de lince mirándome, nunca más le daría golpecitos sexys, no probaría su sudor, no se cambiarían más sábanas, no habría gatos dañinos, poses indecentes, ni incondicionalidades existenciales. Así entendí el tarot como una forma de ejercer control sobre nuestras vidas. Igual, que esa señora obsesionada con esas cosas esotéricas, hoy presento mi bajísima autoestima, pues, después de todo, de tenerlo todo con ella, considero que no tengo ningún control sobre nuestros actos, que el destino me mira con altivez y me enfrenta sabiendo mi desventaja ante el miedo que él mismo me causa.

Me volví dependiente a la suerte, a su energía, a sus múltiples culminaciones acuosas, me volví adicto a la seguridad que me inspiraba, a la confianza en mis talentos que ella hacía brotar, me volví admirador de su facilidad para dar respuesta a todos mis conflictos, desde mi atuendo hasta mi preocupación por Dios; ella, con su magia blanca, -heredada supongo- me evitaba la desafiante tarea de decidir sobre mí mismo y lo que soy. Ella no era mi inspiración o mi guía, era mi verdad absoluta.

Y me despido, porque la alineación cósmica, indica que hay un cuadrante en Venus, que no se ve adecuado para decisiones trascendentales…

jueves, 18 de diciembre de 2008

La niñera Cósmica

Todo empezó por sus labios. Tenían forma de corazón y un tono rojo frugal, que se metió sin permiso en mis pocas horas de sueño; la observé en silencio durante largos meses, su pelo negro en vertiginosos rizos, su nariz bien terminada, sus pómulos como ángulos, las arrugas en el cuello como las de un recién nacido y los huequitos en las manos. Tenía un cierto aire oriental, que hacía de su rostro un paraíso para la vista. De su personalidad diré que gracias a su conglomerado de talentos, es de esas personas que nunca olvidas, de verbo ágil, humor ácido, es decir una saltimbanqui sexy. Nuestras infancias tenían algo en común, ambos tuvimos hermanos excepcionales. Ella era la mayor de 4, yo el menor de 3. Mística, con una madre que cumplía años el último día del año, un padre que merece una historia aparte y una familia tradicionalista con destellos de liberalidad. Por azar cumplía años el mismo día de mi hermano y como dato casual, igual que a mí, le gustaban los chalecos.

Agraciada, agresiva, tierna, soñadora, una géminis en todo el sentido de la palabra, obsesiva, sobre protectora y alevosa; en sus primeros años, por tendencia paterna, se dedicó a la música, de ahí su primer talento revelado, la musicalidad innata, sumado a una facilidad gráfica, en las caricaturas y una despótico manejo sensible del color. Crítica de todo, escéptica, burlona, cruel, enamorada del amor y con una agudeza para captar detalles propia del más perito investigador privado. Tuvo una adolescencia peligrosamente existencial, se metió en grupos de manejo de energías y esas cosas espirituales-racionales, por ello mordisqueaba cosas de astrología, reflexionaba desde la justicia cósmica y argumentaba desde una exuberante naturaleza femenina.

La conocí después de sus 2 grandes amores, un músico, violinista por demás y un arquitecto con un Volkswagen por demás. Empezaba su segunda carrera. Pastrana arrodillado ante Dios recibía al país, como pidiendo perdón por adelantado y yo me arrodillaba ante la entusiasta existencia de una niñera con nombre galáctico.

Un día, después de corregirme por estar por debajo del tono, me capturaron sus labios. Fue una redada inmisericorde, arqueaba las cejas y miraba desconcertada, con esa alma de maestra retadora; para ese entonces andaba con un personaje fenomenal, uno de esos carismáticos amigos y magnéticos líderes.

Y así sin pensarlo le empecé a escribir en silencio, después de cada ensayo, cabe decir que pertenecíamos a un grupo musical, yo le escribía, sabía de sus combinaciones de ropa, su música favorita, sus chistes recontados y aclamados, su gusto por la música y su respeto por el arte. Un día, nunca supe cuándo, me dijo “te escribí algo” y yo sonreí, bajé la mirada y susurré “señora, si usted supiera”.

Fuimos amantes; nos encontrábamos en la Candelaria, y en ese ambiente bohemio, con frío, prohibición y esperanzas, nos cambiábamos las misivas, ese ejercicio epistolar acumulado, sería un hermoso fantasma que aún ronda por el mundo del enamoramiento. Nos descubrimos hombre y mujer, en la mitad de las carreras universitarias, con las familias a favor, una empatía total, gustos similares, una pareja con gracejo y hasta parecidos físicamente.

