AQUI PUEDES SEGUIR ESTE BLOG

martes, 22 de septiembre de 2026

8 años, 6 meses y 27 días

Por primera vez mi hijo fue solo a la panadería de la esquina.

Todo comenzó porque, a la hora de comer, no había con qué acompañar el chocolate. Ante la poco tentadora oferta de unas galletas de soda, prefirió ir solo a comprar pan hojaldrado, de una vez para ahora y para el desayuno. 

Lo vi decidido, concentrado en la misión, serio. Abrió la puerta de nuestro apartamento, tomó las llaves que estaban en la biblioteca junto a la puerta, entre elefantes, trofeos de ping-pong y recuerdos de algunos viajes, y salió al pequeño patio del tercer piso. Caminó hasta las estrechas escaleras que bajan por la parte de atrás de la casa. Llegó al descanso del segundo piso y siguió bajando, paso a paso, hasta el patio del fondo, en el primer piso. 

Ahí estaba el primer obstáculo: la puerta para entrar de nuevo a la casa. La llave permanece por fuera, atada a una cuerdita para que no se pierda. Hasta hace poco teníamos que ayudarle a abrirla. Esta vez no.

Giró la llave y entró.

A la izquierda quedó la puerta trasera del comedor; a la derecha, la cocina. Recorrió el pasillo y, al llegar al final, tomó hacia la derecha y salió al pequeño patio de la entrada, el que da al garaje.

Atravesó el patio y entró al garaje, el mismo lugar donde alguna vez funcionó una ferretería. Al frente estaba el gran portón que da a la calle y, dentro de él, la pequeña puerta por la que entramos y salimos a pie. Esa puerta era el segundo obstáculo. Hace apenas un par de semanas, sus pequeños dedos parecían pinzitas intentando hacer girar la llave. Ahora, de un solo intento y sin titubear, la hizo girar con una seriedad casi marcial. 

Por un instante me meto en sus ojos. Veo lo que él va viendo: la calle que se abre al otro lado de la puerta, la fachada del edificio de enfrente. Lo imagino calculando el periplo hasta la esquina, esos pocos metros que tantas veces recorrió de nuestra mano y que ahora son su épica travesía, comparable, por qué no, con alguna de las tareas de Heracles que leemos juntos. 

Vuelvo a mis ojos. Me asomo por la ventana del tercer piso que da a la calle. Lo veo cerrar la puerta con precaución y caminar los catorce pasos hasta la esquina. Desaparece de mi vista. 

Espero en silencio. Desde la ventana no alcanzo a verlo dentro de la panadería. Son apenas unos minutos, pero se alargan, se espesan, se vuelven pastosos. Miro la esquina. Nada. Vuelvo a mirar. Todavía nada. Antes, una espera así me habría alcanzado para fumarme un par de cigarrillos.  

Repito en silencio las últimas instrucciones que le di antes de salir, como si al pensarlas con suficiente fuerza él pudiera escucharlas desde la panadería:

«Ten cuidado. No dejes las llaves. Revisa las vueltas».

Y entonces aparece. Sale de la panadería con una pequeña bolsa plástica blanca, el pan adentro y la misma cara de concentración. La sostiene con una mano; en la otra aprieta las llaves y unas monedas: las vueltas. 

Se detiene frente a la puerta. Por un momento no sabe muy bien qué hacer con todo aquello. Mira sus manos. Parece calcular cómo resolverlo. Mete las vueltas en el bolsillo del pantalón gris de la sudadera, pasa la bolsa a la mano izquierda y deja libre la derecha para la llave. Lo resuelve.

Con la misma seriedad hace girar la llave y abre la puerta. Yo también me muevo. Dejo la ventana del cuarto principal, salgo rápido de la habitación y me asomo hacia el patio de la entrada. Lo pierdo apenas unos segundos y vuelvo a encontrarlo abajo, cruzando el garaje con su pequeña bolsa de pan en la mano.

Cruza el patio de la entrada con la bolsa en una mano y entra al pasillo. Ahí desaparece de mi vista.

Rápido, voy hasta la ventana de mi apartamento que da al patio de atrás y espero. Unos segundos después reaparece. Ha logrado abrir la puerta y ya está allí. Comienza a subir: primero la escalera más ancha hasta el descanso del segundo piso; después, la más angosta que conduce hasta nosotros.

Veintiocho escalones en total.

Lo espero arriba. En los últimos escalones ya puedo verle la cara. La seriedad con la que salió ha desaparecido. Ahora sonríe.

