Un maestro me dijo que posiblemente nuestras parejas habían sido enemigos en vidas pasadas, y que a veces, al reconocerse, empezaba a destilar ese odio de discrepantes, ese fastidio de aquellos que se parecen tanto que no se soportan. Entonces pensé en ti y en mí, y en esa necesidad de amarte, de decirte a cada segundo que no importaba nada más que las voces de mi corazón, que en efecto, sabía que este encuentro no podía ser cosa de una sola vida, que nos perseguíamos vidas antes… quise decirte que la eternidad a tu lado es un suspiro de alguien que crea universos cada vez que respira.
Pero pudo más la gana de saciar nuestro ego, fueron más fuertes las ideas de adulación y se nos complicó la relación como una alucinación que toma fuerza propia. Tú y mi vista de tu belleza y yo con esa adoración permanente, que no me permitía ver, sino sólo aquello que quería rescatar en ti. Entonces eran más grandes tus ojos que tu arribismo, era más brillante tu pelo que tus discusiones, eran más fuertes tus caricias que tus argumentos… ¿crees que me importaba?... -por favor- aquí los sentidos se embelesan, el lenguaje estorba cuando la conexión del silencio existe en los senderos oscuros de una piel… -es verdad- cuando dejaste de verme como me querías, me convertí en eso, que tanto detestas.
Aquí hay una buena nueva, ¡Nos reconocimos!... y pese a las promesas falsas del bálsamo de tus orgasmos, que fueron negados por un nuevo arrendatario de tu amor, hoy sé que eres mi enemiga, que quizá te maté o tú me empujaste de un caballo del siglo XIX, quizá te conquisté en tu palacio y te enamoraste del bufón, o quizá en una peste no te atendí… ¿quién sabe?... es mi manera de explicar este vacante lugar de certeza, esa seguridad que me dabas y la angustia que me dejaste, la locura de una estafa por una amanecer juntos y la ironía de tenerte encerrada en mis fantasías futuras.
Una vez cerraste los ojos para dormir, escuché tu respiración arrítmica y me columpié en tu fragancia de modelo de ornatos, vi tu piel blanca con sobresaltos, tu espalda plana, tus piernas buscando las mías, tus manos metidas bajo la almohada y ahí pensé en matarte, para congelar el momento, para dejarte una huella, pero tu pelo me imploró, tus labios susurraron alguna palabra que venía del mundo de los sueños, te perdoné la vida.
Otra vez, cuando discutíamos por nuestras posturas intelectuales, tu fascinante blancura, se convertía en lerda palidez, y tu voz que me guiaba en los mares de tu triángulo, era una estridente sarta de silogismos forzados… Esa vez, pensé en arrancarte los labios y una mano, por si acaso, para guardarte en el congelador y acudir a ti en trozos.
Pero casi me convierto en uxoricida cuando prometiste proveerme de tu cuerpo y como jugando, hoy decides dejar todo al desparpajo de lo aleatorio, como si todas las vidas que te he deseado, se hubieran acumulado en esta… me dices que estás enamorada, y que lo vas a intentar con alguien…
Querida enemiga, me muestras mi más profundo defecto, el egoísmo, me tensionas la paciencia, me ablandas el carácter, -maliciosa-, me sabes subordinado a tu desnivelada sexualidad silvestre, caigo ante una posibilidad de contacto, me rindo ante una petición, me haces de papel, me acarreas, me influyes… pero aún no logras determinarme.
Una vez más siento que me enfrentas contra mí, ¿Crees que me importa acaso? No quiero escupirte, humillarte, ni hacerte sentir ínfima, no quiero decirte mala amante, incongruente ni falaz, no quiero decirte que te amo, que lo hice, lo hago o lo haré, no quiero tocarte, sentirte o pensarte…
Todo queda archivado en un presentimiento, como una información paradójica que sabemos que está ahí pero no admitimos su existencia, estás en mis prejuicios, en mis pretensiones, en el lado de la intuición, en las clarividencias de mis sueños…
¿Te soñé? ¿Eres? ¿Existes? ¿Te creé? Todo puede ser, que para alimentar mi ego, te haya puesto en mi camino, como el mejor accidente de esta vida, quizá antes de venir aquí, decidí amarte y puse como condición que encajáramos sólo en las sombras geométricas de nuestras esencias transparentes.
