En las búsquedas de cómo olvidarla, había sido veterano de dos cirrosis curadas por el acupunturista aquel que siempre le pareció un farsante. Entre su historial de desesperos estaba su supuesta distracción en los burdeles, pero su estadía allí aumentaba sus vacíos; sus relaciones con aquellas vendedoras de piel le comenzó a provocar hundimientos emocionales que ningún antidepresivo legal o ilegal curaría.
La rabia manifiesta en la frente, el deseo rastrero, la pasión desperdiciada, el grito de la incomprensión por el tiempo perdido... las malditas ganas agónicas que resollaban en sus recuerdos y la pregunta de con quien estaría y si sus gemiditos insolentes ahora serían escuchados por otros... Sus días se habían vuelto una agenda permanente de tribulación que se aparecía con el primer parpadeo matutino y continuaba con el dolor de cabeza que era el límite antes de dormirse.
Un torbellino de sensaciones unido en santa comunión con una precaria autolástima, daba como engendro un recuerdo criticón, una especie de bufón trascendente al que nadie tomaba en serio; ese recuerdo de cara pintada y caminado torpe cantaba locuras que se confundían con la estupidez de dejarla ir o la misma imbecilidad de recordarla.
Todo y nada había pasado por su mente, reconocía que había tocado el fondo del fondo en su itinerario perdulario de supuesto olvido. Sólo la verdadera comprensión de aquello que sentía, esa agonía viciosa de perdedor, esa certeza de fracaso lo harían reflexionar sobre lo que ocurría adentro de sí.
Escombros de decepciones removidas para encontrar un camino, un resquicio, una brecha con los mínimos requerimientos para andar, y en un arrebato apartó sus miedos, pateó las prohibiciones, guardó delicadamente sus aberraciones, empacó sus ansiedades, mascó algo de asco y emprendió la fuga evidentemente suicida hacia sí mismo.
Arrastrado por el impulso de la quietud se precipitó rumbo al abismo más profundo de su soledad. Cansado de ser quien era, de apestar a licores y a mujeres en oferta, se entregó a la tortura que le ofrecía ese fantasma de una suerte invertida… un guía desorientado y corrupto que cambiaba el rumbo según las extorsiones de los guiños de amargura.
Al intentar alumbrar la oscuridad de su interior, esa caverna nombrada siempre, sintió su humedad, quizá proveniente del llanto, del sexo comprado y regalado, o talvez del sudor; era como si dentro de sí hubiese un incesante y malsano invierno que traía consigo ese vaho que expelen los vejestorios guardados… era el olor del recuerdo.
Su respiración se hacía lenta mientras se acostumbraba al aire grumoso, pensaba cómo empezar ¿Cuál ruta?, el guía ese se había quedado lamiendo el dolor causado por la historia aquella de esa noviecita con la que se iba a casar y que sus amigos le pagaron su despedida de soltero contratando a una “chica prepago”, y que cuando llegó la fulana era la misma novia. Estaba solo sin guía, “será mejor entonces” pensó y dio el primer paso.
Había leído sobre los problemas del recuerdo en la infancia, pero le pareció inútil dirigirse allí, sobretodo por los ojos de dolor de su padre cuando pasó de ser el héroe a hacer el ridículo. Su padre era un artista callejero, un mimo andariego, un poeta del cuerpo, siempre con una sonrisa, ese momento quedó grabado en la melancolía, cuando iban en el carro viejo y al pasar un peaje, su padre preguntó ¿Con broma o sin broma?, refiriéndose a que al pasar por el sitio le haría algún chascarrillo a la operadora como “Disculpe por aquí es el camino a Tangamandapio” o “Me puede vender la boleta ganadora” o la que más detestaba “¿Cuándo juega el bingo?”, su padre, volvió a preguntar emocionado “¿Sin broma o con broma?” No más estupideces papá, me apenas. Recordó el silencio de aquel viaje y el momento justo en que empezaría a ser el adolescente que fue.
Siempre se supo un niño poco normal, “Tienes el diablo adentro” le decían, por no hacer caso, por cualquier maldad típica de niños, por mirar fijamente a los ojos o a las tetas a cualquier exhibicionista. Recordó la bromita de echarle sales efervescentes al agua bendita o pintarle bigote a la virgen.
Blasfemó con sinceridad, se acordó de aquella clase de español, en la que su profesor no lo entendió, sería en cuarto o quinto de primaria, cuando la tarea a realizar era composición corta, que fuera creativa… que inspirara dijo el maestro Vidal, él escribió: “Púlpito pulpito pulpito” recordó cómo quiso explicarle al maestro que se trataba de una crítica a la religión, haciendo referencia a los hijos pequeños de los pulpos y que estuvieran frescos y con buena carne… No, niño… no, esa negación sería un aliciente hasta el momento presente.
Antes de irse de allí, pensó en su animadversión a los pulpos, le parecían tenebrosos, quizá por el sueño recurrente del sacerdote que debajo de esa manta negra que envolvía sus cochinadas, tenía un pulpo, al que le obligaba a acariciar. Nunca supo si era un recuerdo o una memoria borrada a la fuerza, lo menos borroso era la imagen del padre Eccehomo, repitiendo en el salón de clase que la brujería era un pecado, mientras a solas le enseñaba a usar esa tabla para comunicarse con los espíritus y la travesurilla de comer aquellas hostias con arequipe.
Esta es la historia entonces de un dolor tonto, aparentemente estúpido y sin abolengo, que contaba su historia llena de autoalabanzas… En la estructura jerárquica de aquella ciudad estaban los dolores pequeños, quizá accidentales y también estaban aquellos refinados y construidos con prácticas establecidas, dolores conscientes de su existencia, consecuentes con su destino y con la característica de ser sectarios como los demonios.
Él pensó que ese dolor, el de ella, el de su partida, no iba a ser importante y se iba a relegar a su propia naturaleza, pero, ahora, después de ella -o mejor, a pesar de ella-, ese dolor vive en la clase más alta, los privilegios son su cotidiano, se comunica con otros dolores por sofisticados dolófonos y evidentemente nunca toma analgésicos, por ser un asunto de poca clase y sobre todo por ser un atentado contra natura.
En la ciudad de la furia, se reunían los dolores para ver quien era más importante, en un ejercicio ególatra-dolorífico. Siempre ganaba el mismo, el maldito venido a más por una ilusión, ese dolorcito que siempre se supo más pero que manejó bajo perfil. El dolor causado por la felicidad de encontrar la pérdida severa del masoquismo por amar sin condiciones… era el amor disfrazado.
Sonaba un discurso religioso, salmo 32 del Mater Lacrimae, cuando la flota “Rápido Transpena”, se detuvo en la plataforma de “Parada Terminal”. Las frases del poeta martillaban sus oídos “Nadie es eterno en el mundo, ni teniendo un corazón”… Se bajó, esa era la gran ciudad, un sitio digno de él, un dolor con ambición y lo suficientemente hablador de mierda como para llegar a ser alguien prestante.
Villa Quebranto había quedado atrás, era el momento de la Ciudad de la Furia, aquel antro en donde las emociones podían revolcarse en su crapulencia y cambiar su condición.
Ese pequeño hipócrita intuía su destino, caminaba como esperando la vista del ángel perverso enamorado que lo hiriera con sus alas escamosas, creía en su fortuna que venía de la herencia de sus abuelos, aquellos dolores sabios de largas esperas, pero él encarnaba la malicia de los que se creen más inteligentes que otros. Tenía verbo ágil y una inverosímil ternura que derretía a las féminas. Su argucia era parecer débil, mimetizarse; en definitiva, su más grande talento era disfrazarse de sí mismo.
