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miércoles, 31 de diciembre de 2008

¡Póngame la cara!

¡Póngame la cara! Me exigió tras una sarta de excusas, incongruencias y estupideces que le dije. Habíamos discutido un posible final de aquello que nunca tuvo comienzo.

Para esos momentos yo intentaba poner suficiente hielo a un calor que se formó coincidente, mediante la explicación de la existencia marginal, las reglas alternativas, los planes de contingencia, era pertinente asumir que esta no era nuestra ocasión. Entonces la crueldad de la no exigencia, la injusticia de la incondicionalidad y la imposibilidad de que yo asumiera lo nuestro, fue la punta del iceberg, que con lágrimas le intenté mostrar.

Ella, bueno, ella podía sobrevolar la falsedad de mis sentimientos, estaba posesa por un indómito espíritu de tranquilidad, que se manifestaba en ritos de comprensión y maternidad, hacía permanentes muestras de madurez y sensatez, que la volvían de esas personas tan insoportablemente coherentes como reconfortantemente autónomas, es decir libres y seguras.Hablábamos mucho, en todos los momentos, en los silencios… en el acto. Se comunicaba de mil maneras, de repente yo encontraba una nota de amor o una carta, cualquier signo que ella me otorgaba estaba repleto de pasión escondida, se anunciaba como salida de emergencia, como ruta de evacuación, la muy audaz se metió en mi mirada.

Dice que yo le gusté y que se propuso llamar mi atención, empezó con piropos extraños, propios de la jerga de mi abuela, como: “ese color le sienta, mijito” o el popular “!Cómo estamos de hermosos!”, y sin pensarlo me acompañaba unas cuadras, escuchando mis andanzas por el mundo; tenía el más codiciado don: sabía escuchar y sólo opinaba cuando era imprescindible; cuando lo hacía, sus palabras llenas de agudeza, aliviaban cualquier mal, su visión de la vida reconfortaba cualquier agonía, se despedía con esos abrazos cálidos que te dan los mejores amigos y se alejaba dando salticos alegres, moviéndose con swing de valluna, dejando un vacío en la existencia diaria.

En una despedida amigable, me pareció entender que sus labios hurtaron un poco de los míos, quedé con la sensación de usufructo, al comentar el tema; con cinismo del verdadero, asumió la responsabilidad y esta vez me besó de frente, sin tapujos, como terminando a la perfección un crimen menor, que había dejado de ser mediocre y se convertiría en el magnicidio del siglo.
Siempre pedía el mismo café, de yo no sé qué cosas, sólo sé que era algo así como “de las cabras”, vestía con rigor según su estado de ánimo, colores fuertes, bien combinados, bufandas, guantes, accesorios sexys y bolsos misteriosos. Un día husmeé uno de sus bolsos extraños, me encontré un libro, nada de maquillaje, una agenda con sus dibujos, escritos, cartas de admiradores, esferos y el estuche de sus gafas. En verdad esperaba encontrar pócimas, conjuros, cosméticos, pero me encontré de frente con la mujer más natural que he visto.

Olía como a florecitas, sus manos sudaban por los nervios, por el calor, por el frío, por la ansiedad, por todo, era fumadora pasiva, pues siempre en aquellas tertulias terminaba como extractora de humo de nosotros y nuestras humeantes discusiones seudointelectuales; mostraba la indignación envidiablemente, hablaba concreto, claro, fuerte, exigía cambio de café, que le bajaran el volumen a la música de algún lugar, peleaba por las llegadas tarde, era tan odiosamente puntual…

Nunca entendí (como buen dependiente sentimental que soy) porqué disfrutaba la soledad. Uno se la podía encontrar en una cafetería mirando sin mirar y disfrutando cada sorbo de un café con nombre rebuscado. Sufría del colon, creo que todas las zozobras, que entraban por sus ojos, tomaban su esófago y aterrizaban como granizo justo allí. Tuvimos varios altercados menores, nombraré dos, el primero fue de esos que yo llamo una actitud “políticamente incorrecta”, sucedió así: íbamos con dos amigos más para la casa de uno de ellos, ella, manifestaba con abrazos su afecto y abrazó más de la cuenta a uno de mis amigos, él se sentía incómodo, yo lo noté. Esa vez, (como ahora) pienso que no fue un asunto malintencionado, se trata de esos acuerdos tácitos masculinos, de esas cosas de la castración varonil que no son fáciles de asumir, lo hablamos con mi amigo como se hablan las cosas de hombres (dos días después) con la frialdad con la que se aborda cualquier tema: “oiga, es que la otra vez, cuando, usted sabe, ella me abrazó, no me sentí bien, quiero que sepa que no hay nada entre los dos y ya”, “entiendo”, dije, pasando saliva con la dignidad recompuesta, “ya hablé con ella”, y así según la psicología masculina, (que tiene serios problemas de temporalidad, cuatro días después) le dije a ella que no me parecía lo de los abrazos amigables, ella sonrió, me besó y dijo: “te adoro”. El otro altercado fue porque encontró las fotos de un paseo y en la multitud de la imagen identificó a una amiga confianzuda que no soportaba. Me hizo el reclamo tan bien, que terminé agradeciendo su preclaridad, juré no mentirle. Supo de mi pena, me consoló con sus besos y todo pasó como un fascinante reclamo místico.

