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viernes, 27 de enero de 2017

SOMOS TODO Y NO SOMOS NADA


Algunas tretas mentales me quieren confundir, y yo juego a hacerme el inhóspito emocional; encuentro por ahí, imágenes móviles que no tienen hilo narrativo ni conexión con nada, sólo titilan con autonomía jactanciosa. Algunas imágenes aparecen en simultáneo, como pequeñísimos cortos de cine, otras se esconden en los arabescos incrustados de la frustración, otras más se contonean indecentes con sus bordes pintados de rojo.

He decidido no jerarquizarlas y tomarlas como vengan, como se les dé la gana de aparecer y desaparecer, es así como una cascada no fluida me acaricia por los hombros, todas las imágenes están en silencio, más por sobrevivencia que por astucia, les he quitado el sonido.

Allá adentro, escucho mi respiración y me retumba mi propia voz, con dejo burlón y trasfondo de melancolía…

Atrio de una iglesia de segundo nivel, el día está gris, es una primera comunión, una de esas fechas en las que muchos niños se inscriben en los procesos religiosos, al fondo hay una niña gigante que más parece una novia, su cara denota nervios, sufrimiento y secretos...

Hay un tipo que está conduciendo, a su lado hay una dama, él le pega una bofetada y le rompe las gafas, después se ríen y se besan…

Esta es una pareja, él la tiene abrazada por su espalda y le da pequeños lametazos en el cuello, ella tiene la piel erizada, él la gira hacia su frente, la mira y ella perpleja se sabe su objeto. Él la esculca, la olfatea, la fuma… ella se deja llevar como posesa por sus manos que la amasan sin ritmo…

Hay un barco, tiene inscrito unas letras HRR… adentro hay un marino viejo, que recuerda con nostalgia, revisa un libro grueso, está sentado en una silla mecedora, tiene la piel arrugada y un hueco en el sitio donde queda el corazón…

Decido ponerle sonido a las imágenes, y escucho las voces:

Una mujer mira a un hombre y le extiende la mano de manera amigable, sus ojos gritan el temor de relacionarse con alguien, le dice: “somos todo y no somos nada”.

Una mujer lee mentalmente “El principito”, suspira, hace pausa en su lectura y mira a lo lejos y dice en voz baja: “Cuando el misterio es demasiado impresionante, es imposible desobedecer”.

Me saturo de las imágenes y prefiero quedarme a oscuras, ya no hay sonidos, sólo el silencio y yo, quiero fumar, me acuerdo de las figuras del humo, mientras veía la película “The kid”, tengo una sensación de estafa y falta de reciprocidad, por ahora no sé sí he dado en demasía o no he querido recibir lo que merezco, recuerdo como he estado a punto de romper mi colección de elefantes o he tenido que escribir en los recovecos de mi mente, en el acto más soberano de traición.

Es preferible salir de aquel lugar oscuro, sé todos los atajos que he puesto en mi mente para evitar los terrenos minados… salgo haciendo gestos de disimulo, paso por el lugar de las imágenes que están borrosas y congeladas, ya afuera veo el reflejo de mis ojos en mis lentes y mis dedos saltando sin sentido en el teclado.

Sin quererme aferrar a nada y con las pretensiones de vivir, con la carga de mi pasado y la liviandad de mi futuro… sublimado en el miedo y con el ancla de la convicción, las notas olvidadas y con la duda sospechosa de la providencia.

Siempre con subtítulos aclaratorios, siempre con la extrañeza de la intención sin pretensiones… editado y con señalamientos, por esas razones inexplicables, se escucha mi respiración que se interrumpe con la tos de fumador.

Pasan de nuevo las imágenes, renovadas… pero poco importan, están devaluadas, caducas, y me hago preguntas inconducentes, creo que alguien me cuida, me fío de mi buena fortuna…

No puedo dejar de pensar en mis recordados enemigos… han de ser personajes de mis historias facinerosas, y me da un frío de envidia… y es que muchos creen que el proceso creativo es mecánico… como una ecuación… me envalentono, para hacer sátiras…

Soy una huella, estoy suspendido en la angustia del deber cumplido, en la correcta pronunciación y en la etimología de la palabra “habilidad”  y la explicación de que en inglés no tenga h.

