AQUI PUEDES SEGUIR ESTE BLOG

viernes, 14 de noviembre de 2025

INSTRUCCIONES PARA MORDERTE

Tenías un caballito de mar blanco escondido en el bolsillo,
como un secreto marino que aún respiraba;
y en la manga, la coraza plateada de una tortuga,
reluciente como un lametazo que aún no quieres entregar.

Un lunar debajo del codo izquierdo marcaba tu geografía íntima,
y tu palabra —afilada en forma de mandato— me ordenaba el silencio.
«¡Cálmate!», dices, mirándome con esa superioridad impasible
de quien sabe, sin confesarlo, que gobierna mis angustias.

Tienes los codos sobre la mesa y pienso en corregirte la postura,
pero de pronto me hundo en el vaho tibio de tu olor
y comprendo el sabor secreto de tus labios antes de probarlos.

Entonces las letras se derrumban,
los argumentos huyen como pájaros asustados,
los signos de ortografía pierden su brújula.
Soy tu hoja en blanco;
eres mi lápiz sin punta,
y me aterra, básicamente,
no poder conmoverte.

Porque me gusta cuando hablas
y tus manos dibujan en el aire la forma de tus palabras;
pero me gustas aún más cuando te rascas la ceja derecha
y me deslizo, sin permiso,
por los dos corazones impresos en tu camiseta.

Otra vez me quedo sin qué decir…
y recaigo en el vicio de contemplar tus ojeras,
de naufragar en tu pelvis,
de arruinarme dulcemente en tus redondeces.

Sin ritmo, sin ventajas
y, sobre todo, sin la mezcla del sudor compartido,
porque tu lengua es esquiva,
tu idioma es ambiguo,
y tu dialecto —¡uich!— es obscenamente sexy.

El caballito de mar se ha ido a consumir analgésicos;
la tortuga ha abandonado su caparazón,
ya no tan brillante.
En cambio, los corazones de tu camiseta
se abrazan con ganitas indecentes,
como si proclamaran que la vida es demasiado corta
para permitirle espacio al odio.

Y yo, miro.
Y yo, trago saliva.
Y yo… siento
que algo se me forja por dentro,
una promesa encendida
de morderte despacio el cuello.

lunes, 15 de septiembre de 2025

DE TU APAPACHABILIDAD

Esto me resulta agotador: volver a tu imagen, invocar tu olor, hostigar las ideas para descifrar si son solo proyecciones febriles de mi pelvis en batalla con la tuya, o rasguños juguetones de un minino libidinoso. Y paso, entonces, a la fatigosa tarea de clasificar, desechar, valorar las ocurrencias que pudieran aspirar a ser publicables.

Nada.

Todo desemboca en ese asunto tan mundano como sublime: saborearte. Con cierta aflicción debo admitir que lo más próximo a un contacto verdadero fue aquel masaje en tus pies, o aquella invitación —torpe y otoñal— de adulto mayor a un SPA, convertida pronto en el blanco de tus chistes crueles.

Así, regreso a mi sitio: el del mirón secreto, más entregado a tu intimidad que a la vulgaridad, aunque mis palabras nunca logren franquear el peaje de tu sonrisa y mis ansias se diluyan en el vaivén de tus cejas movedizas.

Y sin embargo, te apareces de pronto como un objeto mullido, un peluche adorable que suplica ser abrazado, con instrucciones precisas de “presione aquí”. Pero en un giro brusco de guion, tu voz desliza el léxico del sadomasoquismo, y explicas con sofisticada convicción que el dominado se transforma, al fin, en dominador.

Mientras observo tus labios moverse y escucho tus palabras obscenas, mi mirada recorre tu cuello, el cabello recogido, los huequitos de tus pómulos… Y despierto con el eco de tus movimientos y con los archivos escondidos del olor exacto de todos tus pliegues.

Lo sé (para Valeria)



Lo que me queda es tu ausencia,
mis días son la medida de los que me faltan para verte,
porque tu sonrisa es mi horizonte de esperanza,
y mis ideas diarias se renuevan con tu ternura.

    Me queda pensar desde mis pedazos 
    y saber que eres aquella princesa de mil colores
    para fundar con optimismo insolente el dolor de tu ida.

            No puedo hablar sin el quiebre del llanto,
            te desvaneces en imagenes altisonantes
            que me llevan a clamar por algún tipo de justicia.

                Te veré... y solo me queda la mundana idea
                de que estás en la vera de mis tardes.

jueves, 22 de mayo de 2025

2,644 DÍAS


Hoy le leí a mi hijo un texto que le escribí antes de que naciera. Hoy mi padre está en el hospital por una crisis en su sistema digestivo. Hoy bastantes personas hablan de "La casa de los famosos" con tanto entusiasmo que me provocan asco y prefiero una salida airosa diciendo que es mejor hablar de la calle del los anóminos. Hoy las noticias falsas abundan y quienes creen en ellas son devotos radicales de la idiotez. 

Hoy recuerdo aquellos momentos en los que estuve hospitalizado y veía a mi esposa dormir incómoda pero acompañándome en las noches con la certeza de que quería estar allí.

Por primera vez me permito sentir lo que siento, porque en la clase de esta mañana hablé de la valoración del tiempo, porque me importa más que algunos se vayan conmovidos por el arte más que inflados con epistemes ingratas. 

 Hoy, espero menos las respuestas y admiro más las preguntas. 

Hoy, mientras realizo una absurda tarea repetitiva -que no sé cómo pedirsela a una IA-, siento el silencio, el bullicio... me entiendo como hijo al ver la fragilidad de mi padre, porque aparece en imágenes sosteniéndome en mi feliz niñez y mostrándome su pueblo natal.

Hoy que mi hijo me hace preguntas sobre lo que le escribí, hago un mueca de llanto, de dignidad, de orgullo. Hoy que mi hija estudia lo mismo que su madre, pienso que quiero verla cómo se desplegará en su más grande existencia. 

Ahora, que mi madre duerme sola, que los médicos postergan unos exámenes, que tengo tareas por entregar, compromisos por cumplir, deudas por pagar, amigos que visitar... que tengo esperanzas de un futuro prometedor, ahora, que mi hijo duerme a mi lado y escucho sus ronquidos de lobezno, ahora, adquieren más sentido las canciones de antes, las poesías, las tertulias...

Con deseos transmutados me hallo divagando en las letras, para perderme en el sentido de los días que han transcurrido desde cuando escuché en la primera ecografía el corazón de quien hoy me dice papá.

martes, 8 de abril de 2025

EL OLVIDO DEL OLVIDO

Hay ocasiones en que olvido que te amo, no recuerdo tu pelo en cascada, ni tus manos, ni el sabor de tu boca; mucho menos tu cuello erizado o los apremiantes masajes eróticos en los pies -que no tuvieron el resultado esperado-.

Pero por un instante te veo en un acuario, como un pez blanco, y te digo con letras y gestos que te amo y aún así en mi fantasía, te revelas de verdad y me tratas con desdén, como una tirana hermosa, como tú.

Ahí, sentada, en el fondo de ese acuario, oscilando con tus escamas blancas, veo tu cola, tus aletitas y hasta tus branquias... no creas que es una inescrupulosa referencia a olor de pescado, ni un enfado por la negación de tus favores, se trata de un refugio de mí mismo para no caer en la tentación de implorar por la presencia nasal de tu voz o los relatos indecentes de tus andanzas.