Este era el momento para tomarse una pausa… este era el momento para verla hablando mientras sostenía un dulce en la mano, este era el momento para cancelar una cita… pero era demasiado tarde, ya el dolor había pagado sus impuestos y ahora era un ciudadano decente.
miércoles 4 de noviembre de 2009
martes 13 de octubre de 2009
POSTRIMERÍAS DE UN RUMOR
Alguien me preguntó sobre la memoria. Entonces le conté la historia de Zeus y Mnemosine, y la manera cómo aquel dueño del Olimpo quedó prendado de aquella joven hermosa; también le conté sobre las nueve musas que son las hijas de esa unión.
Escuché por ahí, que estabas más hermosa que nunca, que derrochabas encantos, que tus ojos tenían esa extraña seguridad de quien se sabe admirado, que estabas radiante expeliendo una felicidad inusitada y sobre todo, que estabas segura de que lo mejor entre tú y yo era la distancia. Me rio un poco y siento que todo ha valido la pena, que en mi memoria estás intacta y que ahí puedo recurrir a ti, hablarte sin miedos y contarte mis pequeñas trasgresiones y mis grandes obediencias.
Repaso con cautela esta ficción que sin duda es un monólogo, recuerdo mi impacto por tus ojos radiantes cuando hablabas de tu relación pasada, revivo mis enredos al intentar expresarte ideas camufladas, me niego a creer que te mostré mi lado quebradizo y que en el intento por reivindicarme hice cosas que nacieron románticas y murieron ridículas.
Alguien me hablaba de sus fracasos sentimentales y después de escucharlo, pensé en ti como la metáfora perfecta de la perversión, juré que cuando te viera te iba a decir… nada, que mis codicias golpeadas estaban lo suficientemente inconscientes como para querer entrevistarte.
Parece como si hablaras sobre las hazañas que hicieron genios del pasado y yo te estuviera hablando de los fracasos que tendrían los mentecatos del futuro. Todo apunta a que la protesta por mi llegada y la fiesta por mi ida, trascendieron hasta tu pelo, que cambió de forma para agobiar mis lisonjas, así, tu actitud de deidad fresca se transforma en una característica casual de fémina estereotipada.
Hoy observo más y hablo menos, pienso en la dignidad moral de tu decisión hecha de lejanías aturdidas, en mis falacias para hacerte ceder, en mis no-lugares contigo, en la devaluación prematura de mis locuciones y cómo compré acciones en caída libre tras un impulso bursátil cínico.
Las musas de las que hablé en la mañana danzan en mi pecho, los dioses enamorados murmuran sin parar, en mi memoria atardeces con la naturaleza confusa del calor que huye y el frío nuevo que saluda; la nostalgia no está permitida cuando los sentimientos son menospreciados, esto es, pensados y filtrados por la razón, que se llena de moral y culpa.
Alguien me pregunta por el amor, le digo que no sé qué es pero sé cuando pasa, que en lo fundamental, se necesita comprender las incomprensiones del otro para iniciar una relación, que no bastan intenciones sino hay arrojo.
Debo oír con atención las voces de aquello que pretende ser digno, eso que llaman rumores de anhelo, quiero dejar de pensar en tus reflexiones sobre la “tele-apatía”, o tus preguntas retóricas, supongo que no has tenido tiempo de borrar tu condición de tener sangre fría… creo que debes estar ocupada contando tus leyendas nómadas y yo, haré lo que me corresponde: me ocuparé de representar mis mitos sedentarios.
Solipsismo es mi palabra de salvación… es un concepto comodín que se ajusta a formas inusuales, una angustia ególatra que se sabe indecente, se presenta elegante y cree ser importante... ¡ah! y suspuestamente es defensora de los hombres.
Escuché por ahí, que estabas más hermosa que nunca, que derrochabas encantos, que tus ojos tenían esa extraña seguridad de quien se sabe admirado, que estabas radiante expeliendo una felicidad inusitada y sobre todo, que estabas segura de que lo mejor entre tú y yo era la distancia. Me rio un poco y siento que todo ha valido la pena, que en mi memoria estás intacta y que ahí puedo recurrir a ti, hablarte sin miedos y contarte mis pequeñas trasgresiones y mis grandes obediencias.
Repaso con cautela esta ficción que sin duda es un monólogo, recuerdo mi impacto por tus ojos radiantes cuando hablabas de tu relación pasada, revivo mis enredos al intentar expresarte ideas camufladas, me niego a creer que te mostré mi lado quebradizo y que en el intento por reivindicarme hice cosas que nacieron románticas y murieron ridículas.
Alguien me hablaba de sus fracasos sentimentales y después de escucharlo, pensé en ti como la metáfora perfecta de la perversión, juré que cuando te viera te iba a decir… nada, que mis codicias golpeadas estaban lo suficientemente inconscientes como para querer entrevistarte.
Parece como si hablaras sobre las hazañas que hicieron genios del pasado y yo te estuviera hablando de los fracasos que tendrían los mentecatos del futuro. Todo apunta a que la protesta por mi llegada y la fiesta por mi ida, trascendieron hasta tu pelo, que cambió de forma para agobiar mis lisonjas, así, tu actitud de deidad fresca se transforma en una característica casual de fémina estereotipada.
Hoy observo más y hablo menos, pienso en la dignidad moral de tu decisión hecha de lejanías aturdidas, en mis falacias para hacerte ceder, en mis no-lugares contigo, en la devaluación prematura de mis locuciones y cómo compré acciones en caída libre tras un impulso bursátil cínico.
Las musas de las que hablé en la mañana danzan en mi pecho, los dioses enamorados murmuran sin parar, en mi memoria atardeces con la naturaleza confusa del calor que huye y el frío nuevo que saluda; la nostalgia no está permitida cuando los sentimientos son menospreciados, esto es, pensados y filtrados por la razón, que se llena de moral y culpa.
Alguien me pregunta por el amor, le digo que no sé qué es pero sé cuando pasa, que en lo fundamental, se necesita comprender las incomprensiones del otro para iniciar una relación, que no bastan intenciones sino hay arrojo.
Debo oír con atención las voces de aquello que pretende ser digno, eso que llaman rumores de anhelo, quiero dejar de pensar en tus reflexiones sobre la “tele-apatía”, o tus preguntas retóricas, supongo que no has tenido tiempo de borrar tu condición de tener sangre fría… creo que debes estar ocupada contando tus leyendas nómadas y yo, haré lo que me corresponde: me ocuparé de representar mis mitos sedentarios.
Solipsismo es mi palabra de salvación… es un concepto comodín que se ajusta a formas inusuales, una angustia ególatra que se sabe indecente, se presenta elegante y cree ser importante... ¡ah! y suspuestamente es defensora de los hombres.
jueves 8 de octubre de 2009
VILIPENDIOS SUBTERRÁNEOS
Tuve pánico. Una especie de vértigo en el que todo parecía acusarme de su olvido, una picazón en el pecho que se mezclaba con una melancolía adicta a ella; todo me parecía imposible, inviable, su falta de definición me había puesto en el lugar incómodo de aquel perdedor innato, ni sus cantos de juglaría, ni sus angulosas facciones, podrían devolverme la confianza que se había refundido en sus pestañas escuetas.
Aprendí a venerar su silencio, me hice amigo de la señora que me contestaba “Sistema correo de voz”, le contaba esa travesía de amor y el desencanto de la inadvertencia, ella, la señora, me escuchaba, pero su guión no le permitía decir nada más allá de “(…) Tendrá cobro a partir de este momento”.
Cuando ella (la cruel) y yo (el estúpido) hablábamos, yo recaía en soliloquios cursis, ella, sonreía tras un trago amargo de disgusto, era evidente que no se conectaba con lo que le decía, también era evidente que mis esperanzas de que todo fuese una negación de su parte, se diluían en sus constantes desaires, que aún hoy extraño.
