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martes, 20 de mayo de 2008

Una docena de alejanías

Hicimos un pacto de Virgos. De esas cosas simbólicas que uno se inventa para disimular la ansiedad que te dan las ganas. Ahí estuvo el primer problema en esta flaca historia: Me fijé en su mirada y no en sus ojos, nunca vi sus dientes por que su sonrisa me cobraba peaje de sentido, sólo pude entender sus labios como parte de los míos cuando decidieron besarme en un soberano acto solemne de formas hindúes.

No importa como la conocí. Llegó tarde y vestida de negro, su energía cortó el ambiente que hasta ese momento era tranquilo; recuerdo que todo enmudeció como en un presagio de hostilidad, como en un presentimiento de bello riesgo. Después caí en la trampa de su vocecita, que con seseos intencionales y palabras alargadas al final, se convirtieron en el primer tema de conversación en aquel café. Pidió un tequila y me contó su historia: vino de otra ciudad por una oferta laboral, dejó todo, allá estaba bien, tenía novio, trabajo bien remunerado, su familia, pero su impulso la trajo. Ese fue el segundo problema: Me supe absolutamente subordinado a su lado, me mostró el riesgo de dejarlo todo, y yo, que fui inspiración para Edipo, me sentí fascinado por semejante muestra de independencia.

Siguiendo mis esquemas de conquista la invité a almorzar, la noche anterior no pude dormir, pensando en qué decirle, cómo capturarla con mis enredos de supuesto sensiblero, me cambié de ropa tres veces, me vi gordo, bajito… Tercer problema: Me mostró ante mí... En fin, estaba fastidiosamente ansioso, había preparado tres posibles saludos, cada uno con dos variantes y tenía un par de chistes a la mano, y una anécdota triste en caso de emergencia. Me llamó y me dijo que no podía, que después me explicaba, que la perdonara, pero que después se iba a reivindicar… Cuarto problema: le compré la promesa. Su saludo dos días después, fue: “Venga, ¿No me va a hacer ningún reclamo? Es que como usted es tan…” y empezaba a describirme de una forma que podía ser el peor de los insultos, pero sonaba bonito, me hablaba de cómo éramos los Virgo, antisépticos, psicorígidos, que no soportamos el dolor ajeno y menos el propio. Interesados, con buen gusto, depresivos, habladores, sarcásticos, y yo le creía. Me gustaba más la versión que ella tenía de mí, que mi ego, me llenaban más sus bisuterías intelectuales y energéticas que las, ahora, tontas charlas con mis amigos. Yo un conversador compulsivo me quedaba callado.Con la fuerza de la timidez provocada, pregunté por la reivindicación por la cita fallida y le conté los ahorros de chistes y los supuestos planes, intenté hacerla sentir mal por mis frustraciones, intenté ganar una batalla en esa tensión de la conquista. Ella, sólida, me miraba, con la angustia pasiva de quien entiende la angustia fingida, entonces me tocó la cara con una caricia rápida, simple, desparpajada, una caricia sin fuerza ni fe, un roce como limosna opulenta, acompañado de unas palabras: “Ya pasó bonito, ya pasó” Cuando me di cuenta que mi estrategia se derrumbaba y que sólo podía sacar de la manga mi As infalible de hacerme el sumiso, en ese momento, ella me abraza y dice maternal: “pobre niño, ya bonito, ya pasó” y habla de nuevo con tono normal cambiando de tema. Me dice que me va a invitar a un sitio, por aquello de la paga por dejarme plantado.

Iba nombrando el universo a su antojo, decía palabras que yo no conocía, propias de su jerga, nunca dijo una palabra vulgar, me parecía de otro planeta, pero le entendía todo, entre risas y caricias me explicaba que significaban esas nuevas acepciones de las cosas o las personas… Quinto problema… Me construyó un lenguaje para aislarme del mundo y me hizo creer único. Para esas alturas ya había caído en cuenta del problema de eso de pensar en ella todo el tiempo, y esos suspiritos entrecortados que llegaban como afirmación de su presencia ausente. Estaba jodido, sabía que no podía enamorarme…

Esa noche, la de la cita, me llevó en su carro y escuchamos música rara, decía los nombres de los cantantes y yo disimulaba, por fin salió uno conocido, este… el cantante de flamenco… este… el de los Gipsy Kings… bueno, el caso es que fingí ser conocedor de música culta y ella creyó o al menos eso me hizo creer. Llegamos al sitio un bar de Usaquén llamado ….. tan extraño como ella, exótico, sensual, fuerte, hay que mirarlo, de energía amablemente densa. Pidió un coctel cuyo nombre prefiero omitir, yo pedí un trago de esos que uno pide para no quedar mal, “12 años y el hielo aparte por favor”. Siguió el silencio y de pronto me dijo que se sentía sola, que su trabajo era absorbente como su importante jefe, que ese sitio le encantaba, que yo le gustaba y que si me podía besar. Después de eso no me acuerdo de nada. Sexto problema me hacía recordar la amnesia o peor aún me hacía recordar los olvidos.