Como te dije que iba a hablar de olvido, creo que olvidé todo al verte, porque me reinsertas en mi propia angustia de ser quien te recuerda a fuerza de olvido. Una vez más, te recuerdo que todo esto, solo es un montón de letras apeñuscadas, que buscan conmoverte... pero sé de antemano que eres el recuerdo tardío de una frustración paciente que tiene la esperanza de pescarte. 


miércoles, 5 de febrero de 2025

COMÚN Y CORRIENTE (COMENTARIO)

Hola, me dijo. Y de inmediato noté el brillo en sus ojos. Tal vez en ellos se reflejaba la profundidad de sus emociones, las experiencias de sus viajes o la perversidad de su madurez. El hielo de no conocernos se disipó poco a poco, derretido por minutos que se sintieron como horas y que, en la velocidad de nuestras miradas cruzadas, se asentaron como años lentos. Entonces la vi nadar, la vi beber, la vi argumentar, la vi defender sus ideas y, sobre todo, la vi dudar de mis planteamientos. Hizo artimañas para obtener mi contacto y hablamos de muchas cosas y en muchos tonos: primero, asuntos de curiosidad genuina; después, de gustos compartidos; y, al final, nos aventuramos en la intimidad. Para el resto del mundo éramos invisibles, pero entre nosotros quedó un nexo extraño, hecho de indecencias, coincidencias y ganas -medianamente coartadas-. El balance fue positivo: miradas sostenidas, un par de abracitos prolongados, el olfateo casual de cuellos, la acomodación sutil de posturas, correcciones conceptuales, ostentación de saberes y referencias de viajes familiares. Ni un roce intencionado con dirección determinada, ni un beso fugaz, ni siquiera una merecida palmada en la nalga derecha… Nada. Solo una promesa de cenar, un almuerzo ejecutivo o un desayuno institucional. Es decir: un "quizás" y muchos "es complicado". En mi propio sanatorio mental me aferro a lo que sé de ella: tiene una oscuridad emocional y una profundidad sentimental que, para ser redundante, me enloquece. Su cabello sigue la secuencia de Fibonacci, sus viajes han cubierto kilómetros ajenos a mí, pero apenas milímetros de mi piel. Sé que bebe. Sé que hace cinco días tuvo un orgasmo mediano. Sé que su jefe fue su amiga. No sé más. ¿Quiero saber más? Esa pregunta me ronda en el insomnio. ¿Me querrá probar? ¿O solo seremos un intercambio de egos y alabanzas para evitar un choque de trenes, ya destinados a la colisión? Me ahogo en los libros. Tomo uno al azar. Aparece Fifty Shades of Grey. Me indigno al recordar el desenlace de la historia, no por la insoportable repetición ni por la narrativa pobre de sus escenas sexuales —cuando lo leí, tenía fresca la referencia de Las 120 jornadas de Sodoma o la escuela de libertinaje— sino por lo, evidente, obvia y predecible que resulta la mente de Christian Trevelyan Grey. Aunque el libro preconiza ciertas prácticas de sometimiento, Erika Leonard al menos introduce un tema novedoso: escenas eróticas explícitas con elementos de BDSM (bondage/disciplinamiento, dominación/sumisión y sadismo/masoquismo), mejor contadas, claro está, por Sade.

Cierro el libro. Pienso. ¿Seré tan obvio como Christian? Me duermo con la imagen de su adaptación cinematográfica. Me despierto sobresaltado. Porque, de pronto, lo entiendo. En esta historia, yo no soy Christian. Me llamo Anastasia Rose Steele. ¡Oh! Ahora soy la jovencita ante un magnate. Advertencia: No iré a tu apartamento a las 2:00 a.m. para cumplir tus peticiones. No iré. Nota: Véase el punto definitivo, que por su impulso primario se niega a ser puntos suspensivos.

lunes, 11 de noviembre de 2024

LA OFENSA

He perdonado muchas cosas de ti hacia mí. Entre ellas, tus ausencias de piel, tus preguntas silenciadas en labios bajos, tus escaseces de gemidos…

La duda sin respuesta sobre tu posible válvula de inundación, las posturas indecentes con las que satisfaces a tus amantes, incluso esa relación extraña que mantienes con la puntualidad.

Hasta hoy, conservo un archivo detallado de las veces que he maltratado mi dignidad por permanecer a tu lado, por ser tu guardián y tu refugio.

He sido para ti piedra de afilar, altar, escupidera, espejo y hasta cuidador de gatos. Contigo he transitado lo incestuoso, lo perplejo, lo obsesivo; me has permitido desvelar las ganas de perderme en el puerto de tus piernas, saciar instintos en tu vientre e imaginar que imagino lo que deseo, aunque a ti no se te dé la gana.

Así, privado del acceso a tu cuello, con la prohibición de tus masajes, la burla de no ver juntos el mar ni amanecer hablando, me he quedado al margen. Sé que existes como una telaraña entre mis decepciones, como un canto con voz desconocida en el lamento de mis dedos.

Esto, sin embargo, no es un clamor de acceso. No es una súplica para recorrer tus curvas ni una petición para que me poseas. Esto es la radiografía de tu ofensa.

"Estoy esperando a que me escriba algo, porque yo me enamoro con cualquier bobada", dijiste una vez, refiriéndote a algún amante foráneo que bauticé 24 (porque solo se comunicaba contigo cada 24 horas). Pero, en un arrebato de autoconciencia, tal vez con el ego herido de escritor monotemático, quizá por la idea fantasmal de nuestro fugaz amantazgo o por la culpa de asumir que tú no me asumes, me sentí ofendido.

Ofendido por lo de la escritura. Ofendido por lo de ponerte atención. Pero, sobre todo, ofendido por lo de enamorarte con cualquier bobada. Y así entré en el laberinto de las preguntas crueles, ese camino que me lleva, inevitablemente, a verte: aburridamente real.

Pero me niego a dejarte, porque sigo siendo, muy a pesar, ese amante de segundo nivel: 

Cuerpo, sombra y laberinto

En el filo del silencio,  
donde las palabras se rompen  
como espejos mal sostenidos,  
te nombro sin llamarte.  

Que el tiempo es una trama de espejos rotos,  
escribió Borges,  
y yo me pierdo en su laberinto,  
sabiendo que cada paso hacia ti  
es un regreso a mi propio abismo.

Tu piel,  
ese mapa sin territorio,
se vuelve el recuerdo de un naufragio, 
como esas sombras que arrastra la luz
que susurra Pizarnik desde algún rincón oscuro.  

Y yo,  
que me jactaba de ser el faro,  
soy menos que un barquito encallado.

Pero, Neruda no ayuda: 
Quítame el pan, si quieres,  
quítame el aire,  
pero no me quites tu risa", 
porque tú,
en tu desdén metódico,
me has malgastado la risa
y me has plantado la idea cruel de tu ausencia.

Eres la telaraña
que atraviesa los rincones de mi carne,
la música que se niega al oído,
la sombra que se queda cuando ya no hay cuerpo.  

No te sé traducir de mis ganas a tus labios,
aunque intente con todas las palabras,
pese a mis obsenidades, delicadezas, 
indecencias o formalismos...
Eres lengua ajena. 

Y aun así,
me hundo en este poema
como quien desciende al mar sin escafandra,  
aferrado a los versos:
Te amo como se aman ciertas cosas oscuras,
secretamente, entre la sombra y el alma. 

Pero en tu sombra no hay alma,  
solo el eco vacío de un amante  
que escribía cada 24 horas.  

Yo, en cambio, te escribo con más frecuencia
-cada vez que respiro-.
Porque es la única forma
de no asfixiarme en la cárcel de tu voz no dicha,
de no quedar atrapado
en el laberinto de preguntas crueles 
que un poeta dejó abiertas,
para que tú y yo  
nos perdiéramos para siempre.

Estoy seguro de que leerás, te enfadarás con mi estilo barroco inconcluso, pensarás en mi exageración, en mi doble moral y mi triple deseo. Pero no te preguntaré si leiste.

Y si alguna vez sale este tema, entrecerrarás lo ojos, quitarás de tu cara tu sexy péndulo capilar y besándome me dirás...


