Canta con cuidado Musa indiferente
que tus notas hieren mi recuerdo
Sabes que existes en el dolor de mi alma
y desde allí lo que digas tiene eco a mi infinito
Como un deseo líquido te deslizas con tibieza
pero dejas huellas indelebles y profundas
Me quieres mirar con sueños íntimos
pero sabes que te nombro de frente al viento
Me anuncias como aquel igual a todos
y dices que me burlo de tu duelo
Te digo que yo nunca te profano
y que sólo esbozo letras tristes
No hago nada sólo escribo
Escribir es hacer nada me preguntas
Y me quedo callado y suspirando
Y dices que no fuiste tú la que hizo el daño
De nada valen los lamentos querida Muerte
si son sólo pobres lastimeros gritos
De nada sirven los tormentos Inspiración mancillada
si se presentan como los embustes más sinceros
Cállate me dices con angustia soberana
que te pareces a lo que más odio
Y yo huyo con mi sensación de pérdida
pues sólo soy lo que un día hundiste
Ha pasado tanto tiempo que el siguiente segundo tiembla
y el blanco techo nos espera sereno
Cuando vuelvas apreciada Señora
tráeme un manto nuevo y tápame de tu silencio
Huye mientras puedas angustiada Diosa
Lávate de mi olvido provocado por tí
que la única manera de saber que existes
es teniéndote presente como la sombra de mi sombra
Por fin puedo explicarte por qué te dije Aquí y Ahora
Si me llevas en tus piernas infinitas
que no quede rastro del camino
Si me dejas con tu ausencia permanente
entonces
Atente a lo que escribo
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miércoles, 20 de mayo de 2009
jueves, 14 de mayo de 2009
LA CLASE NO SE IMPROVISA
Recuerdo cómo discutíamos por ese asunto de la clase social. La pregunta era si eso que algunos llaman “clase” se tiene o se puede alcanzar, es decir si es un asunto de nacimiento o un proceso de adquisición. Alguien me dijo alguna vez que uno se puede mover dentro de su clase, pero nunca desplazarse a otra, es decir, uno puede ser el más importante de su propia clase, pero esa falacia de cambio a otra clase, no es posible.
Escribo esto por varias razones, primero por los vientos de resentimiento que llegan a mis oídos, por la confusión que pulula con eso de la clase y por una catarsis de mi pesar con aquellos que sufren por parecer y no pueden nunca llegar a ser… y lo peor se creen sus propias mentiras arribistas, se convencen de que tener clase, sólo tiene que ver con lo estético… cuando es un asunto ético.
De manera básica existen tres clases sociales, la alta, la media y la baja, cada una se caracteriza, por sus gustos, sus modales, sus comidas, su lenguaje, entre mil variables más, pero sobre todo sus concepciones del mundo y de la vida. Tienen sueños distintos y maneras de amar que se distancian meridianamente una de otra. Aclaro que, toda clasificación es amañada y sectaria, en ningún momento pretendo burlarme, ni ratificar nada, sólo es una pequeña versión representada… la realidad es mucho más abrumadora. Veamos:
La clase alta: Tienen la certeza y el conocimiento de que el mundo es un lugar para disfrutar, su vida pasa entre viajes, sueños cumplidos y fabricación de nuevos sueños, esa trayectoria les permite la práctica de los buenos modales, por eso son naturalmente felices y asumen que los otros pueden también serlo, su vida no gira en torno al dinero, pues siempre ha estado ahí, son desinteresados, tranquilos, audaces. Su lenguaje es simple, asertivo y pertinente, nunca pierden el control de sí mismos ni de la situación, “Buenos días, me vende…”la serenidad es su fiel compañera; para ellos, la amistad es un valor superior, el respeto por la familia, por los demás y por ellos mismos es su constante definición, son focalizados y se concentran con facilidad. La ropa la lucen con naturalidad como extensión de su piel, no se esfuerzan por mostrar su buen gusto que es tácito, andan despacio, sin afán, entienden que el tiempo es relativo, por ello tienen agendas planeadas y planes de contingencia; beben vino para neutralizar el paladar, comen poco y por gusto, le encuentran sabor exquisito a los platos, comen hasta donde les plazca, comparten la alegría con celebraciones fuera de sus casas, están siempre bien informados, hablan de sus travesías, de sus negocios, de la situación mundial, dominan temas de economía, son precavidos con los gastos, siempre tienen reservas, entienden de arte y no hacen caso de la moda, ellos la imponen. Son amables con quienes les sirven, son puntuales, son generosos con su existencia, se alegran sinceramente con los triunfos ajenos, son directos en su trato, detallistas y reconocen sus límites. Saben reconocer las tareas de cada persona: el jardinero, el conductor, el cocinero… Son místicos. Tienen amigos famosos, conocen a intelectuales, políticos, tienen suscripciones a periódicos y revistas, les llega mucha correspondencia, cuentas, eventos culturales, cocteles, “Un viaje por tierra de más de seis horas es inconcebible” “Le Perfum” “¿Cuándo viene a casa la estilista?”
