Los sonidos de bossa-nova se trepaban por las paredes austeras de cuadros e ilustraciones supuestamente estéticas. La discusión de aquella noche había rondado temas sobre la globalización y cómo mi teléfono móvil había sido fabricado bajo condiciones infrahumanas, también alguno de los contertulios había mascado algunas frases de Rousseau. Por fin se habían ido, unos en taxi, otros en sus carros y al quedarme solo, pensé en aquella vez que imaginariamente decidí besarte pero prácticamente fue un cordial hasta pronto.
Recordé tu cara blanquecina y tus inexplicables mechones negros en tu pelo rubio, aquel luto obligado de tu esencia y por supuesto tus reflexiones sobre los impulsos. Sonreí al revivir tus ojos pardos con una esencia de felino trasgresor. Era el momento de recoger el desorden, vaciar los ceniceros o ubicar los muebles desacomodados y aquel pequeño escenario silente de tertulia fue violado por un ruido lejano de un automóvil veloz.
Ordenar, esa era la intención y mientras retumbaban las discusiones pasadas, tu voz acompañada de tu risita subversiva se clavaba en mi presente continuo. Busqué algún cigarrillo solitario que quisiera ser fumado y alguna sobra de licor para terminar en un soliloquio la frustración de tenerte a medias pero un bostezo me indicó la hora de la madrugada en la que el cuerpo reclama dormir.
No sé explicar porqué rechazaste mis plegarias de abrazos; sé que entre tú y yo habían transcurrido sólo un par de veces, un par de cervezas, notas sorpresivas, chocolates subidores de azúcar y hasta una visita a un performance satírico-erótico, lo que nunca supe fue si jugaste a conquistarme y cuando lo hiciste, diste por terminado el macabro plan.
Quizá caminamos y mentiste sobre quien te acompañaba, debí decirte que me resultó sexy, ser alguna de tus amigas, en fin, en la reunión esa con mis amigos y amigas, se habló de cine y tú que llevabas películas para ver con tu madre, (y que siempre se dormía) y tú que me cautivaste con alevosía Hollywoodesca y yo, que caí en tu red hecha de excusas y críticas burlonas.
Se acabó el rezago de licor y el cigarrillo también, en la copa veo la huella de unos labios y recuerdo que los tuyos tenían cierto magnetismo repulsivo, no quiero pensar que almorzamos en algún lugar infestado de humo o que comimos postres mientras hablabas con ese que me quitaba el tiempo contigo.
Arreglo un poco el mantel de la mesa principal, cierro las ventanas, voy a la cocina por un poco de agua y otra vez me acribilla tu imagen, en la que sacas de tu bolsito alternativo una botella de agua y que tomas con ganas groseras como calmando tu sed interna. Bebo y en cada sorbo bajas y te acomodas, siempre jugando a ser, como esa polilla que revolotea en la luz de la sala.
Apago las luces y antes de dormir, mientras me desvisto imagino tu desnudez ilimitada pero limitante, tus sabores, tus terrenos de piel poblados por golondrinas que hoy migran y dejan sin inquilino su área en general y sus centímetros en particular.
Me acomodo, muevo la almohada y respiro como esperando disimular mi naufragio, quizá, nos veamos ese día, en aquella esquina, sin la compañía de amigos y con la presencia de enemigos, quizá tu figura sombría alumbre de nuevo, ese carnaval de razones que tuve para morder tus anzuelos lúdicos y evidentemente malévolos.
Froto mis pies entre sí y siento que caminas a mi lado... sólo eso, caminas a mi lado y yo con estas sospechosas pretensiones de cargarte.
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viernes, 27 de noviembre de 2009
miércoles, 4 de noviembre de 2009
DIZQUE TEXTO NOVELESCO
En las búsquedas de cómo olvidarla, había sido veterano de dos cirrosis curadas por el acupunturista aquel que siempre le pareció un farsante. Entre su historial de desesperos estaba su supuesta distracción en los burdeles, pero su estadía allí aumentaba sus vacíos; su relación con aquellas vendedoras de piel le comenzó a provocar hundimientos emocionales que ningún antidepresivo legal o ilegal curaría.
La rabia manifiesta en la frente, el deseo rastrero, la pasión desperdiciada, el grito de la incomprensión por el tiempo perdido... las malditas ganas agónicas que resollaban en sus recuerdos y la pregunta de con quien estaría y si sus gemiditos insolentes ahora serían escuchados por otros... Sus días se habían vuelto una agenda permanente de tribulación que se aparecía con el primer parpadeo matutino y continuaba con el dolor de cabeza que era el límite antes de dormirse.
Un torbellino de sensaciones unido en santa comunión con una precaria autolástima, daba como engendro un recuerdo criticón, una especie de bufón trascendente al que nadie tomaba en serio; ese recuerdo de cara pintada y caminado torpe cantaba locuras que se confundían con la estupidez de dejarla ir o la misma imbecilidad de recordarla.