miércoles, 21 de agosto de 2024

PARRAFADA

Quiero contarte que muchas de las cosas que escribiré, deberás leerlas varias veces, no solo por tus problemas visuales sino y sobre todo por tu cortedad existencial, es decir, como eres básico, simple y bastantico merluzo, quizá debas recurrir a la inteligencia artificial para que te explique lo que te quiero expresar con estas letras. Yo no soy un tipo con mucha testosterona, ya sabes, no huelo a perro mojado, ni tomo cerveza, debo aclararte que no soy velludo... pero mi voz... para que lo sepas, es notable, no como la tuya, que es un poco gangosa. Pero, por mi propia salud mental, no haré muchos parangones entre tú y yo, no obstante, me permitiré decir que mis manos son delicadas y artísticas, que posiblemente soy más perverso y que de lejos soy mejor persona. Entre tú y yo está ella. Nuestra princesa compartida -en tu caso con partida-,  ¿nuestra? preguntarás, sí querido, nuestra, porque no te imaginas lo que sé de ella, porque sé que no puedes pensar más allá de tus intereses y al ser mezquino, no puedes entender que alguien trascienda los propios linderos de tu cuerpo. Aquí te voy a dar tiempo para que vuelvas a leer… ¿Ya? Te decía que, con tu miedo de niño desconsolado, vas por el mundo imponiendo tu verdad, hecha de vanidades, tonterías, viajes a los viajes, mujeres que compran baratijas -como tú-  y cándidos que te consideran un buen amigo. Solo tienes dinero, pero lo que ella y yo hemos hecho, compartido o vivido, no se vende, no lo puedes comprar… Capisci? Yo, amiguis, también fui-soy un niño consentido, pero mi figura paterna sí es relevante, de mi padre aprendí la honestidad, la disciplina, la paciencia, la humildad… como podrás ver, son solo palabras que a duras penas conoces, mucho menos entiendes y estás tan distante de aplicarlas como yo de tu integridad. Pero, vamos de una vez al centro del problema: Intercambiaste fluidos con ella ¿crees que ese es el problema? ¿Las posiciones? ¿Las palabras groseritas? ¿Las gotitas mediocres de sudor? ¿Abrir su fuente? -Por si acaso, no me refiero al tipo de letra-... ¡No señor.! Se trata de que la tomaste cuando estaba vulnerable… porque ella sabe que le eres dañino, porque de verdad te amaba -he escrito esto en pasado imperfecto, a ver si captas la idea-. Alguna vez hablamos de tu poder sobre ella, en ese entonces, eras un mal recuerdo, un asunto a superar, después fuiste un problema, porque con tu intermitencia, ella no sabía bien cómo protegerse de tu virilidad, porque te mostrabas tan seguro, tan en control.. Pero, ahora que sé lo que has hecho, que la has engatusado una vez más con mentiras, que la has relamido su sabor, que la has manoseado, ella ha quedado rota. ¡Qué poder! Triste, ruin y solitario, sigues en tu ejercicio de masturbación con los demás… Falso, manipulador y fantoche, no eres capaz de asumir que te tiras un pedo así estés solo. Pero de esos pedazos, de los que dejaste de ella, surgió algo: la esencia de la dignidad. Lo poco que valías se rompió en esos mismos pedazos y yo aquí, acomodando su cabello, tocando su glúteo derecho con la excusa de acomodar su jean, haciéndole limpieza facial por su acné menstrual, oliéndola… y tú allá, en el lugar que tiene un nombre propio: Asco. Como no lo notas te lo diré, las acciones que yo realizo en el párrafo anterior están expresadas en gerundio… “las estoy realizando” y tú, solo tienes la imagen de lo que rompiste cuando realmente tú eres es que está despedazado. ¿Recuerdas que te dije que alguna vez hablamos de tu poder sobre ella?, ¿qué era eso? ¿cuál era el lazo? y en una de nuestras charlas indecentes, mientras le hacía un masaje soltó la idea de que lo único que quedaba entre ella y tú era lástima. Te daré tiempo para que manifiestes tu indignación y creas que mi madre tiene algo que ver en esto o que te estoy humillando… no mi querido… no soy yo… todo se resume en que eres solo el pésimo reflejo de una piltrafa que llevaba tu nombre y apellido. Pero, no te preocupes, todos tenemos actitudes jartas y así también tenemos otras contrarias, la buena noticia es que cuando nos aman, se nos dice que podemos cambiar y, cuando amamos nos esforzamos por cambiar. Obvio no aplica en tu caso, porque no puedes dar de lo que no tienes. Tanto amor por ti mismo te lleva a pensar que los demás deben orbitarte. Y aún así, te atreves a exigir a solicitar que se te olvide. ¿¡En serio!?, a esta altura dudo de tus habilidades generales. Ya para acabar, te quiero preguntar algo: ¿cómo es el purgatorio?

martes, 26 de marzo de 2024

"¿ESTÁS BIEN? ES QUE ME HAS DICHO MUCHAS VECES QUE ME QUIERES…"

Quererte parece una tarea fácil, dado que eres hermosa, inteligente, provocativa y hueles a 'sustancias de origen vegetal muy apreciadas en la cocina por su gran capacidad de aromatizar, dar color o resaltar el sabor de los ingredientes', es decir, a especias.

Este verbo, ‘querer', proviene del latín “quaerere”, que significa originalmente 'desear, tener, buscar'; como es obvio, tiene una connotación posesiva. En específico, contigo el proceso de quererte es de ingeniería inversa: me he dado cuenta de que ya te quería y ahora me encuentro en la tarea de explicar por qué.

Tienes un saco tejido en hilo que te queda un poco corto y deja al aire la parte baja de tu espalda. Esto permite que se asome, como un espía cómico, el encaje de tu ropa interior por el borde de la pretina de uno de tus seis pantalones informales. Para protegerte del apetito de mi capricho y de las miradas lascivas de otros, te ajusto el saco, te cubro del frío, del viento o de las tormentas de la soledad de tu piel.

Estoy seguro de que este texto va a estar en desorden; es decir, no presentaré una rigurosa sistematización de tus canas o de peinado rápido y facilista; tampoco hablaré de tu cuello tenso que se eriza cuando lo toco, ni de tu espalda inconclusa sin el recorrido de mis labios; no esperes encontrar aquí elogios a tus muslos, los cuales prefiero ver separados, ni alguna mención a tus increíbles tobillos gordos. Nada de la textura de tu piel, la tibieza de tu aliento, la sensibilidad de tus orejas o tus palabras vulgares. Ni siquiera, una idea suelta de tu insaciabilidad.

Nada ordenado, nada planeado, porque mi manera de quererte se ha dado como una forma caótica, con una peligrosa aclaración: quiero quererte con dependencia.

Esto es, quiero hospedarme en ti, más allá de tu cóncavo y mi convexo, quiero verte despertar para que el cielo de la noche no se vuelva claro… porque he imaginado que puedo secar las inundaciones de tu apartamento alargado y he pensado que es por tu condición 'squirt' que se causan dichas inundaciones. (Nótese que dije 'secar,' aunque no se omite el concepto de 'provocar' o para matizar el asunto dire: 'gestionar', es decir, gestionar tus problemas de inundaciones).

Es verdad, puedo incendiar tu lugar, como si fuera una vela que quiere reclamar el calor de tu vientre, recorrer el sendero de tu vértice o simplemente quemar un ridículo libro que sé que puedo escribir mejor.

¿Lo entiendes? Estamos - o estoy- en un nivel diferente: ahora no sólo te quiero, sino que te necesito. Para aclararlo mejor: me urges.

Ante la posibilidad de tu ausencia, me invadió aquella ansiedad que pensé que había dejado atrás e inicié la peregrinación pésima por el camino de la preocupación por un futuro inmediato sin ti, aunque sólo se tratara de algunas horas, quizá unos días, tal vez una semana. El simple pensamiento de no tenerte cerca me causa miedo, como un golpe inesperado que me agobia. Sin embargo, bien sabes que soy experto en no demostrar nada y entonces sólo te digo que te quiero, en varios tonos, de diferentes maneras... Así es... vida, como si fueras un salvavidas… me salvas de ti misma porque la esperanza de verte me mantiene con el propósito de acariciarte de nuevo.

Puedo divagar, pero no delirar, sé que te estoy hablando de mi proceso de quererte, y mi confesión terrible de necesitarte… quizá sepas de las plantas holoparásitas, son las que dependen completamente del hospedero y no poseen clorofila, y que las hemiparásitas, que son las que dependen parcialmente del hospedero y poseen clorofila para fotosintetizar, lo que les permite vivir separadas de su hospedero… quizá sepas que con esto hago la más temible entrega: mi necesidad de ti.

¿Protección? ¿Que me protejas? ¿Estar en la calidez de tu vientre? ¿Ser tu lactante? ¿Ser el cartógrafo de tus lunares? ¿Ser el certificador de los olores de tus recovecos? ¿Ser el navegante de tus oleajes? ¿Ser el pirata de tus indecencias? ¿Quererte?

¿Para qué te quiero? Quizá para una fricción de la piel que termine en silencio, quizá para besarte a las once de la mañana y en la tarde ver cómo comes con ganas; te quiero para hablar de una tragicomedia donde la madre celosa enloquece, para apurarte y evitar que llegues tarde… para levantarte y bañarte, para rascarte la cabeza antes de dormir… para recorrerte en silencio usurpando mis propios lugares en tu cuerpo.