¿Qué pasará en las siguientes vidas? Nos reconoceremos otra vez, te harás deseable, te mostrarás inalcanzable, me darás por gramos tu piel, y ahí cuando sepas que soy el mismo, te irás, diciéndome que un día, tal vez, quizá, de pronto tus pies caminen en mi mundo.
He pronunciado tu nombre tantas veces que lo he olvidado, tengo miedo a evolucionar. Si me encuentro contigo, volveré a mis más rastreros deseos de posesión carnal, como un demente que se excita pensando en la masturbación y se masturba pensando en la excitación, en un espiral orgiástico infinito, pero si no me encuentro contigo, estaré más tranquilo, pero tenlo por seguro… menos feliz.
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miércoles, 29 de julio de 2009
jueves, 16 de julio de 2009
ACLARACION, ENMIENDA, INFORMACIÓN...
Hay varias maneras de enamorarse: una, por esas cosas de la excitación y de las ganas de descargar la indigestión fálica, otra por contactarse con alguien y compartir la vida, otra más por maravillarse con la existencia de alguien, por ego y por demostrarle a otros que uno pudo obtener la presea deseada, otra manera, la más triste y frecuente, por soledad y quizá, la que voy a contar, me imagino, debe ser por la sensación de conquista.
Aquí los fanáticos de la moral, han de saltar y quizá puedan reducir todo a un apareamiento o a un meter y sacar; lo que me pasó con ella, fue una miscelánea de sentimientos que hoy intento describir. Me gustó su voz.
Era de baja estatura, ojos oscuros y pícaros, sonrisa amplia, timidez incitante y propietaria de una ingenuidad, de la que hoy sospecho. A su somera descripción hay que sumarle su arraigada fe en una religión castrante que la cohibía y la hacía contenerse de sí misma, de sus pasiones y creo que hasta de sus sueños.
Su padre era un trabajador diario, se ganaba la vida trasladando los afanes de la gente, su madre una señora entregada a la religión, supe, que hasta era corista de iglesia; tengo entendido que en su familia, esta niña de la que hablo, era la mayor entre un hermano y una hermana más.
Vivía en la ciudad de las canales, en una casa pequeña para tanta gente, no quiero decir que era humilde, más bien marcada por algunas angustias, que la harían resistente al dolor, solemne con las carencias y convencida de una insospechada protección divina.
No me acuerdo cómo la conocí, quizá me la presentó algún amigo que andaba en ese mundo oscuro y fructífero de los coros de iglesia, ella, con su energía atada a una inexpresión permanente me llamaría la atención. Yo pertenecía a un grupo musical, ella, al hacer la audición ostentaría con su potente voz, yo me fijé en su pelo brillante, en su saquito de lana, en sus jeans ajustados y en su mirada que siempre parece pensar otra cosa de lo que dice.
Todos los compañeros de aquel grupo, quedaron maravillados con la nueva adquisición y cada uno a su manera empezó a galantear a aquella novata y hermosa joven, yo esperé, y de pronto empecé a cortejarla en público con mis comentarios sobre ella, su belleza, mi gusto irrebatible y un día aquella lozana señorita se convirtió en una pequeña engreída, era evidente el ahíto de su autoestima por tanta adulación. Esperé de nuevo, no era momento de atacar. La observé.
