Alguien me preguntó sobre la memoria. Entonces le conté la historia de Zeus y Mnemosine, y la manera cómo aquel dueño del Olimpo quedó prendado de aquella joven hermosa; también le conté sobre las nueve musas que son las hijas de esa unión.
Escuché por ahí, que estabas más hermosa que nunca, que derrochabas encantos, que tus ojos tenían esa extraña seguridad de quien se sabe admirado, que estabas radiante expeliendo una felicidad inusitada y sobre todo, que estabas segura de que lo mejor entre tú y yo era la distancia. Me rio un poco y siento que todo ha valido la pena, que en mi memoria estás intacta y que ahí puedo recurrir a ti, hablarte sin miedos y contarte mis pequeñas trasgresiones y mis grandes obediencias.
Repaso con cautela esta ficción que sin duda es un monólogo, recuerdo mi impacto por tus ojos radiantes cuando hablabas de tu relación pasada, revivo mis enredos al intentar expresarte ideas camufladas, me niego a creer que te mostré mi lado quebradizo y que en el intento por reivindicarme hice cosas que nacieron románticas y murieron ridículas.
Alguien me hablaba de sus fracasos sentimentales y después de escucharlo, pensé en ti como la metáfora perfecta de la perversión, juré que cuando te viera te iba a decir… nada, que mis codicias golpeadas estaban lo suficientemente inconscientes como para querer entrevistarte.
Parece como si hablaras sobre las hazañas que hicieron genios del pasado y yo te estuviera hablando de los fracasos que tendrían los mentecatos del futuro. Todo apunta a que la protesta por mi llegada y la fiesta por mi ida, trascendieron hasta tu pelo, que cambió de forma para agobiar mis lisonjas, así, tu actitud de deidad fresca se transforma en una característica casual de fémina estereotipada.
Hoy observo más y hablo menos, pienso en la dignidad moral de tu decisión hecha de lejanías aturdidas, en mis falacias para hacerte ceder, en mis no-lugares contigo, en la devaluación prematura de mis locuciones y cómo compré acciones en caída libre tras un impulso bursátil cínico.
Las musas de las que hablé en la mañana danzan en mi pecho, los dioses enamorados murmuran sin parar, en mi memoria atardeces con la naturaleza confusa del calor que huye y el frío nuevo que saluda; la nostalgia no está permitida cuando los sentimientos son menospreciados, esto es, pensados y filtrados por la razón, que se llena de moral y culpa.
Alguien me pregunta por el amor, le digo que no sé qué es pero sé cuando pasa, que en lo fundamental, se necesita comprender las incomprensiones del otro para iniciar una relación, que no bastan intenciones sino hay arrojo.
Debo oír con atención las voces de aquello que pretende ser digno, eso que llaman rumores de anhelo, quiero dejar de pensar en tus reflexiones sobre la “tele-apatía”, o tus preguntas retóricas, supongo que no has tenido tiempo de borrar tu condición de tener sangre fría… creo que debes estar ocupada contando tus leyendas nómadas y yo, haré lo que me corresponde: me ocuparé de representar mis mitos sedentarios.
Solipsismo es mi palabra de salvación… es un concepto comodín que se ajusta a formas inusuales, una angustia ególatra que se sabe indecente, se presenta elegante y cree ser importante... ¡ah! y suspuestamente es defensora de los hombres.
AQUI PUEDES SEGUIR ESTE BLOG
martes, 13 de octubre de 2009
jueves, 8 de octubre de 2009
VILIPENDIOS SUBTERRÁNEOS
Tuve pánico. Una especie de vértigo en el que todo parecía acusarme de su olvido, una picazón en el pecho que se mezclaba con una melancolía adicta a ella; todo me parecía imposible, inviable, su falta de definición me había puesto en el lugar incómodo de aquel perdedor innato, ni sus cantos de juglaría, ni sus angulosas facciones, podrían devolverme la confianza que se había refundido en sus pestañas escuetas.
Aprendí a venerar su silencio, me hice amigo de la señora que me contestaba “Sistema correo de voz”, le contaba esa travesía de amor y el desencanto de la inadvertencia, ella, la señora, me escuchaba, pero su guión no le permitía decir nada más allá de “(…) Tendrá cobro a partir de este momento”.