¿Lo que necesito? Pienso… Otro cigarrillo… Un poco de perdón y paciencia… ¿Todo tan sublime? ¿Nada mundano? Pienso de nuevo y se me ocurre una frase de Jiddu Krishnamurti: “La causa primaria del desorden en nosotros mismos es la búsqueda de la realidad prometida por otros”.

El cursor titila en la pantalla blanca y vuelvo de nuevo a  algunas tretas mentales que me quieren confundir, y yo juego a hacerme el inhóspito emocional; encuentro por ahí, imágenes móviles que no tienen hilo narrativo ni conexión con nada, sólo titilan con autonomía jactanciosa.

miércoles, 27 de abril de 2016

ENTONCES, EL AMOR ES…


Una leve idea del disfrute narcisista de una experiencia mutua en la cual nadie siente la necesidad de poseer al otro… 

Aire, yo quiero una canción que me lleva a marte
aire, tu boca es la poción que envenena y arde.
Aire
Árbol de la inspiración, robó mi voz,
se quema mi luz, y vuelvo al mundo inmundo,
devoro tu boca, ya creo en tu milagro,
camino por tu cuerpo y vago,
rindiéndome al deseo, de ser, tu aire,
rendido al deseo, de ser tu aire.

(Álbum Luna Park, Los Cafres, 2006, Canción: Aire)

Estoy en medio de un pensamiento, atado y luchando contra la idea de que es equivocado lo que digo, tengo más miedo que vergüenza, las ganas de que me recuerden son más elocuentes que mi inspiración… navego con asfixia por las rencillas que me deja este espacio sin tiempo… es como un escenario al que acude un público especializado, quiero ver quien llega:

No lo quieres aceptar 
Ni soy tu mal, ni soy tu paz 
Soy el temblor que agita tu maldad, ¿verdad? 

Lo sé, tú quieres escapar 
Ya no es azar, ni es normal 
Y beso a beso destruyo tu calma, tu alma 

Y no me niegues hoy la puerta que quieres cruzar 
Lo que te gusta de mí 
Sé que te hará sufrir 
Te aleja de mí, te hace morir 
Lo que amas más de mí 

Lo que te gusta de mí 
Sé que te hará sufrir 
Lo peor de mí, lo que amas de mi 
No te dejará dormir 

No lo puedes entender 
Dudas de mí, quieres de mí 
La tentación empaña tu intuición 

Y ya no juzgues mi actuación 
Tal vez en mí te ves a ti 
De este infierno tu eres el verbo ¿no es cierto? 

Y no me niegues hoy la puerta que quieres cruzar 
Lo que te gusta de mí 
Sé que te hará sufrir 
Te aleja de mí, te hace morir 

Lo que amas más de mí 
Lo que te gusta de mí 
Sé que te hará sufrir 
Lo peor de mí, lo que amas de mí 
No te dejará dormir 

(Lo peor de mí. The Mills. 2011)

 Parece entonces que la vida sí tiene una banda sonora, ¿Será eso? ¿Un asunto musical que me puso en este embrollo? ¿Por qué y para qué estar aquí?, sólo puede ser una especulación, pese a las trilladas advertencias de no imaginar cosas, esperanzarse. Entonces, la terquedad me lleva al abismo del recuerdo… sé que estoy en medio de una idea, la puedo oler, pero no quiero que hable… le muestro mi desprecio con un ademán silenciador. ¿Quién anda por ahí merodeando?, ¡ah! Es ese señor, Constantino Cavafis y que quiere decir?

LO OCULTO (1908)
Por cuanto hice y por cuanto dije
que no traten de encontrar quién era yo.
Un obstáculo se alzaba y transformaba
mis acciones y mi modo de vivir.
Un obstáculo se alzaba y me detenía
muchas veces cuando iba a hablar.
Mis acciones más inobservadas
y mis escritos más ocultos
-sólo por allí me entenderán.
Mas acaso no vale la pena gastar
tanta atención y tanto esfuerzo para conocerme.
Más tarde -en la sociedad más perfecta-
algún otro, hecho como yo,
ciertamente surgirá y actuará libremente.