Tiempo después iríamos a un viaje, ahí utilicé la legendaria maniobra de hacerla sentir especial, estuve pendiente del más mínimo detalle, de su más trivial requerimiento, me convertí en un hábil mayordomo de sus antojos. Heme allí, el andariego a los pies de la doncella, con mi supuesto recorrido de experiencia y las advertencias de todos. Me sentía bien, pues era respetuosa, se distraía con mis ingeniosas bromas y me prestaba la atención como para hacerme creer importante. La cosa iba bien, yo tenía algún cargo de relativa importancia y ella disfrutaba de algunos pequeños privilegios.
Salimos. Fuimos a un parque de diversiones, le regalé una pulsera y nos metimos a una maldita mansión del terror, (allí en uno de los monstruosos actos ella se agachó y le dió un cabezazo a un niño, que lloraba no por susto sino por el porrazo) montamos en carros chocones, comimos helado, nos reímos, nos tomamos de la mano, y vino el primer beso. A mi gusto, un poco protocolario, inexcusable, quizá no obligado pero sí un poco recluso, hay una expresión que me puede ayudar… ¡ya qué!
Su esencia de timidez entonces se transformaba en una personalidad frugal, yo, con más de una década de edad sobre ella, disfrutaba de su simplicidad elocuente, entonces, hablábamos de música. Cometí un error tonto, me empecé a preocupar por ella más de lo debido, de su permanencia en el grupo aquel, de las intrigas, de su estudio.
En otro viaje fue mi compañera de pena, tuve que devolverme por la muerte de mi hermana, ella al igual tenía que devolverse para presentar alguna prueba de ingreso a la universidad. Casi no hablamos, me observaba y su presencia como un paliativo era satisfactoria.
No pasó aquella prueba, entonces en una muestra de afecto le subsidié el formulario para el ingreso a otra universidad, le abrí un crédito en una tienda cercana para aminorar sus gastos, en definitiva hice lo que sentí que tenía que hacer.
Me acompañó a unas terapias extrañas de esas que suelo hacer y yo le iba diciendo que me gustaba y ella hacía lo mismo, y yo le iba advirtiendo sobre sus futuros amores y ella se negaba a admitirlo y yo me iba complicando mi vida, porque pensaba en ella desde el inicio de un peligroso enamoramiento sutil e informal.
Nunca pasó más allá de un beso febril, aquí mis masculinos amigos dirán que esa platica invertida se perdió, los más sagaces se burlarán por mi fracaso de piel y los más agudos alcanzarán a ver que cumplí conmigo, más que con ella.
No quería ser una más, de aquellas infortunadas que pasarían por mi sendero, entonces decidió dejar todo así. ¿Cómo así si no hay nada más que palabras? Le pregunté mirando su cara de brava, “Usted me confunde”, y empezaba a decir que en definitiva no le convenía, “veo” dije mientras la vi alejarse con su caminado firme y su jean ajustado.
Me fui de aquel grupo y con eso los recuerdos se durmieron, un día volví, y me encontré con que mis premoniciones sobre sus posibles amores eran ciertas…
Se protege, aduce que soy un papanatas y que estoy frustrado por mi labor inconclusa de romanticismo barato, me lee mal, de aquellos tiempos queda mi certeza de ayudarla y mi maravilla de conocerla un poco más. Se refugia en sus aumentados prejuicios y me cree vándalo, se cohíbe, se encripta y cree que mi vida ha pasado en vano.
No, no pretendo nada, pero no puedo expresar ni la más mínima cosa sobre ella o nuestro pasado, es un tema voluntariamente negado y políticamente asumido, como un recuerdo con úlcera que hay que sanar.
Hay una salida fácil: supuestamente me enamoré y en consecuencia debí alejarme.
El amor se transforma en sufrimiento y el ahogo de lo incierto es un tormento de cruel testimonio, mientras canta evita mis comentarios y prefiere evadir mis algarabías profanadoras y yo como buen lector de barbarie… asumo.