Cuando ella (la cruel) y yo (el estúpido) hablábamos, yo recaía en soliloquios cursis, ella, sonreía tras un trago amargo de disgusto, era evidente que no se conectaba con lo que le decía, también era evidente que mis esperanzas de que todo fuese una negación de su parte, se diluían en sus constantes desaires, que aún hoy extraño.
Y es que sus palabras ya no eran parte de un sistema preconfigurado, sino se convertían en una permanente enunciación de imposibilidad, entonces yo le quería detener, pero ella era como un medio eternamente móvil y cambiante de la comunicación dialógica, que nunca poseía una sola conciencia ni una sola voz… como diría aquel que apodaban Vorochilov.
De repente me hallaba en un patético discurso monológico, enfrentado a la intención de explicarle que haría lo que mi temor me permitiera, que si era necesario aceptaría contratos absurdos que implicaban cuarentenas de contacto, limitaciones de expresión y hasta indecencias reprimidas.
Cavilaba en mi propia exigencia de apartarme de su presencia forzada, pero siempre era precavido y entraba a su recuerdo caminando en puntas para no despertar su ausencia fácil, procuraba hablarle con dobles negaciones, para reafirmarle su barbarie emotiva, le enviaba anónimos reconocidos, mimos parlanchines y dolores masoquistas.
Quizá le robaba inspiraciones a otros, pues las mías no cumplían con los requerimientos de sus géneros discursivos, adornaba con notas tropicales mensajes recónditos llenos de esperanza pero vacíos de tolerancia; y ella, me respondía con limosnas sentimentales... se rehusaba a hablar, de tal modo cuando la emocionaba una de mis bufonerías, se sonreía y utilizaba el arma tóxica de la mudez. Pero no todo era afonía, pues mi fama como una plegaría había hecho eco, por ello, hasta su madre quería conocer a aquel adulador profesional, sus amigas se enternecían con mis letras, sus amigos le contaban de mi estado de letargo constante, todos sabían, como una campaña masiva, como una composición conjunta que terminaría en una polifonía huérfana, siempre desmenuzada por su situación de parodia.
Una vez más el miedo me acompañaba, me observaba con resignación y prendía cigarrillos con frecuencia chocante, fumaba con lentitud al lado de la ventana, de vez en cuando miraba al horizonte y soltaba suspiros de impaciencia llenos de humo y amargura ajena (por él) y propia (por mí).
Eso de sentirme perplejo ya era un elemento cotidiano, y cuando me llegaba el sueño sólo era capaz de imaginar, que quizá debajo de su apartamento alquilarían uno, entonces soñaba con oír sus pasos en mi techo, dibujar sus ritmos, saber de sus quietudes, sentir como se duchaba en las mañanas y dormía en exceso los domingos, esconderme en aquel subsuelo, como una obsesión locativa subterránea, era mi más grande punto de identidad.
Pero al escucharla de verdad, retrocedía un metro de autoestima con respecto a los centímetros de fortaleza que había avanzado, su presencia era un talismán maldito, que me protegía de ella misma, pero, tenía el daño colateral de generarme la certeza de que en ella podría encontrarme.
“¿Por qué no subiste?” preguntó en tono tierno, después de que le había enviado una misiva melódica con algún proxeneta romántico, “Pero si me dijiste que no te hablara” le dije, casi con indignación, entonces volvía a arroparse con silencio, “Después hablamos, quizá mañana”, terminaba diciendo, y yo, con la desazón de sus malintencionados puntos suspensivos, asentía con la cabeza y antes de que colgara le alcanzaba a decir un dramático “Como quieras”.
Mis amigos se burlaban, no reconocían en mí a aquel vendedor seguro de halagos y más bien veían a un simple expendedor de malicias, a un decadente y sensiblero prestamista de inquietudes.
Prefiero evitar el tema. Cuando me amenaza su recuerdo, hago cosas para disimular mi posible recaída, arreglo los muebles que no necesitan reparación, limpio los vidrios varias veces... pero es justo ahí, en el momento cualquiera, cuando vuelve a mi mente aquella recurrencia de vivir debajo de ella y siento que su piso es mi techo... (me autoanalizo y me doy pena con este complejo de inferioridad), entonces sé, que ella no es un simple recuerdo, que no es una frustración, que no es una obsesión, sé, que ella es mi magnánima palabra no pronunciada.
Aprendí a venerar su silencio, me hice amigo de la señora que me contestaba “Sistema correo de voz”, le contaba esa travesía de amor y el desencanto de la inadvertencia, ella, la señora, me escuchaba, pero su guión no le permitía decir nada más allá de “(…) Tendrá cobro a partir de este momento”.