Y es que sus palabras ya no eran parte de un sistema preconfigurado, sino se convertían en una permanente enunciación de imposibilidad, entonces yo le quería detener, pero ella era como un medio eternamente móvil y cambiante de la comunicación dialógica, que nunca poseía una sola conciencia ni una sola voz… como diría aquel que apodaban Vorochilov.
De repente me hallaba en un patético discurso monológico, enfrentado a la intención de explicarle que haría lo que mi temor me permitiera, que si era necesario aceptaría contratos absurdos que implicaban cuarentenas de contacto, limitaciones de expresión y hasta indecencias reprimidas.
Cavilaba en mi propia exigencia de apartarme de su presencia forzada, pero siempre era precavido y entraba a su recuerdo caminando en puntas para no despertar su ausencia fácil, procuraba hablarle con dobles negaciones, para reafirmarle su barbarie emotiva, le enviaba anónimos reconocidos, mimos parlanchines y dolores masoquistas.
Quizá le robaba inspiraciones a otros, pues las mías no cumplían con los requerimientos de sus géneros discursivos, adornaba con notas tropicales mensajes recónditos llenos de esperanza pero vacíos de tolerancia; y ella, me respondía con limosnas sentimentales... se rehusaba a hablar, de tal modo cuando la emocionaba una de mis bufonerías, se sonreía y utilizaba el arma tóxica de la mudez. Pero no todo era afonía, pues mi fama como una plegaría había hecho eco, por ello, hasta su madre quería conocer a aquel adulador profesional, sus amigas se enternecían con mis letras, sus amigos le contaban de mi estado de letargo constante, todos sabían, como una campaña masiva, como una composición conjunta que terminaría en una polifonía huérfana, siempre desmenuzada por su situación de parodia.
Una vez más el miedo me acompañaba, me observaba con resignación y prendía cigarrillos con frecuencia chocante, fumaba con lentitud al lado de la ventana, de vez en cuando miraba al horizonte y soltaba suspiros de impaciencia llenos de humo y amargura ajena (por él) y propia (por mí).
Eso de sentirme perplejo ya era un elemento cotidiano, y cuando me llegaba el sueño sólo era capaz de imaginar, que quizá debajo de su apartamento alquilarían uno, entonces soñaba con oír sus pasos en mi techo, dibujar sus ritmos, saber de sus quietudes, sentir como se duchaba en las mañanas y dormía en exceso los domingos, esconderme en aquel subsuelo, como una obsesión locativa subterránea, era mi más grande punto de identidad.
Pero al escucharla de verdad, retrocedía un metro de autoestima con respecto a los centímetros de fortaleza que había avanzado, su presencia era un talismán maldito, que me protegía de ella misma, pero, tenía el daño colateral de generarme la certeza de que en ella podría encontrarme.
“¿Por qué no subiste?” preguntó en tono tierno, después de que le había enviado una misiva melódica con algún proxeneta romántico, “Pero si me dijiste que no te hablara” le dije, casi con indignación, entonces volvía a arroparse con silencio, “Después hablamos, quizá mañana”, terminaba diciendo, y yo, con la desazón de sus malintencionados puntos suspensivos, asentía con la cabeza y antes de que colgara le alcanzaba a decir un dramático “Como quieras”.
Mis amigos se burlaban, no reconocían en mí a aquel vendedor seguro de halagos y más bien veían a un simple expendedor de malicias, a un decadente y sensiblero prestamista de inquietudes.
Prefiero evitar el tema. Cuando me amenaza su recuerdo, hago cosas para disimular mi posible recaída, arreglo los muebles que no necesitan reparación, limpio los vidrios varias veces... pero es justo ahí, en el momento cualquiera, cuando vuelve a mi mente aquella recurrencia de vivir debajo de ella y siento que su piso es mi techo... (me autoanalizo y me doy pena con este complejo de inferioridad), entonces sé, que ella no es un simple recuerdo, que no es una frustración, que no es una obsesión, sé, que ella es mi magnánima palabra no pronunciada.
Aprendí a venerar su silencio, me hice amigo de la señora que me contestaba “Sistema correo de voz”, le contaba esa travesía de amor y el desencanto de la inadvertencia, ella, la señora, me escuchaba, pero su guión no le permitía decir nada más allá de “(…) Tendrá cobro a partir de este momento”.
Cuando ella (la cruel) y yo (el estúpido) hablábamos, yo recaía en soliloquios cursis, ella, sonreía tras un trago amargo de disgusto, era evidente que no se conectaba con lo que le decía, también era evidente que mis esperanzas de que todo fuese una negación de su parte, se diluían en sus constantes desaires, que aún hoy extraño.
Y es que sus palabras ya no eran parte de un sistema preconfigurado, sino se convertían en una permanente enunciación de imposibilidad, entonces yo le quería detener, pero ella era como un medio eternamente móvil y cambiante de la comunicación dialógica, que nunca poseía una sola conciencia ni una sola voz… como diría aquel que apodaban Vorochilov.
De repente me hallaba en un patético discurso monológico, enfrentado a la intención de explicarle que haría lo que mi temor me permitiera, que si era necesario aceptaría contratos absurdos que implicaban cuarentenas de contacto, limitaciones de expresión y hasta indecencias reprimidas.
Cavilaba en mi propia exigencia de apartarme de su presencia forzada, pero siempre era precavido y entraba a su recuerdo caminando en puntas para no despertar su ausencia fácil, procuraba hablarle con dobles negaciones, para reafirmarle su barbarie emotiva, le enviaba anónimos reconocidos, mimos parlanchines y dolores masoquistas.
Quizá le robaba inspiraciones a otros, pues las mías no cumplían con los requerimientos de sus géneros discursivos, adornaba con notas tropicales mensajes recónditos llenos de esperanza pero vacíos de tolerancia; y ella, me respondía con limosnas sentimentales... se rehusaba a hablar, de tal modo cuando la emocionaba una de mis bufonerías, se sonreía y utilizaba el arma tóxica de la mudez. Pero no todo era afonía, pues mi fama como una plegaría había hecho eco, por ello, hasta su madre quería conocer a aquel adulador profesional, sus amigas se enternecían con mis letras, sus amigos le contaban de mi estado de letargo constante, todos sabían, como una campaña masiva, como una composición conjunta que terminaría en una polifonía huérfana, siempre desmenuzada por su situación de parodia.
Una vez más el miedo me acompañaba, me observaba con resignación y prendía cigarrillos con frecuencia chocante, fumaba con lentitud al lado de la ventana, de vez en cuando miraba al horizonte y soltaba suspiros de impaciencia llenos de humo y amargura ajena (por él) y propia (por mí).
Eso de sentirme perplejo ya era un elemento cotidiano, y cuando me llegaba el sueño sólo era capaz de imaginar, que quizá debajo de su apartamento alquilarían uno, entonces soñaba con oír sus pasos en mi techo, dibujar sus ritmos, saber de sus quietudes, sentir como se duchaba en las mañanas y dormía en exceso los domingos, esconderme en aquel subsuelo, como una obsesión locativa subterránea, era mi más grande punto de identidad.
Pero al escucharla de verdad, retrocedía un metro de autoestima con respecto a los centímetros de fortaleza que había avanzado, su presencia era un talismán maldito, que me protegía de ella misma, pero, tenía el daño colateral de generarme la certeza de que en ella podría encontrarme.
“¿Por qué no subiste?” preguntó en tono tierno, después de que le había enviado una misiva melódica con algún proxeneta romántico, “Pero si me dijiste que no te hablara” le dije, casi con indignación, entonces volvía a arroparse con silencio, “Después hablamos, quizá mañana”, terminaba diciendo, y yo, con la desazón de sus malintencionados puntos suspensivos, asentía con la cabeza y antes de que colgara le alcanzaba a decir un dramático “Como quieras”.