La clase media: Tienen la esperanza de que todo puede mejorar algún día, se esfuerzan para conseguir metas, trabajan para darse pequeños lujos de vez en cuando, como tomar un taxi, salir a comer a un buen restaurante o comprar ropa de marca, aprenden los buenos modales y los usan de vez en cuando, viajan por tierra cuando pueden, toman fotos por doquier para mostrarlas después, son presumidos por naturaleza, se creen siempre mejor de lo que son, aparentan todo, buscan ofertas, se angustian y se preocupan permanentemente. Su manera de expresarse es exageradamente formal, se sobreactúan en las maneras cordiales “Disculpe, podría hacerme el gran favor de venderme…” la incertidumbre y las deudas son el tema cotidiano de las charlas, los amigos son para pasarla bien y hacer favores, casi siempre critican su familia y su origen, están en una carrera sinfín de superación. La ropa no es su prioridad, pero ostentan algunas marcas que los hacen sentir mejor, al igual que aparatos de elevada tecnología que subutilizan, creen definir el buen y el mal gusto, son clasistas de esencia, dejan todo para último momento, por ello andan apresurados, el tiempo no les alcanza, sin embargo son dispersos. Viven para comer, pasta, pan y bebidas gaseosas, poca fruta y poca verdura. Se aterran por todo, repiten las noticias y opinan, celebran, de la misma manera, en sus casas, las ocasiones especiales, gastan sin medida y después piden prestado dinero, tienen la pretensión de ahorrar, saben de cine comercial, pero pronuncian con dificultad los nombres extranjeros, tratan de estar a la moda, a veces con resultados desfavorables, como no tienen servidumbre entablan relaciones confianzudas con la gente que los rodea, son amigos del vigilante, de la señora que lleva los tintos, hacen bromas pero también son amargados, les llega cuantiosa correspondencia: cuentas por pagar, deudas, créditos… Cuando ven a alguna celebridad se codean y hacen comentarios “La loción” “No hablo inglés pero lo entiendo”
La clase baja: Tienen la habilidad digna para sobrevivir, cuando tienen trabajo gastan buena parte de su tiempo y su dinero en transporte, viven lejos de todo, los lujos no están contemplados, tienen deudas tan añejas como sus recuerdos, se afirman en sus modales propios, renombran las cosas y las recrean, el lenguaje no es prioritario, muchos no pueden viajar, y si lo hacen van y vuelven en un mismo día, están acostumbrados a ser “ninguneados”, la diversión pasa en su cuadra o en el barrio, son relajados, luchadores, construyen su vida día a día, son improvisadores innatos, se ríen de sí mismos. Tienen maneras de hablar que los identifican, gestos, posturas, usualmente hablan de las dificultades y los obstáculos, de aquello que está mal y que no funciona, son apasionados, beligerantes, vehementes, expresan lo que sienten “Buenas… a cómo la…”, la opresión y la exclusión rebota en ellos, tienen amigos de infancia, construyen relaciones de apoyo, de solidaridad, la madre es el centro de todo, se le miden a lo que sea “echa´os pa´lante”, la ropa es un asunto de prestigio, así como los electrodomésticos, cuando comen lo hacen para llenarse, celebran las alegrías y las penas, beben con frecuencia insólita, saben al dedillo lo que pasa en su barrio y se enteran de lo pertinente a su comunidad, son amigos, compañeros, fraternos, se esfuerzan todo el tiempo por todo, en ocasiones, a veces se confunden y no expresan lo que quieren y pasan por disipados. “La Colonia” “Ser alguien en la vida”
Nota de salvedad: La vida transcurre más allá de toda clase, apariencia o contexto, esta caricatura pretende instalar la discusión en otro plano.
Según la reducida clasificación anterior, noto cierto esfuerzo por disfrazar tu naturaleza, hoy las clases sociales no se presentan como determinantes, son sin duda, las maneras de apariencia las que conforman los estilos… noto resentimiento, rencor, amargura, ganas de venganza, así como cuando alguien te pide un favor, y tú lo tomas a título personal y lo utilizas para herir o destilar tu odio… Tus modales refinados se ven pervertidos por tu ansiedad solitaria, que pretendes esconder en salidas de fin de semana y en la consecución de amigos-conductores que te lleven a casa.
Ríes, sonríes y te quedas seria, porque piensas en mi miseria provocada por tu desvalorización, hablas de abolengo sin tenerlo, te ufanas de imaginarios, crees que un estilo de vida aparente te dará la potestad de sentirte mejor que otras; pontificas porque (nosotros) te hemos hecho creer que existes por tu belleza, pero sabes que la amargura del desamor cobra con creces, esperas la hora moribunda de los amigos que se van y los recuerdos mimosos que se niegan a abrazarte. Te mientes con certeza, te crees adornada con dones celestiales, hablas fuerte de tus amigos y nuevos amores y entonces el viento me trae tus aborrecimientos, me comparas con todos y con ninguno, me quitas importancia y después me la das toda, dices que no existo y me nombras más de la cuenta, dices que esta vez, por fin -y gracias a tu Dios- sí encontraste al hombre de tu vida, un perfecto ejecutivo de cuenta, un exitoso hombre de negocios.
