Alguna vez leí esta frase: "Amar significa no tener que decir lo siento". Por esas cosas misteriosas que pasan, ella, empezó con la infalible arma de la consolación: limpiándome las lágrimas con su bufandita escocesa, escuchando mis sensibilidades y asumiendo la tarea de ser el paliativo para mis huecos emocionales. Yo había acabado de terminar una relación intensa que me dejó como saldo una incredulidad en el amor y una expedición permanente por los recuerdos dolorosos. Estábamos en una reunión, mi ex estaba allí y, ambos fingíamos fortaleza, vinieron los ruinas del alcohol, y mis apocalipsis sensibleros, se juntó la angustia de un pasado perdido y la necesidad de encontrar motivos para seguir. Yo, sentado en una escalera lloraba por todo, por la vida, por la violencia, por la incomprensión, lloraba porque lloraba… vi entonces una cabellera rojiza envuelta en cuadros que se puso a mi lado y me atendió, apaciguó mi desasosiego y me hizo sentir primordial.
La siguiente escena pasa en su casa, era el cumpleaños de su madre, me sorprendí cantando las mismas 4 canciones que hoy me sé y contando historias. En perspectiva irrisoria, había entrado a su mundo lleno de números, póker, embriaguez y pretendientes. De Inteligencia seductora, baja estatura, piel blanca, cuerpo bien moldeado, ojos pícaros y actitud solemne. Tenía una hermana de signo y condiciones virginales, con quien me llevaría muy bien, una madre separada y un padrastro que era la máxima expresión del desparpajo, de su abuela materna diré que no pude conocerle bien el rostro, pues vivía envuelta en cobijas, ruanas y mantas de todo tipo. Su familia paterna era un perfecto cuadro de clase media, con la dignidad como estandarte y los conflictos propios de una separación. En general, ambas familias se ganaban la vida, como transportadores, es decir, dueños de buses y colectivos, nunca había mucho dinero, pero tampoco, nunca faltaba.
¿Cómo la conocí? Ella entró a un grupo musical en el que yo estaba, pasó desapercibida hasta que empezó a mostrar sus dotes de administradora ágil, convirtiéndose en la mano derecha del líder de aquella agrupación.
En una buhardilla que hacía las veces de bar, le dije que ella bien sabía que yo estaba saliendo de una relación, que la transición no sería fácil, que no quería lastimar a nadie, ella, atenta, lógica y racional, me dijo que lo intentáramos y de tal manera, sellamos un contrato bilateral, yo me comprometía a dar lo mejor de mí para hacerla feliz y ella, ahora que recuerdo, nunca me dijo a qué se comprometía.
Su primer gran empujón hacia mi reconstrucción fue la coordinación de una temporada de teatro, en la que me ayudó a pintar los avisos, a revisar los guiones, a conseguir público. Después de mucho tiempo (los cuatro años de la anterior relación) sentí, que lo que yo hacía, si era importante para alguien, confiando en mí me devolvió la confianza, admirándome causó mi admiración.
Nunca discutimos. Acostumbraba a acariciarle su pelo que para ese entonces había vuelto a su color negro fuerte, le contaba historias, proyectos, miedos, le contaba mi trayectoria en dicho grupo musical, las bienaventuranzas y las maldiciones de pensar distinto, también hablábamos de sus problemas con su padre postizo, de la tensión entre sus familias, de la universidad, de sus compañeros y sin pensar, se fueron pasando los meses; nos acoplamos y así, me fue apoyando con todo. Para ese entonces, yo terminaba mis estudios posgraduales y el asunto de lo laboral era prioritario, ella, estudiante aún, tenía un trabajo envidiable para los ociosos, uno de medio tiempo en el que llenaba unas fichas de registro y el resto de su labor la empleaba jugando solitario; la recogía y caminábamos, nos reíamos y disfrutábamos de cada momento con un sentido de libertad, respeto y buena energía, difíciles de imitar. Compartíamos el gusto obsesivo por Arjona, los comentarios sobre adversarios comunes, la maledicencia por la injusticia y el romanticismo elaborado. En lo del entramado de pieles, nos fue bien, siempre pendientes uno del otro para complacer, siempre cuidadosos, siempre dialogantes… diligentes.
Un amigo en común, que después saldría con la hermana menor de ella, nos invitó a tomar yhajé, recuerdo que en el trance, su energía y la mía parecían espirales ascendentes que nunca se tocaban pero de alguna manera se complementaban. Dicen que después de cualquier experiencia de esa naturaleza se acelera el karma: peleó con su madre, se fue a casa de su familia paterna, entró en inquietud consuetudinaria.