“¿Estás bien?” me preguntas, y siento angustia al percibir que realmente pienses en mí. Y se me van llenando los argumentos de emociones, y me acusan la culpa y el deseo, y se me cae el castillo de esto, hecho ruinas por el miedo de asumirte.

“No eres mi amante” me dices con una sensatez lapidaria, y yo, desnudo, temblando por quererte; con mis ojos iguales a tu talento acuoso. Entonces, viene un pero contundente, una aclaración magnífica, un cambio de sentido.

Pero, sientes algo… te sientes como un verbo, con la innovación de que es aplicado a ti misma, es decir, te sientes: deseada, buscada, necesitada. 

Un asunto más: te aparece una duda a propósito de la gramática de tu piel: es una pregunta por el participio del verbo poseer. Te respondo: es poseído, que en tu caso es poseída. (Aunque, aquí entre nos, me gusta más el concepto de posesa.)

PD: Te quiero.

miércoles, 20 de marzo de 2024

UNA REVELACIÓN ÍNTIMA CIRCULA EN GRIS


Claro, uno siempre puede pensar cómo podrían haber sido las cosas, decir qué hubiese podido ser mejor, que hubiese hecho esto o aquello. Se pueden buscar causas o efectos, circunstancias, lugares, preguntas, razonamientos… En otras palabras, se puede hablar de un segundo transcurrido en una vida completa. 

Pero, ¿cómo fue? ¿qué pasó?, aquí hay una verdad: la mirada depende del punto de vista de quien mira, así que adentrémonos este safari de emociones: 

Nota previa 0: Para tus amigas: (en las que había demostrado cierto interés eróticogramatical, pero, que por tu inconsciente posesión de mí, saboteaste cualquier cópula, acercamiento, manoseadita o intercambio) Se trata de una narración con varias versiones, ustedes han de escoger aquella que coincida con la imagen de la susodicha.

Nota previa 1: Para tus amigos: (se incluyen todos: sin distinción de elección sexual, apetito de ti, ex (en plural), capacidad rapsódica o profesión) Se trata de una salvaguarda de honestidad sobre las ganas de disimular y la verdad de la piel.

Así, de repente, como quien no quiere la cosa sentí tus dedos en mi cuello. Tus manos, con cicatrices en el compromiso, con herencia de orífice jugaron en mi trapecio superior; lo hiciste en un lugar público, delante de otros, en medio de una reunión. Así, naturalmente, como acariciando a un gato o estrujando una bolita antiestrés, me estabas haciendo un masaje. 

Indecente, erótico, vulgar, provocatico, lúbrico, lujurioso… 

Yo, admirador de tus indecencias, conocedor de que ocultas un horrocrux en tu pelvis, yo que te sé tan insaciable como sensible, pasé saliva, ya sabes, disimulando mi drama.

A pesar de presentir la textura de tus labios, de tener archivos de tus aulliditos farsantes y construcciones sobre tu imagen de jinete y mi propiocepción de equino, respiré un poquito y fingí tranquilidad.

 ¿Tus dedos en mi cuello o mi cuello en tus dedos? una pregunta para alguna filósofa zen o una erotómana sexy. Un cuestionamiento para la decena de comensales… (porque comen y sales -de ellos-) 

¿Por qué? ¿Para qué?

¿Acaso he de regalarte un asiento para que sepas que tienes un lugar en mi vida? 

Con ganas de estrujarte al igual que lo haría con la bolita antiestrés, de prometerte saciedad sublime por primera vez, de lavarte para no toparme con los rastros de esos.

Confundido, aturdido, paralizado… y mientras me tocabas sólo pude pensar en la etimología de “estúpido”: Es voz latina: de 'stupidus' = aturdido, a su vez del verbo 'stupere' = estar atónito y pasmado, ponerse estupefacto, de la familia léxica del sustantivo latino 'stupor' = asombro, pasmo, disminución de las facultades mentales. 

¡Ay ya!, sólo fue una tocadita de trapecio… ¡Bueno, bueno, vamos respetando!, porque fuiste tú,  “la tocona” y fue mi trapecio  “el tocado”, porque me sentí desnudo, porque me sujetaste como un cachorro, porque me capturaste. 

¡Hmmm! Pero qué exagerado, sólo fue una manifestación de afecto físico… ¡espere, espere, barájemela más despacio!, porque me he revolcado en tus ideas, porque soy el de tus fantasías, porque eres la de mis sueños, y aquí, en tu mundillo, soy el que comparte el mismo Expecto Patronum que tú. 

¿Masaje! ¿de qué hablas? ¿qué masaje? Me preguntas como si no hubiera pasado nada. 

¡Pfff! no fue un masaje. 

Me remito a la RAE: "Operación consistente en presionar, frotar o golpear rítmicamente y con intensidad adecuada determinadas regiones del cuerpo, principalmente las masas musculares, con fines terapéuticos, deportivos, estéticos, etc"

Entonces: Presión (hubo). Frotación (hubo). Golpeteo rítmico (con pocos compases musicales, pero hubo). Principalmente en masa muscular (aplica). Con fines: Terapéuticos (no aplica). Deportivos (no aplica). Estéticos (no aplica). Etc. (APLICA).

¿Soy acaso tu etc, es decir, la expresión que usas para sustituir el resto de una enumeración que: se sobreentiende gracias a una progresión lógica o al contexto y por tanto, soy innecesario de expresar? 

Hoy me atreví y te besé.
Te sujeté la mano.
Y me invitaste -pero yo pagué, porque una vez más habías olvidado el dinero- a tomar medias nueves, onces o merienda.
 Y ahí en público, te sujeté la cintura,
sentí tus caderas, te acerqué hacia mí tomándote por el cuello
y en lugar de un beso sexy, te succioné la mejilla.

Tu ceja inquisidora se levantó.

Mis labios fruncidos, decididos y valientes
se pusieron de cuclillas, pegándose a mis dientes.

 “Nos vemos”, dije con voz fingidamente masculina,
y me largué, sin saber si tu ceja se había desempinado.

Caminé por tu ausencia,
me mojé en tu vértice,
fui tu olor de hastío.

Me callé en tu voz,
jugué con tu pelo,
me robé tu piel erizada.

Sequé tu sudor dulce,
te silencié con rigor,
te rocé el trapecio. 

martes, 5 de marzo de 2024

JUEMADRE


Te ufanas de mi afecto y vas por ahí con la certeza de saberte bien querida, como si una fuerza protectora te rodeara. Porque sabes que puedo narrarte de mil maneras, sorprenderte de quinientas y lamerte de una sola. 

Mis dedos se entrelazan para que te estreses y -con disimulo dactilar- puedan ofrecerte un masaje -indecente, pero terapéutico al fin y al cabo-. 

«¿Puedes amarme aún más?» preguntas con soberbia enternecida y me dejas aguantando hambre, en una escena en la que me sumerges en el desierto fugaz de tus pulcritudes. 

Quizá te acuerdes del título de mi escrito más importante y yo pueda hablar de tus cicatrices o describir nuestras noches juntos, ya sabes: cuando me alimentas o me atropellas. 

Surge un 'temita' inesperado: vi brillar algo en tu cabeza, quizá un piojo plateado, una escarcha de tu última fiesta swinger, un haz de luz en la tinta de tu pelo -que he tenido entre mis dedos...-

Me acerqué para investigar el asunto, pero me tropecé con las comillas de tus labios, tu lengua en punta y la redondez de tu frente, obviando tu mirada sabionda y tus cejitas altaneras, llegué hasta el destello aquel... 

Un cabello blanco se erigía entre los demás, orgulloso y silencioso, advirtiendo experiencia e invitándome a una entrevista. 

Quedé perplejo. Y en una estrategia de psicología inversa, fingí poca importancia. Lo saludé distante mirándolo con cierto aire de superioridad. Era bello, esbelto, frágil, sosegado. Se movía con sutileza entre los otros, llamando vulgarmente mi atención.

Tus dedos, -cuyas historias no he contado-, lo acariciaron, acomodándolo con gracia. 

Me hablabas de no sé qué, ni tus pómulos ni tus mejillas captaron mi atención. Ahí estábamos, tu cana y yo, a solas, en silencio, esperando.

Te quité la consabida borona que siempre me permite rozar tus labios, me disculpé con tu cuello por no elogiarlo, le hice un guiño a tus cejas y cerré todas mis suscripciones a las noticias de tus lunares. 

