1
Hola, mi nombre es Carlos López... No sé si te acuerdas... ¿Hablamos?
2
Hola: Lamento no haberme comunicado contigo, mi viaje a Medellín se alargó, perdí mi celular y sus números, regresé de Argentina y en la U nadie me dio tu teléfono, me matriculé retarde, no he podido asistir a muchas clases. Le pedí tu celu a…, qué tal el atrevimiento!, te llamé de otro celu pero no me contestaste. Yo también quiero hablar contigo, una nenita amiga mía me dijo que te ve en clase, así que mañana te llevo las pelis y el regalito que nunca te llevaste... Quiero que me cuentes muchas cosas, quiero verte.
Un beso grandote
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Bueno, primero, la extraño... (muestra perfecta de masoquismo barato y sin dignidad). Segundo, me sentí usufructuado, tercero, su ausencia es tan notoria que pensé en devolverle algunas mentiras piadosas que usted escribió. (Como en un acto de venganza adolescente, sensiblera y cursi) Lo mejor de que usted se haya ido, es que indiscutiblemente puede regresar... (nuevamente lacosa esa de la rabonada, la dignidad y demás valores del honor quedan burlados)Señora: me mató su silencio, la incertidumbre de no saber qué pasó, que no contestara el cel, (lo perdió) en su oficina (nunca dejé datos) en su casa (su novio, nuevo novio, el de la foto, un compañero de trabajo que supo lo nuestro, su ex, la mami...) no la dejan contestar o se mudó.En fin, la manera mortal de cerrar los labios y hacerse la infame que habla callada, unida a recuerdos simples que llegan desde "vos hasta mi" sus enredos y las coincidencias increíbles, la sospechosa compatibilidad energética, la ilusa pretensión de un encuentro cósmico hasta las manchas de rencor por su sutil y descarado abandono... son algunas cosas de lascuales me gustaría (si así lo quiere) hablar. Yo, en mi inmenso cinismo debí saber de su borrosa existencia... Es necesario, que justifique (si así lo quiere) su nimiedad, su opulenta y dramática retirada y su indiscutible maldad. Me volvió a dar calor, mejor no leo lo que le escribí…
PD: Usted tenía mi mail... ¿Perdió todo contacto... o lo quiso perder…?
EPITAFIO
Quizá no se lo dije, pero la admiraba demasiado. No creo que mis ínfulas de intelectual hayan sido lo que le atrajo de mí, ni mi obsesión por explicar todo… mucho menos mis presumidas maneras; estoy seguro que intuyó mi debilidad más grande, el saberme protegido.
Su crueldad es la manera de realización personal, sus caricias son rasguños infectos para el alma, su recuerdo burlón como el espíritu del agua, me toca los pies del insomnio… me deja la duda bestial de aquello que pasó y me da la certeza salvaje de aquello que no.
Intento deshacerme los harapos sentimentales que me dejó, pero cada hilo tiene vida y parece que reclama el derecho de la vida, cada hilo habla de la dignidad de morir en plena conciencia, morir de hambre o esperar el fin de los tiempos, cada hilo hace parte de los poros que le recorrí… en conversaciones se sublevan y de hilachas débiles surgen cuerdas templadas… viven del horror de mi recuerdo, se alimentan de la fantasía inconclusa de un sentimiento que no sabe si existió…
“(…) es justo en el entramado social, en ese tejido social… donde podemos encontrar posibilidades culturales…” Dice un maestro, mientras tanto, la recuerdo y una vez más no sé si ella me jodió la vida o me la alegró, no sé si agradecerle o maldecirla…
Sólo sé que la odio con mucho amor…
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jueves, 14 de agosto de 2008
Pa´ mi...
Te regalo un cuento. Hubiera podido ser una caminata por el parque o unos cuantos versos a medio hacer. Un libro, un café en tu lugar favorito o el truco de la moneda en tu oreja, así, sin ensayar.Pero no, quise que fuera un cuento. No para después de hacer el amor ni para que luego nos extrañemos. No para que suene el vals más romántico que conozcamos ni nada parecido. Te regalo un cuento para que lo quieras y lo tomes como tuyo, para que lo dibujes a tu antojo, incluso, para que lo pintes de mil colores o lo deformes hasta que quede irreconocible, para que lo compartas con tus compañeros de oficina, de grupo, con tus alumnos, o con la almohada. Es todo tuyo para que elijas la música que se te antoje que suene mientras lo lees.-Yo tengo mis canciones para escribirte. Tú las tuyas para leerme.-Te regalo un cuento para que lo lleves contigo, dobladito en el bolsillo de tu pantalón, entre tu maleta de A B C al lado de tus odiosos esferos, entre las páginas de tus libros de filosofía, o tus tantos exámenes por calificar. Para que cuando estemos molestos lo estrujes, lo arrugues y hagas con él una pelota y lo botes por la ventana mirando con una sonrisa la peor manera como lo arrollan los autobuses. Para que le hagas muchas copias y se lo des a quien te apetezca. Para que envuelvas tu fruta favorita o para que lo pegues en las notas de tu escritorio. Para que lo rompas en pedacitos los días en los que me matarías, o para apuntar encima el número del domicilio o dibujes con tinta azul o roja tu animal preferido.Te regalo un cuento que no ha sido pensado. Es de esos que se escriben prácticamente solos y que parecieran nunca acabar. Te regalo esta noche y todas las que vienen. Te regalo mi sonrisa, mi figura y mi cabello sin ninguna clase de reproche o tintura artificial, aún corriendo el riesgo de ser acusada de creer lo que no soy o no tengo.
Te dejo abierta la ventana para que te cueles, para que me espíes esta noche. Para que me veas sin que te vea. Para que me cuides un poco sin que yo lo sepa.Te regalo mis ideas, en especial ésta. Un espacio dedicado únicamente a la complicidad, al anhelo del encuentro y a los deseos de libertad. Te regalo un cuento que habla de amigos, de canciones, de noches tormentosas, de mi misma mientras me imagino tu habitación desde muy alto, y el instante previo a caer rendida a tu lado, y decir simplemente, vamos a dormir. De grandes razones que llegan a ti y se estrellan con tus ojos, pero que al mismo tiempo no quieren salir de allí.