Todo y nada había pasado por su mente, reconocía que había tocado el fondo del fondo en su itinerario perdulario de supuesto olvido. Sólo la verdadera comprensión de aquello que sentía, esa agonía viciosa de perdedor, esa certeza de fracaso lo harían reflexionar sobre lo que ocurría adentro de sí.
Escombros de decepciones removidas para encontrar un camino, un resquicio, una brecha con los mínimos requerimientos para andar, y en un arrebato apartó sus miedos, pateó las prohibiciones, guardó delicadamente sus aberraciones, empacó sus ansiedades, mascó algo de asco y emprendió la fuga evidentemente suicida hacia sí mismo.
Arrastrado por el impulso de la quietud se precipitó rumbo al abismo más profundo de su soledad. Cansado de ser quien era, de apestar a licores y a mujeres en oferta, se entregó a la tortura que le ofrecía ese fantasma de una suerte invertida… un guía desorientado y corrupto que cambiaba el rumbo según las extorsiones de los guiños de amargura.
Al intentar alumbrar la oscuridad de su interior, esa caverna nombrada siempre, sintió su humedad, quizá proveniente del llanto, del sexo comprado y regalado, o talvez del sudor; era como si dentro de sí hubiese un incesante y malsano invierno que traía consigo ese vaho que expelen los vejestorios guardados… era el olor del recuerdo.
Su respiración se hacía lenta mientras se acostumbraba al aire grumoso, pensaba cómo empezar ¿Cuál ruta?, el guía ese se había quedado lamiendo el dolor causado por la historia aquella de esa noviecita con la que se iba a casar y que sus amigos le pagaron su despedida de soltero contratando a una “chica prepago”, y que cuando llegó la fulana era la misma novia. Estaba solo sin guía, “será mejor entonces” pensó y dio el primer paso.
Había leído sobre los problemas del recuerdo en la infancia, pero le pareció inútil dirigirse allí, sobretodo por los ojos de dolor de su padre cuando pasó de ser el héroe a hacer el ridículo. Su padre era un artista callejero, un mimo andariego, un poeta del cuerpo, siempre con una sonrisa, ese momento quedó grabado en la melancolía, cuando iban en el carro viejo y al pasar un peaje, su padre preguntó ¿Con broma o sin broma?, refiriéndose a que al pasar por el sitio le haría algún chascarrillo a la operadora como “Disculpe por aquí es el camino a Tangamandapio” o “Me puede vender la boleta ganadora” o la que más detestaba “¿Cuándo juega el bingo?”, su padre, volvió a preguntar emocionado “¿Sin broma o con broma?” No más estupideces papá, me apenas. Recordó el silencio de aquel viaje y el momento justo en que empezaría a ser el adolescente que fue.
Siempre se supo un niño poco normal, “Tienes el diablo adentro” le decían, por no hacer caso, por cualquier maldad típica de niños, por mirar fijamente a los ojos o a las tetas a cualquier exhibicionista. Recordó la bromita de echarle sales efervescentes al agua bendita o pintarle bigote a la virgen.
Blasfemó con sinceridad, se acordó de aquella clase de español, en la que su profesor no lo entendió, sería en cuarto o quinto de primaria, cuando la tarea a realizar era composición corta, que fuera creativa… que inspirara dijo el maestro Vidal, él escribió: “Púlpito pulpito pulpito” recordó cómo quiso explicarle al maestro que se trataba de una crítica a la religión, haciendo referencia a los hijos pequeños de los pulpos y que estuvieran frescos y con buena carne… No, niño… no, esa negación sería un aliciente hasta el momento presente.
Antes de irse de allí, pensó en su animadversión a los pulpos, le parecían tenebrosos, quizá por el sueño recurrente del sacerdote que debajo de esa manta negra que envolvía sus cochinadas, tenía un pulpo, al que le obligaba a acariciar. Nunca supo si era un recuerdo o una memoria borrada a la fuerza, lo menos borroso era la imagen del padre Eccehomo, repitiendo en el salón de clase que la brujería era un pecado, mientras a solas le enseñaba a usar esa tabla para comunicarse con los espíritus y la travesurilla de comer aquellas hostias con arequipe.
Esta es la historia entonces de un dolor tonto, aparentemente estúpido y sin abolengo, que contaba su historia llena de autoalabanzas… En la estructura jerárquica de aquella ciudad estaban los dolores pequeños, quizá accidentales y también estaban aquellos refinados y construidos con prácticas establecidas, dolores conscientes de su existencia, consecuentes con su destino y con la característica de ser sectarios como los demonios.