—¡Papo! —me dice apenas llega.

Y levanta la pequeña bolsa blanca con el pan como un trofeo. Pienso en Heracles: catorce pasos de ida, catorce de regreso, dos puertas, unas monedas que guardar y veintiocho escalones que subir. Todo eso lo hizo solo.

Si tuviera que escoger un solo recuerdo de mi padre, sería verlo alejarse caminando.

También desde un tercer piso.

En esa época yo trabajaba como administrador de un ping-pong. Todos los días mi padre tomaba un bus por la avenida Caracas para llevarme el almuerzo. Llegaba, esperaba a que yo comiera y luego se iba. Yo me quedaba en el tercer piso, mirándolo caminar hasta que la distancia lo hacía cada vez más pequeño y desaparecía de mi vista.

Lo hizo durante meses.

Si escarbo un poco más en la memoria, aparecen en fila los recuerdos, todos deseosos de ser nombrados. Por ahora no hay algarabía. Esperan su turno, aunque percibo en aquella multitud una calma tensa.

Es la vida que viví junto a mi padre, haciendo fila.

Sería justo empezar por su nacimiento. Nació un lunes, el 21 de diciembre de 1936. Fue el menor de veintiún hijos de una familia caldense. 

De niño me intrigaba escucharlo contar que tenía sobrinos mayores que él. Después venían las historias de mi abuelo, radicalmente conservador, los juegos en el campo, las caminatas, la vida de aquellos años. Yo escuchaba y completaba lo que faltaba. Ponía caras, lugares, caminos.

Tal vez mi imaginación comenzó también por ahí.

Como con la historia de aquel reloj despertador de cuerda que un día llegó a la casa. Mi abuelo, para que ninguno de los niños lo tocara, lo puso encima de un mueble. Nadie lo tocó. Cuando sonó, comenzó a vibrar, avanzó poco a poco hasta el borde y cayó al piso.

Quedó despedazado.

Mis primeros recuerdos de él ya son míos. No me los contó nadie.

Aparecen en la droguería y miscelánea que tenían mis padres. Me veo jugando, gateando encima del mostrador. Después soy un poco más grande y lo acompaño al centro a hacer las compras para el negocio. Caminamos de un lugar a otro. En mis recuerdos voy detrás de él, aunque sé que, en realidad, iba tomado de su mano.

Es curioso: en muchos de mis recuerdos mi padre está caminando.

Pero la fila de recuerdos empieza a desordenarse.

—¿Y por qué ese orden? —protesta un recuerdo—. Yo soy más importante.

Se adelanta aquel día en que mi padre se escondió y por unos instantes me sentí perdido. Cuando me puse a llorar, apareció. Se disculpó por la broma y me explicó que era importante que aprendiera a ubicarme, a saber dónde estaba y cómo regresar a casa.

—No, yo —interrumpe otro.

Es el recuerdo de una bola de dulce atorada en mi garganta, de mi padre agarrándome por los pies y sacudiéndome hasta que salió. Eso ocurrió en el mismo patio del tercer piso por donde llegó mi pequeño Heracles.

—¡No! —grita uno desde atrás—. Primero yo.

Y aparece un avión. Mi padre a mi lado. Acabamos de despegar de la isla de San Andrés. Por la ventanilla veo la isla alejándose bajo la luz del atardecer. Yo, emocionado, quiero hablar. Entonces él se lleva el dedo índice a los labios.

—No diga nada. Solo mire.

Y miramos.

La fila termina por romperse. Los recuerdos se amontonan, se adelantan, se interrumpen. Todos quieren hablar al mismo tiempo. Reclaman su lugar.

Hay demasiado ruido. Me aturden.

Los silencio.

Respiro.

Viajamos a Aranzazu, su tierra natal. Me muestra las casas tradicionales, los solares donde ponían a secar el café. A medida que avanzamos, los lugares le van devolviendo historias. 

—Aquí me rompí una pierna.

Un poco más adelante:

—Por aquí jugábamos.

Y después me cuenta que caminaban casi dos horas para llegar a la escuela.

Yo voy a su lado, escuchándolo. Él me va mostrando los lugares donde fue niño.

El primer libro que recuerdo verlo leer fue Papillon. No sé por qué ese libro quedó ahí, entre tantos otros. Después recuerdo Los miserables. Más tarde, Crimen y castigo.