Te regalo un super-kit completo de cariño. Te regalo un cuento sin argumentos, sin protagonistas ni dobles que hacen las piruetas imposibles, sin ninguna enseñanza, y si la llegara a tener que fueras tú el único conocedor de ella; Lo único que necesitas es apagar la luz, cerrar los ojos y la puerta de tu habitación, bueno… no necesariamente en ese orden. Dejar que te hable al oído; necesitas olvidarte de las deudas, de las facturas, de tu apretada agenda, de las noticias y del periódico, de mi signo y del tuyo y sus correspondientes ascendentes. Hacerme saber, de alguna manera y como mejor se te ocurra, que hace cinco minutos me querías un poco menos.
Quiero llenarte de deseos de vivir y seguir riendo locamente, para que salgas corriendo en busca de un libro nuevo. Que necesites llamarme y te encuentres pidiéndome que apague la luz, que cierre mi puerta y entonces, me empieces a leer al oído, el mismo cuento que estás leyendo ahora. Y que no dejemos de llamarnos cada noche para hacerlo de nuevo. Y así, toda la vida.
Un cuento para que vayas de viaje, para leerle a tus hijos y a los míos, a tus padres y a mis tíos.
Te regalo un cuento sin hojas de colores, ni perfumes hostigantes, ni un “espero que te guste”. Este cuento no tiene IVA, ni cobra multas por no ser entregado a tiempo. Es un cuento inspirado en ti, posiblemente en mí, y dudosamente en los dos, pero que puede leerse en cualquier momento, en cualquier lugar, cuando tu sol esté en Urano y tu luna se haya perdido en mis noches, sea cual sea tu estado de ánimo, con o sin problemas. Mejor dicho… lo puedes leer a la hora que te plazca…
Y por ahora te digo que esto es todo lo que tengo para regalarte.
Te dejo abierta la ventana para que te cueles, para que me espíes esta noche. Para que me veas sin que te vea. Para que me cuides un poco sin que yo lo sepa.Te regalo mis ideas, en especial ésta. Un espacio dedicado únicamente a la complicidad, al anhelo del encuentro y a los deseos de libertad. Te regalo un cuento que habla de amigos, de canciones, de noches tormentosas, de mi misma mientras me imagino tu habitación desde muy alto, y el instante previo a caer rendida a tu lado, y decir simplemente, vamos a dormir. De grandes razones que llegan a ti y se estrellan con tus ojos, pero que al mismo tiempo no quieren salir de allí.
Te regalo un super-kit completo de cariño. Te regalo un cuento sin argumentos, sin protagonistas ni dobles que hacen las piruetas imposibles, sin ninguna enseñanza, y si la llegara a tener que fueras tú el único conocedor de ella; Lo único que necesitas es apagar la luz, cerrar los ojos y la puerta de tu habitación, bueno… no necesariamente en ese orden. Dejar que te hable al oído; necesitas olvidarte de las deudas, de las facturas, de tu apretada agenda, de las noticias y del periódico, de mi signo y del tuyo y sus correspondientes ascendentes. Hacerme saber, de alguna manera y como mejor se te ocurra, que hace cinco minutos me querías un poco menos.
Quiero llenarte de deseos de vivir y seguir riendo locamente, para que salgas corriendo en busca de un libro nuevo. Que necesites llamarme y te encuentres pidiéndome que apague la luz, que cierre mi puerta y entonces, me empieces a leer al oído, el mismo cuento que estás leyendo ahora. Y que no dejemos de llamarnos cada noche para hacerlo de nuevo. Y así, toda la vida.
Un cuento para que vayas de viaje, para leerle a tus hijos y a los míos, a tus padres y a mis tíos.
Te regalo un cuento sin hojas de colores, ni perfumes hostigantes, ni un “espero que te guste”. Este cuento no tiene IVA, ni cobra multas por no ser entregado a tiempo. Es un cuento inspirado en ti, posiblemente en mí, y dudosamente en los dos, pero que puede leerse en cualquier momento, en cualquier lugar, cuando tu sol esté en Urano y tu luna se haya perdido en mis noches, sea cual sea tu estado de ánimo, con o sin problemas. Mejor dicho… lo puedes leer a la hora que te plazca…
Y por ahora te digo que esto es todo lo que tengo para regalarte.
Se cumplió la cita que se habían puesto vidas atrás...
“Se cumplió la cita que se habían puesto vidas atrás; sus cuerpos nuevos en sabor y viejos en esencia se acomodaron sin tregua, ni dificultad. Desnudos, felices, confiados, se reconocían, se acordaban de aquellos tiempos que estaban guardados en las pieles, los olores hicieron una poción extraña como menjunje mágico. Él estaba renuente, refunfuñón, incómodo, pues tenía que quitarla del lugar sublime en donde la había puesto para ponerla en ese vil terreno de espacio físico… era el destino, pues parece que el contacto era la forma tradicional de expresar la llama del deseo que debe desfogarse con el enredo de las pieles, en una especie de roce cutáneo poco trascendental.
Ella estaba tranquila, como si supiera que la cita se iba a dar tarde o temprano, sería algo así como un recuerdo futuro premeditado, desde que lo vio, supo de qué se trataba, ella sentía como un llamado de la selva, un clamor hormonal que le exigía un simple toque de gracia. Se vieron, él nervioso, ella tranquila, su tranquilidad lo ponía más ansioso y la manera como ella manejaba la ansiedad de él era proyectando tranquilidad; era un círculo vicioso, masoquista y necesario, o sea una de esas terapias que duelen pero te curan. En el transcurso del viaje hacia el altar del sacrificio, sólo cabía pronunciar el silencio, respiraban, miraban para otros lados, sabían a qué iban, ella disfrutaba y esperaba, él preguntaba el porqué y sudaba.