En otra reunión, animados por las catapultas expresivas del alcohol, me dijo que estaba jodida, me preocupé, pensé en un embarazo, alguna materia irrecuperable de la universidad, el karma en mayúsculas, con zozobra me dispuse atento a escucharla, me miró con timidez y me dijo que se había enamorado.
De aquel pacto racionalizado, pasamos a negociaciones emotivas, ahora sí, la cosa iba en serio, como excusa de mi incapacidad relacional, argüí presiones de todo tipo. Pero ya la perplejidad del amor había hecho de las suyas.
Entré a trabajar. Era un cargo sin muchas presiones, pero cuando se estrena cualquier cosa se sobredimensiona la naturaleza real, por ello me estresaba más de la cuenta, somatizaba mis responsabilidades con dolores de cabeza y de aquel diálogo fluido pasamos a simples charlas de cómo me había ido, yo sin ganas le contaba sobre mi día y en verdad, en ese momento, la asumí como parte más de mis obligaciones.
Un día sin respirar le dije que posiblemente cometería un error, que quizá el tiempo me obligaría a buscarla, pero que en esa etapa de mi vida yo quería estar solo. Justo en ese momento, en un acto de malparidez, le dije que creía que le estaba haciendo daño, y que según lo que habíamos acordado… ella no me dejó terminar mis pedanterías, me miró con serenidad furiosa, y me dijo que no había ningún motivo, pero que respetaba mi decisión. Y se fue caminando, por una calle con palmeras a los lados que de fondo deja ver el un viejo estadio de fútbol. Con el adormecimiento que te da el cinismo, compré un cigarrillo y mientras miraba el humo pensaba que había sido lo mejor.
Sufrió. Pero evidentemente mi cercanía era inaceptable, la llamé en navidad y hablamos, después le intenté decir que era importante, que mis sentimientos estaban… me calló diciéndome que lo mejor era que no me acercara. Encontraría alivio en otros brazos, le propondrían matrimonio precipitadamente, experimentaría con otras relaciones… al fin, acertó con alguien, que pese a su celotipia, la colmaría como se merece… salió de mi lastre tiempo después.
Después de mucho tiempo nos encontramos, fuimos a algún lugar, tomamos café y me dijo que había sentido que no significó nada para mí, me cuestionó impíamente con aquello de que, si en verdad, yo me creía con el derecho de ir lastimando a la gente, me dijo que las heridas de ese supuesto acto de amor (dejarla sin razón) habían sanado y que me había perdonado. Sonreí suspirando fuerte, le dije que la intrascendencia no era un asunto que le tocara, que esa cobardía, así no se entienda, fue una protección.
Nos abrazamos… “lo siento” dije con un nudo en el alma… “tranquilo, me hiciste más fuerte” dijo. Iba a hacer un soliloquio sobre como perdonar implica recordar sin dolor, la necesidad confusa de decirle gracias o quizá contarle la lista de mis astucias más torpes, pero temí que ella, una vez, más me levantara de mi amargura.
“Nos vemos” dije con un tonito farsante y funesto, “siempre” responde ella con frialdad.
Me alejé con su mirada en mi espalda y con la confusión en mi pecho. Con la tranquilidad de sentirme absuelto y la tristeza de no haber apostado todo. “Me refugiaré de nuevo en alguien, supongo”, me digo para franquear el frío que te da la soledad.
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sábado, 31 de enero de 2009
jueves, 22 de enero de 2009
CUENTO CON CE
Cuento cuidadosamente construido con ce:
Carmiña camellaba como cualquiera -clarifico concepto “cualquiera”: como casquivana, como confianzuda, como callejera- caminaba calles capitalinas contoneando caderas, cazando clientes. Consumía cigarrillos (Caribe), cerveza (Costeña), cápsulas (Cebión)… con cabello castaño claro, cuerpo con curvas, cara coloreada con cuantioso carmesí, cuello como cisne, corsé con cintas colgantes, cinturón cuero culebra, calzado cuero cocodrilo, carterón corroido con colores contrastados. Ceño cansado, cadencioso caminar… ¡completamente concupiscente!.
Caminando cazó cliente, cliente corpulento con carro (Citroën), camisa carísima (con cocodrilito), corbata (Capezio) costosísima, calzado (Corona) con colores clásicos, calcetines (Cordani), cumbamba con candado, colonia (Cartier) cautivadora, cara coqueta. Cliente con casamiento consumido, con complicaciones caseras consuetudinariamente compraba cariño callejero.Cliente cuestiona Carmiña… “¿Cuánto?” Carmiña comienza cuenta compleja, calcula: Carro, corbata, clase, categoría, capital considerable… “cincuenta” -comenta; cliente consulta cartera cuero color café… cuenta con cuidado, con cara codiciosa, comercia: “Cuarenta”, Carmiña consistente, canta: “cincuenta”… cliente convencido con costo cede: “Cincuenta, camine”.