Sí. Puedo amarte más.

martes, 30 de enero de 2024

MANUAL PARA MANEJAR TUS DESVÍOS CONDUCTUALES O CÓMO CONTESTARLE A TUS EX

Aquí estás, expresando la necesidad de mi presencia en tus palabras, casi reclamando la ausencia de menciones hacia ti, quizás buscando halagos o haciendo una pataleta por no ser mi centro de atención. Tu sonrisa se dibuja, y tus labios se curvan hacia la derecha, formando dos hendiduras como comillas inglesas de cierre; inexplicablemente te percibo en resolución 4K, captando los matices de tus palabras, algunas sugerentes, otras inocentes, algunas mordaces, pero todas de ironía.  

Puede que todo esto sea fruto de mi imaginación, que seas un delirio hecho mujer libre y valerosa y que todo lo que creo saber de ti sea simplemente una excusa derivada de mi incapacidad para erizarte el cuello. Tal vez me agote en los misterios de tus pliegues o ría porque tu gato se orinó en tu cama después de habernos quedado juntos, en un claro reclamo territorial, y solo por eso me encuentre adormecido o fatigado. O quizás, yo sea el libro de autoayuda que se convirtió en cenizas aquella noche en que incendié tus muslos, y el resultado sea que me sienta agitado. Lo único que puedo afirmar es que al tocar tu espalda, revisar tu impecable manicura, verificar tus joyas, y examinar tu atuendo, oscilo entre la tranquilidad y la inquietud.

Entonces, ¿todo lo mencionado hasta ahora tiene algún propósito? Un silencio de muerte hiere de muerte a este texto, y busco en tus expresiones, en tus palabras o en tus zapatos de charol, las armas para protegerme de ti. Recuerdo, pienso y veo cómo desfilan tus obscenidades, -que podrían ser las mías en la proyección de que tú seas mi creación-, como la de una casa swinger, la presentación de tu sexóloga sexy, tus lúbricas y solitarias jornadas. También desfilan tus aventuras inenarrables, tus momentos de lucidez profunda que me hacen sentir seguro y la atención que alguna vez no te presté. Tu voz, cargada de verdad, pragmatismo y temores, pronuncia vulgaridades perfectas, ternuras alucinantes e ideas eróticas e inteligentes. Como siempre, te he dicho de todo, pero hay una diferencia: ahora te abrazo más. Recuerda, hablo de buscar en tus palabras las armas para protegerme de tus encantos. 
 
Te atreves a decir que ahora escribo mejor; un día me tocaste para demostrar que tenías frío. Me narras tus experiencias eróticas y tus sueños, y sin darme cuenta, conozco el sillón donde estuviste expuesta al sol, las ambiciones con el tipo de barba que fue tu jefe y después tu subalterno, tus dolores y tus miedos. Y tú conoces mis puntos de quiebre. 
 
Preguntarás: “Pero, todo esto, ¿qué tiene que ver con mis ex? y ¿por qué llamas a esto un manual?” Porque cada vez que el pasado te asedia, mi presente se desequilibra -de seguro porque no tenemos futuro-, pero más aún porque dudas de tu grandeza y belleza. Parece que ignoras que eres una musa mística fabricante de joyas y todos los merodeadores, quieren poseerte. ¡Erran!, porque eres mía. 
 
Sé que suena feo, posesivo, invasivo, intenso, enfermizo, dependiente, infantil… lo sé, pero al menos piensa que si respondes que eres de alguien, todos los que ansían tocarte se desconcertarán. ¿¡Qué!? ¿¡Ya tienes dueño!? Se retorcerán pensando en cómo te has revolcado conmigo, los lugares que visitamos, cómo superaste tus fobias espaciales con mi apoyo, y cómo te di avales para vestirte de una u otra manera. 
 
Mía, sólo mía, porque he visto la excitación en tus mejillas al reconocerme como tu amante, porque escribo sobre las idealizaciones de tus príncipes encantadores y canallas… elegantes y patanes… 
 
Responde a tus ex, eso: que eres mía. 
 
PD: Te compré un regalo, pero fue hurtado y convertido en baratija -la verdad, siempre lo fue-. Habrás de esperar otras letras y otra noche compartida para que sepas de qué se trata.

   

miércoles, 13 de diciembre de 2023

¿Líneas o puntos?

 Los trazos plasmados en tu almohada resultaron ser puntos en lugar de líneas, ¡qué decepción! Y yo, que había elaborado un discurso completo sobre los caminos del destino, la redundancia de descansar tus mejillas mullidas en un objeto suave -mullido-, la mención de tu amante árabe y la relación con el término al mujáda.

No deseo contemplar tu rostro sonriente en la foto que me enviaste, ni perderme en tus labios o en tu cabello delineando siluetas en tu frente, que usualmente tiene el ceño fruncido. Menos aún quiero imaginar tu fragancia nocturna o tus movimientos de gatita ronroneante. Por eso, y espero que no sea demasiado evidente, el tema es la almohada.

Tú, que escuchas sus sueños, dime de qué color son.
¿Son mal combinados o en tonos sepia?
Confieso que me intriga saber si ella ronca o babea,
si sonríe en la oscuridad o hace gestos de repugnancia.

Quisiera creer que provienes de una oveja feliz
y que fuiste confeccionada en una fábrica nacional,
porque sería desgarrador pensar que eres reciclada
y producto del maltrato de un niño empacador chino.

Y ¿qué hay de los puntos en tu funda?
¿Son referencias, signos de puntuación desubicados,
lunares psicorígidos o acaso huellas que me indican
el camino hacia los sueños de tu dueña?

¡Silencio! No me hables de sus noches compartidas,
ni menciones los movimientos estridentes,
ni sus gemidos de placer, a veces fingidos
y otras veces exagerados. No te atrevas a insinuar nada
sobre el sabor de sus lubricidades.

Hablemos mejor de cuando ella rompe protocolos
y te coloca entre sus piernas, o cuando no tiende la cama
y te deja allí, junto a tus primos, los cojines.

¿Cómo dices? ¿Que guarda su pijama debajo de ti?
¿Y que, afortunadamente, vino un amante a casa porque,
de lo contrario, no habría renovado esa maldita camiseta raída?

Espera, espera, ese no es el tema. Quiero hablar
de sus momentos antes de dormir, de cómo relaja el cuerpo
y regula la respiración, cómo se desvanece gradualmente
hasta entregarse al mundo donde es mía.

¿Qué dices? ¿Que te abraza? ¿Que ha llorado sobre ti?
Detente, maldito objeto.
Esto trata de ella, de mis sueños,
de sus pesadillas, de ovejas que se cansan de saltar,
de un árabe que intentó hacerla parte de su harén…

En otras palabras, el tema transversal de esta charla
es sobre aquellos puntos en tu funda,
cuya verdad es más simple:
ella, con sus puntos, me funda.

Un día te tocaré, para que me cuentes más,
robaré tus murmullos chismosos sobre ella,
te sacudiré el polvo de los polvos
y te dejaré ubicada por ahí, con indiferencia,
como si fueras solo una almohada más.

PD: Una línea es una sucesión de puntos,  ¿Serás mi línea, seré tu punto?  


LA IDEA DE UNA IDEA


Quiero que me respondas algo: 

¿Por qué despiertas en mí el impulso de escribirte?

Podría revelarte aspectos fascinantes de ti misma, capaces de maravillarte, sonrojarte e incluso sorprenderte. Como el destello en tus ojos cuando crees que estás expresando ideas inteligentes, tu incredulidad ante mis intentos poéticos de retratarte, tus sospechas ante mis perversiones con alguna de tus amigas, o mis exégesis frente a los laberintos de tu existencia.


Hoy, no me referiré a tus pómulos bien definidos, a tus manos sugerentes e indecentes o a aquella ocasión en la que pensé que tenías una nalga deformada, solo para descubrir que tu falda estaba torcida. Prefiero hablar de mí.


¿Y si te dijera que me encuentro a mí mismo como escritor a través de ti? ¿Que puedo sentarme en tus piernas mientras prefieres mantener los ojos cerrados? ¿Que he sentido el sol que te quema cuando intentas escapar de la realidad?


Pronto descubriste mi vulnerabilidad: tú. Y así, en tu papel de erizo hembra, me demuestras que tus púas son de temor, y que soy capaz de verte hermosa, incluso si tú misma no lo crees... aclaro: que seas hermosa y que yo te vea hermosa.