Con un protocolo silencioso subieron al séptimo piso, tras la puerta un beso inicial, ella pensó decepcionada que esa muestra insípida sería la continuación farsante de un mal amante, él aun cavilaba en lo sacro de su idealización y como todo sería igual. No hablaban, él se metió al baño y al pasar por el espejo vio su cara sombría, tensa, casi que desconocida… ¿no la deseo? Se preguntó, de inmediato la hidráulica de su cuerpo le informó que sí, y reafirmó su problema psicológico pero vital, profanar aquello sagrado. Se perdió en sus ojos… en los propios, en aquellos reflejados en el espejo; comía algún dulce para negar el almuerzo ingerido, se olió un poco el pliegue de los brazos, observó su nariz sin habitantes y se alistó para la batalla.
Ella miraba por la ventana, esperando ver el futuro que ya su talento mágico le había anunciado, respiraba pausada, parecía una victimario minutos antes de la ejecución, esa sensación de superioridad, de poder sobre el otro, se sabía su dueña, ama y señora. Le ve su espalda, su silueta corta, tenía un centro que terminaba en la punta de su pelo, que caía sobre una pequeña prenda que apenas podía llamarse tal, la toma lento y cuando ella se voltea, lo sujeta sin tapujos, lo recorre, lo marca, hace un hermoso trabajo de cartografía digital, lo referencia, le pone puntos, banderas, alturas, llanuras… Él, consciente, hace lo propio se deja explorar, se asume montaña virgen, tierra de gigantes, pantano, zonas húmedas…
Pasa. Son uno.
Él llora, ella lo consuela, y ahí en su pecho él se siente feliz, tranquilo, protegido, ella le enrosca el pelo, le encanta ser su casa, su hangar. Ella, lo besa, y se acomodan tan fácil como siempre, él piensa cómo se había comportado, ella lee su mente y le susurra flores tiernas, él se estremece, se siente cómodo, ella le narra cuentos de otros mundos, a él le brillan los ojos de emoción.
Ahora son otra vez uno, cada uno se navega, se siente, y se convierten en un extraño yo colectivo, que no tiene fronteras, adversario de sí mismo, cómplice de sus mentiras, anhelante de libertad, sereno y atento. Loma que cava, malo que rulo, vaca que vilo… y sigue en incoherencias, por que se sabe frágil, se viste de locura, se arrienda de inteligencia, se vende de traición, se acusa de humillante y se envía telegramas de citas a declarar inocencias. Es un mutante, es el resultado de estar, de ser, de querer, de probar lo prohibido”.
Suena un celular, al otro lado una voz femenina pregunta alguna cosa, a este lado alguien responde que no tiene tiempo y que va tocar aplazar aquello. Ella termina la comunicación en tono comprensivo pero con sufrimiento, él suspira y piensa que una vez más se salvó de ultrajar aquello que amaba.
En el fondo su miedo celebra, una vez más construyó palacios invencibles, le dio argumentos convincentes, lo hizo temer. El amor humillado paga su apuesta, y espera otra ocasión, con ese aire de perdedor con esperanzas, le dice al miedo, “esto no ha acabado”, su contrincante fingiendo un tono paterno y ladeando un poco la cabeza, le responde, “no, mi querido, esto nunca empezará”
Ella estaba tranquila, como si supiera que la cita se iba a dar tarde o temprano, sería algo así como un recuerdo futuro premeditado, desde que lo vio, supo de qué se trataba, ella sentía como un llamado de la selva, un clamor hormonal que le exigía un simple toque de gracia. Se vieron, él nervioso, ella tranquila, su tranquilidad lo ponía más ansioso y la manera como ella manejaba la ansiedad de él era proyectando tranquilidad; era un círculo vicioso, masoquista y necesario, o sea una de esas terapias que duelen pero te curan. En el transcurso del viaje hacia el altar del sacrificio, sólo cabía pronunciar el silencio, respiraban, miraban para otros lados, sabían a qué iban, ella disfrutaba y esperaba, él preguntaba el porqué y sudaba.
Con un protocolo silencioso subieron al séptimo piso, tras la puerta un beso inicial, ella pensó decepcionada que esa muestra insípida sería la continuación farsante de un mal amante, él aun cavilaba en lo sacro de su idealización y como todo sería igual. No hablaban, él se metió al baño y al pasar por el espejo vio su cara sombría, tensa, casi que desconocida… ¿no la deseo? Se preguntó, de inmediato la hidráulica de su cuerpo le informó que sí, y reafirmó su problema psicológico pero vital, profanar aquello sagrado. Se perdió en sus ojos… en los propios, en aquellos reflejados en el espejo; comía algún dulce para negar el almuerzo ingerido, se olió un poco el pliegue de los brazos, observó su nariz sin habitantes y se alistó para la batalla.
Ella miraba por la ventana, esperando ver el futuro que ya su talento mágico le había anunciado, respiraba pausada, parecía una victimario minutos antes de la ejecución, esa sensación de superioridad, de poder sobre el otro, se sabía su dueña, ama y señora. Le ve su espalda, su silueta corta, tenía un centro que terminaba en la punta de su pelo, que caía sobre una pequeña prenda que apenas podía llamarse tal, la toma lento y cuando ella se voltea, lo sujeta sin tapujos, lo recorre, lo marca, hace un hermoso trabajo de cartografía digital, lo referencia, le pone puntos, banderas, alturas, llanuras… Él, consciente, hace lo propio se deja explorar, se asume montaña virgen, tierra de gigantes, pantano, zonas húmedas…
Pasa. Son uno.
Él llora, ella lo consuela, y ahí en su pecho él se siente feliz, tranquilo, protegido, ella le enrosca el pelo, le encanta ser su casa, su hangar. Ella, lo besa, y se acomodan tan fácil como siempre, él piensa cómo se había comportado, ella lee su mente y le susurra flores tiernas, él se estremece, se siente cómodo, ella le narra cuentos de otros mundos, a él le brillan los ojos de emoción.
Ahora son otra vez uno, cada uno se navega, se siente, y se convierten en un extraño yo colectivo, que no tiene fronteras, adversario de sí mismo, cómplice de sus mentiras, anhelante de libertad, sereno y atento. Loma que cava, malo que rulo, vaca que vilo… y sigue en incoherencias, por que se sabe frágil, se viste de locura, se arrienda de inteligencia, se vende de traición, se acusa de humillante y se envía telegramas de citas a declarar inocencias. Es un mutante, es el resultado de estar, de ser, de querer, de probar lo prohibido”.