Cliente conduce carro, ciudad capital, calles, cantinas… centro: carrera catorce con cuarta (cerca Candelaria), cuchitril currambero, Carmiña - cliente comparten coñac, conversan, cosas caseras, cosas camello, contexto colombiano, canallada cabecillas criminales, circunstancias crueles con ciudadanos comunes... -Cinco coñacs. Comentan condiciones contrato: coito corto, cero cóleras, cero cachiporrazos, cero cocaína, compensación cumpliendo complacencias. Cliente consulta constantemente cronómetro… ¿Cuándo comenzamos cuchi-cuchi? Carmiña con calma, consume colilla, comenta: “Camine”.
Cuarto con cenefas cursis, cortinas cochinas, claraboyas curiosas con claroscuros, cuadros convencionales, catre colosal. Cliente consume cápsulas catapultadoras… Cliente cauteloso colocase condón. Carmiña con certeza comienza camello cabalgando cliente, - ¡cliente contentísimo!- Carmiña cumpliendo cabalmente con camello compone Camasutra completo (camasutra con ce… colombiano, claro): Carretilla, cuna, cabalgata, columpio, cucharita, caricias… ¡cuanta cochinada conocida! -correcto: Camasutra completo-. Cliente campante… Cúspide, cumbre, cima, cresta, caudal, corriente, cascada, cataratas… cataclismo… culminación, clímax… cansancio.
Cliente convulso ciertamente complacido, cancela Carmiña cien. Contrato cumplido, cancelación correcta. Cada cual comienza confianzudamente colocándose cucos, calzoncillos, calcetines, camisa, corbata, calzado, carteras, Cliente carro, Carmiña calle…-¡Catástrofe compañeros!. Condón construido Corea con cero calidad, con cráter contraproducente, cavidad capullo, causa concepción casual. Carmiña concibe criatura. Carmiña como condenada, comienza calvario con crianza… Carmiña colérica, crispada, contrariada cede criatura.
Calixto criado con comadrona. Calixto con cutis claro, cabello castaño consonante con cabello Carmiña. Crece: cuatro, cinco, cuando cinco colegio, cuando colegio: cuadernos, crayones, columpios, cuentos, colombinas… colegial concentrado, caritativo, comprensivo, colega carismático, colaborador con cada compañero.
Calixto crece. Cuando Calixto catorce conoce Carlota; Carlota, cuarentona cuidadosamente conservada, circunvecina, ciclista compulsiva, cero cigarrillo, cabello con canas coloreadas, cuerpo celestial comparado con culicagadas, -cuarenta calendarios, calurosos… calientes… ¡candentes!- cuchibarbie coquetona; conoció crecimiento Calixto. Carlota continuamente codició cuerpo, cara, castidad Calixteña– cazadora curtida, comienza conquista Calixto. Calixto cándido come carnada. Comparten cópula.
Consumada circunstancia carnal, Carlota culpable confiesa Calixto: “Conocí Carmiña… ¡compañeras camello!… ¡camaradas!… ¡compinches!… Cuando camello concedía comodidades, compañeras ciudades como Cali, Cartagena, Cartago, Cúcuta… Colombia completa”.Calixto consternado: “¿Cómo? Carmiña casquivana, callejera, cuquifloja, culipronta…” Calixto confundido consulta clarividente: Cassandra (Carácas con cuarenta). Cassandra concentrada consulta canica cristal “Calixto, ¡Calamidad Celestial! -comenta- confirmado, concebido casualmente”.
Calixto con congoja, considérase cucaracha canequera: Clama confundido contemplando cielo: ¡Cómo! ¿cómo?, ¡concebido con cliente! ¿Cuál?… ¿Constructor? (corroncho) ¿Carnicero? (cuchillero) ¿Conductor? (cretino) ¿Cura? (cachondo) ¿Contador? (cicatero) ¿Canciller? (corrupto)… cualquier ciudadano… ¡Caray!, ¡Carambolas!, Cáspita, ¡Carachas!... ¡Carajo!
Calixto consternadísimo, camina cabizbajo. Colapsa.
Concluye cruelmente contrato cósmico… consumiendo cianuro.
Cuento continuará… (Carlota carga cigoto).