Cuatro años de relación bastaron para darnos cuenta de la vida, pasamos por un infructuoso embarazo, unos viajes al exterior, infidelidades confesas y miles de momentos que serían un pilar para entendernos, para sabernos y para resignarnos.

Sus altibajos emocionales, nos llevarían a hacer permanentes revisiones de lo que hacíamos, sus inseguridades proyectadas en la sobreprotección intensa, me harían ver como un paciente y dócil novio; con ella todos hacían excepciones, por su espontaneidad y por su manera de ser.
Entonces me fue moldeando, con caricaturas, cuentos, escritos, canciones extrañas, cartas astrales, entonces, vivimos demasiado pronto, nos cedimos nuestras naturalezas, asumimos roles equívocos, entonces, nos inscribíamos al dolor del pasado y el miedo al futuro, ella con sus amigas y sus primas locas, yo con mis amigos y mis fantasías.

Los dos primeros años del mandato de Pastrana, fueron esperanzadores, al igual que nuestro primer par de años, llenos de magia, descubrimientos energéticos, viajes, promesas, cartas por montones, negociaciones, después se resquebrajaría la esperanza y el tonelaje de la realidad nos aplastaría, como pasaría con el país. Agotados, resemantizados, con la angustia de la posibilidad de seguir y la impaciencia por quedarnos en un sitio que ya no existía.

Entró a trabajar y aquellas tardes de ocio filosófico, se volvieron fines de semana neuróticos, su discurso sobre el amor, el romanticismo, sus afanes laborales, permearon lo que habíamos construido en un ambiente relajado, queríamos ser los mismos, pero ya no éramos iguales.
De vernos 12 o 15 horas al día, pasamos a más llamadas y regalos más costosos, ya no había poemas sin métrica en servilletas de fabulosos roscones, pero había sofisticados sitios con café Mocca incluido. Cambiamos. De aquellos novios insolventes, capaces de compartir una menta y ver cine arte, por el precio, forzábamos las discusiones sobre sitios elegantes y nos burlábamos de las posturas aristocráticas de las personas.

Le propuse matrimonio a mi manera, le dije que empezáramos a comprar cosas, ella dijo que no era el momento, éramos de esas parejas eternas de la universidad, que siempre andan juntos, como siameses frenéticos, ya nos preguntaban por el matrimonio, imaginábamos nuestros hijos, la crianza, nuestras muertes, nuestro reencuentro en vidas futuras.

Nos conocíamos a la perfección; telepáticos, con el dinero que pagamos en moteles, hubiésemos podido comprar por lo menos un modesto apartamento, éramos amigos, cómplices, críticos de arte, analistas de pornografía, habladores compulsivos, éramos el paso a la vida adulta.
¿Qué pasó? Hoy pienso, que nos entregamos como cascadas, que presumían ser fuentes permanentes, que quisimos seguir siendo estudiantes cuando ya no cabíamos en nuestras casas, que desgastamos nuestras pieles, que aprendimos las artes amatorias y sobre todo, que ensillamos el caballo antes de comprarlo.

Recuerdo todo como en un carrusel de imágenes: aquella vez del teatro que nos agarró un ataque de risa en plena obra de García Lorca, la vez de aquella manifestación, en la que después de un peto, nos quedamos analizando en qué chakcra había sentido cada uno la explosión, la vez que me regaló aquellos carísimos tenis rojos, mis jornadas de paciencia por explicarle que no tenía a nadie más en cuerpo, mente o alma, su temor a quedar destrozada después de todo.

Así, llegamos a un acuerdo racional, conversado, desalmadamente cuerdo, seguiríamos por un tiempo, hasta un posible viaje, que anunciaría el final de esta épica relación. Consiguió a alguien y yo, preví el asunto y ya tenía a quien entregarle mi ternura espontánea, que se hallaba a la espera de ser descongelada, yo necesitaba reconocimiento y afecto, alguien que me daría la seguridad, que ella me había quitado.

En un arranque de ebriedad nos encontramos después de la meta final, el vacío doloroso de la memoria de los cuerpos sin alma, sería un asunto impagable. Mi despecho, duró un año más, después del grado, conseguí trabajo, y mi vida sin ella, se volvió real, un poco más ligera, un poco menos ensoñadora.