Él pensó que ese dolor, el de ella, el de su partida, no iba a ser importante y se iba a relegar a su propia naturaleza, pero, ahora, después de ella -o mejor, a pesar de ella-, ese dolor vive en la clase más alta, los privilegios son su cotidiano, se comunica con otros dolores por sofisticados dolófonos y evidentemente nunca toma analgésicos, por ser un asunto de poca clase y sobre todo por ser un atentado contra natura.
En la ciudad de la furia, se reunían los dolores para ver quien era más importante, en un ejercicio ególatra-dolorífico. Siempre ganaba el mismo, el maldito venido a más por una ilusión, ese dolorcito que siempre se supo más pero que manejó bajo perfil. El dolor causado por la felicidad de encontrar la pérdida severa del masoquismo por amar sin condiciones… era el amor disfrazado.
Sonaba un discurso religioso, salmo 32 del Mater Lacrimae, cuando la flota “Rápido Transpena”, se detuvo en la plataforma de “Parada Terminal”. Las frases del poeta martillaban sus oídos “Nadie es eterno en el mundo, ni teniendo un corazón”… Se bajó, esa era la gran ciudad, un sitio digno de él, un dolor con ambición y lo suficientemente hablador de mierda como para llegar a ser alguien prestante.
Villa Quebranto había quedado atrás, era el momento de la Ciudad de la Furia, aquel antro en donde las emociones podían revolcarse en su crapulencia y cambiar su condición.
Ese pequeño hipócrita intuía su destino, caminaba como esperando la vista del ángel perverso enamorado que lo hiriera con sus alas escamosas, creía en su fortuna que venía de la herencia de sus abuelos, aquellos dolores sabios de largas esperas, pero él encarnaba la malicia de los que se creen más inteligentes que otros. Tenía verbo ágil y una inverosímil ternura que derretía a las féminas. Su argucia era parecer débil, mimetizarse; en definitiva, su más grande talento era disfrazarse de sí mismo.
Este era el momento para tomarse una pausa… este era el momento para verla hablando mientras sostenía un dulce en la mano, este era el momento para cancelar una cita… pero era demasiado tarde, ya el dolor había pagado sus impuestos y ahora era un ciudadano decente.
La rabia manifiesta en la frente, el deseo rastrero, la pasión desperdiciada, el grito de la incomprensión por el tiempo perdido... las malditas ganas agónicas que resollaban en sus recuerdos y la pregunta de con quien estaría y si sus gemiditos insolentes ahora serían escuchados por otros... Sus días se habían vuelto una agenda permanente de tribulación que se aparecía con el primer parpadeo matutino y continuaba con el dolor de cabeza que era el límite antes de dormirse.
Un torbellino de sensaciones unido en santa comunión con una precaria autolástima, daba como engendro un recuerdo criticón, una especie de bufón trascendente al que nadie tomaba en serio; ese recuerdo de cara pintada y caminado torpe cantaba locuras que se confundían con la estupidez de dejarla ir o la misma imbecilidad de recordarla.
Todo y nada había pasado por su mente, reconocía que había tocado el fondo del fondo en su itinerario perdulario de supuesto olvido. Sólo la verdadera comprensión de aquello que sentía, esa agonía viciosa de perdedor, esa certeza de fracaso lo harían reflexionar sobre lo que ocurría adentro de sí.
Escombros de decepciones removidas para encontrar un camino, un resquicio, una brecha con los mínimos requerimientos para andar, y en un arrebato apartó sus miedos, pateó las prohibiciones, guardó delicadamente sus aberraciones, empacó sus ansiedades, mascó algo de asco y emprendió la fuga evidentemente suicida hacia sí mismo.
Arrastrado por el impulso de la quietud se precipitó rumbo al abismo más profundo de su soledad. Cansado de ser quien era, de apestar a licores y a mujeres en oferta, se entregó a la tortura que le ofrecía ese fantasma de una suerte invertida… un guía desorientado y corrupto que cambiaba el rumbo según las extorsiones de los guiños de amargura.
Al intentar alumbrar la oscuridad de su interior, esa caverna nombrada siempre, sintió su humedad, quizá proveniente del llanto, del sexo comprado y regalado, o talvez del sudor; era como si dentro de sí hubiese un incesante y malsano invierno que traía consigo ese vaho que expelen los vejestorios guardados… era el olor del recuerdo.
Su respiración se hacía lenta mientras se acostumbraba al aire grumoso, pensaba cómo empezar ¿Cuál ruta?, el guía ese se había quedado lamiendo el dolor causado por la historia aquella de esa noviecita con la que se iba a casar y que sus amigos le pagaron su despedida de soltero contratando a una “chica prepago”, y que cuando llegó la fulana era la misma novia. Estaba solo sin guía, “será mejor entonces” pensó y dio el primer paso.