¿Y qué tiene que ver esto conmigo? Nada. Solo que me gusto a mí mismo más cuando te descubro, cuando te colonizo, cuando creo que te descubro y, dudablemente, cuando te colonizo.


Porque envidio tu fortaleza, porque te veo como Tinky Winky, el teletubby morado, el más grande de los cuatro, cuya antena es un triángulo invertido. Cada línea de expresión en tus ojos -¡ATENCIÓN! no dije arrugas- es un sendero hacia tus historias fallidas de romanticismo erótico. Soy quien te narra, y sonrío porque sé que tú sonríes. Me imagino que le muestras esto a esa amiga de los primeros párrafos, al envidioso poeta o a tus consejeros indefinidos.


¿Lo ves? Por alguna razón que aún no quiero entender, me impulsas; me instas a escucharte para que mi propia historia gotee en tus lunares.


Esto no es un sueño de mierda, una indigestión emocional, una comparación con una perrita de la antigua Villaviciosa de la Provincia de Hatunllacta, ni mucho menos una mención de aquel fuerte como un león. Estas letras son mi manera de decirte gracias, porque te conviertes en mis composiciones de cierto número de versos para que las cante una sola voz, porque renazco al verte.


(Todo eso lo pensé, pero sólo dije:)


¿Cómo estás?

sábado, 30 de septiembre de 2023

NOVELA, NEGRA (FRAGMENTO)



Primera parte

Una, dos, tres, cuatro, cinco… y tomó pausa para respirar, seis y siete. Las tres primeras fueron seguidas, el cuchillo entraba y salía con rapidez del vientre; la cuarta fue en el diafragma, en consideración a las películas que había visto, en las que afirmaban que ese era el punto en el que se hacían el harakiri los samuráis y que dolía en exceso; la quinta en el corazón, consideró que iba a ser un tejido blando, pero hasta el momento había sido la que más esfuerzo le había costado; la pausa para respirar le permitió percibir ese olor a hierro oxidado que tiene la sangre fresca; por un instante se devolvió a las peleas en el colegio en las que, con sus compañeros, dirimían los conflictos a trompadas y después seguían siendo amigos, pero este no sería el caso; la sexta fue en la mejilla derecha, estuvo tan difícil, que tuvo que sujetarle la cabeza para que entrara bien y la séptima fue encima de la rodilla izquierda, ahí dejó el cuchillo clavado.

Dio dos pasos hacia atrás y se volteó. Caminó hacia la ventana y sintió cómo las palpitaciones del pecho y del corazón retumbaban al unísono; había una irrefutable luna de mayo y una nube insolente osó en atravesarse en medio de la vista de aquel hombre que durante 22 años había planeado este momento; entrecerró los ojos como para maldecir a aquella entrometida, pero la obstrucción fue breve, así que siguió viendo a aquel satélite suspendido, elegante, extraño y el sonido de un goteo lo hizo volver a aquella habitación de la esquina en la que había matado a su amigo del alma. Era una casa de dos pisos al sur de la ciudad, al fondo la ciudad titilaba impasible como consintiendo la purga del dolor; con una extrañísima agitación lenta, abrió la ventana e inhaló el aire distinto al tibio ambiente de la sangre que crecía como una mancha lenta y espesa. 

Hubiera querido encontrarme con alguien que cumpliese años el mismo día que yo. Quizá para intentar descubrirme en ella o sólo por un ejercicio de ego. Me imagino que sería una nenita de signo Virgo lo suficientemente decente como para tomar un café al ocaso del día y también lo necesariamente compleja como para que me dejara leer entre líneas unas pequeñas perversiones. Supongo que cerraría un poco los ojos al fumar, quizá para hacerse la interesante o para darle tiempo a sus palabras pausadas. Su voz habría de ser fuerte, imponente, como su pelo negro que habría de caer en flequillos sobre su frente, cubriendo ligeramente sus cejas misteriosas. Tendría que ser una excelente conversadora, con datos interesantes a la mano para amenizar el ambiente y siempre en tono amabilísimo. De la misma manera, sus comentarios cómicos demostrarían acidez, malicia y una comprensión genuina de cada situación. Pasaría sin problema de hablar y demostrar con señas la ubicación del punto G, a hablar de historias fantasmagóricas. De ese modo, contaría cómo cuando era pequeña –más pequeña– su hermano que padecía de sonambulismo se enredaba en la malla que le ponían para protegerlo de los zancudos y parecía –literalmente– un alma en pena… o también cómo aquella vez que se fue a dormir y vio al lado de su cama unas botas diabólicas que parecían tener vida propia y cambiaría de tema otra vez sin preocupación, referenciando al médico Vatsyayana y su teoría clasificatoria de los hombres según el tamaño de sus penes y a las mujeres según el tamaño y profundidad de sus vaginas. Y yo le habría de seguir su discurso como saboreando manjares. Preferiría que viviera lejos de la ciudad, para que tuviera tiempo de ver el paisaje y pensar en sus propios pensamientos, su olor debería ser una clara expresión de asepsia, sus manos acompañarían acompasadamente sus palabras inteligentes y sus movimientos calmos. Estoy seguro de que debería entender mi fascinación, que debería saber que me cautivó con su energía y sus conocimientos sobre el kamasutra o el kundalini; quiero pensar que se daría cuenta de mi encanto por sus apuntes complementarios y sus adjuntos a mis ideas, como si ellas, se tomaran de las manos y se miraran a los ojos en el preludio de un beso, que, como un ritual, se habría de dar. Me quedaría entonces en el borde de aquella taza de café, haciendo malabares para no esquivar sus labios, porque con ella me permitiría comprender la manifestación de la forma y el fondo, como un protocolo ajustado a la mejor manera del gusto, con los símbolos correctos, con los uniformes adecuados y con la claridad evidente de poder alcanzar las transgresiones. Quizá la hallaría en un pasillo e iríamos a un cafecito con las mesas afuera para poder fumar, de pronto yo me iría acercando con cualquier excusa, como que alguien tosió o para oírla mejor, posiblemente, por mis ganas de congraciar con ella me reiría más de lo adecuado de sus glosas, o me quedaría embrujado con sus pómulos, su piel blanca o su forma de caminar. Casi al final, antes de despedirnos, le regalaría unos chicles, le diría lo bonita que me parecía y le daría un beso en su mejilla derecha, un beso con la misión de retener su aroma, un beso para invitarla a que escribiéramos juntos, un beso para que me prestara algunas letras y que yo las pusiera a mi antojo, un beso con piel sensible. Hubiera querido decirle tantas cosas, que con ella me sentía sin tiempo y con angustias, lleno de ella y vacío de mí, y que su nombre se habría de diluir en mis propias ganas de llamarla, como un lamento taciturno, tímido y opaco, como la necesidad de acercarme a ella, para entenderme, para saberme, para descifrarla como un  crucigrama cuyas palabras se renuevan con cada mirada suya…Me encantaría verla, dejarla ver, hacerla ver, obviarla y tentarla, descubrirla y recubrirla, ser su acusador y cómplice, ser su fantasma preferido y su miedo recurrente, convertirla en una fijación, convertirme en un objeto de su colección de misterios. Sería como un espejo místico, que refleja la imagen más lejana, pero a la vez la más íntima, sencilla y densa, así habría de ser… como aquel Idilio Eterno que contara Julio Flórez, como esas frases que te dicen, que sabes que son importantes, pero no las entiendes…Entonces, algún día ella, habría de hallarme carente de ella, y de forma automática debiera abrazarme, ofrecerme excusas, redimir sus culpas… porque de alguna manera, ella habría de saber que le habría dado la responsabilidad de resumirme, de sintetizarme… Empiezo a creer que no percibo bien la realidad. Miro una silla vacía y una pareja en otra mesa contando amores fanfarrones. Me quiero convencer de que la espero...