Mis amigos se burlaban, no reconocían en mí a aquel vendedor seguro de halagos y más bien veían a un simple expendedor de malicias, a un decadente y sensiblero prestamista de inquietudes.
Prefiero evitar el tema. Cuando me amenaza su recuerdo, hago cosas para disimular mi posible recaída, arreglo los muebles que no necesitan reparación, limpio los vidrios varias veces... pero es justo ahí, en el momento cualquiera, cuando vuelve a mi mente aquella recurrencia de vivir debajo de ella y siento que su piso es mi techo... (me autoanalizo y me doy pena con este complejo de inferioridad), entonces sé, que ella no es un simple recuerdo, que no es una frustración, que no es una obsesión, sé, que ella es mi magnánima palabra no pronunciada.
miércoles 30 de septiembre de 2009
DEL ORIGEN DEL SILENCIO (PIEZA TEATRAL)
Se ven a lo lejos edificios, tres pasajeros van en un vehículo de servicio público, el conductor se detiene, uno se baja y recorre el lugar dando tiempo a que los otros dos dialoguen.
Personaje 1:
Con ojos vivaces, pelo ensortijado y piel tersa. De espíritu pusilánime, energía fascinante y llena de maldita coherencia.
Personaje 2:
Hipnotizado por la belleza del personaje 1. Con tintes de paranoico, burlón, con verborragia profunda y afasia emotiva.
Personaje 3:
Callado, compinche del personaje 2, analítico, de contextura mediana y con memoria prodigiosa.
CORO: tres hombres y tres mujeres disfrazados de edificios.
Se sube el telón.
ESCENA ÚNICA:
Es el frente de un conjunto residencial, al fondo hay una portería y un garaje. El vehículo frena y sale de el un personaje, mira para todos lados, se evidencia que quiere ganar tiempo (gastar tiempo), patea piedras, silba…
CORO:
"El silencio, el silencio canto inerte, canto ausente…"
Personaje 3:
“Qué noche más bella, todo parece querer hablarme, las estrellas que parpadean y esas piedras… y la luna, consejera cruel de insomnios… (Y sigue hablando en voz baja)
Personaje 1:
(Está sentada al lado de la puerta y quiere salir) “Bueno, ya llegamos, gracias por todo (sin mirar al personaje 2) ¿Te doy algo para ayuda del taxi?”
Personaje 2:
Sale del taxi rápidamente y da la vuelta, le da la mano cortesmente al personaje 1 y disimulando sus emociones, hace un gesto de rechazo) “No, pero antes de que te vayas, quisiera decirte algunas cosas…”
Personaje 1:
(Tose un poco y lo mira enternecida… casi de manera lastimera y se oye una voz que se entiende por el pensamiento de ella) VOZ: “Pobre, yo sólo quería flirtear un poco y ahora supongo que va a utilizar sus argumentos rebuscados, se nota que le gusta repetir historias”
CORO:
"La pérdida de tiempo, insolencia del novato, Dioses gritan: Miserable... hable, hable"
Personaje 3:
(Mirando a la pareja que habla) “¿Acaso ella no le dijo que no le molestaba…? La recuerdo con su cara afilada diciendo” (IMITA LA VOZ DE ELLA) “Mira personaje 2, si me molestaras ya te hubiera dicho… no me llames” (mirando al público) “¿Acaso esto es la cruel incongruencia de la Juventud o el anonimato del arrojo? “¡OH! sino traidor…”
Personaje 1:
(Mirando el reloj y moviendo la pierna derecha compulsivamente, dando un claro mensaje de ansiedad) “¡Qué tarde es!”
Personaje 2:
(Con cierta timidez)“Algún día quisiera invitarte un café, a hablar, ¿Te puedo recoger? No sé, dime, es que hago lo posible para buscar coincidencias…”
CORO:
"Coincidir, coincidir… del latín Coincidere “caer juntamente”… Te pido, te pido: No seas estúpido."
Personaje 1:
(Con actitud evasiva) “Mira, debo leer 2 libros, estoy muy ocupada, gracias de todas formas, mira igual, te llamo a las 8:00 pm de mañana, para ver si acaso, cabe la remota posibilidad, de que de pronto, tal vez, nos veamos, es claro que esto no es un condicional, sino un determinante… ¿no?”
Personaje 3:
(Simulando puñaladas en el pecho) “¡Oh! Y ahora quién podrá ayudarme” "No.. ese no es el libreto"(Saca unos papeles del bolsillo) (Simulando otra vez puñaladas en el pecho) “¡Oh! Dulce encanto del desamor que se vuelve terquedad y torpeza, escúchala buen señor” “Un momento, ella nunca le ha dicho nada, todo es un espejismo”
CORO:
“Verdad y Reflejo… jojojó, Aquel cuello no te pasará por tu boca… cacacá
Personaje 2:
“Que descanses” (mirando con resignación al personaje 1)
Personaje 1:
Sonríe irónicamente. (Se ecucha la voz: ¿Qué crees que por cinco frasecitas ridículas te daré un acercamiento? ¿En serio piensas que tus argumentos de perogrullo me harán ceder?
CORO:
“UYYY…”
Personaje 3:
(Aparece con una camisa de fuerza y gritando, se ríe muy fuerte) “La locura del amor, se cura con amor, el cariño es como un niño que busca calor” “Esperad malditos demonios, no me llevéis a tu olvido, dejadme disfrutar de su olor, de sus manos acuosas, de sus imágenes… dejadme vencer”
CORO:
“Locura profunda que cobija, arremete sin pudor a los débiles y embriaga de poder a los fuertes.” "Verso perverso..."
(Los personajes 1 y 2 se alejan del taxi y caminan hacia el personaje 3)
(TODOS QUEDAN COMO ESTATUAS)
Personaje 2:
(De rodillas frente al personaje 1) “Descansa… y deseo que las olas no toquen tu puerto, para evitar el complejo de tu silencio… pero (con tristeza profunda) ¿Sabes? También me encanta tu silencio..."
CORO:
"Que se calle, que se calle"
Personaje 3:
(Fumando y vestido de habitante de calle) “No… no le creo” “De su boca femenina y culta llena de trasposiciones por sus idiomas de perversión, salen palabras de ternura, que se confunden, palabras de aprobación y de negación, palabras ambiguas, palíndromos existenciales”
CORO:
"Estar contigo es estar solo dos veces… es la soledad al cuadrado"
Personaje 3
(Desnudo y gritando) “¡PLAGIO! Eso es un plagio”
El personaje 1 se aleja, el personaje 2 cubre al 3, lo abraza y lo hace subir al vehículo, se suben, cierra la puerta, el vehículo arranca y se baja la luz.
Aparece un mimo, (que es el mismo personaje 1, pero él (ella) no sabe quien es) tiene en la mano un espejo, se mira, se enfuerece y lo destroza contra el piso... camina hacia el fondo del escenario, despidiéndose con tristeza
Se baja el telón.
Personaje 1:
Con ojos vivaces, pelo ensortijado y piel tersa. De espíritu pusilánime, energía fascinante y llena de maldita coherencia.
Personaje 2:
Hipnotizado por la belleza del personaje 1. Con tintes de paranoico, burlón, con verborragia profunda y afasia emotiva.
Personaje 3:
Callado, compinche del personaje 2, analítico, de contextura mediana y con memoria prodigiosa.
CORO: tres hombres y tres mujeres disfrazados de edificios.
Se sube el telón.