No sé cuantas veces hablábamos al día, teníamos horarios cruzados, ella en sus reuniones y yo en las mías, hablábamos desde el baño, haciendo la parodia de que quien hablaba al otro lado era alguien importante; en las noches hablábamos de cómo nos había ido, pensamos encontrarnos alguna vez para almorzar, pero su agenda era un infierno de compromisos. Un día fui a su apartamento. Yo tenía que hacer unas cosas para entregar al otro día, y ella también. Era una guarida perfecta para el romance, claroscuro, con muebles de mimbre y objetos extraños traídos de los distintos lugares donde la llevaba su trabajo. No quise decir que viajaba mucho, por no recordar el dolor de sus despedidas y la ansiedad de su pronta vuelta. Nos sentamos juiciositos, después de 10 minutos estábamos en el sofá, después nos besamos, luego nos besamos, en seguida nos besamos, posteriormente nos besamos y amaneció. Desperté en su cama con el hombro derecho adolorido por sostener un abrazo que hizo las veces de almohada.

Nos tocamos como ciegos, nos respiramos, nos hablamos con el tacto. Temblé de la emoción y del frío. Sentía su vacío cuando se paraba a poner música, en la mañana la vi desnuda. No me aterró, pues la había visto siempre, la había estado esperando hace muchas vidas, ese era el cuerpo que encajaba en el mío. Séptimo problema: La reconocí. Le dije que por ella sería fiel. Que sería capaz de quedarme en casa esperando a que volviera como una esposa devota de marinero desalmado, le dije que la quería. “Y yo a usted (con doble e) Bonito (con doble o)”dijo.

Me dijo que yo parecía una nena, que esa sensiblería le encantaba y que, cuando durmiéramos, me hiciera siempre al rincón, al lado de la pared y que ella me protegería. Octavo problema: Le compré su seguridad.

Un anuncio de mensaje me hizo parar la reunión, me disculpé diciendo que era importante, decía “Al rincón Nena!!!” Era diciembre, nunca más me volvió a llamar o a escribir. No supe que pasó. Noveno Problema: No quise creer que se había ido. Correo: Hola, no sé que hice mal, por favor llámame… Mensaje de texto: ¿Podría llamarme?... Mensaje de voz: En serio llámame… Correo: Entiendo. Quedé con el sabor de la extrañeza y la sensación de estafa, quedé con las ilusiones de las ilusiones y un poco de todo. No lloré. Un día respondió el correo diciendo que se le había perdido el celular y todos los contactos, que había salido del país, que quería verme. Yo le escribí… Lo mejor de que te hayas ido… es que irrefutablemente puedes regresar. Décimo problema: Me enamoré. Quise hacerle mil reclamos, pero ya no valía la pena, mi corazón había postulado para su destrucción en su propio cuarto para enfermos cardíacos. La saludé un par de veces y después con la franqueza insolente de un sicario, me dice que su ex novio, que estaba confundida… Entiendo dije y la miré sonriente aceptando que jugué a perder. Huí de ahí, corrí a otros brazos, encontré otras excusas para no quedarme solo. Décimo primer problema: Me hizo probar las mieles del masoquismo sincero.

El amor puede ser la especie de dolor puro que se manifiesta para saber que la piel tiene memoria… Decimo segundo Problema: La recuerdo.

1 comentario:

Laura Suarez dijo...

Realmente me asombra cada palabra que nombra , como me engatuso leyendo esto , es como si estuvieras describiendo la vida de una persona sola que trata de amar y cada que encuentra a alguien se va no vuelve o simplemente esta buscando amor donde solo hay perdida y recuerdos

esta clase de lecturas me enamoran ma atraen es como si describieras la vida en torno al amor al deseo y ala maldita felicidad que es tan dificil de encontrar