De nada sirve leer a Cavafis, si sólo puedo sentir repulsión de lo que he querido ser… debo aprovechar este destello frenético para escribir mis frustraciones rápidas… quise tener un perro y llamarlo con un nombre de emperador… ¿Nerón? No. Muy trillado… ¿qué nombre?... Imperator Caesar Divi Traiani filius Traianus Hadrianus Augustus, y me imagino llamándolo en un parque, o regañándolo por cagarse en la sala… 

Ese es el problema, divago, me descentro, no sigo unos pasos lógicos… ¿Dónde está la exposición de la tesis… dónde está la argumentación… las referencias? Quiero saber a dónde va esta idea… a qué recuerdo me encadena a cuál ilusión me llevará:

“Mamasita” 

Y con ese error se me pasó la bobada paranoica… 

Vuelvo cargado de odio… de desespero, de humillación… soy ajeno, soy abandono, soy súplica, soy torpeza… 

¿Dejo de existir en mi subconsciente? ¿Acaso el deseo no es una forma de conocimiento narciso, pero real? ¿Dónde queda eso que no sirve… la ternura, la compasión?...

Creo que alguna vez leí algo con un título que decía… Secuelas de una larguísima nota de rechazo… y había un mensaje con una intención así: “Quiero que sepa sin embargo que todas las noches que he dormido a su lado, incluso las discusiones más inútiles, siempre fueron algo espléndido y esas difíciles palabras que siempre temí decir pueden decirse ahora: te amo.” No creo que a ese viejo indecente le importe que lo nombre… debe estar embriagado, maldiciendo y siguiendo los impulsos del deseo sexual. 

Debo volver, estos saltos sin sentido me provocan asco… ¿y si leo algo que me haga volver al recuerdo negado? ¿y si me entero que alguien más cuenta detalles que yo sólo podría contar?

Tengo que hacerlo primero… 

Dime alguna cosa que no sepa de ti, para gritarte en la cara que eres una farsante, 
dame la mano con ordinariez, para borrar tu estirpe de mis reinos, 
hazme un recuerdo, hazte fugaz… 
sigue en la pérdida del vacío para llenarte de algún sentido… 

Quiero seguir escribiendo, pero me detiene alguna frase impertinente: “No se es escritor por haber elegido decir ciertas cosas, sino por la forma en que se digan”… ya no sé ni me importa quien la dijo… 

¿Alguien entiende esto? La idea esa, la del principio me puede llevar a la locura… Escucho una voz femenina… no sé de quién es… la muerte… la lujuria… la amnesia… 
habla...     d e s p a c i o     y     d i c e : 

"El precio de esta clase de amor puede ser muy elevado".

Se me antoja llamarla Melissa… o mejor Justine...

Hace algún tiempo escribía… ahora, ahora… sé que estoy fingiendo.

lunes, 5 de octubre de 2015

UNA VEZ, UN ESCRITOR...

Aquella vez, él olió su cuello, justo en el punto donde se alojaba el collar, que unos minutos antes le había quitado con un misticismo cómico. El olor a metal, contrastaba con el aroma que provenía de la raíz de su pelo y el vacío de su espalda.

No estaban bien las cosas; ella creía que él hacía lo que hacía por obligación y él creía que ella no era justa con sus apreciaciones. Era increíble cómo hace unas semanas vivían un idilio insuperable y ahora todo era pastoso, amargo, aletargado.

Él le había prometido hacerla feliz y ella había comprado tanto esa promesa, que se había olvidado de ser feliz a su lado, lo había congelado en aquella indecente vez del centenar de muertes o la tardecita en que se sintió poseída en serio por primera vez.

Se enroscaron en la cama, pero no tenían de qué hablar, sus pieles presentes, sus mentes aturdidas y sus espíritus confusos, eran un tributo a la esquizofrenia romántica, sí, había ganas, pero estaban asustadas por las exposiciones y discusiones de los puntos de vista, él discutía sobre amor y ella sobre ser amada.

