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lunes, 21 de septiembre de 2009

INASIBILIDADES DE UN AMOR MAGISTERIAL O SEIS MANERAS DE POSEERTE

"¿Alguna vez te has enamorado de una maestra?" Me preguntó con voz firme mientras sus ojos curiosos observaban mis gestos. Suspiré, era uno de esos recuerdos al que no quería volver o una tribulación inicua (no inocua) que no quería parir.

Ella era delicada y de naturaleza celestial, su nombre ratificaba esa esencia divina rodeada de detalles bonitos. Su estirpe venía de la monumental Salamanca, quizá por ello, su energía era reconfortante, como una indicación de insistencia que se convertía en un permanente clamor de recuerdo. De insuperables ojos, frente redonda, nariz afilada y boca provocativa. Era de esas personas, que nunca ves en una posición errónea; ella podía estar en medio de una revuelta, en la mitad de un desierto o montando a caballo, pero siempre lucía perfecta, nunca la vi por fuera de lo correcto. Quizá me gustó su sonrisa fácil o su pelo negro de rizos saltarines que dejaba ver tras adornos en la cabeza.

Pero no era su piel seductora, ni sus curvas, tan insinuantes como su comunicación no verbal; era su timidez sensible, su romanticismo notorio y su personalidad magnética, lo que hacía que me derritiera ante ella. Sé que tenía un contexto familiar difícil, pero a pesar de los problemas se comunicaba con su padre frecuentemente y le hablaba con una calidez envidiable, lo consentía y le decía palabras que acariciaban los oídos.

Yo la veía a lejos con el respeto que me producía, le tocaba su pelo con disimulo, le robaba su olor, me suspendía en su sonrisa y de vez en cuando le proponía temas que le retaban su inteligencia. Hablaba francés cambiando un poco el rostro, no sé de donde le brotaba una convicción en sí misma, era como si la honestidad le calzara a la perfección, sabía adaptarse y autorefutarse. Si algo me enseñó es que siempre se pueden ver los argumentos de varios lados y como buena maestra, era capaz de aprender de todos. Su moderación era desesperante, refinada hasta para escupir (aclaro que nunca lo hacía) y con un idealismo que transmitía cada vez que respiraba. A veces la podías ver sola, como reflexionando sobre la existencia, con una sonrisa de aprobación de yo no se qué.

Supe que para intentar conquistarla, debía llevarla a algún sitio fantástico. Mientras los demás se admiraban en aquel museo místico, ella me indicó que mirara un bicho sobre una hoja, era impredecible, era tan emocional que mis palabras le hacían brillar sus ojos, como recuerdo de dolor, como vestigio de la angustia de ese, que yo no conocía, pero estaba seguro que aún la buscaba.

Siento que era dominante, pero ejercía sus potestades de un modo fascinante y adictivo, tenía un hálito de compromiso con todo, que me emocionaba. Su versatilidad y la mía eran lo más compatible. Me ufanaba de ser seguro, ella lo era, sin embargo, esa mezcla de posturas nos permitiría un punto de contacto.

Me confesó que su espíritu era hedonista y le gustaba hacerse desear, era agudísima descubriendo los defectos de los demás que se confundían con sus aires de suficiencia.

Le regalé seis pulseras de colores, dándomelas de místico y en la comprensión de que el número seis representa la fuerza divina, quise decirle que ella era verdad y reflejo, que la sentía profunda en lo profundo. Seis pulseras para que supiera que me tenía colgando en sus manos, seis excusas para besarla, topografiarla, seis indecencias superlativas... Pero su calidad existencial era mi principal obstáculo.

Nunca pasó nada, más allá de mi saliva cuando la veía y mis ganas de abrazarla y de que me consintiera como ella sabía hacerlo; un día le besé la mano en un acto patético de galantería caballeresca, un día le hable de figuras retóricas, adjetivos extraños y un día sentí su dolor.

¿Has amado alguna vez? -Me preguntó después de escuchar este intento de diatriba- de nuevo y esta vez con el alma inconclusa, suspiré más hondo. Hay dos respuestas, una políticamente correcta y la otra que es más un simulacro poético. ¿Cuál prefieres?
-La segunda- susurró tras una pausa cómplice.

El amor se cruza con los intereses y el futuro nos da la esperanza, las ansias te obligan a sentir y los pensamientos a olvidar... cada vez que pienso en ella, se desacomoda algún cimiento de lo que soy, por todo eso, creo que me acercaré con mi frustrado número seis, creo que seguiré hablando de denominaciones materiales, mientras imagino sus lugares oscuros, y entre tanto me burlo de aquel que bebe deseo en español y "mea culpa" en latín.

-Veo- dijo, me miró impasible, y su cara tuvo aquella transformación políglota...
-Au revoir- (sang-froid)

3 comentarios:

daniela dijo...

creo que para que se puedan ver las seis maneras de poseerte, es necesario aclararlas, talvez por medio de seis preguntas.

Carlos López dijo...

Hola Daniela, gracias por tu comentario. No quise ser específico, pues los recuerdos no son fragmentados sino hacen parte de un complot de la nostalgia... las seis preguntas son las pulseras, que como la canción actual de "Colgando en tus manos".. son parte de la vida...

Anónimo dijo...

Su espiritú se parece al mio...