Cuento craneado: Carlos
Carmiña camellaba como cualquiera -clarifico concepto “cualquiera”: como casquivana, como confianzuda, como callejera- caminaba calles capitalinas contoneando caderas, cazando clientes. Consumía cigarrillos (Caribe), cerveza (Costeña), cápsulas (Cebión)… con cabello castaño claro, cuerpo con curvas, cara coloreada con cuantioso carmesí, cuello como cisne, corsé con cintas colgantes, cinturón cuero culebra, calzado cuero cocodrilo, carterón corroido con colores contrastados. Ceño cansado, cadencioso caminar… ¡completamente concupiscente!.
Caminando cazó cliente, cliente corpulento con carro (Citroën), camisa carísima (con cocodrilito), corbata (Capezio) costosísima, calzado (Corona) con colores clásicos, calcetines (Cordani), cumbamba con candado, colonia (Cartier) cautivadora, cara coqueta. Cliente con casamiento consumido, con complicaciones caseras consuetudinariamente compraba cariño callejero.Cliente cuestiona Carmiña… “¿Cuánto?” Carmiña comienza cuenta compleja, calcula: Carro, corbata, clase, categoría, capital considerable… “cincuenta” -comenta; cliente consulta cartera cuero color café… cuenta con cuidado, con cara codiciosa, comercia: “Cuarenta”, Carmiña consistente, canta: “cincuenta”… cliente convencido con costo cede: “Cincuenta, camine”.
Cliente conduce carro, ciudad capital, calles, cantinas… centro: carrera catorce con cuarta (cerca Candelaria), cuchitril currambero, Carmiña - cliente comparten coñac, conversan, cosas caseras, cosas camello, contexto colombiano, canallada cabecillas criminales, circunstancias crueles con ciudadanos comunes... -Cinco coñacs. Comentan condiciones contrato: coito corto, cero cóleras, cero cachiporrazos, cero cocaína, compensación cumpliendo complacencias. Cliente consulta constantemente cronómetro… ¿Cuándo comenzamos cuchi-cuchi? Carmiña con calma, consume colilla, comenta: “Camine”.
Cuarto con cenefas cursis, cortinas cochinas, claraboyas curiosas con claroscuros, cuadros convencionales, catre colosal. Cliente consume cápsulas catapultadoras… Cliente cauteloso colocase condón. Carmiña con certeza comienza camello cabalgando cliente, - ¡cliente contentísimo!- Carmiña cumpliendo cabalmente con camello compone Camasutra completo (camasutra con ce… colombiano, claro): Carretilla, cuna, cabalgata, columpio, cucharita, caricias… ¡cuanta cochinada conocida! -correcto: Camasutra completo-. Cliente campante… Cúspide, cumbre, cima, cresta, caudal, corriente, cascada, cataratas… cataclismo… culminación, clímax… cansancio.
Cliente convulso ciertamente complacido, cancela Carmiña cien. Contrato cumplido, cancelación correcta. Cada cual comienza confianzudamente colocándose cucos, calzoncillos, calcetines, camisa, corbata, calzado, carteras, Cliente carro, Carmiña calle…-¡Catástrofe compañeros!. Condón construido Corea con cero calidad, con cráter contraproducente, cavidad capullo, causa concepción casual. Carmiña concibe criatura. Carmiña como condenada, comienza calvario con crianza… Carmiña colérica, crispada, contrariada cede criatura.
Calixto criado con comadrona. Calixto con cutis claro, cabello castaño consonante con cabello Carmiña. Crece: cuatro, cinco, cuando cinco colegio, cuando colegio: cuadernos, crayones, columpios, cuentos, colombinas… colegial concentrado, caritativo, comprensivo, colega carismático, colaborador con cada compañero.
Calixto crece. Cuando Calixto catorce conoce Carlota; Carlota, cuarentona cuidadosamente conservada, circunvecina, ciclista compulsiva, cero cigarrillo, cabello con canas coloreadas, cuerpo celestial comparado con culicagadas, -cuarenta calendarios, calurosos… calientes… ¡candentes!- cuchibarbie coquetona; conoció crecimiento Calixto. Carlota continuamente codició cuerpo, cara, castidad Calixteña– cazadora curtida, comienza conquista Calixto. Calixto cándido come carnada. Comparten cópula.
Consumada circunstancia carnal, Carlota culpable confiesa Calixto: “Conocí Carmiña… ¡compañeras camello!… ¡camaradas!… ¡compinches!… Cuando camello concedía comodidades, compañeras ciudades como Cali, Cartagena, Cartago, Cúcuta… Colombia completa”.Calixto consternado: “¿Cómo? Carmiña casquivana, callejera, cuquifloja, culipronta…” Calixto confundido consulta clarividente: Cassandra (Carácas con cuarenta). Cassandra concentrada consulta canica cristal “Calixto, ¡Calamidad Celestial! -comenta- confirmado, concebido casualmente”.
