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jueves, 16 de octubre de 2008

El empalme

Tenía apellido de laboratorio farmacéutico. Desde un principio nuestro vínculo químico, aunque negado, fue un anuncio precario de lo que es este relato. Venía de un sitio cerca de la costa en el que los juglares abundan; no hablaba mucho, pero sabía admirar la oralidad. Con unas rayitas de estatura más arriba de lo necesario, dueña de notoria perspicacia para captar comentarios irónicos y sutileza envidiable para satirizar la vida.

De ella diré que estaba casada con un tipo agresivín, de esos adinerados que compra una mujer hermosa y le paga con complacencias: joyas, cirugías, artefactos y entre otros cheques en blanco, firmados a nombre de la dignidad pobre, pero dicho sujeto, en su afán de compra y control olvidaba eso del afecto. Lo anterior hacía que ella tuviera una sombra extraña de vigilancia, que se reflejaba en sofisticados teléfonos celulares y ropa esplendorosa siempre perfectamente puesta (alguna vez pensé que podía tener micrófonos en los botones) sin embargo se le notaba a lo lejos una furiecita, un tufillo permanente de insatisfacción por haber endosado su libertad.

No sé para qué trabajaba si su señor le daba lo que quisiera; es posible que lo hiciera para sentirse útil. Estudiaba en las noches para reivindicar su lucha de liberación de estatus, quizá para parecer normal, quizá para retrasar la llegada a la mansión de su magnate patrocinador y carcelario compañero.

La nombré líder de un grupo que debía ayudarme en algún asunto, esto hizo que habláramos un poco más del protocolo del saludo y del cómo está sin que importe la respuesta. Era evidentemente bella, impactante, imponente, su presencia obligaba a hacer pausa para el disfrute de los ojos y del olfato. Es una fórmula letal matamachos: Póngale unas gotas de buen olor, añádale lonjas de buena pinta y agréguele medio litro de captación de comentarios. Espere que suelte el hervor y sirva como aperitivo, plato fuerte y postre a la vez.

Un día me llamó con cualquier excusa y al agotar el tema el silencio fue cotorra imparable, escuché su silencio, entendí, quería hablar en afonía, puse otro tema y se agotó nuevamente y otra vez se quedó callada, era posible que en ese momento yo cometiera un desliz de hermenéutica sensitiva, es decir, asumir que yo le gustaba, o como quien dice creerme el Putas… aposté. Empecé con frases inocentes de calentamiento, fui subiendo el nivel con preguntas existenciales, entré con fuerza gracias a adulaciones audaces, me metí de lleno con apuntes sobre detalles de ella, que parecía que yo no notaba, y finalicé con un acercamiento a una leve probabilidad de que tal vez, en la medida de lo posible, saldríamos.

Esperé a que esa apuesta “soltara el hervor”. Después, el siguiente viernes, por asuntos del azar que siempre me mira con deseo, se dio una reunión con otros compañeros a la que me invitaron, ella iría. “Un 12 años con el hielo aparte, por favor”; después de 60 años y el hielo aparte, la represión hizo de las suyas; me paré de la mesa con las excusas pertinentes, ella hizo lo propio, dijo: “voy al baño” mirándome. Se me pasó la sensación de felicidad que te da el licor… asumí.

Entré al baño con la excitación de estar haciendo lo prohibido, ella no estaba allí. Hice rápidos balances y me recriminé por creer lo que no era. Vi como se destilaba naturalmente el glamoroso licor y caía en la loza fría del orinal. Al salir, me tumbó con un beso de vodka que adormeció las lenguas, sentí su respiración en mis mejillas; me requisó con sevicia en 15 segundos y, en ese justo momento cuando las ganas se lubrican, uno de esos odiosos encargados de seguridad, dijo: “A ver, a ver…” La cosa quedó en unos impertinentes puntos suspensivos, no se habló del tema.

El proyecto culminó con éxito, había que celebrar, el mismo bar, los mismos 12 años repetidos, el mismo baño, pero esta vez una llamada ensombreció su cara. Tuvo que irse.

Se había hecho “la lipo”, además tuvo que comprar brasieres más grandes, se puso terriblemente apetitosa, un deleite fastidioso. Hablamos y cuando yo quise conversar sobre los puntos suspensivos, ella me contó, que mi personalidad era parecida a la de un ex que había muerto y que, además, llevaba mi mismo nombre. El típico trauma del exnovio nunca superado, con el agravante de la muerte trágica. En el poco tiempo que nos quedaría, yo sería según ella Carly, como ella le decía al difunto.

Creí haber empezado una relación, y ella también, para estas alturas los problemas con el tosco esposo eran graves, estaba en el proceso de separación, y yo, con mi apocado sueldito la subsidié. En los tiempos de las vacas gordas, su esposo me regaló una camisa, un par de perfumes, una billetera, me prestó plata… ahora, que nuestro mecenas no estaba había que poner el pecho y dar la cara.

Todo se complicó, las llamadas disminuyeron poco a poco hasta no existir, no había tiempo para vernos, ni interés para buscarnos; nos enviábamos saludes con amigos mutuos… hasta que el hielo, que siempre pedí aparte, se mezcló entre los dos.

Un día ya no estaba. Creo que volvió a empezar su vida; según supe, se dedicó a comerciar con cosas de esas como pensiones y cesantías… nunca fuimos más allá de unos indecentes besos, unas mutuas tocaditas indiscretas, (era tentador eso de su cuerpo mandado a hacer) y bastantes insinuaciones incumplidas, al final, volvimos a los silencios, no había mucho que decir y demasiado que callar.

Cuando se fue, estaba en el empalme con su vida, en el empalme conmigo y en el empalme consigo misma. Conmigo no fue, con los otros empalmes espero que lo haya logrado.

2 comentarios:

Jenifer Palmeth dijo...

Muy interesante, me reí mucho

Anónimo dijo...

pese a que no creo en las bondades de las segundas partes... no imagino la continuación de tu "empalme"