No recuerdo exactamente cuándo los leyó. Recuerdo algo distinto: verlo leyendo.

No sé exactamente cómo comenzó. Recuerdo una Semana Santa en la que se puso a organizar unas monedas que le habían regalado. Las separó, las miró con cuidado, averiguó de dónde venían. Después llegaron otras monedas, los billetes y una colección que fue creciendo con los años. También creció su afición por la geografía: cada moneda traía un país, una ciudad, un mapa, una historia. 

Me parece verlo leyendo los Almanaques Mundiales. Cada año aparecía uno nuevo. En la casa quedaron ediciones desde comienzos de los años ochenta hasta pocos años antes de la pandemia.

Los recuerdos siguen inconformes. Ya hay protestas por la selección, por el orden, por mis criterios. Algunos, desde el fondo, reclaman que estoy dejando por fuera cosas importantes.

Uno logra abrirse paso.

Mi padre tenía fama de ser un hombre culto en el barrio. En la Droguería Libertad los vecinos lo buscaban para que les ayudara con una tarea, un mapa, un dibujo. Y estaban también sus pesebres. Enormes. Cada diciembre ocupaban un espacio considerable de la casa y durante días lo veíamos construir montañas, caminos, casas, ríos.

Los pesebres merecen su propio lugar en esta historia.

Mi madre decía que quien hacía pesebre durante siete años seguidos terminaba teniendo casa propia.

No sé de dónde sacó aquello.

En el caso de mi padre, funcionó.

Mis padres se conocieron en una fiesta, en el mismo barrio donde años después tendrían la droguería y levantarían la casa de cuatro pisos. Según contaba mi madre, aquella noche él le pareció odioso. Guapo, sí: blanco, de ojos verdes. Pero odioso.

—López —se presentó.

Así, simplemente: López.

El noviazgo duró menos de siete meses. Visitas en casa de mi madre, acuerdo de matrimonio y ya.

Parece fácil.

—¡Exigimos mejor organización y equidad! —gritan a coro los recuerdos amotinados. Han llegado con pancartas, pitos y megáfonos. Algunos corean consignas; otros levantan carteles reclamando su derecho a ser nombrados. Los más inconformes se abren paso a codazos entre la muchedumbre que hierve.

El escuadrón antidisturbios de la calma y la serenidad intenta contenerlos, pero no puede.

Yo tampoco puedo.

No sé por dónde seguir recordándolo. Se me hace un nudo en la garganta. Los recuerdos empujan, buscan otra salida. Quieren salir por mis ojos en forma líquida.

No los dejo.

Respiro.

Mi hijo me pregunta por qué no he llorado por la muerte de mi padre. También quiere saber si he estado triste.

Le digo que sí, que he estado bajo de ánimo y que, en general, tengo un tránsito emocional lento… muy lento.

Miro de nuevo aquella plaza.

Está vacía.

Los recuerdos se han dispersado. Ya no hay pancartas, ni pitos, ni consignas. El escuadrón antidisturbios también se ha ido.

No queda nadie.

Hace unos días bajé a la biblioteca del segundo piso, que queda junto al cuarto de mis padres. Me senté en el mismo lugar donde tantas veces se sentó mi padre y miré los libros. Entre ellos están los veinte tomos de la Gran Enciclopedia Espasa, aquellos que leyó y releyó. Originalmente eran rojos; los años les han ido dejando un color más cercano al rosado.

Saqué el primero y empecé a leer.

Veinte tomos.

Es una tarea portentosa.

De pronto, un recuerdo me pega en la frente: mi padre mostrándole a su nieto fotografías de animales salvajes en uno de aquellos libros.

Suspiro.

No sé si el suspiro que acabo de dar fue una lágrima mutante.

Sé que debo honrarlo. Quizá haciendo el pesebre este año. Quizá leyendo sus libros, uno por uno. Quizá contando su historia.

Pero no sé cómo.

Alguna vez escuché a un maestro decir que uno solo puede hablar del padre cuando lo hubo. Cuando hubo padre.

En mi caso, hubo padre.

Mucho.

Y están los recuerdos: filibusteros, rezanderos, caminantes, pobres, ricos, cultos, calvos, artistas, sencillos, vulnerables, inocentes, indolentes, conciliadores… Recuerdos de todos los linajes. Recuerdos vulgares, recuerdos tristes, recuerdos de otros recuerdos.

Recuerdos de los recuerdos.