Calixto con congoja, considérase cucaracha canequera: Clama confundido contemplando cielo: ¡Cómo! ¿cómo?, ¡concebido con cliente! ¿Cuál?… ¿Constructor? (corroncho) ¿Carnicero? (cuchillero) ¿Conductor? (cretino) ¿Cura? (cachondo) ¿Contador? (cicatero) ¿Canciller? (corrupto)… cualquier ciudadano… ¡Caray!, ¡Carambolas!, Cáspita, ¡Carachas!... ¡Carajo!
Calixto consternadísimo, camina cabizbajo. Colapsa.
Concluye cruelmente contrato cósmico… consumiendo cianuro.
Cuento continuará… (Carlota carga cigoto).
Cuento craneado: Carlos
miércoles, 14 de enero de 2009
CLICHÉ MASCULINO
Ya había pasado de todo menos el encuentro corporal. Le había vendido la idea de que yo me destacaba en lo que hacía, esto es, me había expuesto como un buen ejemplar, me mostraba inteligente, sensible, un poco retador, con visos artísticos y comprensivo; me había propuesto que ella tomara la iniciativa en esas lides de la sexualidad. La empresa empezó con inocentes puestas de mano en el muslo, como quien no quiere la cosa, caricias aparentemente inofensivas, leves contactos en el cuello al momento de los besos, artimañas para que me oliera, con el pretexto de descubrir mis nuevos perfumes y esas pandillas de argumentos del deseo disimulado.
Debo decir que ella era perfectamente decente, inflexible en sus buenas maneras, como dicen por ahí, una dama hecha y derecha, de piel anheladamente blanca y tersa, quizá tendría unos 24 años, una nariz empinada y unos labiecillos jugosos en forma de corazón. Había practicado natación, por lo tanto su espalda era ancha, fuerte pero elegante y sutil. Para hablar de sus ojos necesitaría varias vidas, basta con decir que eran negros, vivos, enredados en una selva de pestañas y enmarcados por unas cejas perfectamente arqueadas, que le daban un toque de seriedad y braveza que tanta efervescencia hace en nosotros.
Haber traspasado la barrera de lo beato y encontrar a aquella dama elegante, con peticiones indirectas, caricias provocadoras y besos indecentes, fue la primera etapa ganada, en la carrera copular. Después de ajustar los tiempos, se planeó la fecha del encuentro, la idea, era amanecer amándonos hasta la saciedad, que los cuerpos se estrellaran en la lujuria y que la ansiedad de tenernos fuera apaciguada por los límites de la locura. Todo ello puesto en palabras rojas y promesas impúdicas.
Llegamos a un sitio aledaño a la ciudad, un escondrijo ausente de tiempo. Al cerrar la puerta de la habitación sentí un leñazo en el pecho; se habían acabado las especulaciones y era hora de actuar, de demostrar, como dicen coloquialmente, poner todo en plata blanca, mejor dicho, ahora si íbamos a ver si mi chicanería era cierta.
Silencio, besos de diferente nivel: de labios, delicados, profundos, con más fuerza, intensos, de los que no dejan respirar, cortos y con pausas. Estábamos parados junto a la cama, sin dejar de besarnos, nos sentamos de lado, se escuchaban las respiraciones agitadas; las manos disimulaban con caricias tiernas el impulso de rasgar la ropa -pero tampoco era para tanto-. La costumbre dicta que a esas alturas, la hidráulica testicular, ya debería haber inundado las cavernas de la maquinaria y el héroe ciclópeo -por lo colosal y lo de cíclope- debería estar levantándose arrogante y atento al llamado; pero, quizá por los nervios o por la presión de que todo saliera bien, aquella masa era como el intento de un Sansón alopésico alzando una pluma. Nada de nada.
Maquillé el asunto con el preámbulo, masajes, caricias, alabanzas de su piel, su cuerpo, su cara… pero mi diálogo interno se tornaba tensionante – qué ironía y yo sufriendo por la “tensión”-. Tuve que prolongar la introducción, que bauticé como proemio, estirándola hasta la niñez de un prefacio, que se dilató en la adolescencia conflictiva de un preludio, llegó a la adultez impertinente de un introito para arrastrarse a bastonazos en un prólogo senil. Se alargó el momento y mi enemigo no. Manejando la situación, pregunté por los condones, pensé en ganar tiempo, los busqué en su bolso y en ese instante, miré con desdén a mi otrora magnánimo camarada y entablé una conversación con muecas, que en verdad tuvo tintes de plegaria, que pasaron rápidamente a ser súplica, después indignación y luego otra vez rogativa.