Y yo hablándote de compromiso social, de la importancia y el valor de amar en libertad, de la grandeza de lo humano y sus perversiones grandilocuentes, y tú, repitiendo frases y queriendo representar papeles antagónicos… No basta la bisutería mundana para conquistar el alma, la trascendencia no se quita o se pone, no es un perfume o un splash, no es dejarte obnubilar por nuevas comprensiones, o incomprensiones para el contexto, va más allá de la relación dialéctica con tu peluquero, no es suficiente parecer, hay que ser. No basta hablar de autores… hay que leerlos… Ahora bien, si nos decimos muchas veces una mentira se convierte en verdad obligada, por ello es mejor no pensar en el futuro, y hacer de eso un encanto sublime de posibilidades variables, es mejor esperar a que el tiempo te dé la razón y seas quien debas ser… No te escribo a ti, no te lo creas, no estoy solo, no lo pienses… mi vida transcurre pese a ti, no deshonraré la depresión, no te pediré favores para que creas que son pretextos para verte, no le preguntaré a tus amigas cómo estás, para que asumas que sufro.
No es para ti, no es por ti, no es contra ti, es por lo que amé de tí. Por fin estamos de acuerdo, la clase no se improvisa, pero sólo cuando no se tienen asideros equívocos, la clase no es genética, ni biológica, es contextual. ¿Ves? Si me sacas de contexto y piensas que necesito tu dinero, o crees que nos vamos a devolver las cosas regaladas, pretendes hacer un plano en el que las coordenadas no existen, es decir, el recuerdo, sólo tiene sentido si quien recuerda sabe hacerlo, de lo contrario aparece triunfante el olvido y arrasa con la vida.
¿Qué tal lo que escribe este tipo? ¡Está loco! Dirás. Mientras tanto a quien le escribo esto lo recibirá con la fe necesaria para sobrevivir a su pobreza existencial, y a la otra, a quien le escribo, sabrá de sus disimulos por evitar el reflejo de su hastío, y quizá a la otra, mientras peine su cabello sabrá de qué le hablo. Mientras pasa tu orgullo como faceta actual, mientras pasa tu inquina como evolución, mientras paso yo como un “nosotros negado”, seguiré siendo simple pero de manera trascendente lo que levemente alcances a creer que soy.
Escribo esto por varias razones, primero por los vientos de resentimiento que llegan a mis oídos, por la confusión que pulula con eso de la clase y por una catarsis de mi pesar con aquellos que sufren por parecer y no pueden nunca llegar a ser… y lo peor se creen sus propias mentiras arribistas, se convencen de que tener clase, sólo tiene que ver con lo estético… cuando es un asunto ético.
De manera básica existen tres clases sociales, la alta, la media y la baja, cada una se caracteriza, por sus gustos, sus modales, sus comidas, su lenguaje, entre mil variables más, pero sobre todo sus concepciones del mundo y de la vida. Tienen sueños distintos y maneras de amar que se distancian meridianamente una de otra. Aclaro que, toda clasificación es amañada y sectaria, en ningún momento pretendo burlarme, ni ratificar nada, sólo es una pequeña versión representada… la realidad es mucho más abrumadora. Veamos:
La clase alta: Tienen la certeza y el conocimiento de que el mundo es un lugar para disfrutar, su vida pasa entre viajes, sueños cumplidos y fabricación de nuevos sueños, esa trayectoria les permite la práctica de los buenos modales, por eso son naturalmente felices y asumen que los otros pueden también serlo, su vida no gira en torno al dinero, pues siempre ha estado ahí, son desinteresados, tranquilos, audaces. Su lenguaje es simple, asertivo y pertinente, nunca pierden el control de sí mismos ni de la situación, “Buenos días, me vende…”la serenidad es su fiel compañera; para ellos, la amistad es un valor superior, el respeto por la familia, por los demás y por ellos mismos es su constante definición, son focalizados y se concentran con facilidad. La ropa la lucen con naturalidad como extensión de su piel, no se esfuerzan por mostrar su buen gusto que es tácito, andan despacio, sin afán, entienden que el tiempo es relativo, por ello tienen agendas planeadas y planes de contingencia; beben vino para neutralizar el paladar, comen poco y por gusto, le encuentran sabor exquisito a los platos, comen hasta donde les plazca, comparten la alegría con celebraciones fuera de sus casas, están siempre bien informados, hablan de sus travesías, de sus negocios, de la situación mundial, dominan temas de economía, son precavidos con los gastos, siempre tienen reservas, entienden de arte y no hacen caso de la moda, ellos la imponen. Son amables con quienes les sirven, son puntuales, son generosos con su existencia, se alegran sinceramente con los triunfos ajenos, son directos en su trato, detallistas y reconocen sus límites. Saben reconocer las tareas de cada persona: el jardinero, el conductor, el cocinero… Son místicos. Tienen amigos famosos, conocen a intelectuales, políticos, tienen suscripciones a periódicos y revistas, les llega mucha correspondencia, cuentas, eventos culturales, cocteles, “Un viaje por tierra de más de seis horas es inconcebible” “Le Perfum” “¿Cuándo viene a casa la estilista?”
