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martes, 4 de septiembre de 2012

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Quizá, sólo quizá, encontrarse con sus labios había sido cuestión del destino; los puntos suspensivos en una relación son un peligro inminente cuando la química mezclada con la maduración de las ganas, se asoma sin más ánimo que el de alterar todo.

Él le había pedido que tomara la iniciativa, ella sabía controlarlo con la medida justa de la provocación y la inteligencia de decir todo sin decir nada; sus palabras se retorcían de deseo, querían ser letras pegadas, noticias silenciosas e invitaciones para adultos.

El temperamento de él, parecido al de un bufón trascendental se ajustaba de manera adecuada al de ella, una espectadora feliz con el show; él un indecente, ella una posesiva… en su desajuste existencial, encontraban el equilibrio tranquilo de saberse ajenos y propios, se despertaban la necesidad de verse en un espejo distinto, la posibilidad de hallar caminos que nunca recorrerían por sí solos.

Se dejaron de hablar por algunos años, más de los que parecían, cuando se encontraron de nuevo, ella tenía una hija y él había apaciguado su búsqueda ansiosa, ella tenía la magia de su belleza y él las palabras adecuadas para descubrirla cada vez más hermosa.

Nunca forzaron nada, las cosas sucedieron a su propio ritmo, ambos eran respetuosos de los ciclos del universo, y de alguna manera, esperaban que se diera el momento puntual, para volver a sentir cómo sus labios hacían contacto.

El reencuentro fue simple: Un hola, un qué bueno verte, un lo mismo, un estás bellísima, un tan lindo y un hablamos luego. Quedó sin embargo, esa pregunta mutua, de por qué seguían sintiendo frío al verse, temblor al acercarse y nervios disfrazados de sonrisas amables al despedirse.

Un día ella vestía una falda corta que se movía como danzando, el material suelto, el color negro y el anuncio de unas piernas refinadas, no se saludaron, pero ambos sabían que se habían visto; jugaban a eso de la frialdad, querían fingir que eran expertos en disimular la ansiedad y sobretodo cada uno quería dar su propia lucha por dominar sus instintos.

En una clase universitaria un maestro dijo que las redes sociales, propiciaban una expansión de una segunda personalidad, quizá, sólo quizá, eso lo incentivó a saludarla protegido por una pantalla y sin más armas de conquista que sus letras enviadas y el enter como gatillo, se sentía frente a una mujer luminosa y la imaginaba tocando cada tecla para responderle a sus ataques.

Todo empezó con un hola, escueto y sin ambiciones, un saludo igual de parte de ella y él se atrevió, le dijo que aunque su faldita estaba preciosa, era un verdadero estorbo. Hubo silencio, no se aparecieron más letras y cuando él pensaba que había fallado ella respondió con la pregunta de por qué no la había saludado.
De ahí en adelante, la batalla fue épica, preguntas, respuestas, frases de doble y triple sentido, risas y silencios, pasaron horas en esa hostilidad romántica… él, omitiendo todo protocolo de conquista le escribió: “¿Por qué no me haces el amor?” y ella respondió: “Porque no estás aquí”.

Silencio de nuevo, y vino la época del miedo, ¿qué pasaría si…?, y las preguntas y temores enlutaban su diálogo. Era el momento de salvar la situación, y él le dijo que el futuro era una construcción inasible, ella, sólo cambió el tema.

Iban y venían, ella le decía que no soportaba que fuera tan c

Iban y venían, ella le decía que no soportaba que fuera tan coqueto y que mataría a quien se le acercara, él le decía: “estaré dispuesto a que mates, dejarme matar o morir porque me mates, “es que soy posesiva”, decía ella entre risitas… “entonces, poséeme” decía él en serio. 

En el punto más alto de su locura escribió:
“Puedo escribir sobre el humo que sale de tu piel,
el sabor de tus labios,
la combustión de tu vientre,
los suspiros de tranquilidad y el final relajante…
Te usaría… te disfrutaría y te dejaría sin culpa” 

Ella supo que él hacía la analogía con un cigarrillo y preguntó si quería fumarla… 

Empezaron a especular sobre un encuentro de pieles, el lugar, la decoración el ambiente, y a él le atacó el pánico “¿Qué haré si me tocas? ¿Cómo guardaré el color de tus ojos?” ella, dijo que su piel se erizaba, él le decía que no sabía, cómo ser vulgar y decente, tierno y frenético… y que a esas alturas de la madrugada, no sabía qué le iba a susurrar al oído cuando estuvieran desnudos. 

 Era hora de dormir, quizá de soñar juntos en camas distantes… era hora de esperar a que su relación pasara al plano físico… 

“Hola” y él le dio un besito chiquito… ella, cerró un pocos los ojos y le dijo “me hiciste poner fría”…