Fumábamos, leíamos, íbamos a teatro, nos amanecía hablando, reíamos, éramos excesivos, falaces, ingenuos, especuladores profesionales, soñadores irresponsables, pésimos administradores y clarividentes fracasados… la muestra más humana del amor, sin límites, nuestras naturalezas libres, se impusieron ante la atadura de una constante realización.
Recuerdo el dolor de verla con su nuevo amor, recuerdo como quité todas mis participaciones en un medio que habíamos construido, recuerdo haber sentido que perdí el tiempo, recuerdo tanto humo que envolvían las palabras.

Algunos despistados anacrónicos todavía me preguntan por ella, cuando hablamos queda esa pertenencia incomoda de mirarse ante un espejo, somos un punto referencial. Pastrana, por fortuna, acabó su mandato, quedó en la historia, con la silla vacía para la negociación por la paz; ella, quedó en mi historia, como esa zona de distensión con sus propias leyes. Envejecimos, volvió con su amor arquitectónico, como en uno de sus anunciados ciclos del Karma-Dharma, seríamos compañeros de trabajo, amigos, seríamos humanos… demasiado humanos.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

DESNUTRICION SENTIMENTAL

Me había dicho que todo iba a estar bien. Me acicalaba el cuello de la camisa y me acomodaba el saco azul de lana; en el baño verde, untaba en sus dedos un poco de Clear Wave, para disimular mis pelos parados, causa de los dos remolinos capilares, que me daban aspecto de niño terrible. Yo con una sonrisita aprobatoria y una mirada incrédula, detestaba ese supuesto futuro que ella adornaba con nuevos posibles amigos, nuevas profesoras y el mundo del saber. ¡Qué rico ir al Colegio! ¡Ya eres grande! ¡Todo un señor! ¡Qué dirá la gente, si ve que no quieres ir al colegio!

Y me hablaba con ese tonito convencido de vendedor de seguros, mientras me empacaba en la lonchera, cosas de comer que hasta ese momento eran mis favoritas. No paraba de hablar, con frases alusivas a esa importante etapa de la vida, salimos de la casa, caminamos varias cuadras hechas kilómetros de angustia, “todo va a estar bien” repetía feliz, y yo sentía la misma sensación de cuando te frotan Vick en el pecho para la gripa, un frío que empezaba en el pecho y se centraba en el ombligo. Llegamos.

Mi madre saludó a una señora, que preguntaba si yo era el hermanito de mi hermano, me hizo un maldito apretón en las mejillas, como rito iniciático del sufrimiento; hablaron de cosas de señoras, de repente, vi a otra víctima en las mismas condiciones, el discurso de su madre, era similar al de la mía, la víctima, una niña de pelo negro, ojos grandes, nariz empinada, ciertamente malvada, y una eleganciecita fatal, miraba con odio infantil y le refutaba: “mentiras, tú no me quieres”. Ella tenía una muñeca como salvavidas, yo no tenía nada, ni siquiera la volqueta amarilla de filosos bordes que me había regalado mi padrino.

Mi madre apresuró la conversación para evitar la incomodidad de sentirse delatada por tal crimen, suspiró, me aplanó el pelo rebelde, me miró a los ojos, y me dijo, “Pórtate bien”, yo quería decirle que nunca más iba a hacer daños, ni a decir mentiras, que si era necesario me levantaría temprano o no comería tanto pan, que me quedaría quieto en las visitas, que haría lo que fuera para que no me dejara solo, pero como siempre, no dije nada, aprendí, que para manipular a un manipulador, lo mejor es simular que se está bajo su dominio.

Yo no la soltaba de la mano, ella se dirigió a la señora esa y se despidió, yo le besé su mano, como suplicando, tenía un grito en la garganta, mezclado con llanto, miedo y zozobra. “Chao, mi amor” y se desgarró de mi mano, como cuando rompes el papel que envuelve un regalo.
Sentí la carga de la soledad, el presagio de la muerte, un temblor en los hombros y un precipicio en el ombligo, todo alrededor estaba callado, le había puesto el silenciador de dolor al entorno, mi conexión con la realidad fue aquella compañera de holocausto, con su muñeca, que estaba sola en un rincón, tranquila, impasible, serena, como si ya supera de la maldad que nos esperaba.