Suena un celular, al otro lado una voz femenina pregunta alguna cosa, a este lado alguien responde que no tiene tiempo y que va tocar aplazar aquello. Ella termina la comunicación en tono comprensivo pero con sufrimiento, él suspira y piensa que una vez más se salvó de ultrajar aquello que amaba.
En el fondo su miedo celebra, una vez más construyó palacios invencibles, le dio argumentos convincentes, lo hizo temer. El amor humillado paga su apuesta, y espera otra ocasión, con ese aire de perdedor con esperanzas, le dice al miedo, “esto no ha acabado”, su contrincante fingiendo un tono paterno y ladeando un poco la cabeza, le responde, “no, mi querido, esto nunca empezará”
ESCRITO PARA QUE LE GUSTE
Debo acariciarla con palabras que la enternezcan sin provocarle la penuria de la ridiculez, debo poner en mar de leva sus bajas pasiones sin convertirlas en tornados que no me arrasen, debo mirarla en su piel para disfrutar de sus curviformes rincones que se asoman por sus pantalones rotos, pero, también debo mirarla, desde esa energía traviesa, que se sabe infantil y obscena, procaz y precoz. Debo sentirla, asirla, capturarla mediante obra, palabra y omisión.
Usted, tan simple, tan bella, tan tranquila con esos quilates de desfachatez propios de quien se sabe admirado, usted tan clara de piel y planes vitales, usted con tanta concupiscencia anunciada y tan poca revelada, usted simplemente me provoca versos profanos.
Lo sé, esto carece de ritmo, permítame endosar la culpa a su cadencioso caminar, que me genera arritmia (literal), que me influye y me determina, sus pasos entre nubes, se vuelven lluvia en mi tormenta de seres deseados.
Dos Martinis más por favor… uno por el póker de ases de sus ojos, cabello rubio, cuerpo angelical e instinto demoníaco y otro por el Jaque Mate de mis deseos racionalizados.
He traicionado la idea de este texto, ahora ella me mira fijo y se tapa la boca, ideal por demás, eludiendo una mala mención de mi madre (Edipo ataca otra vez), decía que me mira con el rencor de la comprensión de quien sabe que perdió, de quien entiende que la suerte no sonríe… la idea suspira hondo, porque la ridiculizo una vez más, se sonroja un poco y con parsimonia se levanta, sonríe irónicamente y se va despacio caminando entre nubecitas de esas que pintan cuando alguien tiene una idea.
Qué tienen que ver las nubes, las ideas… Veamos: Nubecitas… y tú… que eres mi cielo.
“Nubecitas + tú = Mi cielo”
(Sumatoria final para arreglar un desvarío que intenta ganarle a un cuento de una lágrima aventurera que quiso ser más que ella misma)
Quise dejar una posdata en blanco para que pensaras que te podré querer, pero un gato en celo me devuelve al planeta de los dos… gato en celo… (es otro posible final) (mi editor interno me dice que deje el final de la nubecita, que es más vendible… pero en realidad el muy infeliz se excita con la idea del felino ninfomaníaco apresurado por desfogues)
Fin… que espero sea un comienzo.
Usted, tan simple, tan bella, tan tranquila con esos quilates de desfachatez propios de quien se sabe admirado, usted tan clara de piel y planes vitales, usted con tanta concupiscencia anunciada y tan poca revelada, usted simplemente me provoca versos profanos.
Lo sé, esto carece de ritmo, permítame endosar la culpa a su cadencioso caminar, que me genera arritmia (literal), que me influye y me determina, sus pasos entre nubes, se vuelven lluvia en mi tormenta de seres deseados.
Dos Martinis más por favor… uno por el póker de ases de sus ojos, cabello rubio, cuerpo angelical e instinto demoníaco y otro por el Jaque Mate de mis deseos racionalizados.
He traicionado la idea de este texto, ahora ella me mira fijo y se tapa la boca, ideal por demás, eludiendo una mala mención de mi madre (Edipo ataca otra vez), decía que me mira con el rencor de la comprensión de quien sabe que perdió, de quien entiende que la suerte no sonríe… la idea suspira hondo, porque la ridiculizo una vez más, se sonroja un poco y con parsimonia se levanta, sonríe irónicamente y se va despacio caminando entre nubecitas de esas que pintan cuando alguien tiene una idea.
Qué tienen que ver las nubes, las ideas… Veamos: Nubecitas… y tú… que eres mi cielo.
“Nubecitas + tú = Mi cielo”
(Sumatoria final para arreglar un desvarío que intenta ganarle a un cuento de una lágrima aventurera que quiso ser más que ella misma)
Quise dejar una posdata en blanco para que pensaras que te podré querer, pero un gato en celo me devuelve al planeta de los dos… gato en celo… (es otro posible final) (mi editor interno me dice que deje el final de la nubecita, que es más vendible… pero en realidad el muy infeliz se excita con la idea del felino ninfomaníaco apresurado por desfogues)
Fin… que espero sea un comienzo.
De la guerra, el triunfo y lo otro…
Parecía una simple espera tranquila de unos cuantos minutos en una tibia silla de metal, pasaba el tiempo mientras mis manos jugaban con el papel transparente que envolvía media cajetilla de cigarrillos de quien me acompañara en una charla compartida con "una alguien” que después entendí por qué no me agradaba del todo…llegué a pensar que era yo, eso de mirar mal y que nadie te caiga en gracia es algo normal en el día a día, pero no, era algo más, algo que no supe describir, algo un tanto espiritual, una mezcla de ignorancia por las situaciones y la competencia femenina que se debe soportar así no se esté en la lucha… sobra decir... éramos tres.
Me aburría cada vez más con su conversación, de repente sentí la necesidad de disimular, de mirar hacia otros puntos del lugar, a las personas que nos rodeaban, hasta al pequeño pedazo de papel de servilleta tirado en el piso, a cualquier cosa que no fueran ellos mientras que mis ahora nerviosas manos seguían en su tarea con la cajetilla, todo esto por sentirme un poco aludida con el tema que estaba naciendo. En el divagar de mi ojos, mis oídos sólo se concentraban en apartar el ruido y lograr entender las palabras que intentaban salir en tono bajo de sus bocas tímidas.
