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jueves, 3 de junio de 2010

MI MAESTRO

Un día llegó a clase, era alto, gordo y de cabeza grande. Tenía un parecido increíble con Winnie The Pooh, eran las 6:00 pm, su maletín de cuero en la mano izquierda y en la derecha un borrador de tablero. Miró el reloj, pronunció un saludo general a los pocos que estábamos a esa hora y se instaló en el pequeñísimo escritorio. Tenía un vestido azul oscuro, una camisa blanca y una corbata azul clara.

Sacó de su maletín un libro, un marcador, los ubicó en el escritorio, dejó el maletín al lado, tomó aire y se presentó. Expuso su recorrido académico y el objetivo de la materia, habían pasado varios minutos y mis compañeros iban llegando de a poco, él, cada vez que llegaba alguien, detenía sus palabras, saludaba e invitaba a quien iba llegando a pasar.

Su materia tenía que ver con las tendencias de administración moderna, ese primer día, habló del siglo XX, empezó por la historia de la violencia en el país, sus orígenes, hizo una ampliación hacia el contexto latinoamericano y expuso algunos autores que desde la educación propusieron cambios e ideas innovadoras, pasó por los años 60 con sus revoluciones, los movimientos juveniles, la música, la segunda guerra, las causas, volvió a Colombia y contó como la ciudad iba cambiando, contó sobre algunos poetas que manifestaban ese momento y terminó nombrando la obra de Freud sobre la interpretación de los sueños y la invención de la batería hacia 1900, ese instrumento musical que recogía otros, de diferentes partes del mundo. Eran las 10:00 pm, y nos tenía hipnotizados, señaló el libro de título “Vigilar y Castigar”, nos recomendó la parte del “Suplicio” y la del “Castigo” y dijo algo así como que Foucault nos muestra en sus obras que nada es más material, más corporal que el ejercicio de poder y que era justo en la microfísica ese poder en donde los aparatos y las instituciones ponen a funcionar sus fuerzas.

Recuerdo que se despidió amablemente y salió. Quedé desconcertado, me sentí bruto, desanimado, pero era un estado extraño, como de pena, alegría y respeto. Ocho días después había leído lo que me sugirió el maestro y estaba listo a responder a cualquier pregunta, llegué puntual y él ya estaba allí, empezó clase a las 6 en punto. Destacó algunas ideas principales, entre otras habló del arte de sufrir y cómo se vincula la violencia a lo público, y de cómo el cuerpo queda prendido de un sistema de coacción y de privación, de obligaciones y de prohibiciones y sin ningún esfuerzo pasó a la mitología griega para explicar las relaciones de poder y los significados. Esta vez esas 4 horas fueron escasos minutos, eran las 10 y yo no podía creerlo.

En cada clase hablaba de arte, de historia, de los orígenes y daba explicaciones desde el Renacimiento, la Ilustración, el Medioevo, hablaba de corrientes psicológicas, filosofía y mitologías de diferentes culturas. Nos dejaba textos sobre las diferentes tendencias administrativas y cada clase era una viaje inolvidable.

Al final, me destaqué con mis escritos, que él devolvía corregidos minuciosamente, con comentarios entusiastas y de felicitación. Un día el maestro me felicitó en público, al igual que a mi mejor amigo, y nos dijo que por favor nos quedáramos al finalizar la clase. Así lo hicimos y entonces, nos invitó a participar como asistentes de investigación, sin dudar aceptamos.

Nuestro trabajo era hacer resúmenes de libros, e investigaciones, pero estábamos felices, hablábamos con otros maestros y aprendíamos más de la vida que de otra cosa. Me enseñó a ser generoso con el conocimiento, responsable con la inteligencia, comprometido con el país, sensible con los demás, un día fui su monitor de clase.

Han pasado años y hoy recuerdo sus clases.

La vida lo puso en varios cargos, que implicaban esfuerzo y desgaste, cargos directivos que no le permitían estar en clases, compartiendo y hablando en plural. Un jueves en la tarde, llegué a su oficina a visitarlo y estaba sentado y mirando hacia el techo, con sus ojos puestos en los problemas, con la presión del cargo, con todas las miradas encima, con el desconocimiento y el resentimiento que otorgan las decisiones… entonces le pregunté “¿Cómo estás?” y sus ojos se llenaron de lágrimas. Era él, mi maestro en su humanidad… hubo silencio, cerró su ojos y dijo “bien”. Entonces esbozó unos versos de García Lorca y al terminar de hablar, una vez más me vi hipnotizado.

“Gracias” le dije, “Por el contrario, Gracias a ti” me dijo.

Hoy alguien me hablaba de su mejor maestro y me acordé de lo que escribo. Hoy alguien me agradeció por su proceso académico conmigo y justo hoy hago lo mismo.

3 comentarios:

Beatriz Vergel Sanguino dijo...

thanks!!!
=)

Anónimo dijo...

Siento como propio ese Winnie The Pooh...

Aleja dijo...

Encantador! Refleja otras características de tu ser, y permite al lector identificarse y sentir propia la historia.

LY