Años después, sentí lo mismo, esa sensación de pérdida infinita, eso que sientes cuando te manosean la columna vertebral, esas ganas de vomitar, ese dolor que te enmudece los ojos y no te deja ver las palabras… ella, con la evidencia de mi sumisión por ella, con la paz de saber al dedillo de mi pertinencia , ella, con el manejo de todos mis fondos existenciales, las claves de acceso a mis cuentas de amor y la autorización plenipotenciaria de hacer lo que quisiera con ese amor, acomodándome la camisa y sacudiéndome las moticas que me persiguen, limpiándome la cara y las migajas de la boca, arreglándome en general, me mira, y me dice, “Chao mi amor, nos vemos”, con su apaciguada naturaleza brutal, liquidadora y cruel. Y se va.

Una vez más solo, con mil cosas por decirle, con el miedo de que la muerte me atacara en cualquier momento, con la insuficiencia del lenguaje para expresarle, que era mi vida y que sin ella no tenía sentido nada, con la rabia de no decirle que se quedara, que aquí, conmigo, había sentimientos puros, invaluables. Con la más triste muestra de desesperación sin proezas, con las lágrimas del alma asechando mis ojos y la boca temblando, me pregunté en voz baja ¿Le dije que la amaba… por qué se fue? ¿Le besé la mano… por qué no me abrazó?

Alguien dijo que la desnutrición no se recobraba, las horas de hambre, no son recuperables, por más vitaminas que te den, ya estás desnutrido, y si bien, puedes estabilizar los asuntos alimenticios, quedan los pasos marcados de aquellas épocas de vacas flacas…

Mi madre, la profesora, la niña de la muñeca que después jugaría guerra de tijeras y le cortaría la membrana de un dedo a una compañera, la mujer que me dijo adiós, parecen todas imaginadas por algún director loco de cine, fanático a los vampiros, adorador de la sangre, cruel, desalmado y sanguinario.

Fabricantes de soledad, impías del afecto, dicen que todo es por nuestro bien, cuando lo que necesitamos es quedarnos a su lado, nos hacen creer que nos protegen y después se largan a proteger a otros, nos timan con un quedaré pago al portador, nos endulzan con el dolor de la ausencia, haciéndose extrañar… perversas.

En ese juego, aprendí a amar, a emocionarme con las llegadas y derrumbarme con las partidas, a creer que el futuro me presentaría guardianas valientes, amazonas aguerridas, hechiceras audaces y asesinas cuidanderas de mí.

Me tumbo entonces ante la belleza fuerte, ante los sentimientos seguros, ante la protección sin condiciones, ante las miradas frías y los caminados flotantes, esas empresarias de seguridad, salvaguardadas por sus pestañas, su maquillaje, sus aparentes cosas insignificantes para el hostil y falso mundo de los machos. Es entonces cuando, reclamo el derecho a la debilidad, a lo frágil, a lo que se rompe, y ellas, como cumpliendo su encomienda cósmica, recogen los desechos sentimentales, los reciclan, los pulen, y los dejan acomodados en la repisa de la nostalgia, y ellas, que nos salvan cada vez, tienen la osadía de irse a trabajar, de tener afán por una cita, de dedicarse a estúpidas cosas mundanas, y ellas, te abandonan, se despiden y prometen volver, te colman con sus cuerpos, te dan el honor de sus caricias, te besan para adormecer el dolor de su labor segunda.

Solo una vez más, la veo alejarse, envuelta en fragancias, su pelo brillante refleja las mediocres luces de la entrada de su casa, su lunar, me dice adiós, su nariz me coquetea feliz, las manos, guardadas a la fuerza en los bolsillos de su gabán, me deben millones de caricias, su boca se queda conmigo. Entra. Quiero gritarle que la extraño, que me hace falta, que no sea desgraciada y me deje a la mitad de mis miedos, que empiezan, cada vez que me dice adiós.

Intento dormir, huelo mis manos y un hilo de su perfume se mete en mis recuerdos, ¿Cómo puedes dormir despiadada?, cierro los ojos para disimular el sueño, adentro mis órganos proclaman resistencia a la quietud, afuera, la oscuridad disimula mi llanto.

Amanece. No sé a qué horas me dormí, quizá no hace mucho, la conciencia lo primero que me informa es que ella no está, siento el frío de la mañana y el calor del dolor, la ausencia del tacto y mis labios amnésicos luchan incesantes por recordarla.