No, no quiero nada, más allá de la calma de no saberme juzgado, de que su versión no sea animadversión, quisiera decirle que los instantes no se extienden cuando son intenciones, que fuimos compañeros de ausencia, que la quietud no puede existir, pero siento su voz afinada que iracunda profesa notas contaminadas de sinsabor.
Glosa:
No querer ver, es peor que no ver, no poder hablar es acostumbrarse a ser mudo, pero quizá recordar es un acto de coraje al que algunos volvemos con la armadura de la nostalgia y montados en un asno sin pedigrí, recorriendo caminos de incertidumbre y asustados por encontrarnos en el mismo lugar.
Aquí los fanáticos de la moral, han de saltar y quizá puedan reducir todo a un apareamiento o a un meter y sacar; lo que me pasó con ella, fue una miscelánea de sentimientos que hoy intento describir. Me gustó su voz.
Era de baja estatura, ojos oscuros y pícaros, sonrisa amplia, timidez incitante y propietaria de una ingenuidad, de la que hoy sospecho. A su somera descripción hay que sumarle su arraigada fe en una religión castrante que la cohibía y la hacía contenerse de sí misma, de sus pasiones y creo que hasta de sus sueños.
Su padre era un trabajador diario, se ganaba la vida trasladando los afanes de la gente, su madre una señora entregada a la religión, supe, que hasta era corista de iglesia; tengo entendido que en su familia, esta niña de la que hablo, era la mayor entre un hermano y una hermana más.
Vivía en la ciudad de las canales, en una casa pequeña para tanta gente, no quiero decir que era humilde, más bien marcada por algunas angustias, que la harían resistente al dolor, solemne con las carencias y convencida de una insospechada protección divina.
No me acuerdo cómo la conocí, quizá me la presentó algún amigo que andaba en ese mundo oscuro y fructífero de los coros de iglesia, ella, con su energía atada a una inexpresión permanente me llamaría la atención. Yo pertenecía a un grupo musical, ella, al hacer la audición ostentaría con su potente voz, yo me fijé en su pelo brillante, en su saquito de lana, en sus jeans ajustados y en su mirada que siempre parece pensar otra cosa de lo que dice.
Todos los compañeros de aquel grupo, quedaron maravillados con la nueva adquisición y cada uno a su manera empezó a galantear a aquella novata y hermosa joven, yo esperé, y de pronto empecé a cortejarla en público con mis comentarios sobre ella, su belleza, mi gusto irrebatible y un día aquella lozana señorita se convirtió en una pequeña engreída, era evidente el ahíto de su autoestima por tanta adulación. Esperé de nuevo, no era momento de atacar. La observé.
Tiempo después iríamos a un viaje, ahí utilicé la legendaria maniobra de hacerla sentir especial, estuve pendiente del más mínimo detalle, de su más trivial requerimiento, me convertí en un hábil mayordomo de sus antojos. Heme allí, el andariego a los pies de la doncella, con mi supuesto recorrido de experiencia y las advertencias de todos. Me sentía bien, pues era respetuosa, se distraía con mis ingeniosas bromas y me prestaba la atención como para hacerme creer importante. La cosa iba bien, yo tenía algún cargo de relativa importancia y ella disfrutaba de algunos pequeños privilegios.
Salimos. Fuimos a un parque de diversiones, le regalé una pulsera y nos metimos a una maldita mansión del terror, (allí en uno de los monstruosos actos ella se agachó y le dió un cabezazo a un niño, que lloraba no por susto sino por el porrazo) montamos en carros chocones, comimos helado, nos reímos, nos tomamos de la mano, y vino el primer beso. A mi gusto, un poco protocolario, inexcusable, quizá no obligado pero sí un poco recluso, hay una expresión que me puede ayudar… ¡ya qué!
Su esencia de timidez entonces se transformaba en una personalidad frugal, yo, con más de una década de edad sobre ella, disfrutaba de su simplicidad elocuente, entonces, hablábamos de música. Cometí un error tonto, me empecé a preocupar por ella más de lo debido, de su permanencia en el grupo aquel, de las intrigas, de su estudio.