"Creo que yo nunca voy a tener una oportunidad con él", dijo la boca rosada con un silbido un tanto fastidioso y una dudosa pronunciación, mientras su rostro se emancipaba con esas palabras haciendo un gesto de auto lástima y deseos frustrados… "Por qué, tu no lo sabes, claro que él ya tiene a alguien" dijo la segunda boca, dejando salir el humo gris de su interior... "No te creo... quién?"... bajé la mirada disimulando preocupación por la hora y sentí sus ojos como un invisible dedo carcomido de color marrón señalarme justo a mi, apuntando justo en mi cara, justo en el centro de mi ser... Volvió a sonar la voz y su aún menos agradable tono decir: “noooooo… de verdad?, que suertuda!”, y su boca sonrió irónicamente mientras sus ojos con un aire de reproche echaron un vistazo a mi presencia ahora un tanto escurrida en la silla, como cuando se busca acomodo en la poltrona de un psiquiatra. Allí, en ese preciso instante fue cuando descubrí el porqué de mi enemistad hasta ahora desconocida con aquella desconocida; era una especie de envidia tácita que se desprendía de su ser y chocaba con mi convencimiento de superioridad por tener lo que ella anhelaba.
Mientras nuestros egos combatían me sentí salvada por un milagroso cuarto personaje que sin ser invitado se unió a nosotros; en ese instante hice caso a mi cobarde yo interno que quería salir corriendo de allí sin importarle nada más; me levanté, tomé mi bolso, me despedí de mis acompañantes y me sentí grande, al decirle a aquella niña de cabello oscuro y un tanto desarreglado “chao nena”, con una de mis cejas un poco levantada, y un diminuto asomo de sonrisa en complicidad con mi ligera inclinación de cabeza hacia la derecha que más podría compararse con un gesto de compasión que de amabilidad, ganándole por mucho a su pobre sonrisita que ahora había quedado en el pasado sin lograr mayor trascendencia. Mandé mi maleta al hombro derecho, di media vuelta, metí las manos en los bolsillos de mi pantalón y comencé a caminar en dirección a la salida sintiéndome como si me hubiera ganado el premio mayor, el que todos quieren pero que sólo uno obtiene. He aquí el fin, una salida airosa de un aprieto en el que sin pensar resulté involucrada.
PD: Por otra parte te anhelaba. Quería contarte mi gran batalla y por supuesto mi gran triunfo, y cuando por fin me decidí a ser yo quien llamara primero, haciendo caso omiso a tus recomendaciones te escuché contestar seriamente… (estabas “ocupado”). Ahí comprendí que mis triunfos y el ser “suertuda” no son suficientes, y que debo vencer en muchas más luchas para que tú te atrevas a fijarte en mí y descubras la guerrera que ha nacido con el fin de obtener una sola cosa: tu cariño.
Entonces la descubrió entre miradas ajenas, él trataba de explicarse cuál era ese centro magnético que lo unía a ella… si acaso las ganas de arrendar una piel, los deseos de compartir pasado o la movilización de las inteligencias, buscaba argumentos de diferente orden, espirituales, morales, esotéricos, físicos, simbólicos… y con todo ese arsenal pesado de justificaciones llegaba al mismo punto: el miedo.
Lo confundía. Pues no podía imaginar que el destino era irreverente cuando de ella se trataba, la cuestión era que todo estaba preconfigurado para que ella estuviera a su lado, pero paralelamente el futuro a su lado se desvanecía cada vez que se mencionaba. Su más grande fortaleza era la vulnerabilidad. Su arma letal era esa ambivalencia carismática, que la hacía irresistible a la razón y explosiva a los sentidos.
Era claro que a él y su guerra interna entre querer, deber y lo conveniente, lo debilitaba, lo hacía tomar caminos tortuosos, lo empujaba a decisiones torpes. En las noches lloraba en silencio, se detestaba por pusilánime, pero sabía que en ese lugar no le iba a pasar nada, que si no se atrevía no iba a perder lo que tenía… ¿qué tenía? Una supuesta inteligencia construida con referencias de otros, un verbo privilegiado que incitaba a agitar sensaciones, pero no era capaz de moverse a si mismo, un perverso sentido práctico que lo hacía egoísta y cruel, y quizá su más preciado tesoro, la capacidad de soñar.
Inteligente, locuaz, perito y soñador. Quizá sólo son palabras, pero ella, se las había mostrado, se las había reinventado para y con él, y en la mejor muestra de mayéutica, le había dinamitado sus esquemas. Es así como le preguntaba, inocentemente, aspectos mundanos, que se conectaban con arcanos infinitos, y desubicaban sus más férreas creencias… de tal forma, se descubrió a través de ella, se hizo hombre, pudo sentirse a sí mismo, como en una masturbación energética, ella provocó su auto revelación. Sería a partir de ese momento honesto con eso de los sentimientos, se oiría más… se querría más. Quizá, lo volvió un egoísta con clase, uno de esos que todos admiran por su autoestima, uno de esos que llaman valientes.
La pregunta ácida es, si después de descubrirse como tal, de liberarse de todo, de mirarse por primera vez, él debería romper con ese lazo… ella, era su principal y única atadura… ¿Sería una acto de amor de ella…? Mostrarle el universo y dejarlo solo… ¿O sería una cabronada de su parte viajar solo…? Una vez más el miedo lo inmovilizaba, prefería especular que probar, su amor era fuerte, pero más lo era, las inmensas ganas de no tocar aquello que había sido sagrado, el espejo que era ella.
