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martes, 8 de octubre de 2013

DESPUÉS TE INVITO UN CAFÉ

El adolescente llegó a casa con su energía sombría, su madre estaba en la cocina y lo saludó con un insoportable gemidito de ternura preguntándole: ʺ¿Ya llegaron mi vida? – y se escuchaban los sonidos de platos –, “amor, no te portes así delante de la visita”, y seguía el golpeteo de los cubiertos y los vasos.

Él iba a subir a su habitación, pero decidió pasar primero por la cocina, allí su madre estaba preparando unas onces, porque él le había dicho que iría con alguien especial, así que aquellas onces habían sido preparadas teniendo un toque especial de complicidad, alegría y ganas de conocer a alguien que su hijo, llevaría a su casa.

Cuando lo vio, de inmediato supo que estaba solo, y se sintió ridícula, pero pesó más su sentimiento de compasión, por los ojos perdidos en la nostalgia de aquel adolescente sensible y desubicado que tenía como adorable hijo.

“¡Ay amor!, qué pasó?, dijo en voz baja, mientras le levantaba su cara que miraba al piso, él sólo torció un poco la boca y movió la cabeza negando sus emociones, “no pudo venir” dijo con voz entrecortada, de inmediato la madre volvió con su festiva energía navideña y le dijo: “No importa, ya será otro día, además te preparé estos pasteles que tanto te gustan”, al adolescente se le empezaban a resquebrajar las lágrimas, entonces pasó saliva y le dijo a su madre que no quería comer nada, que estaría en su cuarto y que por favor no lo interrumpiera, pues iba a estar ensayando guitarra.

Subió a su cuarto, cerró la puerta, se quitó la maleta que traía en la espalda, la tiró encima de la cama, tomó su guitarra y se acordó de aquella niña que lo había dejado con las onces preparadas, del motivo de su decepción, de todo lo que le había dicho…

“Oye, después te invito un café” le dijo ella, y él que no entendía bien los mensajes femeninos, creyó que eso era una posible excusa, por lo de no ir a tomar onces, pero en realidad era una forma delicada de decir adiós, y él que empezaba a creer que las palabras de ella eran ciertas, y que talvez, diría alguna verdad.

Él tenía una memoria prodigiosa y ella una inminente capacidad de olvido, él le quería regalar sus letras melosas y ella sufría de diabetes emotiva, él con su hipersensibilidad y ella con su indolencia… sin embargo, su encuentro había sido, -muy seguramente para él- mágico, y en aquel restaurante,  ella lo había hecho sentir especial, cuando le dio aquel bocado, o cuando al finalizar el almuerzo, él le ayudó a poner su chaqueta, sujetándole su cabellera humillantemente hermosa.

Hacía ejercicios de digitación, pero seguía pensando en ella, en su talento para despertarle dudas y en su capacidad de derretirlo con su sonrisa, ella, sabía de su gusto y como buena niña hermosa, se aprovechaba de la situación, una y otra vez lo había rechazado, pero de vez en cuando, le manifestaba con sencillez, que él no le era del todo indiferente, era un juego perverso entre golpes y caricias, la mezcla entre fuego y pólvora, la combinación exacta de la insensatez y la ingenuidad.

Su mano derecha se movía sobre las cuerdas de la guitarra, y la izquierda saltaba en un patrón aburridor,  su mente estaba desconectada del sonido del instrumento y concentrada en el silencio de la ausencia de aquella fémina fatal en la que se había fijado.

Había perdido la noción del tiempo, y de repente se halló solo, se miró al espejo y supo que se había equivocado, que le había ofrecido tantas cosas y ella, estaba tan ocupada intentando entenderse, asumirse, y él, estaba tan ocupado intentando asumirla; rompió la regla de oro: Le creyó.

La, sol, fa… “El Problema no fue hallarte, el problema es olvidarte, el problema no es tu ausencia, el problema es que te espero, el problema no es problema, el problema es que me duele, el problema no es que mientas, el problema es que te creo” cantaba susurrando, de pronto un suspiro y supo que una decepción lo amenazaba.

Aquel estado fue interrumpido, por la voz de su madre al otro lado de la puerta: “Amor, cómo estás?, ¿Quieres algo?”, él hizo una pausa, dejó la guitarra a un lado, abrió la puerta y vio a su madre con una bandeja en la que estaba la loza que se usaba para las visitas importantes, dos tazas de café con leche y aquellos pastelitos celestinos, horneados con dedicación.

“No importa, ven y comemos juntos”, dijo la madre entrando a la habitación, entonces, se acomodaron, se dispusieron a deleitar sendos manjares y fue entonces cuando le dijo: “Mira hijo, el amor, la vida y la muerte, tienen algo en común, sólo los puedes disfrutar en primera persona, sin embargo, deben tener un significado”- él la escuchaba en silencio, ella siguió diciéndole: “Si decidiste invitar a alguien aquí a tu casa, es porque es importante para ti, pero si ella, no viene, es porque no eres importante para ella, y apréndelo de una vez, no tienes porqué mendigar sentimientos”. El café con leche y los pastelitos desaparecieron de la bandeja, la madre salió y el adolescente aprendió la lección de su vida.

Años después, el señor llegó a su casa, su madre esta vez, no le dijo nada, y él tampoco, se encerró en su cuarto… La, sol, fa... 

2 comentarios:

Diana Nathalie Garzon Abella dijo...

Me gustó mucho!!! Felicitaciones

Diana dijo...

Muy buen escrito, Felicitaciones