La clase media: Tienen la esperanza de que todo puede mejorar algún día, se esfuerzan para conseguir metas, trabajan para darse pequeños lujos de vez en cuando, como tomar un taxi, salir a comer a un buen restaurante o comprar ropa de marca, aprenden los buenos modales y los usan de vez en cuando, viajan por tierra cuando pueden, toman fotos por doquier para mostrarlas después, son presumidos por naturaleza, se creen siempre mejor de lo que son, aparentan todo, buscan ofertas, se angustian y se preocupan permanentemente. Su manera de expresarse es exageradamente formal, se sobreactúan en las maneras cordiales “Disculpe, podría hacerme el gran favor de venderme…” la incertidumbre y las deudas son el tema cotidiano de las charlas, los amigos son para pasarla bien y hacer favores, casi siempre critican su familia y su origen, están en una carrera sinfín de superación. La ropa no es su prioridad, pero ostentan algunas marcas que los hacen sentir mejor, al igual que aparatos de elevada tecnología que subutilizan, creen definir el buen y el mal gusto, son clasistas de esencia, dejan todo para último momento, por ello andan apresurados, el tiempo no les alcanza, sin embargo son dispersos. Viven para comer, pasta, pan y bebidas gaseosas, poca fruta y poca verdura. Se aterran por todo, repiten las noticias y opinan, celebran, de la misma manera, en sus casas, las ocasiones especiales, gastan sin medida y después piden prestado dinero, tienen la pretensión de ahorrar, saben de cine comercial, pero pronuncian con dificultad los nombres extranjeros, tratan de estar a la moda, a veces con resultados desfavorables, como no tienen servidumbre entablan relaciones confianzudas con la gente que los rodea, son amigos del vigilante, de la señora que lleva los tintos, hacen bromas pero también son amargados, les llega cuantiosa correspondencia: cuentas por pagar, deudas, créditos… Cuando ven a alguna celebridad se codean y hacen comentarios “La loción” “No hablo inglés pero lo entiendo”
La clase baja: Tienen la habilidad digna para sobrevivir, cuando tienen trabajo gastan buena parte de su tiempo y su dinero en transporte, viven lejos de todo, los lujos no están contemplados, tienen deudas tan añejas como sus recuerdos, se afirman en sus modales propios, renombran las cosas y las recrean, el lenguaje no es prioritario, muchos no pueden viajar, y si lo hacen van y vuelven en un mismo día, están acostumbrados a ser “ninguneados”, la diversión pasa en su cuadra o en el barrio, son relajados, luchadores, construyen su vida día a día, son improvisadores innatos, se ríen de sí mismos. Tienen maneras de hablar que los identifican, gestos, posturas, usualmente hablan de las dificultades y los obstáculos, de aquello que está mal y que no funciona, son apasionados, beligerantes, vehementes, expresan lo que sienten “Buenas… a cómo la…”, la opresión y la exclusión rebota en ellos, tienen amigos de infancia, construyen relaciones de apoyo, de solidaridad, la madre es el centro de todo, se le miden a lo que sea “echa´os pa´lante”, la ropa es un asunto de prestigio, así como los electrodomésticos, cuando comen lo hacen para llenarse, celebran las alegrías y las penas, beben con frecuencia insólita, saben al dedillo lo que pasa en su barrio y se enteran de lo pertinente a su comunidad, son amigos, compañeros, fraternos, se esfuerzan todo el tiempo por todo, en ocasiones, a veces se confunden y no expresan lo que quieren y pasan por disipados. “La Colonia” “Ser alguien en la vida”
Nota de salvedad: La vida transcurre más allá de toda clase, apariencia o contexto, esta caricatura pretende instalar la discusión en otro plano.
Según la reducida clasificación anterior, noto cierto esfuerzo por disfrazar tu naturaleza, hoy las clases sociales no se presentan como determinantes, son sin duda, las maneras de apariencia las que conforman los estilos… noto resentimiento, rencor, amargura, ganas de venganza, así como cuando alguien te pide un favor, y tú lo tomas a título personal y lo utilizas para herir o destilar tu odio… Tus modales refinados se ven pervertidos por tu ansiedad solitaria, que pretendes esconder en salidas de fin de semana y en la consecución de amigos-conductores que te lleven a casa.