En otro viaje fue mi compañera de pena, tuve que devolverme por la muerte de mi hermana, ella al igual tenía que devolverse para presentar alguna prueba de ingreso a la universidad. Casi no hablamos, me observaba y su presencia como un paliativo era satisfactoria.
No pasó aquella prueba, entonces en una muestra de afecto le subsidié el formulario para el ingreso a otra universidad, le abrí un crédito en una tienda cercana para aminorar sus gastos, en definitiva hice lo que sentí que tenía que hacer.
Me acompañó a unas terapias extrañas de esas que suelo hacer y yo le iba diciendo que me gustaba y ella hacía lo mismo, y yo le iba advirtiendo sobre sus futuros amores y ella se negaba a admitirlo y yo me iba complicando mi vida, porque pensaba en ella desde el inicio de un peligroso enamoramiento sutil e informal.
Nunca pasó más allá de un beso febril, aquí mis masculinos amigos dirán que esa platica invertida se perdió, los más sagaces se burlarán por mi fracaso de piel y los más agudos alcanzarán a ver que cumplí conmigo, más que con ella.
No quería ser una más, de aquellas infortunadas que pasarían por mi sendero, entonces decidió dejar todo así. ¿Cómo así si no hay nada más que palabras? Le pregunté mirando su cara de brava, “Usted me confunde”, y empezaba a decir que en definitiva no le convenía, “veo” dije mientras la vi alejarse con su caminado firme y su jean ajustado.
Me fui de aquel grupo y con eso los recuerdos se durmieron, un día volví, y me encontré con que mis premoniciones sobre sus posibles amores eran ciertas…
Se protege, aduce que soy un papanatas y que estoy frustrado por mi labor inconclusa de romanticismo barato, me lee mal, de aquellos tiempos queda mi certeza de ayudarla y mi maravilla de conocerla un poco más. Se refugia en sus aumentados prejuicios y me cree vándalo, se cohíbe, se encripta y cree que mi vida ha pasado en vano.
No, no pretendo nada, pero no puedo expresar ni la más mínima cosa sobre ella o nuestro pasado, es un tema voluntariamente negado y políticamente asumido, como un recuerdo con úlcera que hay que sanar.
Hay una salida fácil: supuestamente me enamoré y en consecuencia debí alejarme.
El amor se transforma en sufrimiento y el ahogo de lo incierto es un tormento de cruel testimonio, mientras canta evita mis comentarios y prefiere evadir mis algarabías profanadoras y yo como buen lector de barbarie… asumo.
No, no quiero nada, más allá de la calma de no saberme juzgado, de que su versión no sea animadversión, quisiera decirle que los instantes no se extienden cuando son intenciones, que fuimos compañeros de ausencia, que la quietud no puede existir, pero siento su voz afinada que iracunda profesa notas contaminadas de sinsabor.
Glosa:
No querer ver, es peor que no ver, no poder hablar es acostumbrarse a ser mudo, pero quizá recordar es un acto de coraje al que algunos volvemos con la armadura de la nostalgia y montados en un asno sin pedigrí, recorriendo caminos de incertidumbre y asustados por encontrarnos en el mismo lugar.
jueves, 2 de julio de 2009
AMANTAZGO ININTELIGIBLE
ADVERTENCIA: “COITO” ERGO SUM
Hablaba con un amigo, de esos valiosos, de esos que escuchan y reflejan con exactitud eso que sientes. Uno de nuestros temas en común es el asunto de la moral, en un marco patriarcal, con algunos visos de pensamiento recalcitrante, profunda existencia y plenitud de presencia.
