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sábado, 20 de septiembre de 2014

NO SEAS PARANOICO… (DEFINICIONES CONCEPTUALES)


¿Qué puedo hacer, si me dices una cosa, haces otra y parece que quieres otra?

 ¿Si te entiendo en clave coherente, resulto ser yo el trastornado? 

¿Sabes? Cada vez más me doy cuenta, que te complico la vida. Disculpa, no entiendo la forma, el fondo, la manera o lo que dices sentir por mí.


Si mal no recordaba, todo había pasado una tarde
friolenta, unos días antes, habían tenido un episodio 
fuerte en el que él le hacía reclamos
por su falta de comprensión y ella
le alegaba un congelamiento inmisericorde,
él le decía que no podía abrirse emocionalmente
ante alguien que le provocaba inestabilidad
y ella le decía que la cantidad de besos
había disminuido ostensiblemente.

No hacía mucho que su relación fluía
como una caricia de seda,
se encontraban y el tiempo se detenía ante ellos
y las horas eran bromitas
que pasaban impunes...

 y hablaban de todo,
él le iba contando su mundo,
ella su universo,
él le decía que era preciosa,
y ella le enseñaba que no había que especular,
que era mejor que las cosas
se fueran dando en su propio ritmo.

Pero empezó a pasar que
él necesitaba más y más de su atención, necesitaba tanto de ella
que la desgastó,
que le exigió más
de lo que su capacidad podía soportar, entonces él ya no se atrevía a enviar mensajes románticos en la mañana,
no quería esperar regalos costosos
de parte de ella,
no quería quererla de esa forma abrasadora, irritante con el final obvio
de su agotamiento
y la fatalidad de resaltar lo que no quería.

“Yo no sé con certeza lo que quiero, pero sé exactamente lo que no quiero

Y ella, empezó a comprarle sus culpas,
y él empezó a ofrecer cosas que ella no veía
y que él sobredimensionaba,
el resultado: un silencio humillante,
unas costumbres empobrecidas,
un deseo menguado
y la esperanza terca de que las cosas cambiarían,
quizá porque alguna vez funcionó de esa manera, una especie de expectativa por los tiempos vividos.

Llegaron a acuerdos,
hicieron compromisos,
establecieron normas,
definieron los límites,
él convencido,
ella misteriosa,
él desdoblado,
ella con miedo.

A él, le molestaba profundamente
que ella no le prestara atención,
que lo tratara como él veía que trataba a los demás,
o inclusive empezó a sentir que ella trataba a otros mejor,
o que salía corriendo para ayudar a otros
y él que se creía el centro de su universo,
de ese universo que ella le había contado
y que también él había construido.

Él empezó con eso de la angustia,
de sentirse rogando,
de verse estúpido y disminuido,
ella,
seguía aterrada por las reacciones de él,
cada vez más irracionales,
incomprensibles
y siempre injustas.


En esa época de acuerdos
ella le había dicho quepor favor no se desapareciera,él le decía que por favor lo consintiera más, 

que en ese momento, más que nunca,
necesitaba de ella.
Entonces el cuerpo de él le empezó
a cobrar tanta intranquilidad, 

su sistema digestivo era un caos, 
sus dolores de cabeza, su insomnio...
y una cosa llevaba a la otra: 
más cigarrillos,
más tinto,
menos comida,
más desvelos.


Quiso decirle que lo dejara,
que no estaba bien,
 y que quizá lo mejor,
 era que ahora que estaba
arruinado en dinero,
insolvente en emociones,
caduco en ideas,
lo más lógico era dejar que se hundiera.
Ella,
aterrada, lo abrazó,
lo consintió un 0.3% de lo que él necesitaba
y le dijo que no pensaba hacer eso
 de dejarlo en los malos momentos.

Hicieron el amor, más que como reconciliación,
como una posibilidad de justificar
todo eso que tenían guardado,
de limpiar todas las crisis,
de volver a sentir que se amaban
y que valían tanto
como se decían uno al otro.

Resentido -como siempre-,
él estaba atento a cualquier
cosa que tuviera que ver con ella,
es más, estaba cazando
cada desplante, falta de atención, desaire, irrespeto…
sólo porque empezó a vivir por y para ella.
La amaba a su manera,
y ella,
siguió con su vida normal,
con su contexto de niña bonita…
él un poco más ebrio de ella
y ella ya en la resaca de esa relación.