ESCENA ÚNICA:
Es el frente de un conjunto residencial, al fondo hay una portería y un garaje. El vehículo frena y sale de el un personaje, mira para todos lados, se evidencia que quiere ganar tiempo (gastar tiempo), patea piedras, silba…
CORO:
"El silencio, el silencio canto inerte, canto ausente…"
Personaje 3:
“Qué noche más bella, todo parece querer hablarme, las estrellas que parpadean y esas piedras… y la luna, consejera cruel de insomnios… (Y sigue hablando en voz baja)
Personaje 1:
(Está sentada al lado de la puerta y quiere salir) “Bueno, ya llegamos, gracias por todo (sin mirar al personaje 2) ¿Te doy algo para ayuda del taxi?”
Personaje 2:
Sale del taxi rápidamente y da la vuelta, le da la mano cortesmente al personaje 1 y disimulando sus emociones, hace un gesto de rechazo) “No, pero antes de que te vayas, quisiera decirte algunas cosas…”
Personaje 1:
(Tose un poco y lo mira enternecida… casi de manera lastimera y se oye una voz que se entiende por el pensamiento de ella) VOZ: “Pobre, yo sólo quería flirtear un poco y ahora supongo que va a utilizar sus argumentos rebuscados, se nota que le gusta repetir historias”
CORO:
"La pérdida de tiempo, insolencia del novato, Dioses gritan: Miserable... hable, hable"
Personaje 3:
(Mirando a la pareja que habla) “¿Acaso ella no le dijo que no le molestaba…? La recuerdo con su cara afilada diciendo” (IMITA LA VOZ DE ELLA) “Mira personaje 2, si me molestaras ya te hubiera dicho… no me llames” (mirando al público) “¿Acaso esto es la cruel incongruencia de la Juventud o el anonimato del arrojo? “¡OH! sino traidor…”
Personaje 1:
(Mirando el reloj y moviendo la pierna derecha compulsivamente, dando un claro mensaje de ansiedad) “¡Qué tarde es!”
Personaje 2:
(Con cierta timidez)“Algún día quisiera invitarte un café, a hablar, ¿Te puedo recoger? No sé, dime, es que hago lo posible para buscar coincidencias…”
CORO:
"Coincidir, coincidir… del latín Coincidere “caer juntamente”… Te pido, te pido: No seas estúpido."
Personaje 1:
(Con actitud evasiva) “Mira, debo leer 2 libros, estoy muy ocupada, gracias de todas formas, mira igual, te llamo a las 8:00 pm de mañana, para ver si acaso, cabe la remota posibilidad, de que de pronto, tal vez, nos veamos, es claro que esto no es un condicional, sino un determinante… ¿no?”
Personaje 3:
(Simulando puñaladas en el pecho) “¡Oh! Y ahora quién podrá ayudarme” "No.. ese no es el libreto"(Saca unos papeles del bolsillo) (Simulando otra vez puñaladas en el pecho) “¡Oh! Dulce encanto del desamor que se vuelve terquedad y torpeza, escúchala buen señor” “Un momento, ella nunca le ha dicho nada, todo es un espejismo”
CORO:
“Verdad y Reflejo… jojojó, Aquel cuello no te pasará por tu boca… cacacá
Personaje 2:
“Que descanses” (mirando con resignación al personaje 1)
Personaje 1:
Sonríe irónicamente. (Se ecucha la voz: ¿Qué crees que por cinco frasecitas ridículas te daré un acercamiento? ¿En serio piensas que tus argumentos de perogrullo me harán ceder?
CORO:
“UYYY…”
Personaje 3:
(Aparece con una camisa de fuerza y gritando, se ríe muy fuerte) “La locura del amor, se cura con amor, el cariño es como un niño que busca calor” “Esperad malditos demonios, no me llevéis a tu olvido, dejadme disfrutar de su olor, de sus manos acuosas, de sus imágenes… dejadme vencer”
CORO:
“Locura profunda que cobija, arremete sin pudor a los débiles y embriaga de poder a los fuertes.” "Verso perverso..."
(Los personajes 1 y 2 se alejan del taxi y caminan hacia el personaje 3)
(TODOS QUEDAN COMO ESTATUAS)
Personaje 2:
(De rodillas frente al personaje 1) “Descansa… y deseo que las olas no toquen tu puerto, para evitar el complejo de tu silencio… pero (con tristeza profunda) ¿Sabes? También me encanta tu silencio..."
CORO:
"Que se calle, que se calle"
Personaje 3:
(Fumando y vestido de habitante de calle) “No… no le creo” “De su boca femenina y culta llena de trasposiciones por sus idiomas de perversión, salen palabras de ternura, que se confunden, palabras de aprobación y de negación, palabras ambiguas, palíndromos existenciales”
CORO:
"Estar contigo es estar solo dos veces… es la soledad al cuadrado"
Personaje 3
(Desnudo y gritando) “¡PLAGIO! Eso es un plagio”
El personaje 1 se aleja, el personaje 2 cubre al 3, lo abraza y lo hace subir al vehículo, se suben, cierra la puerta, el vehículo arranca y se baja la luz.
Aparece un mimo, (que es el mismo personaje 1, pero él (ella) no sabe quien es) tiene en la mano un espejo, se mira, se enfuerece y lo destroza contra el piso... camina hacia el fondo del escenario, despidiéndose con tristeza
Se baja el telón.
lunes 28 de septiembre de 2009
Y MÁS SOBRE ELLA (EJERCICIO MASOQUISTA)
Y me empezó un afán nunca antes visto. Quería escribirle sobre todo, sobre lo que sentía por ella, sus ojos profundos, sus cejas que me jodían la concentración, su olor tímido, quería contarle mis noches de desvelo pensando en posibilidades con ella, en fin, todo se reducía a gritarle que me encantaba y que haría lo posible por hacérselo saber.
Entonces le dibujé unas letras para cubrirle el rostro, me inventé unos párrafos para envolver su cuello, usé una metonimia para recorrer los huesos que bajaban hasta su pecho, le quise susurrar mentiras para descubrir las suyas, pero su displicencia en un juego maligno de psicología inversa, me apegaba a ella.
Era una bella muñeca con maledicencia progresiva, desconfiada y tiernamente violenta, fue incapaz de decirme que no la rondara, aceptaba a medias mis construcciones romanticonas y se solazaba con mis angustias de mi gusto, para ella injustificado, para mi narcótico.
Me convertí en un triste inspector privado, aclaro, privado de ella, que era el principal objetivo, fui un mendigo de su aprobación y ella que siempre era inconclusa, dejaba a mi pesar, la interpretación de sus palabras.
Confieso que buscaba excusas para llamarla: clima, hora impar, un niño que cantaba, cuando mi excusa era tan inaceptable, que ni yo mismo la toleraba, le tenía que hablar sobre lo que le había escrito, y ahí, ella, se envolvía de una razón imperturbable, me hacía implacables correcciones de forma, preguntas sobre los textos que ni yo como autor sabía responder, pero siempre, terminaba con una reflexión sobre la consabida “fuerte conexión emotiva”.
Un día la llevé a su casa, vivía tan lejos como era posible, en el recorrido, después de uno de mis constantes reclamos de adolescente confuso, sobre su maltrato perenne, me preguntó, con un tonito de madurez insolente, ¿Acaso crees que si no quisiera hablar contigo… no te lo haría saber?, eso es una maldita pregunta capciosa… Y era ella la que me acusaba de usar mi retórica…
Decidí escribir sobre su sonrisa, pero mi cara tensa no me lo permitía, quise decirle que detrás de esa boca se escondía el más soberano ejercicio de subversión, pues nunca pude saber si me aceptaba, me toleraba o simplemente escuchaba lo que le decía por saberse admirada.
Me gané su animadversión, cuando me veía, su rostro no podía disimular su desencanto, me daba la mano por obligación de protocolo y aquellos amables besitos cortos de saludo, se convirtieron en lejanas levantadas de ceja.