Disfrutó de la escena, un cuerpo inerte, desangrado, como un empobrecido muñeco de trapo sin gracia, pensó en los mejores momentos de su amigo, su éxito con las mujeres de todas las edades, su lealtad. Vino a su cabeza la pregunta si acaso lo había matado por envidia y de inmediato se acercó al cadáver aún tibio y le miró de cerca sus ojos, detalló las marcas dejadas por el acné, su alopecia, su nariz y la forma de su frente; los ojos vidriosos no le dijeron nada. Soltó de mala gana su cabeza y aquel cuerpo atado a una silla se balanceaba como un ebrio feliz, la sangre emanaba de la pierna silbando al despresurizarse; por primera vez sintió el olor en la garganta que se convertía en sabor a óxido a mineral y la luz de la luna hacía que todo color carmesí fuese casi negro. Miró sus propias manos y las de él y pensó que quizá sus líneas del destino fuesen coincidentes, tomó la mano de su amigo, cuyo brazo estaba atado a la silla y la levantó como una tapa de un recipiente, posó su mano derecha y la puso enfrente, toda la sangre ya se estaba secando y las líneas de ambas manos parecían ríos purpúreos.

En los caminos de sangre de sus manos coincidentes se pintaron recuerdos e imágenes borrosas para los ojos pero nítidas para la conciencia. Pensó con calma si haberle quitado la vida era lo mejor, sí lo mejor hubiera sido hacerlo sentir un poco más de desesperación y si el dolor de él, era una manera de curar su propio dolor, es así como el límite de poder hacerlo sentir algo se iba con la vida de su amigo.

 

Y te revelas ante mi en cuerpo y alma 

como una partitura interpretada por Dios.
 

“No tienen futuro” dijo con voz pausada mientras bajaba la mirada a las cartas de naipe español que había dispuesto sobre aquel mantel tan rápido como azul claro confuso. La pitonisa me había dicho cosas sobre el carácter de ella: “bastante impulsiva y usted tan pausado”, ella es práctica y le gustan las cosas ahora mismo y bien hechas, en cambio usted es tan complicado y yo miraba las cartas: una sota de espadas, un rey de bastos, un tres de oros… que ella tocaba con sus ficticias uñas largas y decoradas con arabescos plateados.

Sólo cuando vi su rostro ajado y su maquillaje de fiesta detallé su voz neutral, decía crueldades sobre mi vida amorosa, auguraba viajes y afirmaba que la gente sentía envidia de mi buena suerte. De vez en cuando, hacía una pausa y movía la cabeza como comprendiendo mensajes de aquellas cartas coloridas. “Escoja una carta de este montón” y me señalaba de dónde saldría mi destino: As de bastos, pensé que era lo más parecido a una erección rudimentaria de la versión cavernícola de Pinocho y en ese momento vi por primera vez un destello en sus otrora bellos ojos color miel: ¡Qué interesante! pueden salir adelante y ser todo lo que quieran, después un 3 de espadas: ¡Cuidado! habrá alguien entre ustedes que querrá separarlos y salió el as de oros: ¡Riqueza! ¡Abundancia! y su voz plana iba mutando a una emocionada y con aires de alegría.


¿Sabe qué? me dijo mirándome, mientras abría sus manos como abanicos sobre las cartas, yo soy Aries y el gran amor de mi vida también es Virgo, él también se dedica al ocultismo y ambos sabemos que no somos compatibles, pero el amor puede, el amor vence. Suspiró como si se hubiera liberado de un gran peso, bajó la mirada y dijo con una voz tenebrosa de letanía: Simul cum morte.


No era tiempo de arrepentimientos, no había lugar ni modo de recular. ¡El fuego liberador! quemar su cuerpo y su recuerdo fue una idea repentina, en un principio había pensado en dejarlo pudrir y que los  mismos gusanos sintieran hastío de sus miserias. Hace unos años había pensado en dejarlo morir de hambre o quizá desangrarlo de a poco hasta que perdiera las fuerzas, un goteo de muerte por las ajenas distancias de la vitalidad, un paso a paso riguroso del sufrimiento. Salió del cuarto esquinero, corrió la puerta falsa cubierta por libros y se halló en el lugar destinado para la lectura y escritura. Libros apilados con un mediocre intento clasificatorio, un cómodo, costoso y ostentoso sillón, dos lámparas flexibles y un lienzo en blanco; al lado el cuarto con la cama y un baño sin espejo.

Las casas de sectores humildes aún conservan el privilegio de la intimidad; en el piso de abajo había un local que había sido arrendado para una droguería, un café internet y una sastrería, ahora estaba desocupado, los dueños de la casa se habían ido a tierra caliente, por problemas de salud y él les había dicho que quería comprar aquella casa.


No lo sé. No puedo decir el momento exacto cuando la encontré, estoy casi seguro de que era un sábado en la tarde después del mediodía, en esos momentos en los que la digestión del almuerzo hace que la vida pase en cámara lenta. Creo recordar que estábamos en clase y veníamos de sufrir cuatro imposibles horas de una clase magistral en la que hizo que la mañana pareciera una eternidad mal contada; el almuerzo fue una catarsis mal hecha, pues el profesor fue al mismo restaurante y no pudimos despotricar como se debería haber hecho. Para la jornada de la tarde habían huido algunos y los valientes que nos quedamos teníamos miedo de volver a encontrarnos con otro empalagoso discurso. 

Veníamos corriendo, porque justo esa mañana, habíamos tenido otro compromiso dictando una capacitación para un colegio muy al sur de la ciudad; así que con mi compañero llegamos sin almorzar a dictar la clase.


Vi como en vez de un profesor llegaron dos: Uno bajito y uno gordito. Venían con una energía extraña, pero nos subieron el ánimo con su carisma, su humor y sus esquemas conceptuales. Valió la pena haberse quedado.


El profesor gordito, preguntó si había psicólogos en el público, en verdad éramos dos, así que dudé en levantar la mano, pero ya muchos de mis compañeros sabían de mi profesión, así que no tuve más remedio.


Estaba sentada al fondo del salón, me pareció que estaba recostada encima de su pupitre, hacía un calor justo como para una siesta; pregunté si alguien era psicólogo, para que me ayudara a hablar sobre las diferencias entre el carácter, el temperamento y la personalidad y oculta durmiente se irguió como una esfinge milenaria.


Soy una mujer que no se intimida con los hombres. Pero en esta ocasión, su voz, su mirada, sus ejemplos me cautivaron. Me preguntó algo, pero menos mal mi otro compañero psicólogo respondió, porque yo estaba pensando si ese profesor tenía hijos y que seguramente su esposa era una intelectual y entre chiste y charla y en menos tiempo de lo que todos pensamos se acabó la clase. Fue impactante su manejo del discurso, su capacidad esquemática, la forma de comunicarse.

Pensó sobre varios asuntos: qué hacer con el cuerpo, si quemar o no la casa y cómo contar la noticia del evento sin exponerse. Fue al baño y se lavó las manos y mientras caía el agua en sus manos se acordó de aquellas jornadas en las que ella, -su supuesta ella- se le desleía en sus manos. 

De entrada debo decir que a él le gustaba sentirse víctima. Ella, aunque insegura, poseía una forma de racionalidad que limitaba peligrosamente con un pragmatismo desvergonzado. Se habían conocido en una fiesta patriótica y a decir verdad, él mostraba sus dotes de bailarín y ella su admiración por él. Desde ahí se construiría una historia de amor que terminaría con un par de antidepresivos al día y el peso de hacer lo mismo, sentirse igual y tener el más triste de los talentos mutuos: provocar en el otro su peor parte. Eran como filtros de sus propias decepciones… eso es, decepciones permanentes, exponenciales y lo peor… dotadas de un trascendentalismo insoportable… en ese juego de desencantos significativos, él y ella habían llegado a acuerdos absurdos, como callarse cuando era mejor hablar o quedarse cuando era mejor irse… pese a que las brujas le advirtieron sobre la posible infidelidad de ella, él quiso omitir aquellos anuncios esotéricos, es así como los episodios diarios eran muestra de un sicótico sentido de la desgracia, quiero decir, con ironía profunda, de esas que no sabes explicar, pero que entiendes por qué te ocurren. Ella, que antes tenía el desborde de la piel… valga la redundancia… a flor de piel, ahora era una sarta de complejos laberintos emotivos, él, que era un vivaz adulador de sensaciones, ahora era un tipo que caminaba en las mañanas dominicales para ir a refugiarse en cualquier templo y pedirle a su Dios, lo mismo de siempre. No sabemos qué le pide, pero se agacha y cierra los ojos suavemente, pero quizá lo más extraño es su sonrisa, como si supiera que lo que pide ya viene en camino.