¿Qué te doy? ¿Qué me das? A veces el problema no es la mercancía o el intercambio… es que ofrecemos nuestras más valiosas pertenencias en lugares en donde las pagan al peor precio

Si mal no recordaba,
todo había pasado una tarde friolenta…
ella no le había escrito en la mañana,
no lo había llamado
y al verla el sintió la ofensa de su desprecio,
se sentía falto de atención,
escaso de ella,
la veía como una maldita tacaña,
sentía que ella le debía tanto de ella…

Ella contestó una llamada
y salió corriendo de aquel lugar,
él respiró y pensó que quizá
a) había poca señal,
b) mucho ruido
o quizá,
c) que ella no quería que se enterara del motivo
por el cual, ella no podía prestarle la atención que él necesitaba.
Él colapsó ante la última opción

Humillado, quería conversar el tema,
aceptar que estaba en
un peligroso cuadro de recuperación falso,
y que actitudes como esas, no ayudaban.
Ella, le respondió: “No seas paranoico”.
Entonces, él supo de qué se trataba todo:
Confusiones conceptuales.

Se dirigió a su casa y escarbó sus pruebas y
 exámenes médicos,
las recomendaciones de terapias,
y esas cosas que ya había olvidado a la fuerza,
sabía con seguridad
que la palabra paranoia,
etimológicamente significaba
“estar fuera de la propia 
mente”.
Y de a poco él se creía tener la 
razón y
justificaba sus 
creencias,
por lo tanto cualquiera que se opusiera a su punto de vista
 era un enemigo. 
Así que la vio como su principal enemiga,
como su más querida
y
 deseada enemiga.

Desconfiaba de ella, de lo que hacía, de lo que decía, entonces derrumbaba todas las posibilidades de un futuro, era un demoledor insolente de todo lo que ella decía. Conjeturaba lógicamente todas aquellas señales que ella le daba, y hacía ver todo lo que ella hacía como una afrenta hacia él. Entró en una etapa de hostilidad nunca antes vista, y por ello estaba en una pugna entre sus buenos modales y la dignidad, por ello, pese a todo, le puso un mensaje al llegar a casa. “Ya llegué a casa. Besos” y se esperó un rato a que ella respondiera, y le ardía el estómago, porque se preguntaba por qué a otros le respondía de inmediato y él tenía que ser el imbécil arrodillado. Se despreció a sí mismo. Todo lo anterior lo llevó a la zona del resentimiento, que se combinaba con su exagerada personalidad de niñito consentido,  baja autoestima, y actitudes rígidas y por demás autoritarias.

Ella era preciosa, inteligente, sensual, sublime y sensible, él era un egocéntrico, con problemas interpersonales y serísimos capítulos depresivos. Ella apenas lo entendía, él la amaba con toda su locura, intensidad e insensatez.

No era, por lo menos de parte de él, un amor civilizado, no era, por lo menos de parte de ella, un amor veraz.

Estaba solo, deprimido, no quería ver televisión o escuchar emisoras donde lo azotaban los humoristas, no quería reír, llorar, comer, sólo quería que ella estuviera ahí.

Y se la empezó a imaginar,
pero la debacle vino
cuando amó más la proyección de ella
que a ella misma.

“Ahora sí dime paranoico, te imagino a mi antojo, me tomas de la mano y me consientes… eres lo que quiero que seas y no tu indicio de lo que dices ser… ahora sí, dime paranoico”

Esperaba con urgencia su llamada,
para dejar de pensar en su recuerdo,
esperaba con ansias profundas su mensaje de amor…
no apareció, y entonces las chica del delirio,
lo hacía sentir vivo de nuevo.

“Esto es una radicalidad ambigua, esto es la locura del amor.” 
Le decía a la chica de su mente… ella, sólo le sonreía y lo besaba, ella no tenía que ir a acompañar a sus amigos, ver películas, o disfrutar la vida, porque él era su vida.

De sus creaciones, sólo quedó el orgullo y una que otra promesa; para estas alturas, él la recorría en su mente y pasó al siguiente nivel de locura, pues ya no sabía, cuál era la chica que amaba.

jueves, 11 de septiembre de 2014

¿EN SERIO QUIERES QUE HABLEMOS DE AUSENCIA?


 Y tus labios se me fueron volviendo puntos suspensivos.