Ríes, sonríes y te quedas seria, porque piensas en mi miseria provocada por tu desvalorización, hablas de abolengo sin tenerlo, te ufanas de imaginarios, crees que un estilo de vida aparente te dará la potestad de sentirte mejor que otras; pontificas porque (nosotros) te hemos hecho creer que existes por tu belleza, pero sabes que la amargura del desamor cobra con creces, esperas la hora moribunda de los amigos que se van y los recuerdos mimosos que se niegan a abrazarte. Te mientes con certeza, te crees adornada con dones celestiales, hablas fuerte de tus amigos y nuevos amores y entonces el viento me trae tus aborrecimientos, me comparas con todos y con ninguno, me quitas importancia y después me la das toda, dices que no existo y me nombras más de la cuenta, dices que esta vez, por fin -y gracias a tu Dios- sí encontraste al hombre de tu vida, un perfecto ejecutivo de cuenta, un exitoso hombre de negocios.
Y yo hablándote de compromiso social, de la importancia y el valor de amar en libertad, de la grandeza de lo humano y sus perversiones grandilocuentes, y tú, repitiendo frases y queriendo representar papeles antagónicos… No basta la bisutería mundana para conquistar el alma, la trascendencia no se quita o se pone, no es un perfume o un splash, no es dejarte obnubilar por nuevas comprensiones, o incomprensiones para el contexto, va más allá de la relación dialéctica con tu peluquero, no es suficiente parecer, hay que ser. No basta hablar de autores… hay que leerlos… Ahora bien, si nos decimos muchas veces una mentira se convierte en verdad obligada, por ello es mejor no pensar en el futuro, y hacer de eso un encanto sublime de posibilidades variables, es mejor esperar a que el tiempo te dé la razón y seas quien debas ser… No te escribo a ti, no te lo creas, no estoy solo, no lo pienses… mi vida transcurre pese a ti, no deshonraré la depresión, no te pediré favores para que creas que son pretextos para verte, no le preguntaré a tus amigas cómo estás, para que asumas que sufro.
No es para ti, no es por ti, no es contra ti, es por lo que amé de tí. Por fin estamos de acuerdo, la clase no se improvisa, pero sólo cuando no se tienen asideros equívocos, la clase no es genética, ni biológica, es contextual. ¿Ves? Si me sacas de contexto y piensas que necesito tu dinero, o crees que nos vamos a devolver las cosas regaladas, pretendes hacer un plano en el que las coordenadas no existen, es decir, el recuerdo, sólo tiene sentido si quien recuerda sabe hacerlo, de lo contrario aparece triunfante el olvido y arrasa con la vida.
¿Qué tal lo que escribe este tipo? ¡Está loco! Dirás. Mientras tanto a quien le escribo esto lo recibirá con la fe necesaria para sobrevivir a su pobreza existencial, y a la otra, a quien le escribo, sabrá de sus disimulos por evitar el reflejo de su hastío, y quizá a la otra, mientras peine su cabello sabrá de qué le hablo. Mientras pasa tu orgullo como faceta actual, mientras pasa tu inquina como evolución, mientras paso yo como un “nosotros negado”, seguiré siendo simple pero de manera trascendente lo que levemente alcances a creer que soy.
miércoles, 13 de mayo de 2009
Timorata Procaz
Era tímida, por lo tanto dueña del encanto de aquellos que se sonrojan al ser mirados a los ojos, se vestía con abrigos sofisticados, tenía el pelo y los ojos color miel, en suma una mezcla entre inocencia y provocación tanta veces mentada, pero siempre renovada en ella. Sus cejas un tanto desordenadas contrastaban fastidiosamente bien con sus labios lisos y con una leve exageración en tamaño. He de contar algunos asuntos suyos que me gustaron: sus mejillas enrojecidas, su mirada bella pero huidiza, sus bolsos grandes con diseños de los años 70, su cuello largo, sus hombros anchos, sus manos grandes con anillos de colores y adornitos de animalitos y, su olor tan íntimo, tan ínfimo y casi imperceptible.
Disfrazaba de mal humor su temerosa personalidad, me dijo que yo le parecía un simple prepotente y que esa manera, ese estilito estúpido que yo tenía para decir las cosas le resultaba una ofensa; sin embargo, una y otra vez se castigaba por no ser fluida para expresar con palabras ese hermetismo bello, que le alumbraba la cara cada vez que me veía.
Me fijé en ella porque sentí que me miraba más allá de lo común, y cuando yo buscaba encontrarme en sus ojos de almíbar, volteaba la cabeza esquivando cualquier posible contacto, cuando me acercaba a ella, se ponía tensa, ansiosa, y yo disfrutando de su desestabilidad la retaba con mi ironía, lo que creo, le resultaba irritante pero magnético.
Siempre que le quería hablar tomaba su bolso setentero y huía despavorida de lo que podía despertarle una simple conversación, entonces ante la afasia de su comportamiento decidí entrar en el juego de las miradas furtivas, hice lo que se hace en estos casos: una trampa de incertidumbre, con ciertos visos de desinterés y giros vertiginosos de importancia, esto es, la capturé con mi deseo oculto en el suyo.