Había leído sobre los problemas del recuerdo en la infancia, pero le pareció inútil dirigirse allí, sobretodo por los ojos de dolor de su padre cuando pasó de ser el héroe a hacer el ridículo. Su padre era un artista callejero, un mimo andariego, un poeta del cuerpo, siempre con una sonrisa, ese momento quedó grabado en la melancolía, cuando iban en el carro viejo y al pasar un peaje, su padre preguntó ¿Con broma o sin broma?, refiriéndose a que al pasar por el sitio le haría algún chascarrillo a la operadora como “Disculpe por aquí es el camino a Tangamandapio” o “Me puede vender la boleta ganadora” o la que más detestaba “¿Cuándo juega el bingo?”, su padre, volvió a preguntar emocionado “¿Sin broma o con broma?” No más estupideces papá, me apenas. Recordó el silencio de aquel viaje y el momento justo en que empezaría a ser el adolescente que fue.
Siempre se supo un niño poco normal, “Tienes el diablo adentro” le decían, por no hacer caso, por cualquier maldad típica de niños, por mirar fijamente a los ojos o a las tetas a cualquier exhibicionista. Recordó la bromita de echarle sales efervescentes al agua bendita o pintarle bigote a la virgen.
Blasfemó con sinceridad, se acordó de aquella clase de español, en la que su profesor no lo entendió, sería en cuarto o quinto de primaria, cuando la tarea a realizar era composición corta, que fuera creativa… que inspirara dijo el maestro Vidal, él escribió: “Púlpito pulpito pulpito” recordó cómo quiso explicarle al maestro que se trataba de una crítica a la religión, haciendo referencia a los hijos pequeños de los pulpos y que estuvieran frescos y con buena carne… No, niño… no, esa negación sería un aliciente hasta el momento presente.
Antes de irse de allí, pensó en su animadversión a los pulpos, le parecían tenebrosos, quizá por el sueño recurrente del sacerdote que debajo de esa manta negra que envolvía sus cochinadas, tenía un pulpo, al que le obligaba a acariciar. Nunca supo si era un recuerdo o una memoria borrada a la fuerza, lo menos borroso era la imagen del padre Eccehomo, repitiendo en el salón de clase que la brujería era un pecado, mientras a solas le enseñaba a usar esa tabla para comunicarse con los espíritus y la travesurilla de comer aquellas hostias con arequipe.
Esta es la historia entonces de un dolor tonto, aparentemente estúpido y sin abolengo, que contaba su historia llena de autoalabanzas… En la estructura jerárquica de aquella ciudad estaban los dolores pequeños, quizá accidentales y también estaban aquellos refinados y construidos con prácticas establecidas, dolores conscientes de su existencia, consecuentes con su destino y con la característica de ser sectarios como los demonios.
Él pensó que ese dolor, el de ella, el de su partida, no iba a ser importante y se iba a relegar a su propia naturaleza, pero, ahora, después de ella -o mejor, a pesar de ella-, ese dolor vive en la clase más alta, los privilegios son su cotidiano, se comunica con otros dolores por sofisticados dolófonos y evidentemente nunca toma analgésicos, por ser un asunto de poca clase y sobre todo por ser un atentado contra natura.
En la ciudad de la furia, se reunían los dolores para ver quien era más importante, en un ejercicio ególatra-dolorífico. Siempre ganaba el mismo, el maldito venido a más por una ilusión, ese dolorcito que siempre se supo más pero que manejó bajo perfil. El dolor causado por la felicidad de encontrar la pérdida severa del masoquismo por amar sin condiciones… era el amor disfrazado.
Sonaba un discurso religioso, salmo 32 del Mater Lacrimae, cuando la flota “Rápido Transpena”, se detuvo en la plataforma de “Parada Terminal”. Las frases del poeta martillaban sus oídos “Nadie es eterno en el mundo, ni teniendo un corazón”… Se bajó, esa era la gran ciudad, un sitio digno de él, un dolor con ambición y lo suficientemente hablador de mierda como para llegar a ser alguien prestante.
Villa Quebranto había quedado atrás, era el momento de la Ciudad de la Furia, aquel antro en donde las emociones podían revolcarse en su crapulencia y cambiar su condición.
Ese pequeño hipócrita intuía su destino, caminaba como esperando la vista del ángel perverso enamorado que lo hiriera con sus alas escamosas, creía en su fortuna que venía de la herencia de sus abuelos, aquellos dolores sabios de largas esperas, pero él encarnaba la malicia de los que se creen más inteligentes que otros. Tenía verbo ágil y una inverosímil ternura que derretía a las féminas. Su argucia era parecer débil, mimetizarse; en definitiva, su más grande talento era disfrazarse de sí mismo.
Este era el momento para tomarse una pausa… este era el momento para verla hablando mientras sostenía un dulce en la mano, este era el momento para cancelar una cita… pero era demasiado tarde, ya el dolor había pagado sus impuestos y ahora era un ciudadano decente.
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