PD: Como ves, prefiero tenerte en cuarentena, no como dices, “como arroz en bajo”, es más un asunto de respeto… ponle a esto un nombre… excusa, evasión, falacia, llámalo argumento pobre, juego estúpido o actitud inmadura… no me importa, por que mi adoración tiene su propia lengua, se entiende sola y a sí misma… es una adoración demente, que se ríe y muestra cambios de temperamento, es una adoración hipocondriaca por ti, que eres remedio y mal… ¿me juzgarás entonces… me tendrás paciencia… me entenderás? No lo sé, pero a estas alturas, es más lo que no sé, que mis certezas… ese es justo tu mundo, el del no lo sé…
Me aburría cada vez más con su conversación, de repente sentí la necesidad de disimular, de mirar hacia otros puntos del lugar, a las personas que nos rodeaban, hasta al pequeño pedazo de papel de servilleta tirado en el piso, a cualquier cosa que no fueran ellos mientras que mis ahora nerviosas manos seguían en su tarea con la cajetilla, todo esto por sentirme un poco aludida con el tema que estaba naciendo. En el divagar de mi ojos, mis oídos sólo se concentraban en apartar el ruido y lograr entender las palabras que intentaban salir en tono bajo de sus bocas tímidas.
"Creo que yo nunca voy a tener una oportunidad con él", dijo la boca rosada con un silbido un tanto fastidioso y una dudosa pronunciación, mientras su rostro se emancipaba con esas palabras haciendo un gesto de auto lástima y deseos frustrados… "Por qué, tu no lo sabes, claro que él ya tiene a alguien" dijo la segunda boca, dejando salir el humo gris de su interior... "No te creo... quién?"... bajé la mirada disimulando preocupación por la hora y sentí sus ojos como un invisible dedo carcomido de color marrón señalarme justo a mi, apuntando justo en mi cara, justo en el centro de mi ser... Volvió a sonar la voz y su aún menos agradable tono decir: “noooooo… de verdad?, que suertuda!”, y su boca sonrió irónicamente mientras sus ojos con un aire de reproche echaron un vistazo a mi presencia ahora un tanto escurrida en la silla, como cuando se busca acomodo en la poltrona de un psiquiatra. Allí, en ese preciso instante fue cuando descubrí el porqué de mi enemistad hasta ahora desconocida con aquella desconocida; era una especie de envidia tácita que se desprendía de su ser y chocaba con mi convencimiento de superioridad por tener lo que ella anhelaba.
Mientras nuestros egos combatían me sentí salvada por un milagroso cuarto personaje que sin ser invitado se unió a nosotros; en ese instante hice caso a mi cobarde yo interno que quería salir corriendo de allí sin importarle nada más; me levanté, tomé mi bolso, me despedí de mis acompañantes y me sentí grande, al decirle a aquella niña de cabello oscuro y un tanto desarreglado “chao nena”, con una de mis cejas un poco levantada, y un diminuto asomo de sonrisa en complicidad con mi ligera inclinación de cabeza hacia la derecha que más podría compararse con un gesto de compasión que de amabilidad, ganándole por mucho a su pobre sonrisita que ahora había quedado en el pasado sin lograr mayor trascendencia. Mandé mi maleta al hombro derecho, di media vuelta, metí las manos en los bolsillos de mi pantalón y comencé a caminar en dirección a la salida sintiéndome como si me hubiera ganado el premio mayor, el que todos quieren pero que sólo uno obtiene. He aquí el fin, una salida airosa de un aprieto en el que sin pensar resulté involucrada.
PD: Por otra parte te anhelaba. Quería contarte mi gran batalla y por supuesto mi gran triunfo, y cuando por fin me decidí a ser yo quien llamara primero, haciendo caso omiso a tus recomendaciones te escuché contestar seriamente… (estabas “ocupado”). Ahí comprendí que mis triunfos y el ser “suertuda” no son suficientes, y que debo vencer en muchas más luchas para que tú te atrevas a fijarte en mí y descubras la guerrera que ha nacido con el fin de obtener una sola cosa: tu cariño.
A manera de respuesta… de la supuesta carta anterior y la agresión tácita de la posdata implícita del contenido
Entonces la descubrió entre miradas ajenas, él trataba de explicarse cuál era ese centro magnético que lo unía a ella… si acaso las ganas de arrendar una piel, los deseos de compartir pasado o la movilización de las inteligencias, buscaba argumentos de diferente orden, espirituales, morales, esotéricos, físicos, simbólicos… y con todo ese arsenal pesado de justificaciones llegaba al mismo punto: el miedo.
Lo confundía. Pues no podía imaginar que el destino era irreverente cuando de ella se trataba, la cuestión era que todo estaba preconfigurado para que ella estuviera a su lado, pero paralelamente el futuro a su lado se desvanecía cada vez que se mencionaba. Su más grande fortaleza era la vulnerabilidad. Su arma letal era esa ambivalencia carismática, que la hacía irresistible a la razón y explosiva a los sentidos.
Era claro que a él y su guerra interna entre querer, deber y lo conveniente, lo debilitaba, lo hacía tomar caminos tortuosos, lo empujaba a decisiones torpes. En las noches lloraba en silencio, se detestaba por pusilánime, pero sabía que en ese lugar no le iba a pasar nada, que si no se atrevía no iba a perder lo que tenía… ¿qué tenía? Una supuesta inteligencia construida con referencias de otros, un verbo privilegiado que incitaba a agitar sensaciones, pero no era capaz de moverse a si mismo, un perverso sentido práctico que lo hacía egoísta y cruel, y quizá su más preciado tesoro, la capacidad de soñar.
Inteligente, locuaz, perito y soñador. Quizá sólo son palabras, pero ella, se las había mostrado, se las había reinventado para y con él, y en la mejor muestra de mayéutica, le había dinamitado sus esquemas. Es así como le preguntaba, inocentemente, aspectos mundanos, que se conectaban con arcanos infinitos, y desubicaban sus más férreas creencias… de tal forma, se descubrió a través de ella, se hizo hombre, pudo sentirse a sí mismo, como en una masturbación energética, ella provocó su auto revelación. Sería a partir de ese momento honesto con eso de los sentimientos, se oiría más… se querría más. Quizá, lo volvió un egoísta con clase, uno de esos que todos admiran por su autoestima, uno de esos que llaman valientes.
La pregunta ácida es, si después de descubrirse como tal, de liberarse de todo, de mirarse por primera vez, él debería romper con ese lazo… ella, era su principal y única atadura… ¿Sería una acto de amor de ella…? Mostrarle el universo y dejarlo solo… ¿O sería una cabronada de su parte viajar solo…? Una vez más el miedo lo inmovilizaba, prefería especular que probar, su amor era fuerte, pero más lo era, las inmensas ganas de no tocar aquello que había sido sagrado, el espejo que era ella.