Tenían un pasado virtuoso, aquí la virtud carece de sentido moral, justo quiero decir lo contrario, habían explorado los rincones de sus cuerpos, sus almas atletas de hazañas inenarrables, sus ojos lo habían visto todo. Celos, lujuria, posesión, libertad, amistad…Un día, o mejor dicho, una noche, decidieron que verían desnudos el amanecer desnudo, que sus cuerpos serían los testigos del cruce de la meta del hastío… sus olores se mezclaban, y él sabía descubrir la mujerzuela que había en ella y ella sabía invocar al brutal perverso que lo habitaba. Ritmo, apresuramientos, lentitudes, pausas…Pero ese pasado, era un recuerdo de un recuerdo de un recuerdo… un nieto emocional que ahora rechazaba cualquier futuro… un estúpido larguirucho con chaquetas largas de cuero y dotado de buena suerte. No se hablaba del pasado, algunas veces él lo anhelaba y para no enloquecerse o tener que subir la dosis de las pastillitas felices, quería vivir eso que ya no estaba. Las pesadillas se hacían frecuentes… y las recurrencias pasaban al mundo de la vida real… el insomnio amenazaba… tic… tac… susurraba el reloj… quiso tocar su muslo para saber si tenía puesta su piyama color guayaba que era de dos piezas, una pantalonetica lo suficientemente ancha como para conceder espacios para los oficios genitales, y una blusita de dormir, lo suficientemente ancha como para conceder espacios para los oficios táctiles mamarios… y a pesar del espacio para recorrer el muslo, esa piyama se convertía en una advertencia: ¡Detente!. Y a él, que le gustaba relamer sus mezquindades, le iba subiendo la rabia, pero al llegar al pecho, ya iba convertida en decepción y al culminar en su frente, ya era una culpa declarada. Ya aquel campo simple de los cuerpos y su diálogo fluido, se había convertido en una patética conversación de torpes adversarios, el terreno estaba minado, cada mina era, el producto de una frustración… o quizá me refiero a esas decepciones del primer párrafo, cada mina estaba dispuesta a explotar y a llenar de rencor todo cuanto alcanzara su onda, cada mina, era una llegada tarde, una excusa para irse, aquella pena ante los amigos, la vez que no usaron los vestidos adecuados, las promesas incumplidas, aquel regalo que se convirtió en humillación… todas buenas intenciones, que terminaron siendo negocios fracasados, como aquel bar… en el que él se emborrachaba y en donde terminaban de juerga sus amigos… o como aquellos viajes… o como su machismo… o por qué no decirlo… su feminismo. Ya no era un asunto de negación sexual… quizá ella diría… “porque no soy de piedra”, y a él no le importaría… sus temperamentos irritados saltarían ante cualquier intento de acercamiento... Su dignidad estaba puesta en la piyamita color guayaba… en ese obstáculo entre él, el pasado glorioso y el hoy presente ominoso… dormiría desnudo y con una almohada entre las piernas, como rogando, como esperando... él sabe que la próxima vez ella tendrá que tomar la inciativa... en verdad, él no sabe que no habrá próxima vez. Nada importa porque todo importa. Un amigo suyo lograría ayuntarse con una pobre moralista excitada, una amiga de ella seguiría creyendo que su marido le es fiel, una amiga en común compraría bonos de desgracia y se los autoenviaría... Quizá quieran despertarse de la pesadilla y huir de sus vidas en los sueños... quizá le salgan manchas de sangre en la espalda a uno de ellos, quizá sólo sean ganas de molestar... Ellos leerán sus vidas cuando las letras tiemblen y caduquen y todo vuelve a empezar por su necesidad de sentirse víctima.

La agitación de perforar con un cuchillo a su amigo, ya había pasado. Quedaban atrás las palpitaciones en la cabeza y la respiración agitada, era hora de reflexionar; ya había pensado sobre el destino del cuerpo… el cuerpo, ese cuerpo antes tan alto y erguido y ahora desparramado en la silla, su piel, con rastros de acné juvenil y con ese olor tan particular. ¿Valdría la pena ultrajar el cuerpo? escupir una masa inerte, golpear aquellos ojos negros ahora enublecidos y con manchas rojizas… ¿Y su voz? ¿cómo borrarla? cómo deshacerse de su risa espontánea y sus apuntes pícaros.

 

Él se derretía de ganas por ella. Era un asunto que iba más allá de las feromonas, era un llamado imantado entre sus pelvis. Pero, no era un mero aspecto sexual, pues en medio había asuntos como la prohibición, la provocación y la conquista. Claro, todo rodeado por eso de los egos falsos y el vacío de cada una de sus deterioradas autoestimas. Encajaban como piezas de tetris, sus olores, sus susurros, sus roces... Una vez, ella le tocó su espalda al despedirse y ambos sintieron ese corrientazo; prefirieron no mirarse, él  pasó saliva, ella salivó. Otra vez, él se despidió con un abrazo largo, y la olfateó, consumió su olor como un trago fuerte. Y empezaron charlas simples, adulaciones progresivas, unas inocentes, otras malintencionadas, otras groseras... lisonjas rojas, zalamerías libidinosas... nunca nada directo, siempre por la vía de la posibilidad. Aunque no debían, sí querían... era una obligación del deseo. Ella le acariciaba la cabeza con disimulo, él le tomaba las caderas y rápidamente las soltaba, como queriendo dejar un recuerdo de la promesa. Quizá había más deseo que ganas; entonces para disimular hablaban de todo... finanzas, estrategias, espiritualidad, programación neurolingüística...  Pero ya se había llenado el cántaro de las excusas y triunfó la animalidad. Se decidieron. Compartieron su esencia. Cada quien en su mundo se imaginaba el instante compartido... el cuerpo con sus respectivas parejas, pero la mente lamiendo los vericuetos del cuerpo anhelado, el de él, firme, el de ella, apetitoso. Se metieron en los laberintos del turbulento deseo... ella, antes de sucumbir en su cuerpo le dijo que su sentimiento por él era puro, le dijo con emoción sentida que lo adoraba... él no pensaba, sólo graficaba en su mente el desenfreno. Ansias, ardor... ella decía que venía de un ritmo y frecuencia respetable de encuentros de piel, él decía que ella hasta el momento ella no sabía qué era ritmo ni frecuencia.  Ella en el amanecer le llamaba, le escribía, le rogaba... él, respondía, obedecía y ordenaba... Fabricaban coincidencias, moldeaban los destinos y se encontraban, y se tocaban desde lejos, y ella se acostaba en el piso y él se reía, y él pavoneaba con su experiencia; él la sabía inconclusa, ella se iba aceptando insaciable. Sin tapujos, sin restricción, traviesos... sin límite. Armonía, caricias de eros, presencia de lesbos, multitudes en la cama... presencias, ausencias, muertes lentas, él y ella... sin daños a terceros.

 Pero había algo más fuerte en común: ella era la mujer de su amigo y él era el más apreciado y gracioso amigo del escritor.

 

Estaba pensando en lo que pensaba, quizá hubiera sido mejor no matar a su hija y en definitiva fue un exceso aquello de infectar a su madre, para que se fuese secando en vida, ¿sentía culpa?. Se lanzó a la cama bocarriba y puso los brazos detrás de su cabeza, y su gesto de sonrisa fue borrado por el fruncido de sus labios, al lado izquierdo tenía en su mesita de noche unos textos incompletos, dos novelas por leer y debajo la libreta con su venganza escrita paso a paso.

 

Tus labios en mis manos de luna llena
son noche de besos en el clamor del alma,
y adivino pronto mi futuro jubiloso a tu lado
porque estoy hecho de tus verdades puras.

Con tu vida escribo mi historia de amor
que empecé hace varias vidas atrás,
la luz del viento conoce mi nombre oculto
por el que me nombras con solemne fervor.


Tú, tan macho cabrío y yo tan diosa virgen,

tú tan fuego en Marte y yo tan tierra en Mercurio, 

tú has salvado a los hijos de Atamante y

yo soy la única virgen entre todas las Titánides.


Somos espejos puestos de espaldas

que presienten el reflejo verdadero,

humo inverso que entra, contratiempo claroscuro, 

un rudo, bello y exótico animal alado.

He inventado la justicia que es silenciosa,
pero permito tu balido con sabor a césped,
cuento los segundos a tu lado en los siglos de tu ausencia,
y somos deidades primigenias que por fin se besan.