Vino de ella la pregunta infernal: “¿Qué pasa?”, y yo, humillado, de rodillas, buscando las capuchas de látex, respondo con seguridad: “Nada, todo bien”. Ella sonríe, y con cara de lascivia me invita a pasar al portentoso palacio de su cuerpo embadurnado por crema, en aquel intento de masaje simulador. Levanto la cabeza con la dignidad en la mirada, ad portas de la más baja calidad de hombría, paso saliva y le digo: “No estoy listo”, ella como alargando sus brazos me hace caricias prohibidas, frotadas antes fascinantes, besos de vampiro; veo claramente que hace esfuerzos, lo que jode todavía más mi psicología sexual, el momento es insoportable, y mi ídolo ebrio sólo respondía al llamado con fugaces miradas al cielo, con la misma intermitencia odiosa de las luces averiadas de neón.
El colapso del sistema era evidente. El motor tartamudeaba pero no podía despegar… Hubo que recurrir a medidas extremas, más bien de extremidades, aferrarme a la tecnología digital: ¡Manos a la obra! Los encargados de la tarea del masaje, ahora serían los delegados para explorar aquel ángulo supremo, que se estremecía al menor contacto; ellos, buscarían el acorde adecuado en aquel sensible diapasón.
Ella seguía con las caricias y de mi parte la cara de indignación por aquel primer patético performance que no puedo olvidar. Intenté decirle que no entendía lo que pasaba, que estaba demasiado ansioso, ella, callada me besaba, y me recorría como tentando al demonio de mi santidad profanada por su humedad evidente. Yo quería hablar, ella actuar.
Después de varios minutos, el titán delirante se compuso a medias, aprovechamos su “parodia” y emprendimos veloces el avance hacia la gruta venerable, como dicen por ahí: a trancas y a mochas se le buscó la comba al palo, en otras palabras, se hizo lo que se pudo. Lo traumático fue que mi poco enarbolado amigo, se disponía a prestar su “izadés” y mientras me alistaba para ponerle su traje de buzo, el muy infeliz se desmayaba cual serpentina inocente denigrando de su pasada férrea estructura.
Era una pena terrible ver a aquella hermosa dama y su esfuerzo y aún peor, mi desconsuelo al saber que decía que todo estaba bien, que no me preocupara y seguía besándome, haciendo caso omiso de semejante obstáculo… -pensándolo bien, no era un gran obstáculo, era un pequeño gnomo acurrucado, técnicamente en cuclillas, con las asentaderas descansando en sus calcañares-
Me detuve. Pedí tiempo fuera, me fui al baño y le dije mirándolo con seriedad: “Viejo man, hermano, compadre, no me haga esto, sé que hemos compartido las verdes y las maduras, hoy, más que nunca lo necesito, por favor compórtese, con ella no… es decir, con ella si… usted me entiende” y tras unas palmaditas en la espalda como dándole unas felicitaciones inmerecidas, tomé aire, miré mi palidez en el espejo y estuve a punto de soltar la más triste carcajada de desesperación.
Volví al campo de juego, ella estaba acostada presumiendo una desnudez apetitosa, decidí besarla, olvidarme de todo y de repente: “habemus erectus”, veloces lo encapuchamos y empezamos el diálogo corporal, cerré los ojos y pensé en los conflictos ambientales, en la importancia de la globalización para las ideologías, en la trascendencia de la tragedia griega en la novela moderna… me desconecté.
Volví cuando los movimientos se hicieron rápidos y vi en su cara de muñeca una perversa mezcla de placer doloroso, estaba atravesando la delicada línea que hace del inquebrantable gozo un sentimiento del culpa controlado, sus ojos cerrados con señales de aprobación, su cara encendida, su boca tensa y con un esbozo de sonrisa maliciosa; ritmo perfecto, compenetración de almas, cascadas de vacios propios combinados, gemidos, muecas felinas; era ella en cabalgata desvergonzada, era ella escalando los niveles de esa llamada libido, la concupiscencia acumulada, el sudor desplegado en puntas de cristal, su pelo como tinta dibujando saetas, temblor de esencia, uñas que se ajustan a los poros, respiración segmentada… culminación mutua.
Vinieron entonces los abrazos y las cosas tiernas, fue el tiempo de la devoción, de demostrar que el paso animal por ese dique era la manera más humana de acercarse, reaparecieron las caricias, las inocencias, las preguntas, asistieron las miradas que atraviesan los ojos y llegan al corazón; me dijo que hacía tiempo no había hecho el amor y que no entendía mis nervios, me tranquilizó con esas alabanzas que saben hacer las que son amadas.
Después vendría otro momento de revancha. Sus comentarios graciosos -como aquel de que no me preocupara, que ella no era virgen- y su comprensión funcionarían como un afrodisiaco natural.