Me gané su afecto y en aquel café fingido me confesó que yo le gustaba pero que mi mundo era dificultoso, que tenía miedo de repetir los errores, que aún su alma, supuestamente sensible, era capaz de percibir lo real de lo simbólico.
Perdí su contacto; extraño su cabello brillante, su cuello largo, aquel lunar en el sitio indicado, sus manos maleables y su energía de hechicera joven, que se sabe con poderes, pero hasta ahora los empieza a descubrir.
Perdí su mirada nostálgica, que se convirtió en mensajes frente a un computador, en mensajes no enviados, en intenciones en borrador… ni sus músculos encogidos me salvarían, ni sus apuntes desordenados me sacarían del desespero de reconocerla.
Releo lo que acabo de escribir y presiento una extraña ausencia de mí mismo, es como un nuevo personaje que intenta hablarme, que hace sugerencias al margen, que secretea con sus amigos de infancia, que opina sobre lo que no le corresponde, un insolente enamorado, un impaciente adorno sentimental. Lo intento identificar, quizá es el hambre de piel, disfrazado de trascendente, pero es hábil y me responde igual que ella, con eufemismos y evasivas; quizá ese nuevo inquilino es una frustración que se disfraza de lingüista, al atacarlo, me responde igual que ella, con un talento especial para dejar marcas; o quizá es un viejo mago que ha venido a avisarme sobre la presencia estupenda de ella, y al preguntarle sobre esa tesis, se transforma, se convierte y como en un sueño, no deja ver su rostro… pero sé de quien se trata.
Observaciones de ella: (para justificarme ante el lector) El presente texto es carente de hilo, pero abundante de hilaridad (ironía)… la ilación es paupérrima… sin embargo no puedo decirte nada por aquello de la fuerte conexión emotiva.
Entonces le dibujé unas letras para cubrirle el rostro, me inventé unos párrafos para envolver su cuello, usé una metonimia para recorrer los huesos que bajaban hasta su pecho, le quise susurrar mentiras para descubrir las suyas, pero su displicencia en un juego maligno de psicología inversa, me apegaba a ella.
Era una bella muñeca con maledicencia progresiva, desconfiada y tiernamente violenta, fue incapaz de decirme que no la rondara, aceptaba a medias mis construcciones romanticonas y se solazaba con mis angustias de mi gusto, para ella injustificado, para mi narcótico.
Me convertí en un triste inspector privado, aclaro, privado de ella, que era el principal objetivo, fui un mendigo de su aprobación y ella que siempre era inconclusa, dejaba a mi pesar, la interpretación de sus palabras.
Confieso que buscaba excusas para llamarla: clima, hora impar, un niño que cantaba, cuando mi excusa era tan inaceptable, que ni yo mismo la toleraba, le tenía que hablar sobre lo que le había escrito, y ahí, ella, se envolvía de una razón imperturbable, me hacía implacables correcciones de forma, preguntas sobre los textos que ni yo como autor sabía responder, pero siempre, terminaba con una reflexión sobre la consabida “fuerte conexión emotiva”.
Un día la llevé a su casa, vivía tan lejos como era posible, en el recorrido, después de uno de mis constantes reclamos de adolescente confuso, sobre su maltrato perenne, me preguntó, con un tonito de madurez insolente, ¿Acaso crees que si no quisiera hablar contigo… no te lo haría saber?, eso es una maldita pregunta capciosa… Y era ella la que me acusaba de usar mi retórica…
Decidí escribir sobre su sonrisa, pero mi cara tensa no me lo permitía, quise decirle que detrás de esa boca se escondía el más soberano ejercicio de subversión, pues nunca pude saber si me aceptaba, me toleraba o simplemente escuchaba lo que le decía por saberse admirada.
Me gané su animadversión, cuando me veía, su rostro no podía disimular su desencanto, me daba la mano por obligación de protocolo y aquellos amables besitos cortos de saludo, se convirtieron en lejanas levantadas de ceja.
Me gané su afecto y en aquel café fingido me confesó que yo le gustaba pero que mi mundo era dificultoso, que tenía miedo de repetir los errores, que aún su alma, supuestamente sensible, era capaz de percibir lo real de lo simbólico.
Perdí su contacto; extraño su cabello brillante, su cuello largo, aquel lunar en el sitio indicado, sus manos maleables y su energía de hechicera joven, que se sabe con poderes, pero hasta ahora los empieza a descubrir.
Perdí su mirada nostálgica, que se convirtió en mensajes frente a un computador, en mensajes no enviados, en intenciones en borrador… ni sus músculos encogidos me salvarían, ni sus apuntes desordenados me sacarían del desespero de reconocerla.
Releo lo que acabo de escribir y presiento una extraña ausencia de mí mismo, es como un nuevo personaje que intenta hablarme, que hace sugerencias al margen, que secretea con sus amigos de infancia, que opina sobre lo que no le corresponde, un insolente enamorado, un impaciente adorno sentimental. Lo intento identificar, quizá es el hambre de piel, disfrazado de trascendente, pero es hábil y me responde igual que ella, con eufemismos y evasivas; quizá ese nuevo inquilino es una frustración que se disfraza de lingüista, al atacarlo, me responde igual que ella, con un talento especial para dejar marcas; o quizá es un viejo mago que ha venido a avisarme sobre la presencia estupenda de ella, y al preguntarle sobre esa tesis, se transforma, se convierte y como en un sueño, no deja ver su rostro… pero sé de quien se trata.
Observaciones de ella: (para justificarme ante el lector) El presente texto es carente de hilo, pero abundante de hilaridad (ironía)… la ilación es paupérrima… sin embargo no puedo decirte nada por aquello de la fuerte conexión emotiva.
lunes 21 de septiembre de 2009
INASIBILIDADES DE UN AMOR MAGISTERIAL O SEIS MANERAS DE POSEERTE
"¿Alguna vez te has enamorado de una maestra?" Me preguntó con voz firme mientras sus ojos curiosos observaban mis gestos. Suspiré, era uno de esos recuerdos al que no quería volver o una tribulación inicua (no inocua) que no quería parir.
Ella era delicada y de naturaleza celestial, su nombre ratificaba esa esencia divina rodeada de detalles bonitos. Su estirpe venía de la monumental Salamanca, quizá por ello, su energía era reconfortante, como una indicación de insistencia que se convertía en un permanente clamor de recuerdo. De insuperables ojos, frente redonda, nariz afilada y boca provocativa. Era de esas personas, que nunca ves en una posición errónea; ella podía estar en medio de una revuelta, en la mitad de un desierto o montando a caballo, pero siempre lucía perfecta, nunca la vi por fuera de lo correcto. Quizá me gustó su sonrisa fácil o su pelo negro de rizos saltarines que dejaba ver tras adornos en la cabeza.
Pero no era su piel seductora, ni sus curvas, tan insinuantes como su comunicación no verbal; era su timidez sensible, su romanticismo notorio y su personalidad magnética, lo que hacía que me derritiera ante ella. Sé que tenía un contexto familiar difícil, pero a pesar de los problemas se comunicaba con su padre frecuentemente y le hablaba con una calidez envidiable, lo consentía y le decía palabras que acariciaban los oídos.
Yo la veía a lejos con el respeto que me producía, le tocaba su pelo con disimulo, le robaba su olor, me suspendía en su sonrisa y de vez en cuando le proponía temas que le retaban su inteligencia. Hablaba francés cambiando un poco el rostro, no sé de donde le brotaba una convicción en sí misma, era como si la honestidad le calzara a la perfección, sabía adaptarse y autorefutarse. Si algo me enseñó es que siempre se pueden ver los argumentos de varios lados y como buena maestra, era capaz de aprender de todos. Su moderación era desesperante, refinada hasta para escupir (aclaro que nunca lo hacía) y con un idealismo que transmitía cada vez que respiraba. A veces la podías ver sola, como reflexionando sobre la existencia, con una sonrisa de aprobación de yo no se qué.