Cuando ella (la cruel) y yo (el estúpido) hablábamos, yo recaía en soliloquios cursis, ella, sonreía tras un trago amargo de disgusto, era evidente que no se conectaba con lo que le decía, también era evidente que mis esperanzas de que todo fuese una negación de su parte, se diluían en sus constantes desaires, que aún hoy extraño.
Y es que sus palabras ya no eran parte de un sistema preconfigurado, sino se convertían en una permanente enunciación de imposibilidad, entonces yo le quería detener, pero ella era como un medio eternamente móvil y cambiante de la comunicación dialógica, que nunca poseía una sola conciencia ni una sola voz… como diría aquel que apodaban Vorochilov.
De repente me hallaba en un patético discurso monológico, enfrentado a la intención de explicarle que haría lo que mi temor me permitiera, que si era necesario aceptaría contratos absurdos que implicaban cuarentenas de contacto, limitaciones de expresión y hasta indecencias reprimidas.
Cavilaba en mi propia exigencia de apartarme de su presencia forzada, pero siempre era precavido y entraba a su recuerdo caminando en puntas para no despertar su ausencia fácil, procuraba hablarle con dobles negaciones, para reafirmarle su barbarie emotiva, le enviaba anónimos reconocidos, mimos parlanchines y dolores masoquistas.
Quizá le robaba inspiraciones a otros, pues las mías no cumplían con los requerimientos de sus géneros discursivos, adornaba con notas tropicales mensajes recónditos llenos de esperanza pero vacíos de tolerancia; y ella, me respondía con limosnas sentimentales... se rehusaba a hablar, de tal modo cuando la emocionaba una de mis bufonerías, se sonreía y utilizaba el arma tóxica de la mudez. Pero no todo era afonía, pues mi fama como una plegaría había hecho eco, por ello, hasta su madre quería conocer a aquel adulador profesional, sus amigas se enternecían con mis letras, sus amigos le contaban de mi estado de letargo constante, todos sabían, como una campaña masiva, como una composición conjunta que terminaría en una polifonía huérfana, siempre desmenuzada por su situación de parodia.
Una vez más el miedo me acompañaba, me observaba con resignación y prendía cigarrillos con frecuencia chocante, fumaba con lentitud al lado de la ventana, de vez en cuando miraba al horizonte y soltaba suspiros de impaciencia llenos de humo y amargura ajena (por él) y propia (por mí).
Eso de sentirme perplejo ya era un elemento cotidiano, y cuando me llegaba el sueño sólo era capaz de imaginar, que quizá debajo de su apartamento alquilarían uno, entonces soñaba con oír sus pasos en mi techo, dibujar sus ritmos, saber de sus quietudes, sentir como se duchaba en las mañanas y dormía en exceso los domingos, esconderme en aquel subsuelo, como una obsesión locativa subterránea, era mi más grande punto de identidad.
Pero al escucharla de verdad, retrocedía un metro de autoestima con respecto a los centímetros de fortaleza que había avanzado, su presencia era un talismán maldito, que me protegía de ella misma, pero, tenía el daño colateral de generarme la certeza de que en ella podría encontrarme.
“¿Por qué no subiste?” preguntó en tono tierno, después de que le había enviado una misiva melódica con algún proxeneta romántico, “Pero si me dijiste que no te hablara” le dije, casi con indignación, entonces volvía a arroparse con silencio, “Después hablamos, quizá mañana”, terminaba diciendo, y yo, con la desazón de sus malintencionados puntos suspensivos, asentía con la cabeza y antes de que colgara le alcanzaba a decir un dramático “Como quieras”.
Mis amigos se burlaban, no reconocían en mí a aquel vendedor seguro de halagos y más bien veían a un simple expendedor de malicias, a un decadente y sensiblero prestamista de inquietudes.
Prefiero evitar el tema. Cuando me amenaza su recuerdo, hago cosas para disimular mi posible recaída, arreglo los muebles que no necesitan reparación, limpio los vidrios varias veces... pero es justo ahí, en el momento cualquiera, cuando vuelve a mi mente aquella recurrencia de vivir debajo de ella y siento que su piso es mi techo... (me autoanalizo y me doy pena con este complejo de inferioridad), entonces sé, que ella no es un simple recuerdo, que no es una frustración, que no es una obsesión, sé, que ella es mi magnánima palabra no pronunciada.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)