Un día me invitaron a una reunión, llegué tarde, me senté en la parte de atrás del auditorio, era una de esas charlas soporíferas, sentí sus ojos burlones viéndome cabecear, entonces le hice una seña para que viniera y se sentara a mi lado, después de varios intentos desesperados de mi parte, la convencí. Se sentó a mi lado y sonreí por mi triunfo, mientras ella simulaba prestar atención a la conferencia narcótica, yo le dije que me parecían bonitos sus zapatos… lo sé, no fue lo más romántico, pero fue lo que se me ocurrió.
Un día salimos a tomar algo, me senté a su lado y esta vez le dibujé explicaciones en su pierna izquierda, le quería decir que me besara, que mis acercamientos eran mi forma de exponerle que me gustaba, que estaba listo para lo que quisiera, pero lo único que hice fue hablarle sobre caricias inconclusas, rollitos de papel y su temperamento agridulce.
Esa noche soñé tomando los atajos de su piel, quitándole los zapatos que dejaban ver sus tobillos, deshaciéndome del jean que estorbaba la posesión, soñé sosteniéndome de sus senos siempre tapados por tanta ropa como pudor. En mi alucinación la pervertía, tanto así que se transformaba en esa amante imaginada cruelmente por todos, negada sistemáticamente por muchos y obtenida orgullosamente por algunos.
“No quiero despertar” le decía, ella balbuceaba vocablos perfectamente atrevidos, me incitaba a acariciarla, después, cuando subía la tensión y las respiraciones zarandeadas tocaban la terraza me incitaba a esa violencia contenida de aferrarse a los muslos, de agarrarme de su cadera, de encontrarme en su húmedo centro de psiquiatría… entonces todo parecía caer, como un avión tomado por terroristas novatos, como una decepción cutánea de los cuerpos cansados pero sin hastío… “no quiero despertar” le repetía, mientras ella me recorría voraz, y me miraba con tal indecencia infantil que amenazaba mi supuesto vuelo comercial convertido en un carnaval, en el que su cuerpo era el único signo, el más conveniente símbolo y el apetitoso significado.
“No despiertes, sueña que me tienes, sueña que soy una parte de tus manos extendidas, abrázame, tócame, mírame y siente como me hidrato en tu deseo, limpia mi sudor de impaciencia, dinamita mis sentidos, hazme sentir lo que no quiero pero necesito”… y hablaba de más cosas que no recuerdo.
Piel desenfrenada, untada de simplezas, llamados de desesperación, intuiciones de porvenires, decisiones de juguete… despierto sueño, ambiento el lugar con suspiros y veo un trofeo oxidado en el tiempo…
Me mira, la miro y todo parece desvanecerse, es un círculo literal infinito de olvido obligado y de codicia escondida, es la impotencia solemne de imaginar, la potencia eficaz de nombrarla y la manera de cortar esta comunicación indecente.
Creo que voy a dormir, para encontrarme con ella, para asomarme por la ventana de sus piernas, para sobrepasar sus olas, para verla con miradas indirectas y asumirla como mi suerte inagotable.
Buenas noches…
Disfrazaba de mal humor su temerosa personalidad, me dijo que yo le parecía un simple prepotente y que esa manera, ese estilito estúpido que yo tenía para decir las cosas le resultaba una ofensa; sin embargo, una y otra vez se castigaba por no ser fluida para expresar con palabras ese hermetismo bello, que le alumbraba la cara cada vez que me veía.
Me fijé en ella porque sentí que me miraba más allá de lo común, y cuando yo buscaba encontrarme en sus ojos de almíbar, volteaba la cabeza esquivando cualquier posible contacto, cuando me acercaba a ella, se ponía tensa, ansiosa, y yo disfrutando de su desestabilidad la retaba con mi ironía, lo que creo, le resultaba irritante pero magnético.
Siempre que le quería hablar tomaba su bolso setentero y huía despavorida de lo que podía despertarle una simple conversación, entonces ante la afasia de su comportamiento decidí entrar en el juego de las miradas furtivas, hice lo que se hace en estos casos: una trampa de incertidumbre, con ciertos visos de desinterés y giros vertiginosos de importancia, esto es, la capturé con mi deseo oculto en el suyo.
Un día me invitaron a una reunión, llegué tarde, me senté en la parte de atrás del auditorio, era una de esas charlas soporíferas, sentí sus ojos burlones viéndome cabecear, entonces le hice una seña para que viniera y se sentara a mi lado, después de varios intentos desesperados de mi parte, la convencí. Se sentó a mi lado y sonreí por mi triunfo, mientras ella simulaba prestar atención a la conferencia narcótica, yo le dije que me parecían bonitos sus zapatos… lo sé, no fue lo más romántico, pero fue lo que se me ocurrió.
Un día salimos a tomar algo, me senté a su lado y esta vez le dibujé explicaciones en su pierna izquierda, le quería decir que me besara, que mis acercamientos eran mi forma de exponerle que me gustaba, que estaba listo para lo que quisiera, pero lo único que hice fue hablarle sobre caricias inconclusas, rollitos de papel y su temperamento agridulce.