Alucinando otra vez iluso. Una vez más le diré que la amo, ella estará de afán, tendrá que irse, me llamará a decirme cosas tiernas para serenar mi desesperación… me llama y me dice: “Hola cielo, ¿ya desayunaste?” como si eso fuera importante, yo le digo que escribo algo, que la amo, y le hago el reclamo por su más reciente maldad de no protegerme, por su antipatía ante mis ganas de amarla, por largarse, le digo que me trata mal, que me abandona; ella se ríe, me habla consentida y dice que me adora, me manda un beso y me dice que hablamos después, yo cuelgo con un beso en el teléfono y lloro, lloro de rabia, de angustia por mi y de amor traducido en un serio cuadro de desnutrición sentimental.

Acaso es mi debilidad mi ancla de salvación, hoy estoy sensible, hoy quiero fumar su humo, leerla, verla, hoy me acusa de no escribirle, hoy me dice que no soy el de siempre, que su intuición le dice que no me ve bien… insolente, perdón, no quise decirle eso ¿Cómo es que no ve que muero si no está? Suspiro, es hora de vivir, de sobrevivir un día más, hasta el amanecer de su encuentro… es hora… ya es hora.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Abecedario de Cordura

No sé cuantas semanas de recuerdo pasaron antes de aquel encuentro, llámese coincidencia cósmica o destino, todo pasó simplemente, como tenía que pasar.

Hay que decir que los puntos suspensivos en una relación son un peligroso cheque sentimental, que cobra usureros dividendos al momento de cambiarse. Hacía cinco años que las cosas no habían quedado claras y hoy esa falta de rigor con la pasión y esa pusilanimidad existencial, se cobran con la fuerza de la cascada inminente del amor reprimido.

Debo admitir que la odiaba, con ese odio resentido de no haber hecho nada y no haber dicho lo que sentía, la verdad me mostraba un espejo que permitía reconocerme cobarde, poco gallardo y con la vergüenza como único baluarte.

Ese beso en una tarde fría, beso disimulado, escaso, miserable, estacado en el borde de mis labios, se convertiría en el puerto de llegada y la única referencia de sus recuerdos, esas charlas alargadas por la trivialidad, en las que se habla de todo y de nada, serían las cartas de navegación de mis recuerdos perdidos en sus propia amnesia, esos ojos de paisaje, me los encontraría en la mirada tierna de aquellos que se miran contagiando de miel amorosa todo lo que los rodea, esos dientes subdesarrollados serían mis perlas buscadas en tantas bocas; así la angustia de no saber si era un sueño o un recuerdo, su presencia subliminal, me acompañó hasta ese día en que apareció.

La había visto un par de veces, y mi reacción sarcástica como mi ministerio de defensa, disparaba comentarios sobre su hermoso pasado y mi predilección por lo que era, o quizá, quise que fuera; entonces la saludaba desde lejos como un enemigo agradecido por la tunda pública, con el honor puesto en las medias rotas y la dignidad como zapatos desvencijados.

Chorros de letras para ella y su belleza, amenazantes cartas de olvido, indiscriminadas peticiones de ternura y tertulias solitarias sobre esa relación, se habían convertido en palabras, cuentos y relatos. Párrafos gordos, puntos suspensivos paranoicos, comillas indecentes, signos de admiración aburridos, puntos aparte huraños… todos los signos que dan sentido compraban la lotería de la posibilidad y con fe, miraban noche a noche los resultados por los medios masivos de la melancolía.

Y de repente como el paso a la adultez insensata, me saludó, como si nada, como si mis penas de amor fueran bufonerías, como si mis desvelos fueran juego… los dioses hicieron una pausa, las estrellas cesaron de titilar, las respiraciones del público se cortaron ¿Cuál sería mi reacción? Ella, la más pervertida razón de ser; ella, la infeliz que me causaba las más dulces pesadillas, adornada de pasividad y más bella que siempre, me abordó.

En un afán por ver mis restos de dignidad, me preguntó por algún escrito que yo le había hecho, con soberbia delicada, le mostré un trozo de mi alma vuelto letras, ella en un cambio de guión inexplicable, en una frase improvisada, en un aliento de irracionalidad, dijo que quería verme.

Entonces le regalé un huevo de chocolate, de esos que traen muñequitos por dentro, con tono firme pero actitud miedosa, le dije que ese sería el destino de esta relación discontinua, ella, divertida con mis nervios y segura de su aspecto noble y opulento, movió sus labios y dijo: “Lo que salga aquí, significará entonces lo que somos…” y con esas pausas forzadas, me aturdió con una mirada que prometía.