Esta madrugada hay llovizna, y las gotas golpean en la ventana simulando una sinfonía cruel y mediocre que invento para negarme a escribir. Quiero pensar en nuestros buenos momentos, como aquel beso poco romántico en el parque con peligrosos y drogados habitantes y de fondo un pequeño depósito de basura, o quizá la vez que me confundiste con alguien y en algún momento que iba a tomar una ruta equivocada me gritaste con otro nombre… lo sé, lo sé, aparentemente los dos recuerdos anteriores no parecen románticos, ni nada agradables, pero es que tienes la magia de convertir todo en una maravilla con esa forma de cerrar los ojos como sabiendo que cometes una pilatuna, y todo se transforma, entonces entreabres un poquito los labios y quedo en captura permanente, soy literal, espiritual y corporalmente tuyo.

Te saludo con reverencia como si se tratara de mi personaje favorito de ficción, te huelo con vehemencia como si me alimentara de tu esencia y pongo la cara de estúpido como cuando le hablas a un bebé… todo me pasa, tu primera sonrisa, tu último enfado, mi primer alucinamiento de que besas a otro, tu última certeza de saberme tan tuyo como tu autoestima.

Siempre has preguntado si te diré cuando las cosas puedan ir mal, cuando sienta que pase un mal rollito entre nosotros, y tus manos van hablando otro lenguaje y cada vez miras más tiempo por la ventana. Y yo, pues, bueno yo, te beso menos, según tú, o al menos con menos frecuencia.

Quizá todo esto sea el resultado de que no contestes mis llamadas, y me vuelvo envidioso, egoísta y mi discurso sobre amarte se cae por sí mismo, y sólo soy un poseedor indigno de tu vértice fuente, y yo que convoco tus anhelos y tú que me haces convocarlos.

Si lo miras con calma, esto no es un reclamo o una reprimenda, ni siquiera tiene la alcurnia de una amenaza malcriada, esto es el sabor ajeno de no sentirte cerca, esto es la extrañeza de un beso, la canción equivocada, el himno fallido de la angustia, la bienvenida a los fantasmas.

Sí, fantasmas altos y de brazos atléticos, un poco poetas o quizá rudos, que huelan a perro, que consuman marihuana o te muerdan partes prohibidas, estilizados, o soberbios, que ostenten poder o sean un poco chirosos, elegantes, inteligentes o torpes, con buen, pésimo o excelente desempeño en las lides de hurgar tu vientre… Deliro… suspiro… No puedo permitir que las imágenes me ganen la batalla en la proyección de mis recuerdos contigo… Lo siento, en verdad, lo siento, pero mi vulnerabilidad emotiva me lleva a pensar que no soy lo que esperas, no soy lo que buscas… no soy. 

Debo fumar...
...

Vuelvo.

Con más tranquilidad y quizá dopado por la nicotina, siento que te equivocas al escribirme mensajes, me confundes… y me quedo paralizado ante la posibilidad de que entres a mi mundo, de que tengas tanto poder, de que haya dado tantos permisos, me recrimino. Una vez más siento el dolor en mi vientre, quizá por mi colon sentimental o porque sé que esta vez no hay vuelta atrás con eso de amarte.

¡No me juzgues! Soy humano, tengo un relieve emocional denso, difícil, y me acuso a mí mismo de disfrutarte, como si fueras un pecado obligatorio, como si mis muecas te causaran la ridiculez y la pena ajena en vez de un tinte de alegría.

Pero al final, siempre me salvan tus besos y vuelvo de mi propio país inundado de inmundicia, me recobro de la saciedad de lamer mis propias heridas, soy tuyo de nuevo. 

Aquí me tienes… ¿Aún quieres hablar de ausencia? Prefiero quedarme a tu lado que irme, porque así soy yo, porque así me has hecho, si notas mi silencio en tu presencia, sólo es que te estoy extrañando, así, que prefiero, no hablar de ausencia, si me lo permites.    

martes, 12 de agosto de 2014

TRILOGÍA DE FRAGMENTOS TEMERARIOS


DEL TEXTO: INTENTO DE NO SER FELIZ

Todos mis orgasmos son tuyos
 (literalidad sublime)

Habían construido algunas fantasías, como aquella silvestre de hacer el amor en un prado hacia las 3:30 pm, con un sol tenue y un viento que les acariciara los cuerpos. También se habían dedicado a reconocer sus rincones, los físicos y los mentales, los de la piel y los del alma, y en ese manoseo, lograron identificar que eran almas gemelas, espejos que no se distorsionaban al ponerse de frente, sino que reflejaban un infinito posible de ver y factible de disfrutar.