Supe que para intentar conquistarla, debía llevarla a algún sitio fantástico. Mientras los demás se admiraban en aquel museo místico, ella me indicó que mirara un bicho sobre una hoja, era impredecible, era tan emocional que mis palabras le hacían brillar sus ojos, como recuerdo de dolor, como vestigio de la angustia de ese, que yo no conocía, pero estaba seguro que aún la buscaba.
Siento que era dominante, pero ejercía sus potestades de un modo fascinante y adictivo, tenía un hálito de compromiso con todo, que me emocionaba. Su versatilidad y la mía eran lo más compatible. Me ufanaba de ser seguro, ella lo era, sin embargo, esa mezcla de posturas nos permitiría un punto de contacto.
Me confesó que su espíritu era hedonista y le gustaba hacerse desear, era agudísima descubriendo los defectos de los demás que se confundían con sus aires de suficiencia.
Le regalé seis pulseras de colores, dándomelas de místico y en la comprensión de que el número seis representa la fuerza divina, quise decirle que ella era verdad y reflejo, que la sentía profunda en lo profundo. Seis pulseras para que supiera que me tenía colgando en sus manos, seis excusas para besarla, topografiarla, seis indecencias superlativas... Pero su calidad existencial era mi principal obstáculo.
Nunca pasó nada, más allá de mi saliva cuando la veía y mis ganas de abrazarla y de que me consintiera como ella sabía hacerlo; un día le besé la mano en un acto patético de galantería caballeresca, un día le hable de figuras retóricas, adjetivos extraños y un día sentí su dolor.
¿Has amado alguna vez? -Me preguntó después de escuchar este intento de diatriba- de nuevo y esta vez con el alma inconclusa, suspiré más hondo. Hay dos respuestas, una políticamente correcta y la otra que es más un simulacro poético. ¿Cuál prefieres?
-La segunda- susurró tras una pausa cómplice.
El amor se cruza con los intereses y el futuro nos da la esperanza, las ansias te obligan a sentir y los pensamientos a olvidar... cada vez que pienso en ella, se desacomoda algún cimiento de lo que soy, por todo eso, creo que me acercaré con mi frustrado número seis, creo que seguiré hablando de denominaciones materiales, mientras imagino sus lugares oscuros, y entre tanto me burlo de aquel que bebe deseo en español y "mea culpa" en latín.
-Veo- dijo, me miró impasible, y su cara tuvo aquella transformación políglota...
-Au revoir- (sang-froid)
Ella era delicada y de naturaleza celestial, su nombre ratificaba esa esencia divina rodeada de detalles bonitos. Su estirpe venía de la monumental Salamanca, quizá por ello, su energía era reconfortante, como una indicación de insistencia que se convertía en un permanente clamor de recuerdo. De insuperables ojos, frente redonda, nariz afilada y boca provocativa. Era de esas personas, que nunca ves en una posición errónea; ella podía estar en medio de una revuelta, en la mitad de un desierto o montando a caballo, pero siempre lucía perfecta, nunca la vi por fuera de lo correcto. Quizá me gustó su sonrisa fácil o su pelo negro de rizos saltarines que dejaba ver tras adornos en la cabeza.
Pero no era su piel seductora, ni sus curvas, tan insinuantes como su comunicación no verbal; era su timidez sensible, su romanticismo notorio y su personalidad magnética, lo que hacía que me derritiera ante ella. Sé que tenía un contexto familiar difícil, pero a pesar de los problemas se comunicaba con su padre frecuentemente y le hablaba con una calidez envidiable, lo consentía y le decía palabras que acariciaban los oídos.
Yo la veía a lejos con el respeto que me producía, le tocaba su pelo con disimulo, le robaba su olor, me suspendía en su sonrisa y de vez en cuando le proponía temas que le retaban su inteligencia. Hablaba francés cambiando un poco el rostro, no sé de donde le brotaba una convicción en sí misma, era como si la honestidad le calzara a la perfección, sabía adaptarse y autorefutarse. Si algo me enseñó es que siempre se pueden ver los argumentos de varios lados y como buena maestra, era capaz de aprender de todos. Su moderación era desesperante, refinada hasta para escupir (aclaro que nunca lo hacía) y con un idealismo que transmitía cada vez que respiraba. A veces la podías ver sola, como reflexionando sobre la existencia, con una sonrisa de aprobación de yo no se qué.
Supe que para intentar conquistarla, debía llevarla a algún sitio fantástico. Mientras los demás se admiraban en aquel museo místico, ella me indicó que mirara un bicho sobre una hoja, era impredecible, era tan emocional que mis palabras le hacían brillar sus ojos, como recuerdo de dolor, como vestigio de la angustia de ese, que yo no conocía, pero estaba seguro que aún la buscaba.
Siento que era dominante, pero ejercía sus potestades de un modo fascinante y adictivo, tenía un hálito de compromiso con todo, que me emocionaba. Su versatilidad y la mía eran lo más compatible. Me ufanaba de ser seguro, ella lo era, sin embargo, esa mezcla de posturas nos permitiría un punto de contacto.
Me confesó que su espíritu era hedonista y le gustaba hacerse desear, era agudísima descubriendo los defectos de los demás que se confundían con sus aires de suficiencia.
Le regalé seis pulseras de colores, dándomelas de místico y en la comprensión de que el número seis representa la fuerza divina, quise decirle que ella era verdad y reflejo, que la sentía profunda en lo profundo. Seis pulseras para que supiera que me tenía colgando en sus manos, seis excusas para besarla, topografiarla, seis indecencias superlativas... Pero su calidad existencial era mi principal obstáculo.
Nunca pasó nada, más allá de mi saliva cuando la veía y mis ganas de abrazarla y de que me consintiera como ella sabía hacerlo; un día le besé la mano en un acto patético de galantería caballeresca, un día le hable de figuras retóricas, adjetivos extraños y un día sentí su dolor.
¿Has amado alguna vez? -Me preguntó después de escuchar este intento de diatriba- de nuevo y esta vez con el alma inconclusa, suspiré más hondo. Hay dos respuestas, una políticamente correcta y la otra que es más un simulacro poético. ¿Cuál prefieres?
-La segunda- susurró tras una pausa cómplice.
El amor se cruza con los intereses y el futuro nos da la esperanza, las ansias te obligan a sentir y los pensamientos a olvidar... cada vez que pienso en ella, se desacomoda algún cimiento de lo que soy, por todo eso, creo que me acercaré con mi frustrado número seis, creo que seguiré hablando de denominaciones materiales, mientras imagino sus lugares oscuros, y entre tanto me burlo de aquel que bebe deseo en español y "mea culpa" en latín.
-Veo- dijo, me miró impasible, y su cara tuvo aquella transformación políglota...
-Au revoir- (sang-froid)
martes 15 de septiembre de 2009
ESO ESTABA PENSANDO...
Los días ingenuos se estrellaban en su cabeza, pero la paciencia del cazador que tiene una sola bala, le hacía esperar por aquella promesa del beso entre los poros; sus ojos cansados de mirar al horizonte desenfocaban el punto exacto por el que ella habría de llegar.
Él tenía un suspirar denso por los millares de cigarrillos que había besado o quizá por los suspiros de ausencia o talvez, por la ironía que habitaba en su lengua; así su experiencia vital lo convertía en un fatigado y taciturno observador, en un cobarde que acariciaba la quietud y calentaba sus comidas con la obsesión de existir.
Los secretos lo merodeaban, las traiciones esperaban su turno para atacarlo otra vez, la indignación con su cansancio lo hacía vociferar plegarias malignas; su piel de décadas lujuriosas informaba que la búsqueda del hastío era el principio de la esclavitud.
