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jueves, 7 de noviembre de 2013

EL PORQUÉ NO TE MIRO

Me gustaba. De lejos pude mirar, su pelo, sus ojos, su aspecto de chica supuestamente fatal, de cerca poder hurtar trozos de su olor frugal, saltar en los lunares de su cara y maravillarme con la textura de sus labios.

Tuvimos una cita extraña, me invitó a su casa y me invitó a cenar, se excusó por su sasón, se disculpó por la informalidad y admitió que no le gustaba mucho esas cosas de la vida doméstica. 

Cenamos, y entre charlas de su vida y de la mía, yo iba construyendo una imagen de una preciosa señorita sensible, con un pasado tortuoso y un futuro temeroso. Me contó de su anterior relación, con aquel chico medio loco, sus violencias, sus juegos y los límites imperdonables a los que ella había llegado con él. También tuve que presenciar el acoso de alguien, que quería controlarla y ella, extrañamente, le seguía el juego.

También me habló de sus tristezas, de sus frustraciones, de la manera como quería a su padre, le temía, lo odiaba y todo ello, cómo se reflejaba en sus gustos y en su carácter con relieves vertiginosos.

Yo quedé sorprendido ante tal capacidad reflexiva, asumí que era una señorita consciente de su existencia, y que toda esa trivialidad que ostentaba, era sólo un disfraz, para sobrevivir en su hábitat social.

Salimos de nuevo, esa vez fuimos a un restaurante bonito, y cometió el acto más sospechoso, me dio a probar de su plato, con un gesto seguro, confiado y temerosamente maternal, yo, tan complicado, leí eso en clave de afecto, ternura y me fui creyendo especial, y me fui convenciendo de que ella, podría llegar a sentir cierto gusto por mi.

Un encuentro más, -esta vez con más personas-, como "lo nuestro" (a decir verdad, lo mio con ella), era un asunto oculto, compartimos mesa con otros amigos en común, y entonces ella, le dio a probar de su plato a otra persona... me rompió el corazón que hasta ese entonces se había prendido del gesto de alimentar, de compartir...

Me alejé, con mi despecho gastronómico compartido, y entonces ella, me hizo un reclamo, yo la miré con la mezcla de rabia, ternura y afecto, le dije que sus actitudes eran, un poco desquiciadas, y que me parecía preciosa, ahí, en ese instante ella admitió que yo no le era indiferente y sin decir nada más se fue.

Otra vez quedé con despecho, esta vez, por su cortante afirmación y su discontinuidad, en efecto, era un despecho por unos puntos suspensivos, que no se podían interpretar; entonces recurrí a el infalible truco de olvidarla escribiendo. Fracasé. 

Un día, vio mis escritos sobre ella, para ella, desde ella, en contra de ella, y me dijo que le gustaba... "¿yo o mis escritos?", pregunté, ella, sólo cambió de tema.

Se fue de viaje, y todo pensé menos que me llamara, pero lo hizo, quizá en un impulso de soledad, quizá porque no tenía nada más que hacer o quizá porque le interesaba hablar conmigo, esta vez, no quise caer en sobreinterpretaciones románticas. ni miradas sensibles.

Pero al verla, su piel bronceada fue un fenómeno que no puedo explicar, sus ojos me parecieron más bellos, su pelo más brillante y su sonrisa una genuina arma de seducción.

Y empezó la torpeza al momento del saludo, no quería admitir que me gustaba más de lo que debía y que me encantaba más de lo que yo podía asumir;  y entonces mis letras fueron alegres y llenitas de esperanza y ella, en un nuevo giro inesperado, me escribió.

Leí una y otra vez su texto, le hice miradas semánticas, de sintaxis y pragmáticas, le hice análisis de forma, de fondo, morfosintácticas, lo leí en voz baja, con pronunciación exagerada, lo disfruté. Le quedé tan agradecido, algo así como si me hubiera salvado la vida.

"Me encantó lo que escribió señorita" y ella no dijo nada; entonces supe que todas mis invitaciones y propuestas para compartir con ella, se habían convertido en amenaza.

Y me fui apagando, aquella sensación y emoción de verla, se fue escondiendo, mis ganas de contarle sobre mis emociones al tenerla cerca, fueron quedando entristecidas, pero mi inconsciente me traicionó una vez más, pues cuando alguien me regaló unas boletas para asistir a un evento, sin pensarlo la invité. Nunca respondió. 

Ese silencio, fue un mensaje claro. No intenté más. Después ella me llamaría a explicarme su imposibilidad, sus miedos, sus creencias, después caería en la cotidianidad de mis días y yo en la frialdad de los suyos.

Nos encontramos unas veces más, pero esas veces no la miré, no supe cómo iba vestida, no puedo decir si sus ojos estaban brillantes o cómo tenía el pelo. Me dijo que yo era bipolar, quise entablar de nuevo un diálogo, pero me di cuenta que sería un peligroso círculo vicioso.

Le canté, le escribí, la tomé de la mano, le conté cosas sin importancia, salimos a desayunar, nos reímos... yo lo intenté, no estoy seguro si ella lo hizo. Fracasó en su proceso conmigo, fracasé conmigo en su proceso con ella.


"Hola", me escribe, "Hola" le escribo, y el resto es un diálogo silencioso.

1 comentario:

Jair Alejandro Madrigal Padilla dijo...

Buena noche maestro
deseo felicitarle por este escrito, tanto me agrado que me identifique con el.


muchas gracias


cordialmente

ALEJANDRO MADRIGAL