Estaba con una chaqueta larga de un material sintético con cuello de lana, que le daba un toque profano, una falda que escondía sus piernas con unas medias negras y una camisa, que no recuerdo. Era ella, el mito que se convierte en realidad. Por fin, los astros le habían dado la oportunidad al suertudo mortal: la sublime diosa lo besaría, sellando un pacto de posible amantazgo frugal.

Los minutos tercos se negaban, llegó la hora del encuentro mágico, la vi al bajar la escalera, estaba rodeada de viles mortales, ella cadenciosa miraba con la cruel convicción de saberse con mis tributos de admiración. Antes de la cita había sacado una artillería argumental atroz, me copié de una frase de Homero (Simpson, aclaro) le dije que lo único que le podía ofrecer era mi absoluta dependencia.

El grupo contertulio se dispersó, yo hice una evidente muestra de ansiedad revelada, una mirada suya me hizo saber que ya era hora; salimos con ese disimulo notorio y con ese cinismo necesario que te dan las energías cruzadas por el sentimiento.

Fuimos a un lugar decorado con ángeles y vírgenes de madera, una especie de buhardilla romántica, entramos. Vino la lucha: empezar a conversar; el tema de que en el huevito había salido una bruja, favoreció la ruptura del hielo.

Ordenamos, se acabó el tema de la bruja sorpresa y se acabó el trago, volvimos a ordenar, esta vez pidió algo más fuerte, y así de repente, me tomó las manos, recuerdo mi esfuerzo por no temblar, yo hablaba de todo y ella sonreía, esperando mi silencio; agoté de tal forma los temas casuales y me vi en la necesidad de hablar de ella, le hablé de su soledad necesaria, por su belleza infranqueable, le hablé de cómo nunca la había dejado de sentir cerca y le conté la travesía sentimental que me había llevado hasta ella, le conté mis recuerdos que se habían convertido en esperanzas y asideros de mi cordura, hasta que ya no tuve más que decir, entonces, delicada, dueña de la situación, pausada, disfrutando de mi papel de víctima, me tocó la cara con su mano derecha. Yo bajé la mirada como haciéndole una venia a su postura de modelo, no sé que me dijo, yo respondí no se qué.

Y vino el silencio agresor. Me solté de sus manos para beber un trago más, pensé en decirle que en ese lapso de tiempo la había extrañado, ella me tomó la cara y se acercó y yo, en un intento por salvarme, dije su nombre, entonces ella continuó aproximándose y posó sus labios que parecían como persianas perfectas, como bordes de chocolatina; sentí que movió su boca con delicadeza y en ese momento mi instinto respondió. La besé.

Me invadió un frío azul calmado. Es posible que me haya hiperventilado, que me estuviera asfixiando, pero en verdad eso no me importaba. Vi su cara alejarse y dispararme una sonrisa de agrado; solté el aire y dije lo del color que había visto, ella, como siempre asumió la postura ideal, fingió entenderme.

Nos besábamos en intervalos cortos, interrumpiendo palabras, risas, preguntas hirientes y en medio de la gente, el mesero, con sus ganas de joder nuestras públicas meloserías, nos odiaba.

La llevé a su morada, una especie de palacio con rejas blancas, vivía cerca de donde crecen los Alcázares, rodeada de árboles que contaban historias de romanticismos añejos, su entrada empedrada era el camino que tantas veces había recorrido sola. Había media luz, la zona desierta contaba algunos ruidos naturales, ella parada en su puerta obedeciendo al protocolo real, me lanzó una mirada letal, que me cobraría insomnio.

Desperté, sin saber si lo había soñado o era la traición de mis recuerdos con esperanzas, busqué algún indicio de realidad, alguna bruja, un rastro de chocolate, alguna llamada o un maldito indicador de que mi cordura no andaba fallando

- Hola corazón, estoy feliz, espero podamos vernos esta noche… quiero verte.

¿Me diría acaso que me amaba? ¿Conocería mis padres? ¿Le regalaría un anillo? ¿Me hablaría de sus compulsivos amores del pasado? Nunca la supe, no podré saberlo... el contacto sin contacto es una más de las etiquetas de la memoria cruel, que se cierra a su propia desesperación.