PD: Como ves, prefiero tenerte en cuarentena, no como dices, “como arroz en bajo”, es más un asunto de respeto… ponle a esto un nombre… excusa, evasión, falacia, llámalo argumento pobre, juego estúpido o actitud inmadura… no me importa, por que mi adoración tiene su propia lengua, se entiende sola y a sí misma… es una adoración demente, que se ríe y muestra cambios de temperamento, es una adoración hipocondriaca por ti, que eres remedio y mal… ¿me juzgarás entonces… me tendrás paciencia… me entenderás? No lo sé, pero a estas alturas, es más lo que no sé, que mis certezas… ese es justo tu mundo, el del no lo sé…
Caperucita Rojas y el Lobo Falaz
Esta historia comienza por la depresión de un lobo que sabe que su víctima conoce su final. Más bien desgarbado, con orejas blandas, de pelambre escaso y una halitosis que disimulaba con pepitas de eucalipto. Todo empezó mal desde que la conoció, quizá lo más denigrante era que ella sabía chistes sobre su historia en común; así, la primera vez que la vio, ella le preguntó si se la iba a comer, el asintió asustado, entonces, dijo ella, tapándose la boca para disimular la risa, mi nombre será doña Caperuza de Feroz.
Hubo silencio, y en verdad se le quitaron las ganas de comerse a aquella farsante comediante. Fue el momento en el que se movió su propia naturaleza fiera y se supo débil, pues un simple comentario le había quitado su apetito, era evidente, pensaba, es un problema gastro-humorístico.
Fue trágico el cometario que hizo ella sobre la ironía de ser un lobo vegetariano, o cuando recreó la vez que estaba el lobo disfrazado y le pregunta Caperucita, “abuelita y esas orejas, abuelita y esos ojos, abuelita y esos dientes, y la abuela le responde, si vino a criticar devuélvase mijita” Caperucita pataleaba en el suelo y se revolcaba por sus propios comentarios, sus carcajadas eran estruendosas… el lobo sostenía la respiración, y soltaba el aire bajando los hombros.
“Imbécil”, se decía mirándose al espejo, “eres famoso por los chistes de otros, quién eres…” decía mientras ponía su garra desgastada, porque para esas alturas ya se comía las pezuñas de los nervios. Entraba en depresiones y se sabía un vil personaje ahora sin intenciones malévolas, aprendió a extrañar los comentarios, aprendió a oír el silencio, y en sus reflexiones pensaba en el deseo que podría llegar a sentir por esa, la chistosita.
Caperucita, por su lado disfrutaba de información privilegiada, era diestra con esa cosa de combinar los colores, su caminadito saltarín tenía cierto efecto indignante, pero era esa mirada tierna pero alevosa, esa almita de niña pero con sabiduría de anciana, era esa ansiedad tranquila lo que desplazaba al lobo de sus casillas y lo convertía en un reflexivo y nefasto autopsiquiatra.
En él se gestaba la pelea, de las ganas y el deber, de la mente y el cuerpo, de eso del espíritu y lo corpóreo. Después de estar en lo profundo de su cobardía decidió salir y cumplir su misión, hacer lo que tenía que hacer, su naturaleza era su más grande negación, pero, esta vez, todo iba a cambiar, un solo tarascazo, impío, contundente, letal.
Pensaba si la iba a asechar o a acechar, pensaba en la importancia de la s y la c, pensaba en la importancia de hablar bien, y ella apareció feliz, lo miró y le dijo, “yo también le tengo ganas.”
No pudo reaccionar, su ferocidad una vez más quedó humillada, ella lo interrogó mirándolo como adulta, ¿y entonces? Él balbuceó, no sé…
Hubo silencio, y en verdad se le quitaron las ganas de comerse a aquella farsante comediante. Fue el momento en el que se movió su propia naturaleza fiera y se supo débil, pues un simple comentario le había quitado su apetito, era evidente, pensaba, es un problema gastro-humorístico.
Fue trágico el cometario que hizo ella sobre la ironía de ser un lobo vegetariano, o cuando recreó la vez que estaba el lobo disfrazado y le pregunta Caperucita, “abuelita y esas orejas, abuelita y esos ojos, abuelita y esos dientes, y la abuela le responde, si vino a criticar devuélvase mijita” Caperucita pataleaba en el suelo y se revolcaba por sus propios comentarios, sus carcajadas eran estruendosas… el lobo sostenía la respiración, y soltaba el aire bajando los hombros.
“Imbécil”, se decía mirándose al espejo, “eres famoso por los chistes de otros, quién eres…” decía mientras ponía su garra desgastada, porque para esas alturas ya se comía las pezuñas de los nervios. Entraba en depresiones y se sabía un vil personaje ahora sin intenciones malévolas, aprendió a extrañar los comentarios, aprendió a oír el silencio, y en sus reflexiones pensaba en el deseo que podría llegar a sentir por esa, la chistosita.
Caperucita, por su lado disfrutaba de información privilegiada, era diestra con esa cosa de combinar los colores, su caminadito saltarín tenía cierto efecto indignante, pero era esa mirada tierna pero alevosa, esa almita de niña pero con sabiduría de anciana, era esa ansiedad tranquila lo que desplazaba al lobo de sus casillas y lo convertía en un reflexivo y nefasto autopsiquiatra.
En él se gestaba la pelea, de las ganas y el deber, de la mente y el cuerpo, de eso del espíritu y lo corpóreo. Después de estar en lo profundo de su cobardía decidió salir y cumplir su misión, hacer lo que tenía que hacer, su naturaleza era su más grande negación, pero, esta vez, todo iba a cambiar, un solo tarascazo, impío, contundente, letal.
Pensaba si la iba a asechar o a acechar, pensaba en la importancia de la s y la c, pensaba en la importancia de hablar bien, y ella apareció feliz, lo miró y le dijo, “yo también le tengo ganas.”