Siempre se divertía y en esa experiencia permanente había relegado a los demás, era un pobre con egoismo mediocre que hoy por primera vez se sintió solo, universalmente solitario, sin ella y sus chistes malos, sin su olor, sin sus miedos que él había apropiado abusivamente.
Nada lo emocionaba, ni aquellos alegres colores infantiles o las fastidiosas luces navideñas; lo alteraba la alegría esporádica de algunos y esa miseria permanente de otros, pero nada pasaba como importante, lo que entraba por sus sentidos se inscribía en un marco nebuloso muy parecido al asco.
Ella lo había rescatado de sí mismo, con un saquito rojo y sus ojos grandes, con su pelo brillante y su trato respetuoso, con su presencia elegante y letal lo hizo ir hasta sus mares de niño, lo hizo buscar nuevas palabras para que le narrara el mundo... es que ella lo escuchaba.
En algún desierto de sus días la conoció, en un momento inapropiado (en realidad con él todos los momentos eran inapropiados), en aquellas jaulas herméticas elevadizas de un viejo edificio, tenía que ir al piso 7, así que escupió un saludo e indicó al anciano ascensorista el número de destino. Estaba en el sótano y al llegar al primer piso, ella entró radiante saludando con un beso maternal a aquel vejete.
Por su energía oscura él no era bien recibido, quizá era la razón de la cara tensa de Manuel, que llevaba allí tantos años como aquel edificio, eran insoportables sus historias sobre la fundación del predio y de cómo había conocido y compartido con el Señor Gómez, el arquitecto y dueño, fenecido ya hace 32 años.
Después de aquel beso fraterno entre la bella dama y Manuel, la pareja hizo cometarios sobre él. "Es raro pero lindo" dijo ella en voz baja y sin voltear a mirar, enseguida dijo Manuel en un volumen mayor: "Lo que sé es que aquí,(señalando hacia el techo con el dedo índice) el único re-elevante soy yo" Y los dos soltaron una carcajada insolente ante soberano apunte.
Piso 7. Al pasar por su lado el aroma de fémina lúbrica le alertó los instintos, ellos dos se seguían riendo de la re-elevancia de Manuel y en la última imagen que permitió la puerta automática al cerrarse, él quedó herido por ese maldito color inolvidable de sus ojos.
Nunca más tomaría un ascensor por miedo a los comentarios y el fastidio de la dicha ajena, siempre iría por las escaleras oscuras con su encanto de indecencia ortodoxa, nunca más la volvería a ver tomar café, consumir productos light o comprar ropa costosa.
Un parpadeo y se presenta la realidad cruel, se encuentra en un segundo piso mirando sin mirar. Una calamidad anunciada es justo lo que espera, pero el destino se expande como un buen masoquista, el dolor aumenta y los analgésicos son mentales pero los espasmos no.
Él quisiera verla, pero ella que siempre supo que él se sentía menos, ya no estaba dispuesta a discutir cosas de locos; él rogaría por extrañarla, pero su ego le indica que ese es el camino equivocado, él desearía perdonarla, pero las culpas y la rabia cuando se mezclan con el olvido obligado se vuelven frustraciones permanentes... él lloraría por amarla, pero ni las pataletas de niña que lo llevaban a mordisquear la ternura, podrían salvar el desencanto de saber que sólo se existe cuando es pertinente hacerlo, de resto todo puede ser un estorbo.
Otra vez mira hacia el punto exacto, aquel sitio en el que asume que ella ha de volver, pero llueve afuera, pero hace sol afuera, pero hace viento afuera, pero afuera es demasiado afuera.
Él tenía un suspirar denso por los millares de cigarrillos que había besado o quizá por los suspiros de ausencia o talvez, por la ironía que habitaba en su lengua; así su experiencia vital lo convertía en un fatigado y taciturno observador, en un cobarde que acariciaba la quietud y calentaba sus comidas con la obsesión de existir.
Los secretos lo merodeaban, las traiciones esperaban su turno para atacarlo otra vez, la indignación con su cansancio lo hacía vociferar plegarias malignas; su piel de décadas lujuriosas informaba que la búsqueda del hastío era el principio de la esclavitud.
Siempre se divertía y en esa experiencia permanente había relegado a los demás, era un pobre con egoismo mediocre que hoy por primera vez se sintió solo, universalmente solitario, sin ella y sus chistes malos, sin su olor, sin sus miedos que él había apropiado abusivamente.
Nada lo emocionaba, ni aquellos alegres colores infantiles o las fastidiosas luces navideñas; lo alteraba la alegría esporádica de algunos y esa miseria permanente de otros, pero nada pasaba como importante, lo que entraba por sus sentidos se inscribía en un marco nebuloso muy parecido al asco.
Ella lo había rescatado de sí mismo, con un saquito rojo y sus ojos grandes, con su pelo brillante y su trato respetuoso, con su presencia elegante y letal lo hizo ir hasta sus mares de niño, lo hizo buscar nuevas palabras para que le narrara el mundo... es que ella lo escuchaba.
En algún desierto de sus días la conoció, en un momento inapropiado (en realidad con él todos los momentos eran inapropiados), en aquellas jaulas herméticas elevadizas de un viejo edificio, tenía que ir al piso 7, así que escupió un saludo e indicó al anciano ascensorista el número de destino. Estaba en el sótano y al llegar al primer piso, ella entró radiante saludando con un beso maternal a aquel vejete.
Por su energía oscura él no era bien recibido, quizá era la razón de la cara tensa de Manuel, que llevaba allí tantos años como aquel edificio, eran insoportables sus historias sobre la fundación del predio y de cómo había conocido y compartido con el Señor Gómez, el arquitecto y dueño, fenecido ya hace 32 años.
Después de aquel beso fraterno entre la bella dama y Manuel, la pareja hizo cometarios sobre él. "Es raro pero lindo" dijo ella en voz baja y sin voltear a mirar, enseguida dijo Manuel en un volumen mayor: "Lo que sé es que aquí,(señalando hacia el techo con el dedo índice) el único re-elevante soy yo" Y los dos soltaron una carcajada insolente ante soberano apunte.
Piso 7. Al pasar por su lado el aroma de fémina lúbrica le alertó los instintos, ellos dos se seguían riendo de la re-elevancia de Manuel y en la última imagen que permitió la puerta automática al cerrarse, él quedó herido por ese maldito color inolvidable de sus ojos.
Nunca más tomaría un ascensor por miedo a los comentarios y el fastidio de la dicha ajena, siempre iría por las escaleras oscuras con su encanto de indecencia ortodoxa, nunca más la volvería a ver tomar café, consumir productos light o comprar ropa costosa.
Un parpadeo y se presenta la realidad cruel, se encuentra en un segundo piso mirando sin mirar. Una calamidad anunciada es justo lo que espera, pero el destino se expande como un buen masoquista, el dolor aumenta y los analgésicos son mentales pero los espasmos no.
Él quisiera verla, pero ella que siempre supo que él se sentía menos, ya no estaba dispuesta a discutir cosas de locos; él rogaría por extrañarla, pero su ego le indica que ese es el camino equivocado, él desearía perdonarla, pero las culpas y la rabia cuando se mezclan con el olvido obligado se vuelven frustraciones permanentes... él lloraría por amarla, pero ni las pataletas de niña que lo llevaban a mordisquear la ternura, podrían salvar el desencanto de saber que sólo se existe cuando es pertinente hacerlo, de resto todo puede ser un estorbo.
Otra vez mira hacia el punto exacto, aquel sitio en el que asume que ella ha de volver, pero llueve afuera, pero hace sol afuera, pero hace viento afuera, pero afuera es demasiado afuera.
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