Me dijo: “Cada día me convenzo de que la institución del amantazgo fue invento femenino. En las primeras salidas todo es perfección y armonía preestablecida, es decir, todas a esa altura son leibnizianas, el mundo funciona como debe y es el mejor de los posibles. Después y de un solo golpe, sin preaviso, se vuelven dialécticas en versión hegeliana y entonces el todo y la parte se difuminan en un claro-oscuro romántico que las lleva a preferir el todo y claro se les acaba la dialéctica.
Luego se vuelven marxistas y aspiran a superar la contradicción en el camino de la praxis y la materialidad sustituye a la idea. En medio de este recorrido les asaltan delirios kantianos y de un momento a otro el deber es lo único que puede organizar su mundo, es decir, el mundo. En un traspié prehegeliano recuperan, especialmente un domingo en la tarde, la espontaneidad del sujeto fichteano y el deseo de estabilidad las pone en crisis. No vale de nada que les expliques la regla matrix del amantazgo al que han dado su anuencia. Si por alguna razón el destino las lleva a la estabilidad contigo y la enorme pradera del día a día las conduce a soliviar el bostezo en un amante, entonces misteriosamente la sonrisa les cubre el cuerpo y con inéditos pases mágicos se vuelven seguidoras de Diógenes (el cínico) y luchas a brazo partido contra la convención, contra los parámetros, gendarmas (sic) de la libertad.
Pasada la euforia irrumpe Descartes y les deja el genio maligno sentado en el hombro. Finalmente se vuelven moranianas y afirman que ellas son más complejas que los hombres, solamente que olvidan que han sido reprimidas por la elementalidad del patriarcado durante los últimos ocho milenios. De donde concluimos que han ocultado la susodicha complejidad de manera extraordinaria…”
Y yo aterrado pensaba en propuestas indecentes y los parámetros de mi formación sobre aquello correcto, en tensión (moral por demás) con mis instintos, entonces se me ocurrió que la piel tiene su propia memoria y que vivimos siempre en nuestros propios alrededores, de tal forma nos aterra nuestra presencia real y subsistimos con los propios fantasmas que creamos y pretendemos darles sentido de existencia y voluntad de poder.
¿Acaso es un asunto de saciedad lúbrica? o una reivindicación de la libertad ante los parámetros de una sagrada familia (escrita con minúscula de aposta), acaso el asunto es deconstruir nuestros imperativos… ¡No me creo! Siento que hablo de resistencia, y entonces me veo haciendo patéticas expresiones de enojo, que sólo reivindican los poderes centrales… ¡Voy de mal en peor! Es acaso esto una reflexión sobre ideologías… de ser así, estas letras amañadas traicionarían lo que quiero decir.
Vértigo, piel venenosa, ojos fulminantes, olor de furia, placer de arremeter contra las reglas… quizá es la triste narrativa de un libertario terco, que sueña con ilusiones prefabricadas inscritas en circuitos globales patrocinados.
Todo se cae con los encuentros sin vergüenza, en donde el cuerpo, como en carnaval, adquiere su lenguaje, las máscaras son el reflejo de los rostros, no ocultan nada, sólo exageran con sevicia la animalidad reprimida, entonces las serpientes vuelven a ser adoradas, lo maldito es lo válido y lo que no es, surge como verdad revelada.
Danzas de la promiscua Afrodita, muertes alegres de Bel, caricias de Derketa, invitaciones de Kelen y Nisroch, pestes de alegría y miedos eternos, invocaciones de la pureza corrupta, sensaciones prohibidas por la divinidad auspiciada por célibes obsesos que en las mañanas dan ejemplo y en las noches roban esencias de los cuerpos jóvenes.
Pensamos que la sublimación es elevada, que aquello pueril es diferencial de lo que es verdaderamente humano, que esas contenciones nos dan la evolución, afirmamos que ya hemos ido bastante lejos con la Ilíada , pero es en la Odisea, en donde volvemos al ser. Ires y venires, como sincronías perfeccionadas por el tiempo y la angustia.