Esa noche soñé tomando los atajos de su piel, quitándole los zapatos que dejaban ver sus tobillos, deshaciéndome del jean que estorbaba la posesión, soñé sosteniéndome de sus senos siempre tapados por tanta ropa como pudor. En mi alucinación la pervertía, tanto así que se transformaba en esa amante imaginada cruelmente por todos, negada sistemáticamente por muchos y obtenida orgullosamente por algunos.
“No quiero despertar” le decía, ella balbuceaba vocablos perfectamente atrevidos, me incitaba a acariciarla, después, cuando subía la tensión y las respiraciones zarandeadas tocaban la terraza me incitaba a esa violencia contenida de aferrarse a los muslos, de agarrarme de su cadera, de encontrarme en su húmedo centro de psiquiatría… entonces todo parecía caer, como un avión tomado por terroristas novatos, como una decepción cutánea de los cuerpos cansados pero sin hastío… “no quiero despertar” le repetía, mientras ella me recorría voraz, y me miraba con tal indecencia infantil que amenazaba mi supuesto vuelo comercial convertido en un carnaval, en el que su cuerpo era el único signo, el más conveniente símbolo y el apetitoso significado.
“No despiertes, sueña que me tienes, sueña que soy una parte de tus manos extendidas, abrázame, tócame, mírame y siente como me hidrato en tu deseo, limpia mi sudor de impaciencia, dinamita mis sentidos, hazme sentir lo que no quiero pero necesito”… y hablaba de más cosas que no recuerdo.
Piel desenfrenada, untada de simplezas, llamados de desesperación, intuiciones de porvenires, decisiones de juguete… despierto sueño, ambiento el lugar con suspiros y veo un trofeo oxidado en el tiempo…
Me mira, la miro y todo parece desvanecerse, es un círculo literal infinito de olvido obligado y de codicia escondida, es la impotencia solemne de imaginar, la potencia eficaz de nombrarla y la manera de cortar esta comunicación indecente.
Creo que voy a dormir, para encontrarme con ella, para asomarme por la ventana de sus piernas, para sobrepasar sus olas, para verla con miradas indirectas y asumirla como mi suerte inagotable.
Buenas noches…
martes, 5 de mayo de 2009
EPISTEMOLOGÍA JACARANDOSA
Las caricias que habían huido me esperaban con cierta vergüenza, era evidente su arrepentimiento y sus ganas de hablar, eran tres o cuatro, pero tenían en su memoria batallas épicas, como si hubiesen pertenecido a hordas mortíferas de la inquisición pasional. No pude identificar si eran caricias provocadas por ella o caricias que surgieron de mí.
Sé que no “existe” el verbo totear… pero con sevicia lo utilicé en aquella ocasión. Me totié de la risa, del llanto y de la amargura…
De nuevo con las caricias ansiosas de expresar aquel safari por su cuerpo blanco, caricias clasistas, selectivas, renuentes a vincularse con roces de piel, orgullosas de su significado, eran temerosas caricias pseudointelectuales que maximizaban su propia experiencia, en efecto, eran caricias con marcadas pretensiones trascendentalistas y serios cuadros patológicos existencialistas.
Las ignoré, no quise hablarles, las denegué… así como hizo ella conmigo, ni siquiera una simple negación, esto era un asunto de omisión absoluta. Ella decidió no admitir que había perdido el tiempo conmigo, ella resolvió hacer una adaptación macabra que de cuento de hadas se convertiría en canto de Hades… esa tergiversación, sería su comprensión de nuestro pretendido amor… con semejantes antecedentes, por aquello de la dignidad, el orgullo y sus afines, no podía atender los llamados lastimeros de aquellas caricias, no podía darles valor, no eran meritorias del dolor que su ausencia me había causado.
Pero como no las dejé hablar, empezaron a cotorrear entre ellas, eran entonces habladoras compulsivas, ávidas de reconocimiento, anhelantes de seguridad propia, eran ellas, las caricias que quedaron huérfanas, tras la separación de pieles, tras la decisión de los egos de no discutir sobre proyectos vacíos, tras la verdad magra de una vida de responsabilidades en contra de un paraje claroscuro de sueños y personajes de cuentos.
Un día me dijo que ella era un personaje más de mis relatos, otro día hablábamos del destino y de las mentiras, que son lo mismo, y otro día decidió cerrar la puerta de la nave espacial… “¿Qué hago aquí?” me dijo desde sus ojos con pandemia de ira, “No sé” le dije con pequeñas vacunas inservibles.
Hablaban como recien llegadas de un viaje, se decían cosas indecentes, como que una era más perra que la otra o, que una era verdaderamente la canchosa más vulgar y, que la otra era una dama en la calle pero en la cama era una fiera canina sin igual; en fin, su discusión me agobió y vino el recuerdo hecho letargo de presencia ausente, entonces pensé en ella como mi más grande recompensa perdida.