No sé como salí victorioso de aquella cruzada. Hoy pienso que ella fue generosa en sus apreciaciones, me supo hacer sentir bien, en realidad ella, hacía todo bien.
Aprendí a valorar nuestros contactos como lo más cercano a la eternidad. Hoy veo aquel pasaje de mi vida con cierto gracejo pero ese momento de humillación eréctil me hizo pensar en la ironía universal de que aquello que planeas a la perfección olvida a veces lo sustancial, la lección fue preponderar más la simpleza de lo mágico y como resultado, desde ese momento, oigo más a mi corazón y bueno, a mis cabezas… también les doy su importancia. !Ah! y entre otras cosas respeto profundamente el dicho aquel de "no sea chichipato..."
Debo decir que ella era perfectamente decente, inflexible en sus buenas maneras, como dicen por ahí, una dama hecha y derecha, de piel anheladamente blanca y tersa, quizá tendría unos 24 años, una nariz empinada y unos labiecillos jugosos en forma de corazón. Había practicado natación, por lo tanto su espalda era ancha, fuerte pero elegante y sutil. Para hablar de sus ojos necesitaría varias vidas, basta con decir que eran negros, vivos, enredados en una selva de pestañas y enmarcados por unas cejas perfectamente arqueadas, que le daban un toque de seriedad y braveza que tanta efervescencia hace en nosotros.
Haber traspasado la barrera de lo beato y encontrar a aquella dama elegante, con peticiones indirectas, caricias provocadoras y besos indecentes, fue la primera etapa ganada, en la carrera copular. Después de ajustar los tiempos, se planeó la fecha del encuentro, la idea, era amanecer amándonos hasta la saciedad, que los cuerpos se estrellaran en la lujuria y que la ansiedad de tenernos fuera apaciguada por los límites de la locura. Todo ello puesto en palabras rojas y promesas impúdicas.
Llegamos a un sitio aledaño a la ciudad, un escondrijo ausente de tiempo. Al cerrar la puerta de la habitación sentí un leñazo en el pecho; se habían acabado las especulaciones y era hora de actuar, de demostrar, como dicen coloquialmente, poner todo en plata blanca, mejor dicho, ahora si íbamos a ver si mi chicanería era cierta.
Silencio, besos de diferente nivel: de labios, delicados, profundos, con más fuerza, intensos, de los que no dejan respirar, cortos y con pausas. Estábamos parados junto a la cama, sin dejar de besarnos, nos sentamos de lado, se escuchaban las respiraciones agitadas; las manos disimulaban con caricias tiernas el impulso de rasgar la ropa -pero tampoco era para tanto-. La costumbre dicta que a esas alturas, la hidráulica testicular, ya debería haber inundado las cavernas de la maquinaria y el héroe ciclópeo -por lo colosal y lo de cíclope- debería estar levantándose arrogante y atento al llamado; pero, quizá por los nervios o por la presión de que todo saliera bien, aquella masa era como el intento de un Sansón alopésico alzando una pluma. Nada de nada.
Maquillé el asunto con el preámbulo, masajes, caricias, alabanzas de su piel, su cuerpo, su cara… pero mi diálogo interno se tornaba tensionante – qué ironía y yo sufriendo por la “tensión”-. Tuve que prolongar la introducción, que bauticé como proemio, estirándola hasta la niñez de un prefacio, que se dilató en la adolescencia conflictiva de un preludio, llegó a la adultez impertinente de un introito para arrastrarse a bastonazos en un prólogo senil. Se alargó el momento y mi enemigo no. Manejando la situación, pregunté por los condones, pensé en ganar tiempo, los busqué en su bolso y en ese instante, miré con desdén a mi otrora magnánimo camarada y entablé una conversación con muecas, que en verdad tuvo tintes de plegaria, que pasaron rápidamente a ser súplica, después indignación y luego otra vez rogativa.
Vino de ella la pregunta infernal: “¿Qué pasa?”, y yo, humillado, de rodillas, buscando las capuchas de látex, respondo con seguridad: “Nada, todo bien”. Ella sonríe, y con cara de lascivia me invita a pasar al portentoso palacio de su cuerpo embadurnado por crema, en aquel intento de masaje simulador. Levanto la cabeza con la dignidad en la mirada, ad portas de la más baja calidad de hombría, paso saliva y le digo: “No estoy listo”, ella como alargando sus brazos me hace caricias prohibidas, frotadas antes fascinantes, besos de vampiro; veo claramente que hace esfuerzos, lo que jode todavía más mi psicología sexual, el momento es insoportable, y mi ídolo ebrio sólo respondía al llamado con fugaces miradas al cielo, con la misma intermitencia odiosa de las luces averiadas de neón.