¿Qué tribulaciones son estas?... quizá un segundo antes de su desnudez monumental, pueda creer que en ella está el cosmos, que sus karmas comienzan y terminan en cada éxtasis y, que los míos son resultado de su cúmulo de humedad.
Escucho como cae su ropa, cómo se quita con lentitud su lencería fina e íntima, siento como gatea en la cama con su cuerpo erizado. La veo en cámara lenta y la siento en movimientos rápidos, sangre bendecida que recorre mis venas, sudor consagrado que se une impaciente, brebaje protervo que me despierta al mundo de sus muslos lisos, miradas condenadas y confesas que se saben cínicas.
Penumbra… convulsiones… vehemencia… agitación… cólera…
Y todo termina en la observación de un techo, que parece moverse. Ella, se viste, me besa y se va. Juega su juego de hacerme sentir culpable por disponer de su envoltura, por prestarme su templo, me minimiza con sus aterradoras propuestas dionisiacas, me usa, y lo sabe, y yo, disimulo, y ella también lo sabe. Pero según el protocolo, debemos suponer que no lo sabemos.
Hablar de amantazgo, es hablar de alguien, un rostro que se oculta por convicción, un cuerpo frágil y elegante que es ajeno y propio.
Le dije: “Como ves, querido amigo, el recorrido hasta ahora comienza, según lo que pienso la piel oculta la naturaleza negada por la dicotomía de aquel método que nos dividió. El cuerpo habla en su propio código, se encierra para no ser descubierto y profanado por la razón atorrante… Quizá es un asunto de “memoria milenaria instintiva sabiamente siniestra” o tan sólo, sea un encuentro de una mitad atómica, que sabe que su otra mitad no es de una pieza, sino y conforme a los fractales, encaja en el universo…”
Hablaba con un amigo, de esos valiosos, de esos que escuchan y reflejan con exactitud eso que sientes. Uno de nuestros temas en común es el asunto de la moral, en un marco patriarcal, con algunos visos de pensamiento recalcitrante, profunda existencia y plenitud de presencia.
Me dijo: “Cada día me convenzo de que la institución del amantazgo fue invento femenino. En las primeras salidas todo es perfección y armonía preestablecida, es decir, todas a esa altura son leibnizianas, el mundo funciona como debe y es el mejor de los posibles. Después y de un solo golpe, sin preaviso, se vuelven dialécticas en versión hegeliana y entonces el todo y la parte se difuminan en un claro-oscuro romántico que las lleva a preferir el todo y claro se les acaba la dialéctica.
Luego se vuelven marxistas y aspiran a superar la contradicción en el camino de la praxis y la materialidad sustituye a la idea. En medio de este recorrido les asaltan delirios kantianos y de un momento a otro el deber es lo único que puede organizar su mundo, es decir, el mundo. En un traspié prehegeliano recuperan, especialmente un domingo en la tarde, la espontaneidad del sujeto fichteano y el deseo de estabilidad las pone en crisis. No vale de nada que les expliques la regla matrix del amantazgo al que han dado su anuencia. Si por alguna razón el destino las lleva a la estabilidad contigo y la enorme pradera del día a día las conduce a soliviar el bostezo en un amante, entonces misteriosamente la sonrisa les cubre el cuerpo y con inéditos pases mágicos se vuelven seguidoras de Diógenes (el cínico) y luchas a brazo partido contra la convención, contra los parámetros, gendarmas (sic) de la libertad.
Pasada la euforia irrumpe Descartes y les deja el genio maligno sentado en el hombro. Finalmente se vuelven moranianas y afirman que ellas son más complejas que los hombres, solamente que olvidan que han sido reprimidas por la elementalidad del patriarcado durante los últimos ocho milenios. De donde concluimos que han ocultado la susodicha complejidad de manera extraordinaria…”
Y yo aterrado pensaba en propuestas indecentes y los parámetros de mi formación sobre aquello correcto, en tensión (moral por demás) con mis instintos, entonces se me ocurrió que la piel tiene su propia memoria y que vivimos siempre en nuestros propios alrededores, de tal forma nos aterra nuestra presencia real y subsistimos con los propios fantasmas que creamos y pretendemos darles sentido de existencia y voluntad de poder.