Me escuchaba atenta, era mi crítica de forma y fondo, intuitiva, centrada y feliz por convicción, según ella misma, había tenido pocas pero intensas relaciones, de las que recuerdo, una con un profesor de bachillerato, otra con un profesor de su primera carrera y otra… bueno, otra conmigo. Tenía admiradores poetas, trabajaba con actores, diseñadores, ayudaba a su padre y a su hermano en la empresa familiar; incursionó en el mundo del modelaje, de la fotografía, del diseño, de los ángeles y sobra decir que en el mío. Mis amigos la adoraban por su ternura, sensatez y carisma.

Mis promesas de comprar ropa, ir a viajar, recomponer su memoria, minaron, jodieron y volvieron humo su constante alegría, en una ironía cíclica, volví a los miedos del principio de esta relación, temí por hacerle daño; todo se empeoraba cuando ella, con voz firme me preguntaba si me estaba exigiendo mucho, cuando su mirada me desnudaba y me sabía incapaz de asumirla.

La saqué de una reunión de esas que hacen para probar productos, llegó una vez más hasta donde yo estaba, como en un acto de adoración extraña me miró con amor doloroso. Fuimos a comer algo, para disimular la charla, ahí, tampoco fui capaz de decir nada, ¿decirle qué? que la adoraba pero, que mis peros eran más grandes que mis intenciones, que mis manos hablaban lenguajes incomprensibles, que mis letras eran lágrimas, gritarle que las inolvidables tardes de domingo me dolían, que sus dibujitos, que sus caballeros sin molinos y los caballos con heces colgantes me acusaban de cobarde… quise contarle que los rotos de su jean me saludaban desde lo lejos, que los restos de su pelo sin tintura me acariciaban, siempre quise tocarla sin tocarla, no hacerle reproches a su esencia comprensiva, celestina y limpia.

Decir que le pondré la cara, es mentira. Prefiero que me odie por cobarde y no asumir el reto de mirarla… justo cuando esas cosas fantásticas se convierten en eso asqueroso, es momento de huir, como ladrón, como timador. Me llevo un cuento, le dejo mi nostalgia, intentaré secar su humedad abundante mientras le envío mensajes irritantes con mi incoherencia. Es así, como huyo una vez más, ante el amor. He de decirle que me perdone, que mis nervios se alteran cuando la oigo, que lo único que no me enseñó fue a escabullirme… eso, lo aprendí solo.

6 comentarios:

kiara dijo...

una lágrima por cada verdad, un suspiro por cada ausencia, y el aborto de un beso por cada crueldad

Carlos López dijo...

Gracias por tu comentario...

Carlos López dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
kiara dijo...

...

noek izardui dijo...

yo con toda la algarabia que te mereces y el sentir que me llega,quiero agradecerte por publicar tan extraordinarios textos,que resultan toda una belleza de poesia para mi,porque llegas en un momento de mi liga de vida en donde tus letras se vuelven parte mia,me a encantado este cuento en especial de ¡Póngame la cara! y otros que ya lei,yo escribo tambien o intento hacerlo,soy de mty mexico y soy parte de un grupo poetico llamado voces en verso en donde hacemos lectura de nuestros propios escritos como los llamo yo,y quede verdaderamente admirado por tu creatividad,mas que adularte es un agradecimiento a tu buen arte y a tu escencia como escritor,tambien te hago una invitacion a mi espacio en donde podras encontrar solo la escencia que cargo y tambien a otro que tengo por ahi en donde me tome el atrevimiento a publicar tu cuento de ¡Póngame la cara! y te deje un saludo por ahi...con las sonrisas que me sacaste y con la admiracion y respeto que infundaste en mi te dejo un abrazo hermano y ojala pueda contactarte para algunos consejos sobre mis letras.
que tengas muy buenas lunas carlos.
este es el espacio donde podras ver tu cuento y mi saludo
http://www.fotolog.com/sandalo_pashuli y mi blogspot es
http://elladoizquierdodemiausencia.blogspot.com
noekizardui@hotmail.com
saludos


noek izardui

Estefanía Peláez Daza dijo...

Esta es mi historia favorita de tantas maravillosas que escribes y en las cuales me siento identificada.
Aunque no nos veamos, siempre te leo.