El colapso del sistema era evidente. El motor tartamudeaba pero no podía despegar… Hubo que recurrir a medidas extremas, más bien de extremidades, aferrarme a la tecnología digital: ¡Manos a la obra! Los encargados de la tarea del masaje, ahora serían los delegados para explorar aquel ángulo supremo, que se estremecía al menor contacto; ellos, buscarían el acorde adecuado en aquel sensible diapasón.
Ella seguía con las caricias y de mi parte la cara de indignación por aquel primer patético performance que no puedo olvidar. Intenté decirle que no entendía lo que pasaba, que estaba demasiado ansioso, ella, callada me besaba, y me recorría como tentando al demonio de mi santidad profanada por su humedad evidente. Yo quería hablar, ella actuar.
Después de varios minutos, el titán delirante se compuso a medias, aprovechamos su “parodia” y emprendimos veloces el avance hacia la gruta venerable, como dicen por ahí: a trancas y a mochas se le buscó la comba al palo, en otras palabras, se hizo lo que se pudo. Lo traumático fue que mi poco enarbolado amigo, se disponía a prestar su “izadés” y mientras me alistaba para ponerle su traje de buzo, el muy infeliz se desmayaba cual serpentina inocente denigrando de su pasada férrea estructura.
Era una pena terrible ver a aquella hermosa dama y su esfuerzo y aún peor, mi desconsuelo al saber que decía que todo estaba bien, que no me preocupara y seguía besándome, haciendo caso omiso de semejante obstáculo… -pensándolo bien, no era un gran obstáculo, era un pequeño gnomo acurrucado, técnicamente en cuclillas, con las asentaderas descansando en sus calcañares-
Me detuve. Pedí tiempo fuera, me fui al baño y le dije mirándolo con seriedad: “Viejo man, hermano, compadre, no me haga esto, sé que hemos compartido las verdes y las maduras, hoy, más que nunca lo necesito, por favor compórtese, con ella no… es decir, con ella si… usted me entiende” y tras unas palmaditas en la espalda como dándole unas felicitaciones inmerecidas, tomé aire, miré mi palidez en el espejo y estuve a punto de soltar la más triste carcajada de desesperación.
Volví al campo de juego, ella estaba acostada presumiendo una desnudez apetitosa, decidí besarla, olvidarme de todo y de repente: “habemus erectus”, veloces lo encapuchamos y empezamos el diálogo corporal, cerré los ojos y pensé en los conflictos ambientales, en la importancia de la globalización para las ideologías, en la trascendencia de la tragedia griega en la novela moderna… me desconecté.
Volví cuando los movimientos se hicieron rápidos y vi en su cara de muñeca una perversa mezcla de placer doloroso, estaba atravesando la delicada línea que hace del inquebrantable gozo un sentimiento del culpa controlado, sus ojos cerrados con señales de aprobación, su cara encendida, su boca tensa y con un esbozo de sonrisa maliciosa; ritmo perfecto, compenetración de almas, cascadas de vacios propios combinados, gemidos, muecas felinas; era ella en cabalgata desvergonzada, era ella escalando los niveles de esa llamada libido, la concupiscencia acumulada, el sudor desplegado en puntas de cristal, su pelo como tinta dibujando saetas, temblor de esencia, uñas que se ajustan a los poros, respiración segmentada… culminación mutua.
Vinieron entonces los abrazos y las cosas tiernas, fue el tiempo de la devoción, de demostrar que el paso animal por ese dique era la manera más humana de acercarse, reaparecieron las caricias, las inocencias, las preguntas, asistieron las miradas que atraviesan los ojos y llegan al corazón; me dijo que hacía tiempo no había hecho el amor y que no entendía mis nervios, me tranquilizó con esas alabanzas que saben hacer las que son amadas.
Después vendría otro momento de revancha. Sus comentarios graciosos -como aquel de que no me preocupara, que ella no era virgen- y su comprensión funcionarían como un afrodisiaco natural.
No sé como salí victorioso de aquella cruzada. Hoy pienso que ella fue generosa en sus apreciaciones, me supo hacer sentir bien, en realidad ella, hacía todo bien.
Aprendí a valorar nuestros contactos como lo más cercano a la eternidad. Hoy veo aquel pasaje de mi vida con cierto gracejo pero ese momento de humillación eréctil me hizo pensar en la ironía universal de que aquello que planeas a la perfección olvida a veces lo sustancial, la lección fue preponderar más la simpleza de lo mágico y como resultado, desde ese momento, oigo más a mi corazón y bueno, a mis cabezas… también les doy su importancia. !Ah! y entre otras cosas respeto profundamente el dicho aquel de "no sea chichipato..."
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