¿Acaso es un asunto de saciedad lúbrica? o una reivindicación de la libertad ante los parámetros de una sagrada familia (escrita con minúscula de aposta), acaso el asunto es deconstruir nuestros imperativos… ¡No me creo! Siento que hablo de resistencia, y entonces me veo haciendo patéticas expresiones de enojo, que sólo reivindican los poderes centrales… ¡Voy de mal en peor! Es acaso esto una reflexión sobre ideologías… de ser así, estas letras amañadas traicionarían lo que quiero decir.
Vértigo, piel venenosa, ojos fulminantes, olor de furia, placer de arremeter contra las reglas… quizá es la triste narrativa de un libertario terco, que sueña con ilusiones prefabricadas inscritas en circuitos globales patrocinados.
Todo se cae con los encuentros sin vergüenza, en donde el cuerpo, como en carnaval, adquiere su lenguaje, las máscaras son el reflejo de los rostros, no ocultan nada, sólo exageran con sevicia la animalidad reprimida, entonces las serpientes vuelven a ser adoradas, lo maldito es lo válido y lo que no es, surge como verdad revelada.
Danzas de la promiscua Afrodita, muertes alegres de Bel, caricias de Derketa, invitaciones de Kelen y Nisroch, pestes de alegría y miedos eternos, invocaciones de la pureza corrupta, sensaciones prohibidas por la divinidad auspiciada por célibes obsesos que en las mañanas dan ejemplo y en las noches roban esencias de los cuerpos jóvenes.
Pensamos que la sublimación es elevada, que aquello pueril es diferencial de lo que es verdaderamente humano, que esas contenciones nos dan la evolución, afirmamos que ya hemos ido bastante lejos con la Ilíada , pero es en la Odisea, en donde volvemos al ser. Ires y venires, como sincronías perfeccionadas por el tiempo y la angustia.
¿Qué tribulaciones son estas?... quizá un segundo antes de su desnudez monumental, pueda creer que en ella está el cosmos, que sus karmas comienzan y terminan en cada éxtasis y, que los míos son resultado de su cúmulo de humedad.
Escucho como cae su ropa, cómo se quita con lentitud su lencería fina e íntima, siento como gatea en la cama con su cuerpo erizado. La veo en cámara lenta y la siento en movimientos rápidos, sangre bendecida que recorre mis venas, sudor consagrado que se une impaciente, brebaje protervo que me despierta al mundo de sus muslos lisos, miradas condenadas y confesas que se saben cínicas.
Penumbra… convulsiones… vehemencia… agitación… cólera…
Y todo termina en la observación de un techo, que parece moverse. Ella, se viste, me besa y se va. Juega su juego de hacerme sentir culpable por disponer de su envoltura, por prestarme su templo, me minimiza con sus aterradoras propuestas dionisiacas, me usa, y lo sabe, y yo, disimulo, y ella también lo sabe. Pero según el protocolo, debemos suponer que no lo sabemos.
Hablar de amantazgo, es hablar de alguien, un rostro que se oculta por convicción, un cuerpo frágil y elegante que es ajeno y propio.
Le dije: “Como ves, querido amigo, el recorrido hasta ahora comienza, según lo que pienso la piel oculta la naturaleza negada por la dicotomía de aquel método que nos dividió. El cuerpo habla en su propio código, se encierra para no ser descubierto y profanado por la razón atorrante… Quizá es un asunto de “memoria milenaria instintiva sabiamente siniestra” o tan sólo, sea un encuentro de una mitad atómica, que sabe que su otra mitad no es de una pieza, sino y conforme a los fractales, encaja en el universo…”
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