Pero él tenía tantos vacíos, que empezó a temer que tanta felicidad fuera verdadera, que ese estado de plenitud, fuera un truco más de su sino, y temblaba y sospechaba y entonces pensaba más de la cuenta y los silencios fueron más grandes que las palabras de amor.

Empezó a pensar en el pasado de ella, sus parejas, sus amantes, sus deslices, sus gustos excesivos, las promesas con otros, todo era como una sinergia de asesinos de ilusiones, una conjugación sistemática de temores, miedos y ansiedades, una mezcla de tragedia y mala suerte simulada, apalancada en sospechas…

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DEL TEXTO: UNA QUINCENA DE ESPERA PARA AQUELLO

¿Será el destino un juguetón cruel?

Era talentosa, pero sus curvas no se habían podido acomodar a mis lineamientos, si bien, eso del descaro, nos había arrojado a unos cuantos hacinamientos táctiles, la consumación geométrica estaba en unos trazos casi finales.

Un día, recurriendo a su teatralidad, fingió ser un perro, zarandeó sus caderas y se inclinó ante mí, levantó su pierna e hizo la escena típica de la orinada canina. No sé que fue eso, quizá la sumisión de su parte, la animalidad tan bien representada o verla tan metida en su papel, me catapultó al siguiente nivel. Se lo dije de frente, sin miramientos, sin más que la verdad de las ganas y el argumento de ser un navegante submarino en su vientre.

No pasó, pero se presentaron acercamientos indecentes que aún me sonrojan, fotografías entre las sábanas, en la ducha, mensajes ardientes y abrumadores, un esquema de amenaza erótica que incendiaba las palabras y enardecía todo lo que queríamos hacer.

“Conseguí un amante”, me dijo sin piedad, y antes de que yo le respondiera, escupió una reprimenda por todas aquellas que ella se “había tenido que aguantar”, entonces callé con la dignidad de alguien que sabe que lo hubiese podido hacer mejor, pero, al final de su historieta, advirtió que estaría sola pronto, y que yo vería que iba a hacer

Fueron los quince días más largos que recuerdo haber esperado. Estaba dispuesta, preciosa, ambiciosa y deseosa de probar si yo era tan bueno como ella creía o de probarse si estaría al nivel que ella creía que yo tenía. No dije nada. 

Hice lo que tenía que hacer. Fui soez, rudo, delicado, paciente, exacto.

No hablamos mucho, pero hicimos todo. La sujeté fuerte por la cintura, la miré a los ojos, la olí, la tomé por el cuello; ella temblaba de angustia.

Me acerqué y la besé.

Ese fue el siguiente nivel.

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DEL TEXTO: NO SOY CELOSO (JA – JA –JA)

Gracias… Me has hecho detestar todo lo que tenga que ver con tu pasado, los atléticos cuerpos que has acariciado, los lugares en los que has compartido tu lubricidad, los detalles que te han dado, las propuestas indecentes, decentes y decentísimas… todo lo que has hecho, dejado de hacer, pensado hacer o fingido que haces.

Pienso entonces que lo que me dices ya lo has dicho, que extrañas a otros, que soy parte de tu rehabilitación mientras los vicios son los que importan. Busco en tu piel el sabor refugiado del algún peregrino suertudo, y quiero ver cosas que no existen pero sé que son verdad.

Encuentro pistas que invento, y sé que me escondes tus verdades para evitar que caiga en la tentación de hacerte algún reclamo, y parece que te reemplazo mientras vas a la cárcel de mis temores por no satisfacer mis propios miedos, por ser menos que todos los patanes que te han tocado, o por ser más que todos los desgraciados que están en la fila inmunda de tus recuerdos.

Pero no te digo nada, y sólo quiero borrar todo, borrar a ese poeta enamorado, a ese atleta mediocre, a aquel indigno, al precoz, al cara de perro, al marihuanero ese, al doctor, al del carro, a todos… pero no te digo nada, y me voy convirtiendo en la negación de mi propia negación, y te miro con serenidad mientras hay guerra en mi mundo.

Dame paz por un momento, hazme saber que eres tan mía como dices, me volviste ambicioso, ventajoso, quiero siempre más, quiero todo, lo que eres y lo que no eres, lo que dices y lo que callas, quiero ser la sed de tu humedad así como eres la angustia de mi deseo.
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