Se besaron.

Pasó.

Pero después vino un vacío y ambos tuvieron sólo ganas de llorar, era la evidencia de la soledad en compañía, la presencia ausente en su esplendor, él se escapaba a los territorios de la nostalgia, en los que eran felices y ella viajaba rauda a los campos de la esperanza, en los que serían felices.

Él cerró los ojos y ella lloró, porque ahora se dormía a su lado, él quería pensar que eso era una pesadilla y que su voz que antes lo arrullaba que ahora parecía un chillido insoportable, era el resultado de tanto consumo de nicotina; él estaba volteado, y ella sólo veía su espalda y su respiración regular era un insulto, se había enamorado justo de su capacidad de variar el universo, con él, no se sabía nada, o mejor decirlo, todo era posible.

Ella le confesó que en ese momento su olor le había parecido diferente, que su cara demacrada ya no era un signo de inteligencia y depresión creativa sino más bien un decadente estado de salud, él pensó en decirle que…

El escritor se detuvo a fumar, leyó una y otra vez lo escrito, pensó que tal vez estaba perdiendo ritmo, y que hablar de lo mismo otra vez, no valía la pena, también pensó que su amigo, aquel escritor que ahora no escribía, le haría el mismo comentario, también se imaginó las lecturas descontextualizadas de este escrito, por un momento odió a todo el mundo.

Y sus dedos se dispusieron a escribir sobre el odio, como por ejemplo, a aquellas personas que no apoyan a sus parejas y se vuelven impedimentos, a aquellas personas estúpidas que se comprometen por el afán de realizarse y no con la urgencia del amor… pensó el escritor, que una vez más caía en la tacaña manía de no ir al psiquiatra y que escribiendo se iba a curar de eso, de eso que él sabía.

Porque para no enloquecer en una relación, la única manera es no amar, escribió, se sintió inteligente y sensible, pero a la vez supo que eso lo había escuchado alguna vez, pero en realidad nadie lo sabría…

Escribir sobre lo que nadie sabría que él no sabría, un plagio permanente, se animó de nuevo, respiró un poco,  pensó en escribir sobre sus deudas y el pavor que le causaban, el miedo y la valentía del amor, cómo había perdonado a esa que lo había traicionado una y otra vez, hasta el punto de perdonarla por adelantado, quiso escribir sobre sus amenazas de olvido, quiso escribir sobre lo que había dejado de escribir por cobarde.

Era hora de tomar las pastillas o las gotas, algún químico que le calmara su ansiedad, algo que le desacelerara el corazón y le disminuyera la sensación de que su cabeza le explotaría, se paró de su escritorio, miró sus papeles desordenados, sus novelas comenzadas, unos teléfonos como garabatos que eran de anónimos interesados en publicarle sus angustias hechas letras. Caminó tambaleante y el piso de madera crujió a cada paso de plomo. Estaba viejo, solo y lleno de vida muerta. Había fracasado en intentar fracasar, pues sus espacios propios le eran ajenos, quería hacer sentir mal a todos los que lo habían humillado… ¿humillación? Es un buen tema, pensó, y siguió su camino al baño con luz amarillenta.

El espejo le advirtió sus arrugas, había colillas en el lavamanos y se dijo a sí mismo que quizá era hora de dejar de fumar. Se preguntó si estaba loco, si en realidad había enloquecido por ella.

Ella, ella, ella, parecía el gran tema de su novela propia e interminable, ella, tenía preguntas sin respuesta, ternuras repentinas, manías de posesión, ella, era su ama y él su esclavo, pero ambos fingían lo contrario.

Se mojó la punta de los dedos, se miró las uñas en exceso limpias, sus dedos amarillentos saltaban como niños ansiosos, y recordó la imagen de ella, desliéndose en su brazo derecho, ¿Dónde estaba ella? ¿Dónde estaba él sin ella?

Regresó con rapidez a su escritorio trillado de escritor creativo y desordenado, esta vez, estaba decidido  a escribir:

Te extraño, escribió. 

Y quedó en el limbo de su propia creación.