Las miré con seriedad, ellas callaron esperando una frase inteligente, una leve brizna de luz, alguna opinión del porqué estaban allì postradas, yo, respiré, y les dije: ¡No me jodan!, ¡Déjenme en paz!.
Se miraron entre ellas, se codearon y salieron caminando elegantes y refunfuñando pestes de olvido. Yo me quedé fumando su existencia, pues comprendí que quedarse es la formalidad permanente de tener que partir.
Pasan vehículos en la calle, el silencio de la noche tiene sus propios ruidos, veo sombras de sus caricias inermes, veo luces tenues de recuerdos embellecidos por la distancia... Estuve siempre preparado para extrañarla.
Sueño con la promesa de su piel, pero el humo del cigarrillo se me mete en el ojo izquierdo, me parece oir su voz con tono altanero y argumentos desconcertantes, pero la televisión me incita a ver cuerpos deseados, huelo su humedad deseada por los Alejandros Magnos, pero me invade la imagen de su incomprensión inmanente... ¿Otra vez el maldito chiste de la falta de entendimiento? (!Cámbialo! me exije mi editor interno)...
- Señor, ¿me regala una moneda? Digo no instintivamente, me detengo y veo en sus ojos de niño callejero mi miseria, me detengo y leo en su camiseta raida "se regalan caricias".
Sé que no “existe” el verbo totear… pero con sevicia lo utilicé en aquella ocasión. Me totié de la risa, del llanto y de la amargura…
De nuevo con las caricias ansiosas de expresar aquel safari por su cuerpo blanco, caricias clasistas, selectivas, renuentes a vincularse con roces de piel, orgullosas de su significado, eran temerosas caricias pseudointelectuales que maximizaban su propia experiencia, en efecto, eran caricias con marcadas pretensiones trascendentalistas y serios cuadros patológicos existencialistas.
Las ignoré, no quise hablarles, las denegué… así como hizo ella conmigo, ni siquiera una simple negación, esto era un asunto de omisión absoluta. Ella decidió no admitir que había perdido el tiempo conmigo, ella resolvió hacer una adaptación macabra que de cuento de hadas se convertiría en canto de Hades… esa tergiversación, sería su comprensión de nuestro pretendido amor… con semejantes antecedentes, por aquello de la dignidad, el orgullo y sus afines, no podía atender los llamados lastimeros de aquellas caricias, no podía darles valor, no eran meritorias del dolor que su ausencia me había causado.
Pero como no las dejé hablar, empezaron a cotorrear entre ellas, eran entonces habladoras compulsivas, ávidas de reconocimiento, anhelantes de seguridad propia, eran ellas, las caricias que quedaron huérfanas, tras la separación de pieles, tras la decisión de los egos de no discutir sobre proyectos vacíos, tras la verdad magra de una vida de responsabilidades en contra de un paraje claroscuro de sueños y personajes de cuentos.
Un día me dijo que ella era un personaje más de mis relatos, otro día hablábamos del destino y de las mentiras, que son lo mismo, y otro día decidió cerrar la puerta de la nave espacial… “¿Qué hago aquí?” me dijo desde sus ojos con pandemia de ira, “No sé” le dije con pequeñas vacunas inservibles.
Hablaban como recien llegadas de un viaje, se decían cosas indecentes, como que una era más perra que la otra o, que una era verdaderamente la canchosa más vulgar y, que la otra era una dama en la calle pero en la cama era una fiera canina sin igual; en fin, su discusión me agobió y vino el recuerdo hecho letargo de presencia ausente, entonces pensé en ella como mi más grande recompensa perdida.
Las miré con seriedad, ellas callaron esperando una frase inteligente, una leve brizna de luz, alguna opinión del porqué estaban allì postradas, yo, respiré, y les dije: ¡No me jodan!, ¡Déjenme en paz!.
Se miraron entre ellas, se codearon y salieron caminando elegantes y refunfuñando pestes de olvido. Yo me quedé fumando su existencia, pues comprendí que quedarse es la formalidad permanente de tener que partir.
Pasan vehículos en la calle, el silencio de la noche tiene sus propios ruidos, veo sombras de sus caricias inermes, veo luces tenues de recuerdos embellecidos por la distancia... Estuve siempre preparado para extrañarla.
Sueño con la promesa de su piel, pero el humo del cigarrillo se me mete en el ojo izquierdo, me parece oir su voz con tono altanero y argumentos desconcertantes, pero la televisión me incita a ver cuerpos deseados, huelo su humedad deseada por los Alejandros Magnos, pero me invade la imagen de su incomprensión inmanente... ¿Otra vez el maldito chiste de la falta de entendimiento? (!Cámbialo! me exije mi editor interno)...
- Señor, ¿me regala una moneda? Digo no instintivamente, me detengo y veo en sus ojos de niño callejero mi miseria, me detengo y leo en su camiseta raida "se regalan caricias".
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