Me duele un poco la cabeza y siento tensión en los hombros. Miro la hora. Ya pasó el mediodía y no he desayunado.

Debe ser eso.

Tengo hambre.

Pienso en el almuerzo. Y, sin buscarlo, vuelve aquella imagen: mi padre con su infaltable gorra de paño, caminando hacia donde yo trabajaba, llevando mi almuerzo en un portacomidas improvisado. Después me veo en aquel tercer piso, mirándolo alejarse.

Y veo y siento mi cara sonreír.

Qué extraño.

Han pasado tantos años y todavía lo estoy mirando caminar.

Es hora de almorzar.

Es posible que aún esté por ahí, trayéndome el almuerzo…

¡Gracias, Chalo!






viernes, 14 de noviembre de 2025

INSTRUCCIONES PARA MORDERTE

Tenías un caballito de mar blanco escondido en el bolsillo,
como un secreto marino que aún respiraba;
y en la manga, la coraza plateada de una tortuga,
reluciente como un lametazo que aún no quieres entregar.

Un lunar debajo del codo izquierdo marcaba tu geografía íntima,
y tu palabra —afilada en forma de mandato— me ordenaba el silencio.
«¡Cálmate!», dices, mirándome con esa superioridad impasible
de quien sabe, sin confesarlo, que gobierna mis angustias.

Tienes los codos sobre la mesa y pienso en corregirte la postura,
pero de pronto me hundo en el vaho tibio de tu olor
y comprendo el sabor secreto de tus labios antes de probarlos.

Entonces las letras se derrumban,
los argumentos huyen como pájaros asustados,
los signos de ortografía pierden su brújula.
Soy tu hoja en blanco;
eres mi lápiz sin punta,
y me aterra, básicamente,
no poder conmoverte.

Porque me gusta cuando hablas
y tus manos dibujan en el aire la forma de tus palabras;
pero me gustas aún más cuando te rascas la ceja derecha
y me deslizo, sin permiso,
por los dos corazones impresos en tu camiseta.

Otra vez me quedo sin qué decir…
y recaigo en el vicio de contemplar tus ojeras,
de naufragar en tu pelvis,
de arruinarme dulcemente en tus redondeces.

Sin ritmo, sin ventajas
y, sobre todo, sin la mezcla del sudor compartido,
porque tu lengua es esquiva,
tu idioma es ambiguo,
y tu dialecto —¡uich!— es obscenamente sexy.

El caballito de mar se ha ido a consumir analgésicos;
la tortuga ha abandonado su caparazón,
ya no tan brillante.
En cambio, los corazones de tu camiseta
se abrazan con ganitas indecentes,
como si proclamaran que la vida es demasiado corta
para permitirle espacio al odio.

Y yo, miro.
Y yo, trago saliva.
Y yo… siento
que algo se me forja por dentro,
una promesa encendida
de morderte despacio el cuello.

lunes, 15 de septiembre de 2025

DE TU APAPACHABILIDAD

Esto me resulta agotador: volver a tu imagen, invocar tu olor, hostigar las ideas para descifrar si son solo proyecciones febriles de mi pelvis en batalla con la tuya, o rasguños juguetones de un minino libidinoso. Y paso, entonces, a la fatigosa tarea de clasificar, desechar, valorar las ocurrencias que pudieran aspirar a ser publicables.

Nada.

Todo desemboca en ese asunto tan mundano como sublime: saborearte. Con cierta aflicción debo admitir que lo más próximo a un contacto verdadero fue aquel masaje en tus pies, o aquella invitación —torpe y otoñal— de adulto mayor a un SPA, convertida pronto en el blanco de tus chistes crueles.

Así, regreso a mi sitio: el del mirón secreto, más entregado a tu intimidad que a la vulgaridad, aunque mis palabras nunca logren franquear el peaje de tu sonrisa y mis ansias se diluyan en el vaivén de tus cejas movedizas.

Y sin embargo, te apareces de pronto como un objeto mullido, un peluche adorable que suplica ser abrazado, con instrucciones precisas de “presione aquí”. Pero en un giro brusco de guion, tu voz desliza el léxico del sadomasoquismo, y explicas con sofisticada convicción que el dominado se transforma, al fin, en dominador.

Mientras observo tus labios moverse y escucho tus palabras obscenas, mi mirada recorre tu cuello, el cabello recogido, los huequitos de tus pómulos… Y despierto con el eco de tus movimientos y con los archivos escondidos del olor exacto de todos tus pliegues.