No pudo reaccionar, su ferocidad una vez más quedó humillada, ella lo interrogó mirándolo como adulta, ¿y entonces? Él balbuceó, no sé…
Artes Marciales
Ella es la personificación de una pregunta capciosa, con respuestas predefinidas y decisiones tomadas. Dueña de una sutil forma de dominar, con un discurso energético propio de fin de milenio, lleno de influencias angelicales y de esas cosas que uno no entiende pero lo hacen sentir bien, es decir siempre hablando con esa visión de que todo puede mejorar, emanando una permanente posibilidad de ilusión, así, cada vez que habla me mete en su universo de colores vivos, de diseños limpios y con sus miradas verdes, cabellos amarillos, labios rojos y braquets azules, me solicita atención a sus pataleticas tiernas, hechas a tiempo justo y sincronizadas con su edad que roza veinte y dos noviembres.
Es observadora y tranquila, manipuladora y trascendente, lo peor es que parece disfrutar de la soledad, aspecto que la pone en clara ventaja ante mi dependencia emocional, su naturaleza venenosa la hace fría, distante, con ese sosiego de tener el poder sobre mi, mi mundo y mis creencias. Usa la sucia estrategia de manejar bajo perfil, aparece como un apéndice de lo cotidiano para llegar a ser el único fundamento de mi existencia.
Es capaz de enfrentarse a un gamín que la amenaza con un vidrio, soportar los arañazos de una gata malcriada, manejar las intensidades sexuales de sus admiradores y lo más importante puede detener mi ritmo brutal, me pausa, me tranquiliza, me relaja. Como un alucinante me produce grandes saltos de euforia y me devuelve a lugares de soledad, es notoria mi adicción a su ella, a su propuesta de relación, a su todo a su… su en general y a su su en particular.
Sin más pretensiones que cuidarme, consentirme o hacérmelo creer, entra anunciando como vendedora de seguros, que el futuro no existe y que solo con ella es incuestionable, que gracias a sus módicas cuotas de caricias y el costo bajo de su póliza sensual, es sin duda la mejor elección y lo peor, la única.
Me dice que soy el recuerdo de su recuerdo, que le gusto, parece mostrarme respeto, me habla suavecito, como susurrando bendiciones, me coge del pelo como cuando se alza un cachorro, en un claro simbolismo de dominio animal y yo, la lamo y me da esa angustia de que se vaya, y yo la huelo, a la empieo a extrañar sin que se haya ido, y yo que no debo mirarla a los ojos por evitar una embaucada perpetua a sus designios.
Tiene afirmaciones de hechicera, caminado de lince, agudeza mental, rapidez de palabra… lector, cómprela, estoy escribiendo esto para justificar que la adoro, quisiera encadenar sensaciones y contarlas con pirotecnia, quisiera asombrar a quien lee, para enredarlo así como ella me tiene…
Me provoca la ambivalencia de vivir todo y no arriesgar nada, el resplandor de su llegada y la lluvia en su ida, las ganas de apretarla para protegerla, para estrujarla, me preocupa, su vida, su muerte, su reencarnación, si nos encontarremos o nos hemos encontrado… me atormenta es verdad, pero me hace solazar en su olor, en su esencia de fruticas a cuadritos.
Me produce fijaciones extrañas, como la de gelatina roja, su textura… para qué escribo esto… me encuentro intentando decir que la deseo, que le temo a ella y a su ausentismo prolongado… que envidio no poderla divertir, excitar…
No sé que puedo hacer por ella, desde bailar hasta dietas de reina… ella tiene apendicitis: YO.
Es observadora y tranquila, manipuladora y trascendente, lo peor es que parece disfrutar de la soledad, aspecto que la pone en clara ventaja ante mi dependencia emocional, su naturaleza venenosa la hace fría, distante, con ese sosiego de tener el poder sobre mi, mi mundo y mis creencias. Usa la sucia estrategia de manejar bajo perfil, aparece como un apéndice de lo cotidiano para llegar a ser el único fundamento de mi existencia.
Es capaz de enfrentarse a un gamín que la amenaza con un vidrio, soportar los arañazos de una gata malcriada, manejar las intensidades sexuales de sus admiradores y lo más importante puede detener mi ritmo brutal, me pausa, me tranquiliza, me relaja. Como un alucinante me produce grandes saltos de euforia y me devuelve a lugares de soledad, es notoria mi adicción a su ella, a su propuesta de relación, a su todo a su… su en general y a su su en particular.
Sin más pretensiones que cuidarme, consentirme o hacérmelo creer, entra anunciando como vendedora de seguros, que el futuro no existe y que solo con ella es incuestionable, que gracias a sus módicas cuotas de caricias y el costo bajo de su póliza sensual, es sin duda la mejor elección y lo peor, la única.
Me dice que soy el recuerdo de su recuerdo, que le gusto, parece mostrarme respeto, me habla suavecito, como susurrando bendiciones, me coge del pelo como cuando se alza un cachorro, en un claro simbolismo de dominio animal y yo, la lamo y me da esa angustia de que se vaya, y yo la huelo, a la empieo a extrañar sin que se haya ido, y yo que no debo mirarla a los ojos por evitar una embaucada perpetua a sus designios.
Tiene afirmaciones de hechicera, caminado de lince, agudeza mental, rapidez de palabra… lector, cómprela, estoy escribiendo esto para justificar que la adoro, quisiera encadenar sensaciones y contarlas con pirotecnia, quisiera asombrar a quien lee, para enredarlo así como ella me tiene…
Me provoca la ambivalencia de vivir todo y no arriesgar nada, el resplandor de su llegada y la lluvia en su ida, las ganas de apretarla para protegerla, para estrujarla, me preocupa, su vida, su muerte, su reencarnación, si nos encontarremos o nos hemos encontrado… me atormenta es verdad, pero me hace solazar en su olor, en su esencia de fruticas a cuadritos.
Me produce fijaciones extrañas, como la de gelatina roja, su textura… para qué escribo esto… me encuentro intentando decir que la deseo, que le temo a ella y a su ausentismo prolongado… que envidio no poderla divertir, excitar…
No sé que puedo hacer por ella, desde bailar hasta dietas de reina… ella tiene apendicitis: YO.
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